La infancia desgraciada en el siglo XVII

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: María Genoveva Roux · Year of first publication: 1989 · Source: Ecos de la Compañía, 1989.
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murilloUn biógrafo de Santa Luisa — Monseñor Calvet— da como título a este capítulo «El drama de los niños expósitos», y lo introduce como sigue:

«Y realmente es de un drama de lo que hay que hablar, de un drama social, ya que el poder responsable no es capaz de curar una herida punzante en el flanco de la nación; de un drama humano, puesto que unos niños inocentes se ven abandonados a la miseria y a la muerte, y de un drama personal, porque Luisa de Marillac siente su corazón desgarrado por un inmenso dolor».

Si se suele representar con frecuencia a Vicente de Paúl y a Luisa de Marillac con algún niño en los brazos o sobre las rodillas, es, sin duda, porque este aspecto de su misión es el más conocido y el más conmovedor; pero, con frecuencia también, se ignora el peso de trabajo y de sufrimiento que les exigió su lucha contra este flagelo social.

Yo quisiera leer con ustedes, Directores y Educadores de Establecimientos Vicencianos de carácter social, directamente comprometidos en la misma lucha y el mismo servicio junto a la infancia y a la juventud desafortunadas, quisiera leer las primeras páginas de la que es su historia, para poder sacar de ellas un nuevo dinamismo para hoy.

Me propongo hacerlo en tres puntos:

  • Una breve ojeada histórica.
  • Una respuesta organizada.
  • La mirada de Luisa de Marillac.

Me he decidido a desarrollar más extensamente el tercer punto, centrándolo en Luisa de Marillac y dejando un poco en la sombra a Vicente de Paúl, porque me parece que ella fue la verdadera pieza clave de la obra.

1. Una breve ojeada histórica

El siglo XVII fue «un tiempo de gran miseria». Apenas terminadas las guerras de Religión, dos conflictos sangrientos —la Guerra de los Treinta Años y la Guerra civil de la Fronda— destrozaron el país: aldeas destruidas, familias rotas, epidemias, hambres, mendicidad, se añadieron y agravaron la situación ya precaria de las gentes humildes, situación en la que se veía naturalmente implicada la infancia.

El abandono de niños no era cosa nueva en el siglo XVII, pero probablemente se vio acrecentado por la situación social. Algunas esquelitas, trozos de papel mal escritos, escondidos en los pañales de algunos niños abandonados, no necesitan comentario:

«Señor, Señora, esta pobre niña se encomienda a sus caridades acostumbradas, porque no tiene padre ni madre que puedan alimentarla. Está bautizada y se llama María. Los tres rogaremos a Dios por su casa». (Firma ilegible. Ortografía defectuosa).

En París solían encontrarse todos los años de 300 a 400 niños depositados a escondidas en los pórticos de las iglesias o de los conventos. Existía un reglamento establecido por el Parlamento en el que se puntualizaba que sólo un comisario habilitado para tal cometido podía «levantar» un niño expósito; para ello tenía que redactar un proceso verbal y llevar al niño al Hospital General —Hótel Dieu—, desde donde se le trasladaba a la casa llamada de «la Cuna».

Situada a orillas del Sena, frente al Ayuntamiento, esta Casa de La Cuna dependía del Obispo, de los Canónigos de Nuestra Señora y de algunos Priores de grandes Abadías, a los que se denominaba «Señores Altos Justicieros». Unas mujeres contratadas para ello, se hacían cargo de los niños para cuidar de ellos. Pero se carecía de espacio, de alimentos y de dinero… quizá también faltaba ternura de corazón.

La situación era catastrófica: muchos niños morían y, lo que era todavía más grave, se había organizado un odioso tráfico con ellos. Escuchemos a San Vicente:

«Estas pobres criaturitas estaban mal atendidas: una nodriza para 4 5 niños… Se los vendía por 8 sueldos cada uno a mendigos que les quebraban brazos y piernas para excitar la compasión de la gente y los dejaban morir de hambre… se les propinaban píldoras de láu-dano para que se durmieran… En 50 años ni uno solo ha sobrevivido…» (Cf. S.V. P. , Síg. X, 941).

Esto ocurría en París, pero otro tanto sucedía en otras ciudades de provincias. Hay que tener en cuenta, además, que la mentalidad de la época hacía más penosa la situación. Por el hecho del nacimiento ilegítimo de muchos de estos niños, se les consideraba a todos como «hijos del pecado» y se experimentaba un verdadero rechazo hacia ellos: prejuicio social difícil de vencer en una época en que se estaba muy lejos de reconocer, respetar y educar a la infancia como hoy se hace.
¿Cómo luchar contra este azote? ¿Dónde encontrar los recursos necesarios? De todas formas, ¡algo había que hacer!

¿De quién vino la idea de intentar algo? Los biógrafos no se ponen de acuerdo para responder a esta pregunta. Es cierto que Vicente conoció el problema y lo lamentaba. ¿Quién más pobre, más desprovisto de todo que un niño abandonado? Sin embargo, vacilaba en dar una respuesta a las llamadas de los Canónigos que, impotentes para enfrentarse con la situación, habían hablado también de ella a algunas Señoras de la aristocracia que visitaban a los enfermos del Hospital General — Hótel Dieu —. La institución establecida para aliviar esta situación funcionaba mal. Estaba «podrida», diríamos hoy. Hacía falta algo nuevo, y ésa era la idea de Vicente de Paúl.

2. Una respuesta organizada

Consciente de las dificultades, Vicente se decidió, en 1638, a intentar una modesta prueba, y así lo comunicó a Luisa de Marillac:

«Señorita —le escribe—: En la última asamblea de las Señoras se tomó el acuerdo de rogar a usted intentase a modo de prueba… Vea si habría posibilidad de encargarse de 2 ó 3 niños y alimentarlos con leche de vaca…» (S.V.P., Sígueme, I, p.p. 429).

3, 4…, luego 12…, luego 20…, y después de dos años de prueba, Vicente y Luisa aceptaban hacerse cargo de todos los niños abandonados. Las Señoras de la Cofradía de la Caridad del Hospital General de París, estimuladas por Vicente de Paúl, se encargarían de la financiación.

Las Hijas de la Caridad ponían su tiempo, sus brazos y, sobre todo, su corazón:

«… Estoy convencida de que sentís muchas veces gran cariño para con ellos. Hijas mías, nunca les tendréis demasiado. Estad seguras de que nunca ofenderéis a Dios amándolos mucho: son sus hijos, y el motivo que os ha hecho poneros al servicio de ellos es su amor divino…» (7-12-1643, Conf. esp. n. 233).

Al principio, se sacaba a los niños de la Casa Cuna y se les recibía en pequeñas Co-munidades de Hijas de la Caridad que fueron abriendo para ello, en casas de alquiler, como por ejemplo la de la calle de los Panaderos, o bien en la Casa Madre, situada primero en la aldea de La Chapelle, al norte de París, y después en la feligresía de San Lorenzo.

A esta solución se añadió la de llevarlos con familias al campo, sistema que se fue mejorando poco a poco, gracias a una selección más detenida de las nodrizas y a las visitas que regularmente hacían las Señoras o, con más frecuencia, las mismas Hermanas. Luisa de Marillac hacía la lista de los niños colocados con familias: cada niño tenía una ficha (en algunas de esas fichas pueden verse anotaciones hechas por San Vicente).

En cinco años se pudieron salvar 1.200 niños. Dado el número creciente de los mismos, se hizo necesario buscar más fondos y más locales. El Rey y la Reina, a quienes se acudió, concedieron una renta anual. Por lo que se refiere al alojamiento, se instaló a los más pequeñitos en las «Trece Casas», cerca de la Casa Madre, en el emplazamiento actual de la Estación del Este, y para «los mayores de 3 años», las Señoras consiguieron el castillo de Bicétre, a pesar de las objeciones de Luisa de Márillac. A Luisa le parecía que aquel caserón, deshabitado durante muchos años, frío, alejado de París y en parte medio ruinoso, no era el local adecuado; y tenía razón. Pero no obstante, hubo que transportar allí a los niños, por malos caminos, tratar de acondicionar la casa, instalar unas clases, y trabajar la finca para hacerla producir.

Una abundante correspondencia nos permite compartir hoy las preocupaciones de entonces, los temores y proyectos de Luisa de Marillac y, a partir de 1648, año de la Fronda, sus zozobras y angustias. Efectivamente, la región fue devastada por la guerra; los ejércitos merodeaban por todas partes; no había dinero, ni pan, ni ropa, ni seguridad…

Algunas cartas de Luisa, dirigidas al Sr. Vicente, al Canciller Séguier, a la Señorita de Lamoignon, son verdaderos gritos de alarma para salvar a los niños de la miseria y de la muerte.

«…ayer tuvimos que dar todo el dinero de la caja de aquí (de la Casa Madre… para poder adquirir… trigo para los niños de Bicétre… Tenemos aquí a doce o trece niños y no tenemos pañales para cambiarlos… Es verdaderamente lamentable que las Señoras se preocupen tan poco…» (L. de M. C. n.° 302, pp. 298-99, a San Vicente).

«…nos vemos apremiadas por la imposibilidad de seguir recibiendo niños… Háganos la caridad de decirnos si podemos, en conciencia, dejarlos morir…» (L. de M. C. n.° 303, pp. 298-99, a San Vicente)..

«…las nodrizas empiezan a amenazarnos y ya nos han devueltos algunos niños; y las deudas se multiplican hasta el punto que no cabe la esperanza de pagarlas…» (L. de M. C. n.° 312, p. 306, a San Vicente).

Luisa propone soluciones a tan angustiosa situación, entre otras: hacer colectas a la puerta de las iglesias, o en la corte —era entonces una costumbre corriente el hacerlo—, colocar cepillos en las parroquias (para recoger las limosnas), ir a someter el asunto al Rey y a la Reina, hablar de ello a la Princesa de Condé, reunir a las Señoras del Hospital General…

Pero los tiempos eran duros. Fue necesario el tesón de Luisa, la palabra persuasiva de Vicente y la Fe ardiente de ambos para salir de aquella situación.

«Señoras: … la Providencia ha hecho de ustedes madres adoptivas de esos niños… Se trata de un vínculo que han contraído con ellos, de forma que si ustedes los abandonasen, no tendrían más remedio que morir. La vida de esos pobres niños está entre sus manos… ¿Qué diran ustedes a la hora de la muerte cuando Dios les pida cuenta de estas pequeñas criaturas?…» (Síg. X, 941-42).

No, los niños no quedarían abandonados por segunda vez, y si a partir de 1652-54, se les encuentra mucho menos en la correspondencia… es, probablemente, porque las condiciones habían mejorado.

En 1670, después de la muerte de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac, un edicto real institucionalizó la obra de los Niños Expósitos, que quedó anexionada al Hospital General. En el s. XVIII, el número de abandonos creció considerablemente; en el siglo XIX, varias ciudades pusieron en uso «el Torno», que funcionaba en general con una oficina de admisión. Se multiplicaron los asilos para recibir a los niños asistidos y posteriormente se los agrupó en la avenida de Denfert Rochereau, en los edificios del Hospital San Vicente de Paúl, propiedad de la Asistencia Pública. Actualmente, en dicho edificio tiene su sede la DDASS, administrada por la Prefectura y heredera de San Vicente de Paúl y de Santa Luisa de Marillac, ya que ambos fueron los promotores de las Instituciones en favor de la Infancia Desprotegida.

3. La mirada de Luisa de Marillac

Puede decirse con toda certeza que Luisa de Marillac fue la primera Directora de la Obra de los Niños Abandonados. Ella fue la que llevó su peso en la realidad de cada día… con San Vicente de Paúl, por supuesto… pero más que él —me parece a mí—, por ser mujer, madre y formadora de las primeras Hermanas que trabajaron en dicha obra.

Responder día tras día a las nuevas llamadas, hacer frente a las urgencias, discernir las Hermanas más aptas para este servicio, formarlas, sostener su ánimo en los momentos difíciles… todas estas tareas recaían en Luisa de Marillac. Y ¿qué decir de su posición «de bisagra» entre las Señoras y las Hermanas?

Señora entre las Señoras, por su nacimiento, su cultura, sus relaciones, sus vínculos de amistad…, no temía dirigirse a los Grandes, insistir ante ellos, en suma, recordarles sus deberes de justicia: «Es necesario que en la Junta de mañana de las Señoras, se haga algo» (L. de M., C. 302, p. 298). El tono es imperativo…

Pero por vocación había escogido compartir la vida y la misión de jóvenes de condición sencilla; era una de ellas; conocía el valor y la Fe que las animaban; con ellas se había entregado a Dios para servirle en la persona de los Pobres.
Posición a veces incómoda, sin duda, pero providencial, que permitió la realización de grandes proyectos… sobre todo el de atender a la infancia desgraciada.

La lectura de la correspondencia y de los Reglamentos particulares dados a las Hermanas que se ocupaban de los niños, revela la actitud profunda de Luisa de Marillac, la mirada que dirigía a aquellos niños: Una mirada llena de Fe, de justicia y de amor. Estas tres dimensiones forman un todo inseparable y constituyen la base sólida del proyecto educativo aplicado por las primeras Hijas de la Caridad, hace 350 años.

El ejemplar más antiguo del Reglamento que ha llegado hasta nosotros es de 1677. Va firmado por Juliana Jouvin, Superiora y María Ana Bonnejoie, Asistenta. Pero poseemos autógrafos de Luisa de Marillac, fechados en 1640, que permiten remontarse hasta los comienzos del Establecimiento y que dan la seguridad de que, como perfecta organizadora que era, dio ya reglamentos a las Hermanas desde el primer año de funcionamiento. A lo largo de los años, esos reglamentos se fueron ajustando y perfeccionando según las necesidades, pero aun los más tardíos conservan el espíritu e incluso la letra de los primeros. En ellos encontramos el pensamiento de la Fundadora.

La Fe

«La Caridad de Jesús crucificado nos apremia«. Este texto lapidario de San Pablo, que Luisa de Marillac modificó y dio como sello a la Compañía de las Hijas de la Caridad, indica claramente que Jesucristo es la Fuente de su vida. El Evangelio, detenidamente meditado, moldea su mirada y motiva su acción.

El niñito abandonado de todos —pero no de Dios— es Jesús mismo: no es, pues, cuestión de que las Hermanas encuentren su tarea humillante y penosa… al contrario, «se persuadirán de que su vocación es elevada y santa… tienen el honor de ha-cer lo que la Santísima Virgen hacía a su Hijo… Por eso, harán todo lo posible para educar a estos niños con tan gran cuidado y respeto como si fueran la persona misma de Nuestro Señor«. (Reglamento, art. 2).

Mirada de Fe que impregna los más pequeños detalles del servicio diario, porque es una «gran dicha el haber sido llamadas por Dios para un empleo tan santo, ya que tiende a cooperar con el mismo Dios en la salvación de la vida del cuerpo y del alma de estos niños…» (Art. 1).

Y, como consecuencia natural, en vez de mirar a estos pequeños como a «hijos del pecado», se les proponen a las que los sirven como modelo de sencillez, de confianza, de amistad, teniendo en cuenta las palabras de Jesús:

«Dejad que los niños vengan a Mí, porque de los tales es el Reino de los Cielos

Verdadera inversión de la mentalidad por causa del Evangelio.

La justicia

En 1649, durante la Fronda, cuando la situación se hacía imposible, Luisa de Marillac escribió al Canciller Séguier, una de las personalidades más importantes del Reino, que había prometido unas ayudas nunca recibidas en Bicétre:

«…al ver, Excelencia, que todo nos ha faltado, me tomo la libertad de dirigirle estas líneas… para poner en su conocimiento que cien de estos pobres niñitos… (van a) carecer de pan para pasar estas fiestas. Y esta necesidad me oprime de tal manera el corazón, que temería hacerme culpable si dejase que cualquier consideración me impidiese recurrir a Vuestra Excelencia…» (L. de M. C. 308, p. 302).

Y en la misma época a Vicente de Paúl:

«…No veo más que un medio… y es que nosotros, en nombre de nuestra Compañía, presentemos una instancia al Señor Primer Presidente, pidiendo se nos descargue de recibir a los niños… Sin esto me parece que estamos en continuo pecado mortal…» (L. de M., C. n.° 303, p. 299).

¡Estos textos nos asombran! ¡Cómo comprenderlos? ¿Exageración? ¿Excesivo sentido de culpabilidad? ¿Obedece al desaliento?… No lo creo. Me parece que esas reacciones se desprenden precisamente de la mirada de Fe. Esos niños abandonados, amados por Dios, imágenes vivas de Jesucristo, tienen derecho a la vida; hacerse su voz, cuidar de ellos, alimentarlos, salvarlos, es pura justicia… No hacerlo, es pecar gravemente.

Esta convicción de Luisa de Marillac destaca en todos sus reglamentos. A través de métodos que llevan la marca de su época, se percibe la preocupación profunda de hacer crecer la personalidad del niño, mediante la formación de su inteligencia, de su corazón, de su voluntad. Educarlos es pura justicia.

En un momento en que solamente los niños de familias acomodadas recibían instrucción, Luisa de Marillac manda instalar unas clases en Bicétre.

«…nuestras Señoras no han pensado en disponer un local para la escuela —escribe—. Hemos visto uno en el piso bajo que sería muy indicado para los niños, a los que hay que separar de las niñas; no habría más que hacer una puerta y tapiar algunas ventanas; las de las niñas se haría en el piso de arriba. Me gustaría tuviésemos unos carteles alfabéticos que pondríamos en las paredes: es el método que tienen las Ursulinas…» (L. de M. C. n.° 210, p. 217, a San Vicente).

Las niñas aprenden a leer, a coser, a hacer encaje. A los muchachos se les entrena en lectura, escritura, tejer punto, y todos, tan pronto como es posible, aprenden un oficio que les proporcionará un puesto en la sociedad. El despertar la Fe y educarla ocupa también un amplio espacio en la organización del día: la oración, el catecismo, la preparación a los sacramentos de Penitencia y Eucaristía van forjando poco a poco su personalidad cristiana… porque tienen derecho a saber que Dios los ama. ¡Es pura justicia!

Esta educación completa — hoy la llamaríamos promoción integral— de niños destinados a verse rechazados por todos, a verse excluidos, marginados, representa en el siglo XVII una novedad e indica con toda claridad hasta qué punto Luisa de Marillac ve en ellos, ante todo y a pesar de los prejuicios de aquella época, su dignidad de hombres y de hijos de Dios.

El amor

Por experiencia sabe Luisa lo que es el sufrimiento de un niño: ella, personalmente, no conoció a su madre ni el calor de una familia. Por eso, cumple su misión de educadora de esos niños sin familia con un corazón de mujer y de madre, a la vez que de formadora con respecto a las Hermanas que los sirven.

Ese amor maternal que se expresa en indignación violenta en las cartas escritas durante la Fronda, aparece en cada artículo de los reglamentos matizado de dulzura, firmeza, paciencia, ternura y realismo… A una Hermana que sirve a los enfermos en el Hospital de Angers, Luisa le pide: «amar con ternura y respetar profundamente» a esos enfermos (L. de M., C. n.° 322, p. 316, a Sor Cecilia Inés). Creo que esta fórmula, de extraordinario contenido, expresa la actitud fundamental de Luisa de Marillac con relación a todo hermano que sufre, y la veo perfectamente aplicada en las recomendaciones hechas a las Hermanas de Bicétre:

«Amar con ternura y respetar profundamente«

Solos en la vida, maltrechos, esos niños necesitan de un amor tierno, delicado, atento, que se manifieste a través de los menores detalles del día: Las Hermanas tendrán «un especial cuidado con los más pequeños, recién destetados»; en invierno, cuando los acuesten «empezarán por los más pequeños y delicados»; con los enfermitos, «harán provisión de gran paciencia»; cuidarán de que «no se queden demasiado tiempo junto al fuego», «de que no se duerman al sol»; les proporcionarán tiempo de juego entre las lecciones; premiarán a los que cumplan bien con su deber… etc.

Pero ese amor tierno es también un amor fuerte que respeta al niño en lo que es y en lo que tiene:

«Las Hermanas tendrán gran cuidado de la limpieza, pero se guardarán bien de entretenerse en ponerles adornos con ánimo de que parezcan más vistosos que los demás, ya que esto no sirve sino para hacerles crecer en vanidad, sobre todo a las niñas, que podrían llegar a ser unas pequeñas presumidas…» ¡El niño no es un juguete!

Y si hay que corregir…, se hará… Pero el castigo consistirá «en mostrarles un rostro severo«, y «más en palabras que en golpes«. Los castigos corporales eran entonces cosa usual y aceptada por todos, pero en Bicétre, «será la Hermana Sirviente la que aplique el látigo, y sólo después de haber intentado razonar al culpable; lo hará sin pasión y no inmediatamente después de haber cometido la falta«. Todas estas precauciones indican que es necesario buscar una sanción justa, que corrija sin aplastar… y que el empleo del látigo es una medida excepcional.

Con mucho realismo, el reglamento recomienda que se respeten los bienes de cada uno. Poca cosa posee cada niño… Algunas ropas: «sus trapos», sus pertenencias, sería mejor; pero tiene derecho a que se le respete eso poco que tiene. «Las que cuidan de los niños enfermos, tendrán cuidado también de sus ropas y las guardarán de manera que nada se les pierda ni se mezcle con ropa de otros…» «pondrán especial empeño en ahorrar el bien de estos niños… sin dejar de proveer suficientemente a sus necesidades, como unas madres pobres deben hacerlo«.

Como conclusión, quisiera detenerme unos instantes en esta expresión «como unas madres pobres». La intuyo cargada de afecto, de sufrimiento, de sencillez, de lucidez… con un fondo de gran nobleza. Sí. Luisa de Marillac ha mirado a los niños abandonados con su corazón, y ya sabemos que «sólo con el corazón se ve bien». Pero, al mismo tiempo ha comprendido las limitaciones inevitables de ese amor. ¿Quién de nosotros no se ha sentido alguna vez profundamente pobre, falto de medios ante la desgracia de un niño, de un adolescente o joven desarraigado?… ¿Qué poder decirle? ¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? Sentimiento positivo si llega a provocar una actitud de escucha, de búsqueda, de respeto.

Traspasando más de tres siglos de historia, la mirada de Luisa de Marillac, como la de Vicente de Paúl, como la de Jesús, nos interpela hoy:

  • ¿Qué mirada anima cada uno de nuestros gestos profesionales?
  • ¿En qué mirada se apoya nuestro PROYECTO EDUCATIVO?

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