I
La rodaron a la entrada
de un sepulcro no estrenado todavía.
Tras ella se ocultaba para siempre
el cuerpo torturado de Jesús.
Con la piedra llegó la noche inacabable
y el llanto, la memoria y la nostalgia.
Pero también renacieron las preguntas:
¿Para siempre? ¿Para siempre?
¿Y su promesa? ¿Y la certeza
de un amor que es más fuerte
que las garras oscuras de la muerte?
¡Lento como nunca el descanso sabatino
con sus rezos y proyectos a nadie confesados!
II
Cuando el alba se alzaba sobre el Monte
ya María caminaba hacia el sepulcro
prestado por José de Arimatea,
llevando los ungüentos que las prisas
hicieron imposibles en la tarde.
Solo la piedra la inquietaba,
culpable como nadie de la ausencia
del Maestro que encontrara en Galilea.
Con él llegó la vida a su existencia enferma
y con su muerte la vida se moría
en suspiros por el justo injustamente ajusticiado.
III
Pero alguien había rodado ya la piedra
y la boca virginal de aquel sepulcro
se asombraba de haber parido en la mañana
la semilla que le habían confiado.
De pronto Magdalena comprendía
que la piedra ya nunca podría ser frontera
entre la muerte del amado y la vida de la amada.
Ya no habría que buscar entre los muertos
al dueño de la vida y Señor de la esperanza.
Aquella noticia era mensaje de paz y salvación
que la piedra confiaba en la alborada
a quien no quiso resignarse
a enterrar tras una piedra el misterio del amor.







