La Provincia española de las Hijas de la Caridad (VIII)

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Author: Pedro Vargas CM .
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LOGO HHCLa Inclusa de Madrid. Presidida por la Reina María Luisa, se había fundado en Madrid, a fines del siglo dieciocho, una Asociación de Señoras de la más rancia nobleza, con el fin de dar impulso a la beneficencia, especialmente a la enseñanza y al socorro de los menesterosos. Tomó el título de «Damas de Honor y Mérito».

No tardó en ser objeto primordial de sus preocupaciones, como lo era ya del Gobierno, el lamentable estado de la Inclusa de Madrid. En la voluminosa colección de las Actas de dicha Asociación, que hemos estudiado como fuente segura para este capítulo, y en su sesión de 19 de julio de 1799, hallamos un dato por demás doloroso.

«La Inclusa de esta Corte tiene la desgracia de ser, tal vez, la peor organizada de toda España y en la que más niños mueren, como se ve, por los estados, que los respectivos Obispos han dirigido al Consejo, comparados con el que han presentado aquí los mismos que gobiernan esta Inclusa y que original remitimos a V. E., en el que habrá notado con asombro, llega aquí la pérdida de niños a noventa y seis por ciento».

Una Real Orden, fechada en S. Ildefonso a 13 de septiembre de 1799 refrendada por D.Mariano Luis de Urquijo, comunicaba a la presidenta de las «Damas de Honor y Mérito», Sra. Condesa de Montijo, que la Inclusa de Madrid quedaba confiada a su dirección y cuidado. Y por primera vez, en la Junta de 8 de noviembre de aquel año, se trata de poner al frente de aquel establecimiento a las Hijas de la Caridad. «Yo leí – dice- una representación de que se había tratado en Junta anteriormente y con motivo de pedírmela desde el Escorial la Excma. Sra. Presidenta y de haber hablado a Sus Majestades del asunto, la hice presente para su aprobación. Este papel trata de la utilidad que creemos resultaría a la Inclusa, trayendo cuatro o seis Hijas de la Caridad o sea Hospitalarias, de las que con tan buenos progresos se han establecido ya en Lérida, Reus y Barbastro, con cuya asistencia han experimentado los niños y enfermos de aquellas casas de Misericordia las mayores ventajas; y que, persuadida la Junta de lo mucho que convienen éstas para el establecimiento de la nueva Inclusa y del método que se va a poner en ella, pide a Su Majestad el permiso correspondiente para que vengan. La Junta aprobó la representación y acordó se remita a S. Excelencia por el parte de mañana».

A los pocos días se consiguió la Real Orden aprobando el plan de las Señoras. Dice así: «Excma. Señora. = Enterado el Rey de la representación de la Junta de Señoras de Honor y Merito, unida a la Sociedad Económica de Madrid, dirigida por V. E. con fecha 9 del corriente; y persuadido Su Majestad del beneficio que resultará a la Inclusa de la Corte, que está a cargo de la Junta, y buena asistencia que experimentarían los niños expósitos, si se ponen al cargo una y otras de las Hospitalarias o Hijas de la Caridad, las cuales están ya establecidas en Lérida, Reus y Barbastro, ha venido Su Majestad en conceder a la Junta de Señoras el Real permiso, que su celo activo solicita, para que, de las tres casas expresadas, vengan a la Inclusa de Madrid cuatro o seis Hijas de la Caridad y se encarguen del cuidado de ella, bajo la dirección inmediata de la misma Junta en los términos que se va a establecer. Lo que de Real Orden participo, con esta fecha, al Gobernador del Consejo, para que expida las correspondientes al efecto y de la misma lo aviso a V.E. para inteligencia y gobierno de la Junta de Señoras. = Dios guarde a V.E. muchos años. = San Lorenzo, 11 de noviembre de 1799 = Mariano Luis de Urquijo. = Sra. Condesa de Trullás».

El edificio de la Inclusa, situado entonces en la Puerta del Sol, entre la calle de Preciados y la del Carmen, no reunía condiciones y fue la primera diligencia de las Señoras buscar un local mejor, que no fue posible conseguir hasta más adelante.

Entre tanto, el Visitador de los PP. Paules y Director de las Hermanas dio las oportunas órdenes, siendo escogidas para la nueva fundación, Sor Manuela Lecina, en calidad de Superiora, Sor Basilia Lecina, Sor Cecilia Campos, Sor Narcisa Blanco y Sor Tomasa Cabal, todas de la casa de Barbastro, menos Sor Rosa Grau, que era de la de Lérida, y pasó a aquella Ciudad para emprender todas el viaje, en compañía del P. Murillo y de un Hermano, en calidad de mayordomo.

Con fecha 20 de agosto de 1800 escribió desde Barbastro el P. Sobies, avisando a las Señoras la salida de las seis Hijas de la Caridad, quienes llegaron a Madrid el 3 de septiembre, tomando, en el mismo día posesión de la Inclusa. Excusado, es decir, que fueron recibidas con todas las consideraciones, así de las autoridades civiles como eclesiásticas, a quienes la Junta de Señoras notificó tan fausta nueva.

En la sesión de 12 de septiembre decía la Secretaria: “Hice presente un oficio del Ilmo. Sr. D. Buenaventura Lozano, Gobernador de este Arzobispado, con fecha 8 de este mes, contestando al que se pasó s Su Ilmo., notificándole la venida de las Hermanas de la Caridad a la Real casa de la Inclusa; diciendo ha encargado al Ilmo. Sr. Obispo de Caristo. auxiliar de Madrid, para que contribuya, por su parte, con la Junta de Señoras a proporcionar a dichas Hermanas toda satisfacción y consuelo. «También di cuenta de otro oficio del Sr.D.Juan Bautista Ezpeleta, Vicario de Madrid, con fecha 9, dando gracias a la Junta por Ia noticia que se le ha dado de la llegada a la Inclusa de las Hermanas, ofreciéndose a contribuir al bien del establecimiento, en cuanto dependa de su arbitrio».

La entrada de las Hermanas en la Inclusa señala una fecha trascendental para su Instituto y para la beneficencia pública de nuestra Patria. Desde entonces por necesidad tenían que frecuentar el trato con aquellas nobles Señoras de la Corte, con las más altas jerarquías civiles y eclesiásticas de la nación y con la misma Reina, que se complacía en visitar el piadoso Establecimiento. Como las primeras Hijas del tiempo de San Vicente, que eran sólo meras coadjutoras de las Señoras de la Caridad de París, así Sor Manuela Lecina y sus compañeras quedaron a disposición de las Damas de Honor y Mérito. Con cuánta delicadeza, humildad y paciencia hubieron de portarse aquellas Hermanas fundadoras, en aquellos primeros años, en que ni siquiera hubo contrata formalizada, que las reconociera algunos derechos. Todo quedó al arbitrio de aquellas linajudas Señoras y sin embargo, en todo el libro de Actas, ni en documentos particulares aparece un sólo rozamiento, ni una queja, ni una desconsideración. Antes bien las Señoras estaban encantadas.

Apenas había pasado poco más de un mes de la llegada de las Hermanas y ya, en el acta de 17 de octubre, hallamos este testimonio: «La Señora Doña María del Rosario Cepeda propuso a la Junta que, habiendo surtido tan buenos efectos en la Inclusa la continua asistencia de las Hijas de la Caridad, que las había granjeado la confianza de la Junta y siendo por este motivo menos necesaria la de las Señoras, sería bueno que, en lugar de la guardia que se hace por mañana y tarde, sólo fuese una vez al día, por no ser necesaria, pues que dichas Hermanas suplían completamente cualquier falta».

Abrumadora tuvo que ser la tarea de las Hermanas. La Secretaria manifiesta, en 24 de octubre, «el plan general de los niños que han entrado en la Inclusa, desde 1° de octubre de 1799 hasta 30 de septiembre de este año, por el que resultaba haber entrado en dicha Real Casa 1169 criaturas, que unidas a las 1300 que resultaban de las razones presentada por los Señores Administrador y Rector, cuando entregaron la casa a las Señoras, el día 2 de octubre de 1799, componen un total de 2469, de las que han fallecido en la casa y fuera de ella 1010; entregadas a sus padres 124 y remitidas al Real Colegio de Desamparados 62; las que ascienden a 1196 criaturas, quedando hasta el día, a cargo de la casa, 1273».

En 17 de abril propone la Señora Presidenta la admisión de nuevas Hermanas, «porque, son las seis que hay en ella, no son bastantes para el cuidado de la casa y servicio de los niños y que en la nueva Casa se les aumentaba mucho el trabajo y se acordó traer las que haya en Barbastro, que estén ya experimentadas».

Esta nueva casa, a que se trasladaba la Inclusa, estaba situada en la calle del Soldado, ahora de Barbieri y era un antiguo edificio llamado Galera Vieja’. Convencido el P. Sobíes de la necesidad de enviar refuerzo de nuevas Hermanas a la Inclusa, envió otras cuatro de las que estaban en Barbastro.

Los días 2 y 3 de septiembre de aquel año 1801 fueron los señalados por la Junta para la traslación de los niños a la nueva casa. «La traslación se hará sin bulla y llamar la atención. La víspera de la mudanza irán seis Hermanas a disponerlo todo. Al día siguiente irán las otras cuatro, con las enfermas y los niños enfermos, en coche; las amas irán a pie con sus niños, por tandas unas a una hora y otras a otra según parezca.

Se tendrá la casa abierta, cuatro días antes de la mudanza, de 10 a 12, por la mañana y de cuatro a seis, por la tarde para que la vea el público y estarán allí dos Hermanas, el mayordomo y el portero, lo cual se avisará por el diario. La mudanza se dispuso de modo que se hizo con la mayor quietud; las amas, que enteramente han mudado de método, están muy contentas y todos estos milagros se deben, en gran parte, al incansable celo y cuidado de las Hijas de la Caridad y a la actividad de las Señoras».

Vamos a consignar un hecho de mucha trascendencia para el porvenir de las Hermanas, cual fue la excesiva ingerencia que se arrogó la Excma. Sra. Condesa de Trullás en el gobierno de las Hermanas, fruto sin duda, del mucho cariño que las había tomado, pero que había de tener consecuencias dolorosas, como luego veremos.

El hecho aludido, que al ser renovado en Junta extraordinaria de seis de octubre de aquel año el cargo de Presidenta y sustituida la Señora citada Condesa de Trullás por la Excma. Sra. Duquesa de Osuna, presentó aquella un papel, formulando la siguiente petición: «Si acaso mis servicios en tantos años merecen alguna recompensa, no pido otra sino que se me deje el cuidado de las Hijas de la Caridad, pero sin mezclarme en sus cargos respectivos de la Inclusa, pues habiendo sido mío el pensamiento de traerlas, y siendo yo también, quien, después de aprobado por la Junta, habló al Rey, escribió al Visitador y corrió con hacerlas venir, las he tomado demasiado amor, para que no me sea muy sensible desprenderme de este cargo…»

La Junta no podía negarse a tan sentida petición y desde entonces, la Señora Condesa se consideró con amplia superioridad en el régimen, tanto interno como externo, de las Hermanas. La misma Condesa nos manifiesta la gran intimidad que tenía con las Hermanas de la Inclusa, cuando dice a la Junta: «Recibo el papel de V. S. de fecha 7 del corriente, y no pudiendo hallar expresiones que manifiesten mi reconocimiento por las lisonjas con que la Junta me distingue, me ceñiré a suplicar a V. S. dé, en mi nombre las gracias a todas las Señoras por la bondad con que han accedido a mi súplica.

En cuanto a la que hice anteriormente tocante a las Hermanas de la Caridad me basta para satisfacción la anuencia y conformidad de la Junta, pues reduciéndose todos mis deseos a tratarlas con aquella confianza y frecuencia correspondientes al cariño que recíprocamente nos profesamos, sin mezclarme en lo que mira a sus obligaciones con la Junta, aún parece que no necesitaba la anuencia de ésta para ejecutarlo, pero como mis frecuentes visitas a las Hermanas pudieran interpretarse en otro sentido, que con el que yo las hacía, un exceso de delicadeza dictó mi proposición y así pido a la Junta me dispense de entrar en más explicaciones en el asunto. Dios guarde a V. S. muchos años.

Buen Retiro. 9 de octubre de 1801. Condesa de Trullás. Sra, Da. María del Rosario Cepeda y Gorostiza».

Señora de una influencia avasalladora ante la Corte y ante los mismos Reyes, la Condesa de Trullás se olvidaba, como suele suceder, de las cosas, en la práctica más necesarias. Así vemos que había pasado más de un año y sólo en la sesión de 13 de noviembre de 1801, r aló la Junta de la «necesidad de dar alguna cosa a las dichas Hermanas para su vestuario y demás gastos menudos, y después de una larga discusión que dio motivo a varias proposiciones acerca de cuánto debía dárselas, se acordó por pluralidad de votos que sean 240 reales a cada una, desde principios del año 1802 y que por lo caído desde que están en casa se les considere a razón de 120 reales».

Tan seguras estaban aquellas grandes Señoras de su amorosa estimación para con las Hijas de la Caridad y de la sumisión y bondad de éstas para con ellas que, hasta debieron creer indigno de su nobleza, estipular una escritura de bases de mutua inteligencia. El caso es que el prudente y piadoso P. Murillo no consiguió formalizar ningunas bases y más adelante diremos cuánto costó y en qué condiciones.

En noviembre de 1801 llegó a la Inclusa, enviada desde Barbastro la joven Antonia Anguela, como pretendiente a Hija de la Caridad, y en 9 de abril de 1802, a propuesta de Sor Manuela Lecina, con informe de que tenía dadas pruebas de permanecer en la casa y ser útil en ella, acordó la Junta que se la debía dar el hábito. En la Inclusa permaneció toda su vida y siendo superiora de ella murió gloriosamente asistiendo a los apestados, como se verá más adelante.

 

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