La llamada de la miseria el gran encerramiento de los pobres.

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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400es-01-copyA partir del año 1617, después de la constatación de Gannes-Folleville y de la experiencia de Chátillon, Vicente de Paúl, cons­ciente o no de ello, evoluciona y se transforma. Al mismo tiempo se siente interrogado por los acontecimientos, que le llevan a cam­biar totalmente las perspectivas de su vida.

La primera constatación de Gannes y la reflexión de la señora de Gondi: «¡Cuántas almas se pierden, señor Vicente! ¿Cuál puede ser el remedio?», le introducen en un camino penoso, entrecorta­do, que recorrerá a lo largo de toda su existencia. Puesto que se ha comprometido en su interior con Dios, para servir a los pobres, de­be realizar este compromiso de servicio. Pero es necesario amar al prójimo como Dios le ama, es decir, «con la fuerza de nuestros bra­zos, con el sudor de nuestra frente». Trabajo y amor movilizarán constante y progresivamente el dinamismo de Vicente. Ellos le ayudarán a realizar su misión y a forjar las instituciones, que per­mitirán a otras personas prolongar la misión de Jesús.

El párroco de Chátillon (1617), después de haber contem­plado el maravilloso espectáculo de la generosidad de sus parro­quianos con una familia abandonada, se interroga sobre la ma­nera de poder socorrer a esta familia. Sin embargo era necesario tener en cuenta «no solamente a éstos, sino a quienes vendrían des­pués». Esta experiencia y esta reflexión inspiran el primer regla­mento de las Cofradías de la caridad. Unos años más tarde, al ver la rápida extensión y la eficacia de este nuevo estilo de ejercitar la caridad, Vicente «estará maravillado».

Los reglamentos de las Cofradías de la caridad tienen por fin hacer tomar conciencia a sus miembros del espíritu de la caridad. Su opción es comprometerse a servir a los pobres con lo mejor de sí mismos. Tiempo y dinero empleados en este servicio deben ser la manifestación externa del don de sí mismo hecho a los demás. Vicente sabe que la caridad es una en el objeto, múltiple en sus rostros. Esta multiplicidad de rostros obliga a re-inspirar una vida de caridad, inspiradora para quien la ejerce, liberadora y transfor­madora para toda vida que carece de pan para ser hombre. Por esta razón él y sus sacerdotes establecen en las zonas misionadas por ellos una Cofradía de caridad bien organizada, es decir, unas líneas de fuerza capaces de orientar la generosidad y la creatividad de las personas y de abrirlas a las miserias y desequilibrios de los pobres. El organizador de estas «Caridades» quiere, porque la necesidad es urgente, dar a los necesitados la verdad que salva y el pan para vivir. No obstante, prefiere suprimir la mendicidad por la organización de la caridad y del trabajo, en lugar de ejercitar la limosna. El año 1621 hace una experiencia eficaz en Mácon (una ciudad que tenía más de 300 mendigos), donde prácticamente llega a suprimir la mendicidad. Luisa de Marillac, orientada por Vi­cente de Paúl durante su visita a las Caridades, libera un momento la ciudad de Beauvais de la mendicidad.

Desgraciadamente los disturbios del reino no favorecen la reali­zación del programa de acción caritativa de Vicente. Sin embargo, esta situación no le impiden buscar una nueva solución al problema de los mendigos ancianos.

En 1653, este anciano de 73 años va a ajustar, una vez más, su esfuerzo, intentando verificar un nuevo método. Es necesario escuchar a Dios y obedecerle diligentemente: la experiencia y la fe de Vicente saben que Dios habla de muy distintas maneras. Como siempre, él «va a seguir paso a paso la adorable providencia de Dios», manifestada a través de la necesidad y de los aconteci­mientos.

Un día un burgués de París, deseoso de servir a Dios en los pobres, le entrega 100.000 libras para realizar una buena obra, dejándole a él la determinación de la elección. Vicente se lo agrade­ce, ora, reflexiona. Pensando en los ancianos mendigos, sin pan y sin alojamiento, decide la creación de un hospicio, donde algunos de estos infortunados, confiados a las Hijas de la Caridad, podrían vivir humana y cristianamente. El organizador de la Caridad pien­sa en la casa del «Nombre de Jesús». Adapta la casa a las nece­sidades de los nuevos inquilinos. Siendo modestos los réditos, no permiten alojar más de cuarenta pobres. Le era necesario tener éxito (el problema de la mendicidad era una plaga para la socie­dad, incluso para los expósitos). Para conseguirlo reflexiona y pide consejo. Interroga a Luisa de Marillac. Sus reflexiones, consignadas en los archivos de la casa madre de las Hijas de la Caridad, son realistas y demuestran su sentido de organización. El mes de marzo de 1653 los ancianos son convocados. Después de un en­sayo de algunos meses, cuyo resultado fue maravilloso, se pasa a formalizar el contrato para regularizar la nueva fundación.

El hospicio del «Nombre de Jesús», según el deseo del funda­dor, debía ocuparse de las necesidades materiales de los ancianos, instruirlos en las verdades necesarias para salvarse. El anciano sa­cerdote, que durante toda su vida había tenido la pasión de cate­quizar, les da la primera lección de catecismo. Les pregunta si sa­ben hacer la señal de la cruz, después les habla de Dios, de los prin­cipales misterios de la fe y de la obligación que tienen de trabajar manualmente. Les habla con sinceridad, sencillez y dulzura. Dios me ha elegido, les confiesa, aunque sea un miserable pecador, para serviros. Sí, les servirá instruyéndolos en las verdades de fe, preo­cupándose de la buena organización de la casa, proporcionándoles alimento y vestido. Les exigirá el trabajo, para suprimir en ellos la pereza y para que imiten a «tantos pobres campesinos que trabajan desde la mañana hasta la noche, sin estar tan bien alimentados co­mo lo están ellos». La fundación del hospicio del Nombre de Jesús es modelo de administración y de instalación. Luisa de Marillac es la administradora de esta nueva empresa caritativa. Precisión y realismo son las notas características de esta administra­ción. Las Hijas de la Caridad cuidan a los «pensionistas», los sa­cerdotes de la Congregación de la misión se encargan de la pastoral de los ancianos. Vicente de Paúl encuentra que aquí todo marcha bien. El trabajo bien organizado, a la medida de sus fuerzas y re­munerado, permite a estos ancianos, incapaces de ganar su vida, poder vivir.

Proyecto de un hospital general

Terminada la Fronda, hay en las calles de París demasiados mendigos para que se pueda pensar internarlos a todos. París con­centra la mayor parte de oro y de plata del reino, pero también atrae a los pobres de las provincias saqueadas y arruinadas por la guerra. La capital está llena de mendigos inoportunos, de va­gabundos, de «pobres vergonzantes», de sacerdotes mendigos, de soldados mutilados, de enfermos… La miseria llama a la miseria y los mendigos atraen a los vagabundos y necesitados. La miseria y el vagabundeo hacen aparecer bandas de errantes, de maleantes, quienes realizan toda serie de extravagancias.

Las Damas de la Caridad y Vicente de Paúl, la Compañía del Santo Sacramento, los oficiales de la corte y del parlamento se ocupan del problema de la mendicidad. Todos están preocupados por resolverlo. Sin embargo, cada uno ve la situación bajo un punto de vista y con una óptica diferente.

El éxito y la organización del hospicio del Nombre de Jesús convencen a las Damas de la Caridad de que Vicente de Paúl sería capaz de solucionar este problema de la mendicidad creando un hospital general. Previniendo toda objeción de orden financiero, ellas mismas fijan de antemano las sumas que se comprometen a dar. En dos de sus asambleas, las Damas, tratando de presionar­le a decidirse, confirman a Vicente que el dinero no faltará.

Vicente de Paúl, bien informado, considera las dificultades de la obra. Sabe perfectamente que establecer un hospital general no es solamente una cuestión de dinero, incluso admitiendo que es una de las condiciones necesarias.

Un escrito de Luisa de Marillac nos manifiesta que las Da­mas no son las únicas que se interesan por este proyecto del hos­pital general. La colaboradora de Vicente de Paúl sabe que la obra podría ser considerada como un asunto de policía o como un ser­vicio de caridad. Enumerando las condiciones a las que las Damas deben someterse, intenta que su acción sea útil y eficaz. Su pers­picacia y su finura femeninas se manifiestan en este escrito, al mis­mo tiempo que su tacto y su cortesía. Sin querer y sin poderse evadir del asunto, manifiesta sus preferencias.

Apresuradas por llegar al fin de este asunto, las Damas solicitan a la reina el hospital de la Salpetrilre y comienzan las obras para acomodar el edificio. De nuevo insisten para que Vicente se decida a encargarse del hospital general. Más realista y mejor in­formado que las Damas, no acepta la proposición. Vicente no des­conoce la oposición de muchas personas a la iniciativa de las Da­mas. Conoce perfectamente a estos opositores, todos ellos influ­yentes en la corte y en el parlamento. No es difícil prever, que, en definitiva, serán ellos los vencedores. En efecto, de las críticas pa­san a los actos.

Vicente de Paúl tiene razones para adoptar su posición, distinta a la de las Damas. ¿Sus perspectivas del hospital general concuer­dan con el plan de la Compañía del santo sacramento y con la so­lución querida por el parlamento? Suprimir la mendicidad supri­miendo los mendigos, recluirlos por la fuerza en un hospital, donde estarían obligados a trabajar para ganar su subsistencia, era una empresa difícil. En definitiva se trataba de recibir, alojar, discipli­nar, hacer trabajar a más de 40.000 personas. La obra sobrepasaba con mucho todo lo que las Damas podrían hacer. En estas con­diciones ¿por qué obstinarse? Vicente de Paúl después de haber estudiado el pro y contra y solicitado la opinión de los demás sin precipitarse, aconseja ceder a las Damas. Entonces aparece otro as­pecto de la influencia de Vicente de Paúl: conciliar a todos los que legítimamente pueden unirse para ayudar a los necesitados: en es­to es incansable e inimitable. Ansioso y dócil escucha e interroga sobre el asunto. Después de haber tenido en cuenta las aspiracio­nes de todos, coordinará tranquilamente y permitirá el sacrificio de las Damas, procurando al mismo tiempo que sean útiles en la obra y en la perspectiva que se juzgará conveniente emplearlas.

Las Damas, llamadas por los administradores, las «primeras promotoras» del hospital, tendrán la dirección del personal que se ocupa de las mujeres y jóvenes internadas. Vicente enviará a las Hijas de la Caridad, solicitadas para realizar ciertos servicios. Únicamente los misioneros, nombrados por decreto real y del parla­mento, capellanes del hospital general, estarán ausentes. Y esto no sólo porque «excede nuestras fuerzas», sino «por no conocer suficientemente si lo quiere el buen Dios», confiesa Vicente de Paúl después de largas dudas y consejos tenidos en Saint-Lazare.

Vicente de Paúl no puede permitir que la caridad se convierta en un asunto de policía, ni dejar atropellar los derechos humanos para conseguir un orden y una seguridad social. No puede tolerar que los pobres paguen las consecuencias de una guerra alimentada por las intrigas de los príncipes de sangre y de la nobleza, por la oposición del parlamento y explotada por la avaricia burguesa. No Puede aceptar que la pobreza, evangélica, santa, se convierta en culpable y viciosa, que los pobres sean tratados como apestados a quienes hay que recluir para que no infecten a los demás ni los molesten. Para Vicente la oposición, la rebelión, la pobreza, de estos desdichados desvelan el rechazo del plan de Dios, manifesta­do en la creación, y el desprecio del amor, inscrito en la redención realizada por y en Jesucristo.

Si Vicente no acepta que sus misioneros sean los capellanes del hospital general, no por eso deja de organizar una gran misión pa­ra los mendigos de la capital (febrero de 1657) en la que cuarenta sacerdotes, todos ellos miembros de la Congregación de la misión o de las Conferencias de los martes, predican «a lo misionero».

El hospital general

Luis xiv, por edicto del 27 de abril de 1656, crea un organis­mo designado con el nombre de «hospital general». Los principa­les establecimientos de dicho organismo son la Salpetrilre, la Pitié y Bicétre. La Compañía del santo sacramento, cuya acción se en­cuentra en todas las obras caritativas de envergadura, había inten­tado crear una obra de este género desde el principio del año 1631. No es exagerado afirmar que había participado considera­blemente en la realización de este proyecto. Sea cual sea su influencia, el hospital general es, oficialmente, una creación real, cu­yo fin es internar a los pobres y mendigos. Al fin de beneficencia se añade otro: suprimir la mendicidad y hacer desaparecer de las calles de la capital a una canalla perezosa e inquietante. El edicto real, fijando la organización temporal, determina también la orga­nización espiritual del hospital.

La ejecución de este edicto, que prohíbe la mendicidad, ordena hospitalizar a los enfermos, encerrar a los mendigos y expulsar fue­ra de París a los vagabundos, es asegurado con celo por la creación de una compañía de arqueros. Los agentes de esta compañía de arqueros no ahorran ninguna violencia para encerrar a los mendi­gos. Se sabe perfectamente que el procedimiento es poco aprecia­do por Vicente de Paúl. El hospicio del Nombre de Jesús, esta­blecido por él en 1653, había servido de modelo al hospital gene­ral, pero en el hospicio del Nombre de Jesús sólo se recibía a los voluntarios; ahí está toda la diferencia.

Luis XIV ordena, por edicto, a las municipalidades de provincia establecer un hospital general según el modelo del de París. Va­rias ciudades ejecutan la voluntad del rey. Las filiales provinciales de la Compañía del santo sacramento se emplean en la realización. Se puede observar que las fundaciones de provincia se preocupan más de los enfermos pobres que de los mendigos y que el funcio­namiento está mejor asegurado.

La organización oficial del hospital general de París y la de los de la provincia, donde autoridades civiles y personal eclesiástico y religioso colaboran, trata de procurar una verdadera asistencia pú­blica, incluso si el fin primario es más una operación policíaca que una obra de caridad, o de asistencia social.

En realidad el hospital general es una prisión y constituye un lugar inhumano, al ser un mundo aparte, un mundo cerrado. Se interna a los pobres para apartarlos, segregarlos, de la sociedad. Es­ta separación significa que los pobres son considerados como ele­mentos asociales. Y como a tales se les encierra con otros asociales: prostitutas, dementes, hijos pródigos. Todos los que rechazan un cierto orden —religioso, familiar, moral— forman una población de marginados, a quienes hay que encerrar. Los pobres pertenecen a esta categoría. Aislar a los pobres, mendigos y vagabundos, es, en consecuencia, alejar de las calles, de las iglesias, los elementos hediondos, viciosos, libertinos, que propagan en la sociedad la pes­te, la corrupción, el escándalo.

Pretender afirmar que mendigos y vagabundos, a quienes se pretende encerrar en el hospital general, constituyen un medio edi­ficante, sería desconocer la realidad impuesta por los hechos. Sin embargo intentar convencer de que encerrar a los pobres es una obra no sólo «lícita», sino «santa», útil y absolutamente necesaria para la gloria de Dios, el bien de los pobres y de la sociedad, sería olvidar el sentido punitivo de esta decisión. La vida perezosa, viciosa, que llevan vagabundos y mendigos ¿puede justificar el ca­rácter represivo de esta legislación, que se refiere tanto a vagabun­dos y mendigos como a pobres y necesitados? Los textos legislati­vos, lo mismo que las afirmaciones de los partidarios del encerra­miento de los pobres, olvidan analizar las causas del pauperismo. Semejante olvido impide poder distinguir a los unos de los otros. La consecuencia de esta falta de análisis es grave: la condenación al mismo tiempo y sin ninguna distinción del campesino, del obrero, del artesano, empobrecidos por las crisis económico-sociales, y del mendigo y vagabundo, que hacen de la mendicidad y del robo un oficio, un medio de vida. El estado centralista olvida que a efectos económico-sociales hay que responder con causas del mismo géne­ro y no con reformas morales opresivas. No se trata de mantener la buena conciencia de parlamentarios y burgueses, sino de solucio­nar la situación económica de la parte más inferior de la sociedad. La abstracción de la cultura y el rigorismo moral de la época clásica tienen su influencia y significación en la decisión del encerramiento de los pobres.

La aplicación de esta legislación rigurosa suscita oposiciones y resistencias en una parte de la opinión pública. Objeciones y respuestas ayudan a descubrir los motivos aducidos para encerrar a los pobres y el objetivo que se pretende conseguir. Al mismo tiempo nos informan de la mentalidad de la sociedad con respecto a los pobres y a la pobreza.

En los textos relativos al pauperismo y a la aplicación del edicto real de 1656, aparece una representación pesimista del pobre. Esta representación no sólo se apoya en la idea de que muchos mendigos son disimuladores, perezosos, «falsos pobres», a quienes hay que desenmascarar y controlar, sino que brota de una ideología que no reconoce valor espiritual a la mendicidad y a la pobreza, al pobre y al mendigo. No hay por qué extrañarse que en estos textos se entremezclen constantemente las mismas afirmaciones, se utilicen los mismos argumentos, aparezcan las mismas obsesiones: el pe­cado, la abominación, el desenfreno, el libertinaje, la ignorancia, la situación de condenación, la instrucción religiosa, los sacramentos, el camino de la salvación. La severidad utilizada contra los po­bres, refleja el pesimismo que invade a la teología católica francesa del siglo XVII. El esfuerzo por reprimir la naturaleza conduce al ascetismo. Ascetismo y represión tienen sus repercusiones en la concepción de la caridad y del pobre. La caridad se aborda entonces bajo el aspecto de conveniencia social. Aunque se continúa afir­mando que Dios es el propietario de los bienes, que los ricos no son más que depositarios y dispensadores de sus riquezas, que dar limosna es una obligación de precepto, un medio de salva­ción y de purificación, sin embargo aparece un cambio profundo de mentalidad y de actitud referente a la voluntad de controlar a los pobres, a la decisión de separarlos violenta y rigurosamente de la sociedad, al interés por controlar las limosnas y al deseo de organizar administrativamente las colectas. En realidad se utiliza a los pobres y se sirve de su miseria para intentar conse­guir el cielo para los ricos. Los pobres se convierten en víctimas de un proceso de purificación de la sociedad absolutista y de la teología abstracta, desencarnada, que domina en la iglesia. Esta sociedad olvida que, al abrir la cárcel para introducir en ella a los pobres, se encierra ella misma en la prisión de sus obsesiones y rechaza querer descubrir el verdadero rostro del pobre, de Jesu­cristo, que solicita una ayuda y arranca del placer egoísta. Los po­bres de «carne y hueso» horrorizan a una parte de esta sociedad, es decir, le descubren una parte de sus angustias, de sus temores. Para encontrar de nuevo sus seguridades encierra a los pobres. Una vez desaparecida su presencia molesta, la sociedad proyectará mejor en el recuerdo la imagen de los pobres que no existen, pero que se desearía tener, es decir, la imagen anhelada de sí misma: ricos efectivos que quisieran poseer por añadidura y plácidamente «la pobreza de espíritu».

Severidad y pesimismo ¿explican la caridad como pedagogía del siglo? Es muy probable, dada la semejanza de terapéutica protec­cionista empleada en el trato reservado al demente, al mendigo, al niño. En ellos la naturaleza manifiesta un desequilibrio, una deficiencia. Por eso se interna al pobre para corregirle, domesti­carle y se le separa de la sociedad para reintegrarle por fuerza al trabajo, al orden social, al cumplimiento de las normas eclesiales. Esta visión pesimista del mundo, esta obsesión del pecado y de la naturaleza corrompida, explican la aparente insensibilidad de los partidarios del «encerramiento de los pobres».

La aplicación de las decisiones contenidas en los decretos reales de 1656 y 1657 relativos al encerramiento de los pobres resulta difícil y se manifiesta poco eficaz. La resistencia y la opo­sición de los interesados multiplican los incidentes. Pobres y pa­seantes, con frecuencia pertenecientes a la clase modesta, a veces también a la burguesía, reaccionan espontáneamente para liberar a mendigos, interpelados por los arqueros del hospital general Estas reacciones revelan, sin duda, la pervivencia de ideas y sen­timientos respecto a los pobres y a la pobreza heredados de la tradición medieval. La mendicidad y la limosna, dada personalmen­te al pobre, no pierden el matiz más o menos religioso, sagrado, evangélico. Intentar encerrar a los pobres mendigos, es despreciar estos valores. Quienes se oponen al hospital general, reaccionan de esta manera para manifestar sus actitudes y opciones referentes al sentido del pobre y de la pobreza. Si la imagen medieval del pobre se empaña, no por eso se borra. Esto prueba que las nuevas for­mas de asistencia no han eliminado las formas antiguas.

Incapaz de solucionar el problema del pauperismo, el gobierno centralista acentuará el carácter represivo de la legislación. Las ordenanzas de 1666, 1685, 1700 constituirán la mendicidad, el vagabundeo, en delito, en crimen, llegando, incluso, en caso de reincidencia, a condenar a vagabundos y mendigos a galeras.

Esta decisión de encerrar a los pobres ¿no expresa una nueva concepción de la pobreza, una evolución considerable en las rela­ciones sociales en la ciudad? ¿La vocación especial de los dismi­nuidos económicamente, que había ayudado a los ricos a despren­derse de este mundo, a acercarse a Dios, a abandonarse a la mise­ricordia divina, ayudando y respetando a los pobres, ha desapare­cido? Quizás el parlamento, los burgueses, aspiran ahora dema­siado al orden y a la seguridad. Quizás también los pobres, los men­digos, les dan miedo y quieren imputar las turbulencias pasadas a estos vagabundos, a estas turbas de miserables. ¿Se puede sospe­char que el parlamento y la burguesía, deseosos de conciliarse con la ciudad y con el rey, puedan hacerlo una vez más a expensas de los pobres contribuyentes? En definitiva, no les faltan razones pa­ra tranquilizar su conciencia: ¿no vienen los mendigos en bandas amenazando, saqueando, despojando? ¿Su suciedad no propaga enfermedades y todo género de pestes? ¿No atormentan con sus gritos y horrorizan con sus aspecto deforme y con sus heridas inso­portables? ¿No importunan a las puertas de las casas y en las plazas públicas? ¿No son ladrones, amigos y cómplices de otros ladrones? ¿No participan en las sediciones e instigan a otros a par­ticipar en ellas?.

La miseria ya no es santa; ¿no se convierte en culpable? La tentación puede ser fuerte al pretender que la pobreza tiene su origen en el vicio y en la imprevisión, sobre todo cuando la limosna es incapaz para atenuar la miseria y ya no es suficiente para mantener la buena conciencia.

Es necesario encerrar a los pobres para socorrerlos, para guar­darlos de las tentaciones funestas, para darles una formación reli­giosa y una actividad profesional, pero ante todo, quizás, para liberarse de su presencia molesta, para castigarlos. ¿La caridad pierde con ello sus virtudes conciliadoras? No estamos lejos de afirmarlo. El necesitado considera el traslado al hospital general como una condena, como una segregación, quizás, como un castigo colectivo.

La voluntad centralizadora de los partidarios del «encerramien­to» no hacen desaparecer en Francia la acción de grupos y socie­dades caritativas antiguos o de creación reciente. Sus estatutos pre­vén la asistencia a pobres y enfermos. La distribución de limosnas colectivas permanece en vigor, especialmente con ocasión de en­tierros, cuarentenas, final de año. Moralistas y predicadores afir­man que dar limosna es una «obligación de precepto» y no de con­sejo. Los ricos no son más que depositarios y distribuidores de los bienes que Dios les ha confiado. Lo superfluo, que poseen, perte­nece en toda justicia a los pobres. Dar limosna a los pobres, es imitar la misericordia divina con los «miembros dolientes de Cris­to».

La tentativa del «gran encerramiento» de los pobres marca el siglo xvii, pero dista mucho de resumir todas las actitudes en el campo de la asistencia. Que en la sociedad del siglo xvii haya ha­bido dureza en el trato con los desheredados, que a veces se haya sentido asco, rencor y miedo de ellos, es indiscutible. Sin embargo la aureola ritual y casi sagrada del pobre no ha desaparecido de muchos espíritus del «siglo de las almas», según la expresión de Daniel Rops. Si una teología severa, el compromiso social, la su­misión al poder central conducen a la reclusión de los pobres, la humildad y pobreza de Jesucristo incitan a la mortificación, al des­prendimiento y a la práctica de la limosna. Los pobres siguen siendo la «imagen al natural de Cristo», como dice Vicente de Paúl, y la virtud de la pobreza, es fruto de un amor, que lleva al despren­dimiento y manifiesta el criterio de la caridad. Por eso Bossuet puede pronunciar en 1662 en el púlpito del Louvre: «Quienes subsistían por su trabajo se ven reducidos a la vergüenza de men­digar para conservar la vida; o, no encontrando ya ayuda en las limosnas de los particulares, buscan en vano refugio en los asilos públicos de la pobreza, quiero decir en los hospicios, donde, por la dureza de nuestros corazones, encuentran también el hambre y la desesperación».

 

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