La Provincia española de la Hijas de la Caridad (XXXIII)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Pedro Vargas .
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LOGO HHCLa situación precaria del Real Noviciado dependía en gran ­parte del edificio material, sobre el que pesaba una hipoteca y que, ­además, era estrecho para el aumento del personal. Si se consiguiera ­de la Real munificencia un edificio adecuado, se resolvería su angustia. Esto movió al Sr. Feu a recurrir, una vez más, a S. Majestad con el siguiente memorial.

     «Sr.:= D. Fortunato Feu, Pbro. de la Congregación de la Misión y Director General de las Hijas de la Caridad a los reales pies de V.M. expone: Que cuando su augusto padre se dignó establecer el Noviciado juzgó suficiente el número de veinte Hermanas… mas, al presente, Señor, son ya tantos los establecimientos erigidos que es preciso mu­cho mayor número de ellas.

     Para poder, Señor, mantener en pie las Comunidades ya erigidas en vuestros Dominios, que son en el día treinta y dos y aceptar nuevas fundaciones que se presentan, se necesita casa capaz de contener un número bastante crecido de Hermanas. La que ocupa actualmente este vuestro Noviciado, sobre ser poco sana y ventilada, es muy gravosa, pues entre censos y gastos necesarios para su reparo, se acercan a veinte mil reales los que todos los años es forzoso desembolsar. Este gravamen reduce muchas veces hasta los últimos apuros a esta Comunidad, cuyo número de individuos es dos terceras partes mayor que el de su primitiva fundación y sus rentas líquidas mucho menores que las que entonces se ­le asignaron.

     Agréguese a esto, que habiendo crecido prodigiosamente el Instituto bajo los auspicios de V.M., por consecuencia forzosa, ha de haber crecido también el número de las Hermanas que se estropeen en el ejercicio de sus caritativas funciones para con los pobres enfermos. Estas estropeadas y enfermas de enfermedades crónicas no suelen restablecerse en los establecimientos donde han perdido la salud y se hace forzoso ­trasladarlas a otra parte. Y no habiendo otra de que pueda disponer el Director General, se ve precisado a recibirlas en el Noviciado, como, en efecto a muchas ha recibido.

     Esta obra, que por una parte reclama la caridad y es útil a los establecimientos, por otra es perjudicial a las novicias, cuyo número por consiguiente debe disminuir en proporción que se aumenta el de las inválidas.

     En estos apuros Señor, viendo el exponente, en la escritura de fundación que otorgó la Majestad del Sr. D. Carlos IV augusto padre de V.M., el interés con que se dignó tomar este Noviciado, bajo su Real ­protección y declararlo de Real Patronato, así en su persona como en la de todos sus sucesores, y habiendo tantas veces experimentado las liberalidades con que V.M. le ha socorrido, no duda acercarse respetuosamente a los reales pies de V.M. y exponerle la necesidad que tiene es­te vuestro Noviciado de un edificio donde poderse colocar, sin serle ­preciso cercenar de sus cortas rentas una suma tan considerable como ­la que lleva expresada. Después de haberse informado el exponente de ­los edificios que podrá proponer a V.M. para el objeto indicado, no ha hallado otro más oportuno que aquella parte del Real Palacio del Retiro que sirvió de cuartel para alojar las tropas francesas en el año de 1823 y que actualmente está sin uso alguno.

     Allí, Señor, pudiera colocarse el Noviciado y con esto sólo le socorrería S.M. con una limosna de veinte mil reales anuales sin hacer desembolso alguno… Gracia y singular favor que espera del benéfico corazón de V.M. por cuya prosperidad y de la augusta Reina, nuestra Señora, y serenísima Señora Princesa y serenísima Señora Infanta, dirigen todas las Hijas de la Caridad con sus Directores sus votos y oraciones al cielo.

     Madrid 18 de mayo de 1832″.

A pesar de la amplia y paternal protección de los Reyes, las frecuentes angustias del Erario Nacional no permitía al Real Noviciado cobrar sus asignaciones, lo cual constituía una grave preocupación económica para los Superiores y una rémora para el sostenimiento del nú­mero cada día mayor de vocaciones, que se necesitaba para satisfacer la petición continua de nuevas fundaciones.

Y más que, entre las Hermanas del Noviciado, había algunas enfermas, cuya atención era costosa. Sor Rosa Grau había expuesto al Rey es­ta necesidad, que fue atendida por una Real Orden de 29 de mayo de 1831, por la que se concedía de la Tesorería Real una pensión anual de 1500 reales vellón para medicinas.

Entonces nació la idea de establecer en la Casa Central una escuela de botica y cirugía para instrucción de las Hermanas. ¿Dónde buscar maestros? El P. Feu creyó, que, entre las Hermanas de Francia, hallaría algunas a propósito y, según referencia de una vieja nota del archivo, solicitó «con repetidas instancias del Superior General D. Domingo Sal­horgne, que se sirviese enviar a España algunas Hijas de la Caridad de Francia para instruir a las de España en los ramos de farmacia y cirugía; tuvo a bien el nombrado Superior General condescender con la súplica del Sr. Feu, enviando a España las tres Hermanas francesas que abajo se nombra, las cuales llegaron a Madrid, el día 14 de diciembre de 1831. «Eran Sor María Josefa Reme, Sor Ana Barbier y Sor María Valls».

Según el libro del personal de Mujeres Incurables, fueron destinadas a este Hospital en 31 de enero de 1832, del que, en 22 de julio de año siguiente se volvieron a Francia, «por orden del Superior General, llegando a Bayona a 26 de julio del mismo año».

Pero la idea de poner para las Hermanas escuela de farmacia continuó y, en 26 de marzo del año siguiente 1833, pedía el P. Feu al Rey autorización para ello… «La escasez de fondos, decía, de algunos hospitales encargados a las Hijas de la Caridad y los crecientes gastos, que es forzoso hacer para proporcionar a los enfermos las medicinas correspondientes, movieron a las expresadas Hermanas a dedicarse con el posible estudio a aprender hacer cocimientos, jarabes, destilaciones y otras operaciones de farmacia más necesarias y frecuentes, bajo la dirección de sus respectivos facultativos. Fueron tan felices esos primeros ensayos que varias Juntas directoras de los Hospitales, viendo los considerables ahorros que resultaban de proporcionarse en casa medicinas, no han perdonado gasto alguno para fomentar este artículo tan importante de economía.

     El Director General veía con indecible placer los adelantamientos que, en varias partes, hacían sus súbditas y cada día recibía cartas de varios establecimientos, en que se le pedían Hermanas que pudieran regentar, a lo menos, una botica para el consumo de los enfermos que les estaban confiados. Para poder servir al público con más acierto y proporcionar a los pobres todo alivio posible pidió al General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad que de las muchas Hermanas, que hay en Francia, hábiles en Farmacia, enviase algunas que pudiesen enseñar a las españolas una facultad tan importante.

     Con efecto le enviaron tres, que se hallan en esta Corte, pero sin haber hasta ahora podido ejercer su oficio por falta de medios y por temor de que no fuesen impedidos o inutilizados sus trabajos, si anteriormente no procurase alcanzar de S.M. un permiso expreso para elaborar las medicinas necesarias para los pobres de establecimientos, que les están ahora y en lo sucesivo estuviesen confiados a sus cuidados. Logrado esto y establecida una escuela interior, en donde se habilitasen las Hermanas de la Corte, podrían salir para los establecimientos que las pidiesen, de donde podría con el tiempo generalizarse este bien con

mucha ventaja de los pobres. Por tanto a V.R.M. rendidamente suplica se digne conceder el permiso que se solicita y disponer su soberana protección a favor de las Hijas de la Caridad acerca de este importante ramo, sin la cual no podrá resistir los tiros, que de todas partes les disparen. = Gracia que en favor de vuestros vasallos más desvalidos, se ­promete del bondadoso paternal corazón de V.R.M. = Madrid, 26 de marzo de 1833. A los R.P. de V.M.= Fortunato Feu».

 

Para mejor informarse de esta petición y de las anteriores sobre la necesidad de nueva casa para el Noviciado, el Ministro Conde de Ofalia pidió al P. Feu una reseña general del Instituto de las Hermanas y de los recursos con que contaba el Noviciado.

«A pesar de la más escrupulosa economía, ‑informa el P. Feu-, no puede adelantarse cantidad alguna para los casos extraordinarios, no tan pocos en estos calamitosos tiempos. De aquí es que, si por los apuros del erario u otra cualquiera causa falta la cobranza de alguna mesada, como en el último tercio del año pasado, la Superiora se ha visto en la dolorosa precisión de implorar la caridad del Excmo. Sr. Comisario General de Cruzada y Sr. Colector General de Expolios, que ­la socorrieron al momento y sin cuyos socorros, por precisión, a fuer­za de hambre, debía disolverse la Comunidad y enviar las Hermanas a las casas de sus padres.

Y en un nuevo memorial al Rey de 12 de abril del mismo año 33, decía el P. Feu: «Ah, Señor, más de una vez se ha visto precisada la Superiora a tomar el manto e ir a las personas pudientes y caritativas para pedir socorros en los apuros, en que se ha hallado tan numerosa Comunidad. Estos han dado margen para escribir a los Superiores de las provincias para que no envíen pretendientas que las hay en considerable número, por el justo temor, que se tiene, de no poderlas sostener y vernos en la precisión de enviarlas otra vez a la casa de sus padres. Si permanece en este triste estado va a arruinarse este Real Noviciado…»

En junio instaba el P. Codina, al Sr. Ministro de Fomento: «A ­las razones que a la citada exposición se alegan, se han añadido otras, después de la expresada fecha. La Real Junta Gubernativa de los Hospitales Generales y de Pasión, viendo el buen orden y aseo que se ha in­troducido en el Hospital de Pasión o de Mujeres, desde que está a car­go de las Hijas de la Caridad, ha formado el propósito de confiarles también el Hospital General de Hombres y ha pasado ya sus notas oficiales al Superior de dichas Hermanas para que coadyuve, de acuerdo con ­la Junta, a esta grande obra, que tanto ha de favorecer a la humanidad doliente. El Superior principal y los Directores de Hermanas están prontos a hacer los mayores sacrificios para que los enfermos pobres de este numeroso vecindario logren una hospitalidad tal, que en parte alivie sus penas. Pero para esto es necesario poner en los Reales hospitales generales ciento veinte Hermanas que se estima son necesarias para su completo servicio. Habiendo de salir todas de este Noviciado de mi cargo, ha de resultar una de dos cosas: o que se desatiendan todos los demás establecimientos de España, confiados a las Hijas de la Caridad, o, si se sigue, como es justo, cubriendo las plazas vacantes por muerte de las Hermanas que son muy frecuentes, es indispensable aumentar considerablemente el número de Hermanas de este Real Noviciado. Mas, si para el número ordinario no bastan sus rentas, ¿cómo podrán bastar para un duplo más que se necesitan, por lo menos, hasta haber dado al Hospital General todas las que solicita? A esto se añade que se está trabajando, como me consta, por poner a las Hermanas en el Hospital General de Santiago de Galicia y el Excmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla quiere llevarlas a uno de sus Hospitales de aquella Capital. Omito hacer relación de otras fundaciones de menor consideración que se nos piden casi cada día. Nos veremos precisados a negarnos a todas las súplicas que se nos dirigen para nuevas fundaciones y aun abandonar las antiguas, si este Real Noviciado no se fomenta, procurándole edificio proporcionado y el cobro efectivo de las pensiones que tiene señaladas, que es lo que se pide en la citada representación del 12 de abril».

Una Real Orden de 5 de agosto atendía las anteriores peticiones. «Enterada S.M., decía, se ha dignado resolver, en cuanto a las pensiones, que se recuerde a los que las satisfacen la mayor puntualidad como de Real Orden lo ejecuto con esta fecha; y en cuanto al edificio, que no habiendo en este ministerio noticia de ninguno de que poder disponer, manifieste V. si la tiene de alguno que pueda proporcionársele.= Ofalia».

En vísperas ya de su muerte el P. Feu escribía al Rey: «Señor… enterado de esta, soberana resolución he procurado adquirir noticias de si se halla en esta Corte algún edificio del que poder disponer y que fuese proporcionado para la colocación del citado establecimiento piadoso y he hallado uno, al fin, que está sin uso alguno y tal vez cau­sando antes perjuicios que utilidad a la Real Hacienda; la que fue fá­brica de salitre, situada entre el Camposanto del Hospital General y portillo de Valencia. Este espacioso local proporcionaría al Real Novi­ciado no sólo la ventaja de tener con amplitud un número considerable de jóvenes… sino también un buen departamento, que podía servir de Hospital para las Hermanas inválidas.‑ Madrid, 17 de agosto de 1833».

Esta solicitud, como la anterior del buen Retiro, no dio resultado. La fábrica mencionada era propiedad de la Compañía Cárdenas y estaba en servicio. Así lo comunicó el Ministro de Gobernación posteriormente.

A pesar de lo encapotado que estaba ya el cielo de la política, así el Rey como sus Ministros no podían ser más benévolos con las Hijas de la Caridad. Si no hacían más en su favor era porque lo adverso de las circunstancias, no se lo permitía. En aquel mismo infausto año de 1833, el Ministro de Hacienda, a petición de Sor Rosa Grau, declaraba exento Del 25 por ciento de amortización «a la adquisición del ­local para la nueva casa Noviciado, que trata de hacer dicha Comunidad y las que con el tiempo se reúnan a ella para completar el mismo edi­ficio». Proyecto que no se llevó a cabo.

Suceso trascendental para la Historia de España fue la muerte de Fernando VII, por el rastro de guerras y revoluciones que se le siguieron. Para las Hijas de la Caridad la muerte del Rey fue algo así como la pérdida de un padre. Tanto se interesaba por ellas. «Amigo, escribía, desde Badajoz, el P. Gros al P. Codina, estamos trastornados con la noticia de que S.M. el Rey estaba en lo último; no dudo que Dios lo quiera para sí, supuesto no han podido detener su brazo tantas rogativas y oraciones que, en todas partes, se hacen; hágase en todo su santísima voluntad; esas casas precisamente lo han de sentir mucho y nuestro Hospital de S. Sebastián, lo mismo». Cualquiera que sea el juicio histórico que se haga acerca de este monarca, los Hijos e Hijas de S. Vicente habrán de decir en alabanza suya, que sus regios oídos siempre estuvieron abiertos a escuchar las necesidades ­de sus vasallos más menesterosos; y que trató de remediarlas en cuanto pudo. Las Hijas de la Caridad con las Señoras de la Inclusa y los demás Establecimientos de Beneficencia lloraron su muerte y le aplicaron sufragios más que protocolarios; y Dios y la Historia pondrán en ­favor de Fernando VII esos rasgos de caridad, en medio de los errores políticos de aquella época atormentada. Sucedió la muerte del Rey en 29 de septiembre de 1833.

Dos meses después, en 27 de noviembre, moría también el P. ­Feu, cuyas incesantes gestiones, en favor del Instituto de las Hijas de la Caridad, quedan referidas. Su secretario el P. Codina nos ha dejado su semblanza: «Hacía como veinte años que adolecía de gota, cu­yos ataques violentísimos, los de piedra y otros muchos que frecuentemente le acometían, sufrió con paciencia heróica. Varón sencillo, afable, bondadoso, amante de la observancia y de la rectitud, vivió y murió lleno de buenas obras y edificando a los que estaban en su compañía y rezando con la Comunidad las oraciones de la Iglesia.

Tomó un interés particular en procurar el mejor orden en el gobierno de las Hijas de la Caridad. Durante su oficio de Visitador y después, de Director General de las Hermanas, éstas tomaron un incremento singular».

 

 

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