La miseria de los presos (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Margaret Flinton · Year of first publication: 1974 · Source: CEME.
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Tratar a los presos con respeto y dulzura

Les da a conocer el ambiente en el que se van a mover: estos hombres de fango y de barro, según la expresión del siglo, pretenderían servicios que deberían hacerse ellos mismos. No les recibirían siempre con gusto, les dirían a la cara que eran sus siervas y que ellos eran los que las hacían vivir, con frecuencia las trataban como a las más viles domésticas. Pero a este ambiente apestado —sabiduría inspirada— lo desmaterializa por así decir: a pesar de su maldad, a pesar de su lenguaje blasfemo y grosero, a pesar de su suciedad, a pesar de toda su fealdad, los presos «no dejan de ser los miembros de Aquel que se hizo esclavo».

«No es gran cosa, dirá Luisa, llevar las ollas, si os propo­néis que sea Jesucristo el objeto de vuestro ministerio. Si nos apartamos aunque sea un poco del pensamiento de que los po­bres son los miembros de Jesucristo, infaliblemente disminuirá el amor y la dulzura que debemos conservar hacia estos queri­dos amos; por el contrario esta idea hará que no encontremos ninguna dificultad en servirnos, en respetarlos, en aliviarlos y a no quejamos jamás por ello».

Gracias a las lecciones que recibían de su virtuosa fun­dadora, las hermanas comprendían la importancia de «no hablarles rudamente ni reprocharles sus enfados». Incluso van mucho más lejos; y por aquellos que más las maltrata­ban, son por estos mismos por los que redoblaban su cui­dado y su ternura. Una de ellas, Bárbara Angiboust, se hizo destacar por su gran caridad y su inalterable paciencia.

Había veces en que los galeotes, descontentos con lo que se les servía se enfadaban con ellas hasta tirar la sopa y la carne al suelo, diciéndoles aquello que la impaciencia les sugería. Según el relato de Juana Luce que la ayudaba en este servicio «Bárbara sufría esto sin decir nada, recogía los alimentos, los limpiaba y los volvía a dar a los presos, poniéndoles tan buena cara como si no le hubieran hecho ni dicho nada».

Relación con los guardianes

El reglamento decidía también que «si la olla era muy pesada les ayudarían los guardianes». ¡Otro contacto, otro peligro! Luisa vigila; muchos serán sus consejos de pru­dencia para las hermanas en todas sus relaciones con éstos. Luisa, como madre, previene la pureza de sus hijas que no dejarán nunca entrar a los guardianes «en su habitación a no ser en la hora en que vienen a buscar la olla», en cuyo caso las hermanas no se aislarán una de otra. Unión necesa­ria, ya que sólo estaban dos en la Tourñelle, excepto en el año 1642, época en la que Luisa envía a una tercera hermana, pues sor Bárbara se encontraba débil y enferma. Luisa prevee que si los guardias «necesitan hablar fuera de este caso, será en la puerta, al pie del escalón». Por otra parte, advierte a las hermanas que se abstengan «de tener ningún entendimiento con los guardias de los presos».

Prudencia de una madre que cuida de guardar la pureza de sus hijos, pero también sabiduría de una legisladora que mira por evitar cualquier acción que pueda aniquilar la obra. Terne sobre todo que se infiltre el favoritismo, perdición de las buenas obras. No habrá, pues, ninguna «confabulación» entre hermanas y guardianes, los cuales también tienen le­yes que respetar. Para Luisa, el orden establecido en la pri­sión debe, ser mantenido a toda costa. Además, si las herma­nas mostraban prudencia y paciencia hacia los guardias, éstos estarían obligados a tratar a los presos más humana­mente. Su ascendiente personal actuaría sobre ellos; así fue como sor Bárbara «impidió por lo menos cinco o seis veces a los guardias que golpearan a los presos». Cuando la caridad de las hermanas no obtenía el resultado deseado, no dudaban en seguir el ejemplo de sor Farre de que «lle­gaba hasta a arrojarse de rodillas ante ellos para evitarles algunos golpes cuando estaban a punto de ser maltratados».

Ordenar la caridad

Luisa animaba siempre a la caridad de sus hijas pero les enseñaba al mismo tiempo, que era preciso que estuviera bien ordenada. En una ocasión, por ejemplo, le hizo comprender a una de las hermanas que se había equivocado, incluso por un bien aparente, en haber disminuido la ración de algunos galeotes «para darle a otros» sin haber informado primero al administrador, que vio en esto sin duda una intrusión en su dominio y amenazó con no tolerar más a las hermanas. Por unos pocos más que la hermana había soco­rrido, podía suceder que las hermanas tuvieran que aban­donar a todos los demás. ¿Era pues verdadera caridad? No, según Luisa, formada en la escuela de san Vicente, que mantiene que «Nuestro Señor quiere que le sirvamos con juicio; todo lo demás se llama celo indiscreto».

Por esta misma razón recuerda a las hermanas que esta­ban en la Tournelle para el alivio de la miseria que encontra­ban, no para la disciplina interior de la prisión que dependía de los administradores. No tenían que mezclarse, ni siquiera en pequeños detalles como llevar una carta o aceptar un re­cado cualquiera de parte de los presos, sin autorización. Sus siervas, sí, pero respetando las decisiones de los ma­gistrados.

Cuánta sabiduría hay en el examen de la petición hecha por la duquesa de Aiguillon, que quería que una de las her­manas le diera una referencia de los presos que merecían ser puestos en libertad. Era una referencia «de policía», se­gún Luisa; y señaló tres graves dificultades que encontraba:

«Una, que ella (la hermana) no puede conocerlos más que por los tratos que le dan, sea aquéllos que le dicen injurias o alabanzas; y, aún así puede cometer una injusticia.

«Otra dificultad es que algunos ofrecen dinero a su capitán y al conserje, los cuales ya han empezado a molestarla y a acusarla de ser la causa de su desorden.

«Y la tercera dificultad es que los que queden en cadenas creerán que ella es la causa. Ya sabe… lo que estas personas pueden decir y hacer».

Luisa, que hubiera querido hacerle este bien a todos, co­municaba así sus pensamientos a Vicente. Le aseguró haber pedido a la hermana «que eludiera hacer esta referencia hasta que yo tenga su permiso». Lo que Vicente ordenó, los do­cumentos no nos lo han permitido saber. La duración de la obra, no obstante, nos hace llegar a la conclusión de que él apoyó fuertemente a su colaboradora en la distinción que ésta sostenía entre «obra de caridad» y «obra de policía».

Reformas sanitarias

Vicente apoyó también las ideas sobre la reforma sani­taria que Luisa había visto como necesaria en sus visitas continuas a la prisión. La asistencia sin la ayuda de la hi­giene, estaba convencida, corría el peligro de topar con di­ficultades irremontables. Convicción totalmente natural en nuestro siglo, ¡pero Luisa pertenecía a la sociedad del si­glo XVII ¡Qué cuidado el suyo por establecer la limpieza por todas partes! En particular, ¡qué desvelo por la limpieza de la ropa de los presos!

A la llegada de éstos, eran las hijas de Luisa las que se preocupaban de retirar las camisas carcomidas para reempla­zarlas por otras limpias. El reglamento les recomendaba también preocuparse «por cambiarles de ropa todos los sá­bados, y lavar bien lavada la ropa sucia», servicio repugnante a la naturaleza pero obra de misericordia corporal muy apreciada por Dios. El mismo servicio debía repetirse «cuan­do la cadena esté a punto de partir», para que los presos ten­gan «camisas limpias y otra ropa» durante el trayecto del viaje.

Esta tarea delicada que Luisa pedía a sus hijas que cum­plieran, permanece hasta el fin de su vida como una de las cosas que ella misma gustaba hacer cuando, a pesar de sus múltiples ocupaciones, la ocasión se presentaba. Una de las primeras hermanas contó que se dirigía a veces a casa de las hermanas «de los pobres presos, que al salir de la cárcel tenían la camisa totalmente carcomida en la espalda y las piernas comidas por los bichos». A éstos, Luisa «les daba las camisas y los calcetines de su hijo, los aconsejaba y les daba una limosna». Otra hermana, al verla hacer servicios parecidos a los presos atestigua que «les lavaba los pies, los secaba y los vestía con los trajes de su hijo».

La misma preocupación por el orden, por la economía y por la limpieza se manifiesta en cada detalle concerniente a lo material. Adelantándose a su siglo no ignora la estrecha relación que existe entre la moral y la higiene. Al marchar «la cadena» las hermanas deben garantizar la salubridad de la sala. En ese momento, su trabajo, lejos de disminuir, era mayor que de costumbre, porque tenían que «vaciar y colocar los jergones y limpiar bien la sala». Algunas ve­ces, a pesar de sus precauciones llegaban otros galeotes antes de que hubieran terminado su trabajo. En estos casos,  para que hubiera bastantes jergones para «sus señores y dueños», las hermanas cedían de buen grado los suyos.

Las prescripciones de Luisa con relación a los pobres galeotes se cumplían, impregnadas de la más tierna y lu­minosa caridad, en la manera de acercárselas, de cuidarlos, de interesarse en la salvación de su alma ya que la asistencia corporal para Luisa y sus hijas no era más que un medio; la asistencia espiritual era la meta. En esto se conformaban con el sentimiento caritativo del siglo que era «esencialmente religioso», tratando «de atraer, de conservar a las almas en la fe». Vemos también, al contrario que M. Cahen, una gran preocupación por salvar el cuerpo y el impulso muy acusado de corazones generosos que se entregan.

Por considerar a los enfermos como los más abandonados de todos, recomienda a las hermanas que les den aún «más cuidados que a los de las parroquias». Visitas, remedios, alimento más cuidado, caldos puestos a parte, nada debe abandonarse según su parecer.

Todo en la jornada de las hermanas tenía que estar su­bordinado a los servicios que prestaban a estos desafortu­nados. La lección de dejar, si fuera preciso, «a Dios por Dios»… para encontrarlo en el pobre, se repetía. Luisa in­siste constantemente en la formación de las hermanas. Una de éstas se destacó en particular por esta santa práctica. Su compañera decía de ella que era muy devota; «pero su de­voción no era mal entendida… antes prefería el servicio, al que estaba obligada, de darse a los pobres, que a todas sus devociones».

Era al hacer a los enfermos servicios innumerables cuan­do las hermanas se animaban a «exhortarles a llevar una buena vida en el porvenir» y a asegurarse discretamente de las disposiciones tomadas con respecto a la misión.

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