Orígenes de las Hijas de la Caridad.
Corría el primer tercio del siglo XVII y San Vicente de Paúl, cual otro Moisés, había querido ya con la vara mágica de su caridad, la fría roca del egoismo de aquella sociedad tan olvidada de los pobres. Un río de misericordia se iba difundiendo por las provincias de Francia, mediante aquellas asociaciones de caridad, establecidas por el santo, y que aún viven en nuestros días con el nombre de Conferencias.
Idea, al parecer, tan sencilla y por nadie sin embargo concebida, hasta entonces despertar en el corazón del rico los tiernos sentimientos de ternura y compasión hacia los pobres y atribulados; aunar esos sentimientos de amor natural, por medio de asociaciones reglamentadas y sostenidas por la savia divina del Evangelio; enardecerlas con elocuentes palabras y santos ejemplos; tal fue la grande obra del Apóstol de la Caridad.
Dijo uno de sus primeros panegiristas, que, si Santo Tomás había escrito la Suma de la fe, San Vicente de Paúl había escrito la Suma de la Caridad. ¿Cómo? Estableciendo los Seminarios Conciliares en Francia, las Conferencias de los Martes, los Ejercicios Espirituales para Ordenandos, las Asociaciones de Señoras y Caballeros, la Congregación de la Misión y esa Hermandad prodigiosa que llamamos las Hijas de la Caridad. «San Vicente, dice uno de nuestros publicistas modernos, fue el patriarca de los pobres y el ángel de la caridad. El arte cristiano, al reproducir su figura, debía ponerle alas».
Y la divina Providencia bendijo y fecundó desde el principio aquellas empresas caritativas, cuya eficacia y trascendencia, apenas si el mismo Santo podía entonces sospechar. Ocupado él enteramente en organizar y extender en París, centro entonces de todas las miserias, sus asociaciones de caridad, érale imposible salir de aquella capital para ejecutar nuevas fundaciones o visitar las ya fundadas, como de muchas partes se lo pedían. Entonces fue cuando Dios le deparó un auxiliar inesperado, un corazón hermano, modelo como el suyo en el corazón de Jesucristo y lleno de amor y misericordia con los pobrecitos. Alma grande en cuerpo delicado, Santa Luisa de Marillac, al contacto de San Vicente y bajo su asidua dirección, desasida ya de todos los compromisos de la distinguida sociedad a que pertenecía, había fijado el rumbo de su vida, y su vocación de servir los pobres se había revelado. Cuando el santo la designó, por primera vez, para que saliera por provincias a visitar las asociaciones de Caridad, Santa Luisa sintió su corazón henchido de alegría; y su primer afecto fue dar al Señor las más rendidas gracias, porque la permitía servirle en la persona de los pobres. Cuánto trabajó por ellos; qué de amarguras le proporcionaron aquellos servicios: pero qué feliz se sentía, sufriendo por amor de Dios y de sus prójimos.
Visitaba las Asociaciones, arreglaba sus dificultades, les dirigía fervientes exhortaciones y era la primera en el ejemplo. A pesar de sus débiles fuerzas, servía a los enfermos con sus Propias manos, curaba los heridos y, junto con las limosnas, repartía palabras de amor y de esperanza a los desgraciados. Aún le quedaba tiempo para reunir a las niñas pobres de la parroquia enseñarles la doctrina santa e imprimir en sus tiernos corazones máximas de bondad. Dotada de un corazón compasivo y de una inteligencia clara y cultivada, pronto sabía hacerse dueña de la voluntad y del cariño de cuantos la rodeaban.
Y Dios manifestó complacerse en su sierva. Visitando las Asociaciones de Caridad de LA Beauvais, el pesado coche que la llevaba cogió, bajo sus ruedas a un pobre niño. La multitud lanzó un grito de dolor y de ira contra el cochero; aquel suceso casual podía ser de fatales consecuencias para las empresas que realizaba. Santa Luisa eleva fervorosamente su corazón a Dios, invoca a María, baja apresuradamente del coche, toma el tierno niño entre sus manos, y un nuevo movimiento, pero de admiración y de gozo, brota de todos los corazones. ¡Oh prodigio; el niño estaba completamente ileso.
Tan satisfecho quedó San Vicente de estas primeras victorias de Santa Luisa, que no dudó en confiarle otra empresa más arriesgada y casi heróica: la de visitar las Asociaciones establecidas en las Parroquias de París, por donde los estragos de la peste llenaban de pavor a los corazones más valientes. La fiel cooperadora del santo, que hallaba ya placer en el sacrificio, voló sin titubear en alas de su caridad hacia aquellos pobres apestados, por quienes generosa había ofrecido su vida; porque para ella, como para el apóstol San Pablo, la vida era Cristo y la muerte, ganancia.
De tal padre y de tal madre nacieron aquellas hijas: las Hijas de la Caridad.
Las Hijas de la Caridad, 1633. Pocos dones tan deliciosos ha enviado Dios a la tierra, como esos ángeles de amor y de consuelo: las Hijas de la Caridad y como don espontáneo de lo alto, así aparecieron ellas. Antes que los santos Fundadores pensasen en su institución, la divina Providencia se las puso como entre las manos, y se puede asegurar, que el trabajo de San Vicente y de Santa Luisa se redujo tan sólo a darles una robusta y original organización.
Ya conocemos aquellas asociaciones de Caridad, en las que aquellas nobles damas se ejercitaban en el servicio de los pobres, yendo a visitarles en sus humildes moradas. Este sacrificio tocaba las cumbres del heroísmo cada vez que las epidemias, entonces tan frecuentes, se venían a cebar entre aquellas familias que ellas visitaban. No todas las Señoras entonces, eran capaces del heroísmo; y muchas, cuya vida era preciosa para sus propios hogares, encontraban oposición en sus mismos maridos, temerosos de que volviesen a la casa con el contagio de la peste o de la miseria.
Entonces nacieron las Hijas de la Caridad. «Quiso la bondad de Dios, dice el Santo, que en las asociaciones de las señoras tomaran parte algunas jóvenes lugareñas de buena índole, sanas de alma y cuerpo, temerosas de Dios y gustosas de compartir con las nobles señoras, supliéndolas muchas veces, el cuidado de los enfermos y la instrucción catequista de las niñas. «El mismo San Vicente y sus misioneros hallaban con frecuencia, en sus excursiones apostólicas por las aldeas y ciudades, no pocas de esas doncellas, humildes, sencillas, generosas, abnegadas, refractarias al matrimonio, sin recursos para aspirar a la vida religiosa.
Diseminadas entre las asociaciones de señoras, el número de estas jóvenes había crecido como una bendición de Dios. Eran muy adictas a cuidar de los enfermos, a velar y amortajar a los muertos, y hasta contribuían con sus economías a cuantas obras benéficas tenía la parroquia. Pero ningún contacto tenían las unas con las otras.
Entonces cayeron en la cuenta San Vicente y Santa Luisa del valor inapreciable de aquellas jóvenes si se les aleccionaba y formaba en una escuela común, y, al oro nativo de sus nobles y caritativos espíritus, se añadía el pulimento de la regular disciplina, el método uniforme y la enseñanza científica, en el cuidado de los pobres amados por Jesucristo.
Esto entusiasmó a la Santa. No se apresuró con todo San Vicente, hasta que, después de mucho reflexionarlo y pareciéndole ser voluntad de Dios, se determinó, en el mes de Noviembre de 1633, a poner bajo la dirección de Luisa de Marillac un grupo escogido de aquellas jóvenes, que formaron así el primer Seminario de las Hijas de la Caridad.
No quería el Santo que se llamase noviciado; porque nada le inquietaba tanto, como el pensamiento de que aquellas jóvenes llegasen a hacerse monjas, que, en aquella época, era tanto como dejar la vida activa por la contemplativa, y encerrarse, como las demás, entre los muros del monasterio. Para apartarles de esa tentación les inculcaba continuamente, que las Hijas de la Caridad habían de tener por monasterio, las casas de los enfermos; por celda, un cuarto de alquiler; por capilla, la iglesia de la parroquia; por claustro, las calles de la ciudad, o las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia; por rejas el temor de Dios y por velo la santa modestia.
Fiel a estas recomendaciones del santo, santa Luisa formaba a sus queridas hijas en aquellas virtudes necesarias para servir a los pobres, por pura caridad. La meta de su perfección era la vida activa de Marta, pero sin dejar nunca la vida contemplativa de María.
Luisa de Marillac y sus hijas veían con júbilo acercarse el momento de poder consagrarse definitivamente al Señor, si no con votos religiosos, como las monjas de clausura, al menos, con unos votos propios suyos, limitados, al curso de cada año, pero allá en el fuero de la conciencia, eternos e irrevocables.
No se opuso San Vicente a ello, y he ahí por qué, todas las Hijas de la Caridad, esparcidas por el mundo, terminados sus cinco años de noviciado, se consagran, cada año, al Esposo celestial el día 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen, por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia, a los que añaden el de servir a los pobres, por amor a Jesucristo.
Al principio las Hijas de la Caridad se regían por un sencillo reglamento que el santo les fue trazando, hasta que más tarde, les prescribió unas reglas aprobadas por el Arzobispo de París, en 1646, y confirmadas posteriormente por los Sumos Pontífices, en varias ocasiones.
«El fin de Las Hijas de la Caridad, dice en ellas el santo, no es otro que el de servir y honrar a Jesucristo, en la persona de los pobres, de cualquier clase que sean, y en cualquier circunstancia de vejez, enfermedad, locura o prisión en que se encuentren; proporcionándoles cuantos servicios corporales o espirituales estén en su mano».
Todas las obras de misericordia, así espirituales como corporales, he ahí el campo sin límites de la Hija de la Caridad. A cualquier hora, en cualquier sitio, con cualquier persona que necesite su socorro, allí está ella. Veremos en esta historia, cómo lo mismo cura las llagas repugnantes del leproso, que sube las gradas de una universidad a doctorarse; de igual manera monta en un aeroplano, que arrulla al chiquitín en su cuna; así enseña ciencia y virtud en escuelas y colegios de niñas, como anda sóla en medio de un campamento de cinco mil soldados. Halla recursos para todo en el oro purísimo de su caridad; ve en todas partes a Jesucristo, cuyos miembros lacerados son los indigentes y Jesucristo la guarda: esa es la gracia de su vocación sobrenatural y divina.
Su vida, sin ser religiosa en el sentido canónico de la palabra, es tan perfecta como la de las demás monjas. Dos veces al día se consagran a la oración mental; todos los días oyen la santa misa y reciben la sagrada comunión; a sus horas tienen examen general y particular de conciencia; practican sus rezos y lectura espiritual: retiro mensual y ejercicios espirituales de diez días, cada año. San Vicente no les prescribe mortificaciones o penitencias corporales, porque la vida de las Hijas de la Caridad, en el servicio continuado de los pobres, es un completo sacrificio. Por eso, el Santo, animándolas a la práctica de las virtudes que les son propias, les dice estas palabras: «Hijas mías, si así obráis, difícilmente hallaréis mayores merecimientos, y nada tendréis que envidiar a las religiosas, que pasan la vida encerradas en sus conventos’.
Al principio el hábito de las Hijas de la Caridad no era otro que el común de las jóvenes campesinas. Aún en 1668 en la aprobación del Instituto por el Cardenal Legado, dice expresamente, «que las dichas Hermanas habían resuelto vivir en comunidad, sin dejar, no obstante, el vestido del siglo’. Este vestido se fue uniformando y en el siglo XVIII quedó en un hábito de color pardo y sobre la cabeza una toca que caía naturalmente sobre los hombros, semejante a la que se usa entre las Hermanas españolas. Ya entrado el siglo XIX adoptaron en Francia el traje que actualmente usan, llamado de la cornette.
Finalmente, para el sostenimiento de las Hijas de la Caridad en los establecimientos que no son de su propiedad, como sucede en casi todos, además de la casa y comida, se suele contratar en su instalación, una módica cantidad para cada una de las Hermanas, que les permita atender decentemente a los gastos de su vestido, viajes y demás atenciones de comunidad. Si el establecimiento no les proporciona la alimentación les retribuye con su equivalencia. Es admirable la economía con que saben vivir estas Hermanas, y los beneficios que con ella reportan a los pobres y a sus establecimientos.







