Identificación de Jesucristo con el pobre. Parte I, Capítulo 1

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José Sendra, C.M. · Year of first publication: 1983.
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Parte I: La identificación en Mt 25, 31-46

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria
acompañado de todos sus ángeles,
entonces se sentará en su trono de gloria.Pondrá las ovejas a su derecha,Entonces dirá el Rey a los de su derecha:’Venid benditos de mi Padre,
recibid la herencia del Reino
preparado para vosotros desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre y me disteis de comer,
tuve sed, y me disteis de beber;
Era forastero, y me acogisteis,
estaba desnudo, y me vestisteis;
Enfermo, y me visitásteis,
en la cárcel, y vinisteis a verme’.Entonces los justos le responderán:’Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer,
o sediento, y te dimos de beber?
¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos,
o desnudo y te vestimos?
¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel,
y fuimos a verte?’.Y el Rey les dirá:

‘En verdad os digo,
cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños
a mí me lo hicisteis’.

—y los justos a una vida eterna».

Mt 25, 31-46

—Serán congregadas delante de él todas las naciones,
y él separará a los unos de los otros,
como el pastor separa las ovejas de los cabritos.—y los cabritos a su izquierda.Entonces dirá también a los de su izquierda:’Apartaos de mí, malditos,
al fuego eterno,
preparado para el Diablo y sus ángeles.
Porque tuve hambre, y no me disteis de comer,
tuve sed, y no me disteis de beber;
Era forastero, y no me acogisteis,
Estaba desnudo, y no me vestisteis;
Enfermo y en la cárcel,y no me visitásteis’.Entonces dirán también éstos:’Señor, ¿cuándo te vimos ham­briento
o sediento o foras­tero o desnudo
o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’.

Y él entonces les responderá:

‘En verdad os digo,
cuanto dejásteis de hacer con uno de éstos más pequeños,
también conmigo dejásteis de hacerlo’.

E irán éstos a un castigo eterno,—

(Trad de la Biblia de Jerusalén)1

1. El cuadro de Mt 25, 31-46

«La distribución de este maravilloso cuadro no puede ser más sencilla y natural. Tras una introducción, 31-33, que es como su marco, sigue la doble sentencia del Rey: a los justos, 34-40, y a los injustos, 41-45, que termina con la ejecución. Aun literariamente, este cuadro es una obra maes­tra bajo todos sus aspectos. En él lo grandioso de la escena se da la mano con la sobriedad y delicadeza de los rasgos; lo terrible, que sobrecoge, con lo blando que dulcemente halaga; lo natural y espontáneo, con lo perfecto… Llama la atención la ausencia de tremendismo. Se presenta el juicio, no como una escena aterradora de rayos y truenos… sino como un canto de serena justicia»2.

Consideremos brevemente los distintos elementos de la introducción (v. 31).

1. El Hijo del hombre y su significado en Mt 25, 31-46

El título de Hijo del hombre que se da a sí mismo, asu­me aquí toda la riqueza y complejidad.

Este título es apto a designar a Jesús como Represen­tante de la humanidad entera3.

Viene principalmente en boca de Jesús en ocasiones aptas a poner de relieve la verdad y la humildad de la carne en la persona del Mesías en contraste con la gloria eterna de su divinidad, que también presupone.

Sugiere pues este título como ningún otro la doble di­mensión eterna y temporal, humana y divina del Mesías.

Jesús, juzgado por el Sanedrín en condición de reo, lo que hace más extraña su palabra, afirma su gloria futura en con­firmación de su cualidad de Hijo de Dios que el Sumo Sacer­dote le ha puesto en el trance de confesar abiertamente: «Además os digo que veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios viniendo sobre las nubes del cielo», Mt 26, 64.

Aparece claramente el contraste de estas palabras de Je­sús con las condiciones de abatimiento a las que está some­tido en los momentos presentes4.

En esta declaración de Jesús tiene particular relieve el título de Hijo del hombre, en el que podemos ver expresa­das su diversa condición, humillada ahora, gloriosa después.

La misma doble condición entraña este título en nues­tro texto de Mt 25, 31-46, pero en orden inverso.

Ante el Sanedrín el estado de humillación del Hijo del hombre tiene lugar en el momento presente y su gloria es anunciada para un próximo tiempo futuro.

En el juicio en cambio es el estado de gloria actual del Hijo del hombre que viene como Rey a juzgar que contrasta con un pasado de humillación y abatimiento en que sufrió hambre y sed y fue preso.

He aquí pues que los dos textos se corresponden en de­signar una condición tan dispar del Hijo del hombre.

Es precisamente esta doble cualidad del Hijo del hombre que prepara las grandes sorpresas del juicio.

De modo parecido a aquellos dramas o piezas teatrales en que toda la acción gira alrededor de un protagonista, el cual reviste dos condiciones en su persona, mendigo una, pongamos por caso, noble otra, y que la trama se resuelve en el acto final cuando el personaje descubre su verdadera condición; o más bien, sin salirnos de las páginas de la Sa­grada Escritura, viene a la mente la escena de José en medio de su gloria dándose a conocer a sus hermanos, cosa que los dejó consternados5.

Así sucederá también aquí, cuando ante los ojos atóni­tos de los juzgados, sean las ovejas de su derecha o los ca­britos de su izquierda, les revelará que él, el Rey de ahora, era aquel mismo pobre y enfermo a quien prodigaron sus cuidados o se los negaron, cuando él se hallaba en estado mísero.

He aquí pues cómo el título de Hijo del hombre con la complejidad que entraña forma un nudo importante en la presentación del juicio: «Yo soy aquél»…

Esta figura gloriosa y miserable, es aquí al mismo tiempo el Servidor sufriente de Isaías y el Mesías Rey anunciado por los profetas.

Estos dos títulos de Servidor y de Mesías vienen aquí reunidos en la noción de Hijo del hombre.

El texto de Mateo concilia admirablemente estas dos condiciones que forman la clave del juicio al resolverse el dualismo unos versículos más adelante abiertamente, cuando él mismo aparece como Rey, v. 35, y como hambriento, pobre, preso, v. 42.

2. Los ángeles en la escena del juicio

He aquí un nuevo género de personaje que tendrá su papel en la escena del juicio. ‘Cuando vendrá el Hijo del hombre… y todos los ángeles con El’, v. 316.

La aparición de los ángeles induce a pensar en la analo­gía que tiene este pasaje con la parábola de la cizaña que crece en medio del buen trigo en el campo del padre de familia, Mt 13, 24 ss, así como en la red que congrega toda clase de peces, 13, 47 ss.

En ambas parábolas los ángeles se presentan como minis­tros que tienen el cargo de separar los buenos de los malos.

También en nuestro pasaje, Mt 25, 31-46, tienen lugar dos separaciones de los buenos y los malos: una preliminar, unos a la izquierda, otros a la derecha del Rey; y otra al final, en que se resuelve el juicio de modo definitivo, los justos van a la vida eterna, los réprobos al fuego eterno.

A juzgar por las parábolas mencionadas de la cizaña y la red, también aquí serían los ángeles ministros del Rey, los encargados de la separación y de la ejecución de la sentencia.

Sin embargo aquí no se les atribuye al menos explícita­mente tan importante cargo.

Es el Rey por sí mismo quien lleva a efecto la separa­ción primera ‘como un pastor separa las ovejas de los ca­britos’, v. 32, y al final también es la fuerza de su sentencia que entraña por sí misma la ejecución: ‘¡Apartaos de Mí…!’ ‘E irán…’ Deja entrever que irán por sí mismos.

Los ángeles pues aparecen aquí principalmente con carácter decorativo, para dar un fondo de gloria a la escena y formar la corte del Rey.

Prueba de ello es que son introducidos en el texto tan sólo en el versículo preparatorio: ‘Cuando vendrá el Hijo del hombre en medio de su majestad, y con El todos los án­geles, se sentará en su trono de gloria…’, v. 31.

Expresiones todas, aptas en el lenguaje bíblico a poner de relieve la gloria y majestad de Dios. Por esto la men­ción de los ángeles viene determinada como pertenecientes al Señor o a Dios7.

Algún comentarista ve en la mención de los ángeles en Mt 25, 31-46 una de las pruebas más claras de la Divi­nidad de Cristo que aparece aquí como Rey a quien los án­geles están sujetos8 y vienen haciéndole corte. Oficio que en la Escritura desempeñan sólo con relación a Dios.

Es de notar la omisión ya desde la traducción latina de la Vulgata del término ‘agioi’, santos, que adjetiva al sustan­tivo ‘anggeloi’, ángeles, muy probablemente por parecerle al traductor o transcribiente superflua o infrecuente en la Biblia tal especificación referida a los ángeles. Y ello sin per­catarse al parecer, que el hagiógrafo especifica aquí con el calificativo ‘agioi’ a los ángeles que forman la corte del Rey-pastor por oposición al acompañamiento o corte del diablo designado por la misma palabra ‘anggeloi’, que mejor tra­duciríamos por ‘emisarios’ (‘el Diablo y sus emisarios’). El Diablo en efecto es presentado aquí en perfecta antítesis con el Rey-pastor, como el Príncipe de los demonios, a quien acompañan y obedecen todas las potestades maléficas (Cfr. Mt 12, 24 ss, donde se le atribuye expresamente un reino).

3. El trono de gloria

Del mismo orden es la expresión que sigue a la mención de los ángeles, ‘se sentará en su trono de gloria’, v. 31, figura ésta la más expresiva en el lenguaje semítico9. La expresión ‘trono de gloria’, en la que seríamos tentados de no ver más que una metáfora poética, era para los judíos una realidad llena de sugestiones.

La realidad designa el trono sobre el que Dios mismo estaba sentado, es decir la dignidad y gloria propia de Dios.

Así que el Hijo del hombre anuncia aquí como en otro pasaje, Mt 19, 28, que se sentará sobre el trono de gloria que la teología y piedad judías reservaban hasta entonces a Dios.

He ahí pues un cuadro completo de gloria suprema, la gloria misma de Dios.

Lo más notable es que viene descrita de paso, para dar importancia a este singular juicio. El Hijo del hombre para disponerse a este acto se revestirá de toda su gloria y ma­jestad.

4. La figura del Rey

‘Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid, vo­sotros los benditos de mi Padre, poseed el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.

Sin transición alguna sólo preanunciado por la mención del trono, el Hijo del hombre aparece con el título de rey.

Imagen sugestiva y más a la mente de los inmediatos oyentes de Jesús, acostumbrados a unir a la noción de rey cuanto de poder, de majestad, de justicia sea imaginable. Un rey oriental efectivamente se hallaba envuelto en un halo de gloria y magnificencia que lo trasfiguraba10.

Todo el relato evangélico se desenvuelve en un mundo extratemporal, de una serenidad bucólica, donde la majestad va unida a una especie de candor y simplicidad.

Un rey con acompañamiento de ángeles, figuras silencio­sas y poéticas, aptas a poner de relieve la majestad de su Señor. No ejércitos, cuya sola palabra con la noción de lo fragoroso que incluye, turbaría la serenidad de la escena. Al contrario de otro pasaje, en que se habla de ‘legiones’ de ángeles, Mt 26, 53.

Un rey que como en los cuentos idílicos se pasea por las calles de su reino, trata con todos sus súbditos personalmen­te y los divide como un pastor su rebaño11.

Un rey singular como sobrehumano que es y eterno su reinado, que da su reino en posesión a sus súbditos fieles.

De una benignidad conmovedora cuando habla a las ove­jas de su derecha, que se transforma de repente en acento terrible frente a los culpables de haber omitido las obras de misericordia hacia los más pequeños. ‘Como rugido de león la ira del rey’, Pr 19, 12.

La figura del pastor separando las ovejas de los cabritos de su rebaño sirve para distribuir convenientemente la esce­na y preparar el doble diálogo. Unos son colocados a la izquierda, otros a la derecha, el tradicional puesto de los favorecidos.

La razón de comparar los buenos a las ovejas y los malos a los cabritos aparece bien determinada por los distintos caracteres de estos animales12.

Con el calificativo dado a los justos, Jesús nos descubre qué relaciones singulares le ligan a su Padre.

A los justos, sus fieles, sus amigos, los llama ‘benditos de mi Padre’. ¡Expresión conmovedora! Sin duda en el pensa­miento de Jesús no había otra más adecuada ni más bella.

Palabras todas, aptas a recrear los oídos y hacer estallar de gozo el corazón de los afortunados oyentes.

‘Poseed el Reino que os está preparado’. Un rey oriental llegaba a prometer como recompensa y liberalidad suprema la mitad de su Reino13.

Gesto admirable el de este Rey que entrega todo su rei­no. Reino singular que no tiene otro fin que servir de re­compensa a los vasallos: ‘preparado para vosotros’.

5. Motivo aducido por el Rey

El motivo de tan exorbitante recompensa, era de esperar, no podía ser otro que un servicio muy señalado rendido a la misma persona del Rey.

Es precisamente ésta la razón que da: ‘Porque tuve ham­bre y me disteis de comer…’. El Rey revela pues una con­dición suya anterior a la gloria de que goza actualmente, en la cual se vio reducido a las más extremas necesidades.

Cuando un rey llega a la posesión de su trono y de su poder después de haber pasado personalmente por condicio­nes tan penosas como el hambre, la sed, la desnudez y la prisión, es para llenar de terror a los que no le acogieron y quizá le despreciaron. Esta es la situación patética de los de la izquierda. Es por el contrario para inundar de felicidad a los que le han asistido. Tanto más si lo hicieron desintere­sadamente, sin pensar que este hombre reducido a estado mísero podía un día premiarles con munificencia real.

Pueden ahora esperarlo todo. Los primeros cargos. Más todavía: ‘Poseed el reino…’14 ¡recompensa suprema!

‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era extranjero y me hospedasteis, desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, en cárcel y vinisteis a verme’.

El diálogo oriental gusta de largas enumeraciones que producen la impresión de un ritmo a balanceo en que el pensamiento se complace y reposa un instante.

Pero tanto y más aún que la magnitud de la recompensa que se les ofrece, provoca la perplejidad de los justos la razón dada por el Rey.

Repasando en su memoria honradamente no hallan ha­ber prestado tan insignes servicios a su misma persona: ‘Señor. ¿cuándo te vimos…?’15.

Los justos recuerdan perfectamente que ejercieron las obras de misericordia con los pobres comunes. Pero ¿al Rey mismo? ¿Cuándo pudo ser?

Diálogo conmovedor que provoca una ulterior aclara­ción. Entonces el Rey les responderá:

‘En verdad os digo, cuánto habéis hecho a uno de estos mis más pequeños hermanos, a Mí me lo habéis hecho’.

He aquí la respuesta final, la gran revelación16 a la cual se subordinan todos los demás elementos de la narración tanto la preparación como el epílogo. Como en las grandes sentencias va precedida de la palabra ‘amén, en verdad’17.

No hay duda que los justos restaron mucho más atóni­tos y sorprendidos, que perplejos habían quedado ante la afirmación de que habían asistido al Rey.

6. El porqué de las omisiones

Es de notar que la enumeración de necesidades sufridas no es exhaustiva sino que se refiere a las más comunes. No menciona por ejemplo, una situación particularmente dramática que puede suscitar una obra de misericordia sin duda merecedora como las restantes de figurar a la derecha del Rey y de poseer su Reino; que en paralelismo con las demás se expresaría así: «Quedé huérfano y me amparasteis». Ni tampoco una buena obra muy apreciada y reco­mendada en el AT (cfr. Tb 1, 17-20): enterrar a los muertos.

La razón de esta omisión es sin duda la misma cons­trucción literaria, tan sobria y equilibrada que no permite una enumeración prolija de todas las posibles necesidades y situaciones penosas, sino que ya se dejan entender como incluidas en las más comunes, las cuales, como diremos más adelante, aparte de sufrirlas misteriosamente en los más pe­queños, pudo haberlas padecido el Rey-Mesías en su vida temporal.

En tal contexto, el citado ejemplo, si bien puede ser real en el caso de los más pequeños, referido a Jesús de Nazaret en su vida histórica o temporal, fundamento de su continua­ción en la de los más pequeños, como diremos luego, resul­taría un tanto extraña al propio evangelio de Mateo, que lo presenta como hijo del carpintero y conoce su madre y sus hermanos o parientes (13, 55-56).

En esta línea de sentido y refiriéndonos al segundo ejem­plo, sí daría pie a la mención expresa de la obra de miseri­cordia de enterrar a los muertos, por ser ésta una circunstan­cia del todo común y que aconteció al propio Rey en su ma­nifestación histórica como Jesús, el Profeta de Nazaret, que murió (y de muerte de cruz, que no dejaría de ponderar San Pablo) y fue piadosamente enterrado por Nicodemo.

Pero tal mención en su formulación paralela a las necesi­dades comunes, resultaría extraña: «Estuve muerto y me enterrasteis». Puesto que en la escena del Juicio no se revela expresamente el misterio muerte-resurrección. La idea mis­ma de muerte repugna al contexto evangélico: ‘Dios es Dios de vivos y no de muertos’, ‘Dejad a los muertos que entierren a sus muertos’, ‘¿,Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?’ (Mt 22, 32; 8, 22; Lc 24, 5).

Aparte de que enterrar a los muertos es más bien una obra de piedad que de misericordia, puesto que tal reduc­ción a la postrera condición humana, aún en el estado más lastimoso se halla libre de las angustias y perentorias nece­sidades que pueden acuciar al ser viviente.

Con el mismo lenguaje sencillo y majestuoso dictará sentencia en paralelismo de oposición a los eternamente in­felices, convintos de no haber obrado la misericordia en la persona de su Señor.

Le conocían ciertamente de momento que se dirigen a él y le hablan: ‘Señor ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o peregrino o enfermo o en cárcel y no te asistimos?’.

7. Antítesis y paralelismos

El Evangelio de Mateo nos tiene habituados a las antí­tesis fuertes, aptas a grabar en la memoria la enseñanza co­mo a cincel, recordemos por ejemplo ‘la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio’, Mt 7, 3-5, ‘arrancarse el ojo’, 5, 29, ‘no saber la mano izquierda lo que hace la derecha’, 6, 3, ‘primeros, últimos; y últimos, primeras’, 19, 30, ‘quienes son la madre y los hermanos de Jesús’, 3, 33.

Este lenguaje hecho de antítesis y dichos paradójicos muy propios del lenguaje semítico parece haber sido parti­cularmente caro al divino Maestro. Forma un signo caracte­rístico de su palabra y quizá sean estas formas de lenguaje en el Evangelio de Mateo las que mejor reproduzcan no sólo el sentido, sino las palabras mismas de Jesús18.

La naturaleza singular del Reino de los cielos, a la vez temporal y eterno, la doctrina manifiesta a los pequeños y oculta a los grandes y soberbios, la condición humana y divina del Hijo del hombre, daba pie a estos dichos y antí­tesis inolvidables.

Refiriéndonos ahora en particular a nuestro texto vemos cómo la descripción del juicio toma particular relieve y emo­ción de las antítesis y paradojas que encierra, llevadas a su máxima expresión.

Vamos a enumerarlas en vista de conjunto:

  1. El Rey sentado en su trono de gloria es aquel men­digo pobre y enfermo a quien asistieron o negaron ayuda.
  2. Las ovejas son separadas de los cabritos a derecha e izquierda del Pastor.
  3. Unos son llamados ‘benditos del Padre’ otros, ‘mal­ditos’. Unos invitados con benignidad: ‘Venid…’ otros, echa­dos violentamente: ‘¡Apartaos de Mí!’.
  4. A unos asegura el Rey haber recibido él mismo los beneficios hechos a los más pequeños. A otros dice con igua­les palabras que le fue negada a él mismo la asistencia re-usada a los más pequeños.
  5. Los justos en fin van a poseer un Reino eterno pre­parado para ellos, los réprobos van al fuego eterno.

He aquí pues cómo la narración se va desenvolviendo en un múltiple paralelismo antitético llevado a escala eter­na, que hacen de esta descripción una joya literaria del Evangelio y graban a fuego, lo que es más importante, la primera enseñanza evangélica: el amor a Dios y al próji­mo, presentada aquí bajo una luz nueva no sospechada anteriormente19.

En otra ocasión Jesús une en preceptos inseparables uno del otro la caridad debida a Dios y al prójimo, Mt 22, 36-40.

En 25, 31-46 dará un paso más, lo reducirá a uno solo, a la identificación.

Para nuestro estudio interesan especialmente las antítesis fundamentales, vv. 35-6 y su correlativo 42-3, juntamente con la explicación o aclaración formada por el v. 40 y el paralelo v. 45:

«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme», 35-6.

«Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis», 42-3.

«En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis», 40.

«En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos más pequeños, conmigo dejasteis de hacerlo», 45.

Alrededor de estos versículos va montada toda la narra­ción del juicio. Sería imposible venir en mente algo más sublime y original20.

La enumeración de necesidades atendidas por los de la derecha o ignoradas por los de la izquierda que marca la pauta y forma el núcleo central de las diversas estrofas del poema, se distribuyen por pares, que guardan relación en­tre sí:

  • Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber;
  • fui forastero, y me hospedásteis; desnudo, y me ves­tisteis;
  • estuve enfermo, y me visitásteis; en cárcel, y vinis­teis a verme.

La respuesta de los justos acentúa aún más esta distri­bución, al reemprender la interrogación ‘¿O cuándo…?’, ‘pó­te… dé’, por tres veces:

  • ¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber?
  • ¿O cuándo te vimos forastero, y te hospedamos; o desnudo, y te vestimos?
  • ¿O cuándo te vimos enfermo y en cárcel, y fuimos a verte?

8. El juego de los sinónimos

Aquí acontece no sin especial significado, según iremos viendo, en un poema breve, primorosamente elaborado, lo que podríamos llamar «el juego de los sinónimos» o el por qué de las distintas alteraciones que se producen dentro de tan perfecta estructuración.

En efecto, en la primera locución a los de la derecha, en el tercer hemistiquio, el Rey utiliza dos expresiones si­nónimas para referirse al doble favor de naturaleza similar:

…’Me visitásteis’, ‘épesképsaszé me’ y …’vinisteis a ver­me’, ‘élzete prós me’, v. 36.

Alguien podría pensar que tales expresiones, sinónimas pero no exactas, aparte exigirlas la perfecta estructuración literaria de los tres grupos pares, estarían para designar su­tilmente la diversidad de circunstancias que median entre el ‘estar enfermo’ o el ‘hallarse en la cárcel’. Dicho de otro mo­do: A un enfermo se le puede visitar, con sólo tener voluntad para ello; a un preso, se podrá ‘ir a él’, es decir manifestar en lo posible tal voluntad de aliviarle; aunque de hecho ra­zones de otro orden —rejas, muros, vigilancia— puedan im­pedir la conversación personal.

Pero no es tal la significación que se pretende.

La razón es óbvia: En la réplica de los justos, v. 39, se usa la expresión ‘fuimos a ti’, ‘élzomen prós se’, para desig­nar globalmente ambas acciones de ir en alivio del enfermo o del preso:

«¿O cuándo te vimos enfermo o en cárcel, y fuimos a ti?».

De modo similar, el Rey en su interpelación a los de la izquierda engloba esta vez ambas circunstancias penosas y el consuelo que le fue negado con la expresión ‘No me visitás­teis’, ‘ouk épesképsaszé me’.

Se usan pues ambos términos sea distintamente, v. 36 (locución del Rey a los de la derecha); sea globalmente, v. 39 (respuesta de los mismos) y v. 43 (interpelación a los de la izquierda).

Lo más notable es que en los dos casos últimos, es de­cir los que se engloban ambas circunstancias bajo una única expresión, se usa ora una, ora otra de las dos sinónimas. Son pues aquí de uso totalmente intercambiable.

Esto no sucede al azar. Veamos el por qué:

En la primera estrofa se utiliza ambas expresiones sinó­nimas en interés de la perfecta construcción literaria resul­tante del paralelismo de los tres grupos pares, como dijimos arriba.

Pero la razón principal no es de orden literario, el cual, como veremos, será repetidamente alterado en función de los matices de significado; sino de orden doctrinal: Es decir, expresar la complacencia del Rey en recordar con todo por­menor y distintamente las circunstancias y favores recibidos: «…Me visitásteis… ; vinisteis a verme…».

Ello se echa de ver más claro aún por el contraste.

Efectivamente, en la estrofa siguiente (réplica de los jus­tos) se omite el uso de sinónimos y se engloban ambas cir­cunstancias bajo un único término:

«¿O cuándo te vimos enfermo o en cárcel y venimos a ti. ‘póte de… élzomen prós se’?».

Se altera aquí la perfecta construcción literaria de la es­trofa para expresar la humildad de los justos, quienes se ni­borizan de pormenorizar tanto como para usar de sinónimos, en la evocación de sus buenas acciones y su posible referen­cia al Rey.

Muy diversa es la razón de la irregularidad literaria con respecto a la estrofa correlativa, v. 43 (interpelación a los de la izquierda):

«Estuve enfermo y en cárcel y no me visitásteis».

Esta inesperada alteración de una de las estrofas que forman el núcleo, con respecto a su paralela (la locución a los de la derecha) —nótese aquí que el sujeto es idéntico en ambas, el Rey, a diferencia del ejemplo anterior— deja tras­lucir sin necesidad de mención expresa, guardando por tanto la extrema sobriedad del relato-poema, la indignación del Rey que se adivina desde la exclamación inicial: Vkpartaos de mí, malditos!’.

Efectivamente, un hablar indignado no se entretiene en delicados matices y sinónimos.

Tal efecto de ir directamente al desenlace, saltándose puntualizaciones y expresiones tiernas por efecto de la ira, aparece aún más claro en la omisión de la expresión ‘herma­nos míos’ tón adelfón mou’, que reclamaba el paralelismo con el v. 40.

Y queda así:

«Lo que no hicisteis a uno de éstos más pequeños, a Mí dejásteis de hacérmelo».

Dándose aquí un curioso giro gramatical por el que queda sustantivado el adjetivo ‘ton élagistón’ ‘los más pequeños’, al perderse la expresión ‘tón adelfón mou’, ‘mis herma­nos’, quedando de mayor relieve tal condición.

9. Los justos y …’éstos’

De otro orden de significado es la manifiesta alteración del paralelismo en relación al término justos con que son designados sin transición alguna los de la derecha, v. 37.

La evidente expresión paralela con relación a los de la izquierda sería ‘impíos’, ‘malvados o injustos’.

Pero tal paralelismo que una vez más reclamaría la cons­trucción literaria viene evitado de modo particularmente notorio.

Veamos la razón de ello:

No parecería adecuado el término ‘impío’, que denota una actitud aviesa o blasfema con relación a Dios, la cual no aparece expresamente en los aludidos; ‘injusto o malvado’ diría relación a una conducta positivamente atropelladora de los más pequeños, a la manera de los prepotentes, ricos, o soberbios, frecuentes en los Salmos y Profetas en el AT; y en el NT, en los Evangelios y Epístola de Santiago, quie­nes defraudan, oprimen o escandalizan a los más débiles.

No así aquí.

Una vez separados a modo de los cabritos, o machos cabríos como término de comparación, no de calificación directa, no se les designa más que de un modo neutro o pu­ramente redaccional: ‘los de la izquierda’, v. 41, o ‘éstos’ vv. 44, 45, 46.

«Entonces responderán también ‘éstos»oútor», v. 44. (Cfr. Entonces responderán los justos, ‘oi dikaioi’. v. 37).

«E irán éstos al castigo eterno, y los justos, a la vida eterna».

Obviamente el paralelismo reclamaría:

«E irán los injustos, o malvados, al castigo eterno y las justos, a la vida eterna».

O bien:

«E irán éstos…; y aquéllos…».

El significado de tal anomalía, como veremos más dete­nidamente en otro contexto en el apartado siguiente, es de gran importancia:

Los de la izquierda se ven condenados no por comisión (de injusticias); sino por omisión (de las obras de miseri­cordia).

Como resumen, notemos lo que podríamos llamar efecto maximalista con relación a los de la derecha:

  • Se usa un doble verbo para la invitación: «Venid…, Recibid…».
  • Se especifican uno por uno los favores recibidos, apelando incluso a sinónimos: «…Me visitásteis; …vinisteis a verme».
  • Por dos veces se les designa como justos, vv. 37 y 46.
  • Son llamados ‘Benditos’, con bendición personaliza­da en el Padre.
  • Se menciona el Reino como preparado expresamente para ellos, desde el origen mismo del mundo («Ya contaba con ello; esperaba ésto de vosotros» …).
  • Se especifica de manera afectuosa y personalizada en su relación con el propio Rey a ‘los más pequeños’, por ellos favorecidos, como ‘mis hermanos’.

Y efecto minimalista, con relación a los de la izquierda: Un solo verbo expresa la reprobación: «¡Apartaos…!».

  • Su maldición es impersonal.
  • Su designación neutra: ‘éstos’…
  • Se señala a los que desatendieron simplemente como ‘a éstos más pequeños’.
  • Se les condena al fuego eterno no previsto de ante­mano para ellos, sino para el Diablo y sus ángeles («Nunca hubiera esperado esto de vosotros…»).

Ello indica colateralmente que la práctica de la mise­ricordia y el sentimiento de compasión es propio de la natu­raleza humana como tal; por tanto previsto —junto con su recompensa— desde la constitución del mundo, v. 34, es de­cir, desde el origen primordial de la propia naturaleza humana.

No así el cerrar las entrañas a los semejantes, los más pequeños particularmente. No cabía tal en la previsión di­vina, por tanto al ‘desnaturalizarse’, comportarse de modo ‘inhumano’, no cabe más que hacerlos partícipes, como de modo ocasional o improvisado, del destino previsto para el Malo primordial, es decir el Diablo y sus ángeles o ‘emi­sarios’.

10. ¿Por qué la pregunta tan precipitada?

Vemos que la pregunta de los de la izquierda está en los mismos términos que su paralela, la de los justos, pero enu­mera más rápidamente, mientras estos últimos se demoran en considerar cada una de sus partes.

‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o peregrino o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’.

Esta forma abreviada podría a primera vista atribuirse a la intención del evangelista por parecerle superfluo repro­ducir de nuevo la monótona letanía.

Pero el desarrollo del texto en perfecto paralelismo y si­metría de sus partes, que mide cuidadosamente cada una de las palabras y estrofas a manera de un poema; y particu­larmente la interpelación del Rey a los de la izquierda, v. 42, en la que se demora punto por punto en la enumeración de las distintas necesidades sufridas y nota expresamente para cada una de ellas haber sido desatendido, todo ello pone de manifiesto que tiene particular sentido la apresurada enume­ración por parte de los de la izquierda, en contraste con el pausado recital de los de la derecha.

Primeramente, con gran arte y fina observación sicoló­gica, el autor sagrado deja entrever aquel comportamiento tan humano de pasar apresuradamente ‘como sobre brasas’ sobre un tema que no agrada y peor aún, del que puede temerse una grave acusación. Al contrario de los interpela­dos de buen principio como ‘benditos de mi Padre’ que hallan en todo ello justificada complacencia, aun en medio de su estupor o extrañeza.

En segundo lugar, y más importante, muestra sutilmente el carácter atolondrado o irreflexivo de los de la izquierda, por contraste con la sensibilidad meticulosa y atenta de los de la derecha.

Es decir, que la reprobación no les sobreviene necesa­riamente por el hecho de ser acaso malvados o impíos, más bien dejan entrever una cierta voluntad de obrar bien, si lo hubieran advertido: ‘Señor, ¿cuándo te vimos…?’ sino por su irreflexión y superficialidad.

En tal sentido su reprobación es paralela a la de las vírgenes necias. No fue debida su exclusión del banquete a mala voluntad, rechazo de la invitación o mal comporta­miento con sus compañeras, sino al descuido e imprevisión propia de su carácter atolondrado.

El Evangelio que se muestra tolerante con el administra­dor infiel, estafador de su amo, a causa de su presteza en procurarse amigos; y merece por ello elogio de su propio señor, aún en acto de pedirle cuentas; el propio evangelio se muestra inflexible con aquellos que aun cumpliendo-bien-sus deberes-para-con-Dios, sin cometer positivamente injusticias o maldad, son descuidados en el buen uso de los bienes re­cibidos y la práctica de las obras de misericordia para con sus hermanos más desfavorecidos.

Vale decir, que el ejercitar la misericordia no es simple­mente cuestión de buena o mala voluntad, sino de poner en acción consideración atenta, cuidado, previsión, como sue­len los caracteres prudentes y avisados poner en los asuntos importantes que les atañen de veras.

¡Qué amarga ha de resultarles a los perezosos e irrefle­sivos la revelación del Rey!

Ignoraban el misterio prácticamente porque olvidaron que el precepto de la caridad, del amor a Dios y al hermano, formaban un mismo mandamiento. Son reos de la gran omisión21.

En vano le llamarán ahora: ‘Señor…’. También las vír­genes necias exclamarán cuando su descuido no tendrá re­medio: ¡Señor, señor, ábrenos!’. Cae plenamente sobre ellos la palabra: No el que me dice: ‘Señor, señor’, entrará en el Reino de los cielos; sino el que cumple la voluntad de mi Padre’22.

Sólo éstos merecerán el título de ‘Benditos de mi Padre’. Jesús gusta de relacionar ora a Sí ora a su Padre, lo que hace más íntimo y solemne el diálogo.

Nótese cómo la expresión antitética dirigida a los de la izquierda rompe significativamente el paralelismo. Omite en ella la referencia al Padre dando a entender que la maldición les viene no de ‘Aquél de quien todo don perfecto procede’, St 1, 17, sino de su propia conducta.

  1. Al contrario de otras lenguas como el alemán o el francés que tienen un término preciso de significado ‘fuerte’ para traducir ‘erifós’, gr. ‘hoedus’, lat. (‘bocks’, ‘boucs’, parecidamente el catalán ‘bocs’), el castellano halla di­ficultad en la elección del vocablo que designe al animal aludido. General­mente, cual es el caso de la traducción propuesta aquí, se inclina por el término más delicado con evidente concesión a la eufonía, en detrimento del rigor y la fuerza de significado. ‘Cabrito’, en efecto, sugiere la imagen del animal tierno aún y retozón, que inspira simpatía; al contrario del animal adulto, de aspecto v andadura más bien repelente, por su pelaje, típica barbilla, su cornamenta y hedor. Lo cual ha suscitado en el arte e imaginación popular desde tiempo in­memorial en diversas culturas, entre ellas la semítica, representaciones si­niestras, relacionadas con poderes maléficos y su conjuro. Una alternativa de traducción ma exacta, aunque más dura al oído, o más pesada por requerir un doble término en una incidencia que se re­pite a escasa distancia, sería así: «Y los separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos; y colocará las ovejas a su derecha y los machos cabríos, a su izquierda». Un sinónimo más simple, ‘chivo’, no es muy común particularmente en plural; y algún otro vocablo de uso vulgar resultaría disonante. Acerca de la omisión en la Vulgata y traducciones derivadas del término ‘agioi’, santos, como adjetivo que acompaña a ‘anggeloi’, ángeles, véase más adelante, I, 2.
  2. JOSÉ M. BOVER, El Evangelio de San Mateo. Barcelona, 1946, p. 432. Los demás exégetas tributan también los mayores elogios a esta página evangélica: ‘Admirable tablean…’ (Lagrange). ‘Merveilleuse beau­té de l’escIne…»Page sublime…’ (Feuillet).
  3. «There is good ground for believing that one of the reasons wich led our Lord to adopt the title ‘Son of Man’ was that He regarded Him­self as, in a unique manner, the Representative of Humanity. Está bien fundamentado creer que una de las razones que indujeron a Nuestro Señor a adoptar el título de ‘Hijo del hombre’ fue que El se consideraba de una forma única el Representante de la humanidad». ALFRED PLUMMER, An exegetical commentary on the Gospel according to St. Matthew. London, 1909, p. 349.
  4. «Parte qu’il est en cene nuit tragique un Messie humilié, il fait savoir au Sanhedrin qu’il sera bientót un Messie glorieux. Por cuanto es en esta noche trágica un Mesías humillado, hace saber al Sanedrín que será muy pronto un Mesías glorioso». BUZY, S. Matthieu en la Sainte Bible, dir. de Louis Pirot. Paris, 1935, tom. IX, p. 358.
  5. «‘Ego sum Joseph, frater verter, quem vendidistis in Aegipto…’ Non poterant respondere fratres nimio terrore perterriti. ‘Yo soy José, vuestro hermano, a quien vendisteis en Egipto…’ No podían responder sus hermanos sobrecogidos de terror». Gn 45, 3-4.
  6. «Le Fils de l’homme vient dans sa propre gloire, escorté par les anges comme Jahveh dans Zach. XIV, 5, et il s’assied ‘sur son tróne de gloire’ pour remplir une fonction essentiellement divine. El Hijo del hombre viene en su propia gloría, escoltado por los ángeles como Yahvéh en Za 14, 5 y se ‘sienta sobre su trono de gloria’ para cumplir una función esencialmente divina». FEUILLET, La synthése eschatologique de S. Matthieu, Revue Bibli­que, 1950, p. 181.
  7. Cfr. Mt 4, 6; 11, 10. Lc 12, 8. Jn 1, 51. Act 5, 19, etc.
  8. En otro versículo del mismo San Mateo se dice expresamente refiriéndose al juicio futuro, que vendrá el Hijo del hombre con sus ángeles, 16, 27.
  9. «Il trono di gloria, su cui egli prenderá posto é simbolo della sua potenza divina». JOSEF SCHMID, L’Evangelo secondo Matteo, trad. ital. Morcelliana, 1957, vol. I, p. 431.
  10. Cfr. Est 15, 9 y 16-7.
  11. «Christ is King and the fate of all men is in this hands. But like some fabled King, he walks in beggar’s disguise throught the streets of his Kingdom. Cristo es Rey y el destino de todos los hombres está en sus manos. Pero como algunos reyes en los cuentos maravillosos pasea disfrazado de pastor por las calles de su Reino». The Inrerpreter’s Bible. The Holy Scriptures. New York, vol. VII, p. 566.
  12. «The reasons wich led to the comparison of the good and the bad to sheep and goats seem to be two: colour and habits. Sheep are commonly white and innofensive; goats are commonly black (Cant. IV, 1. VI, 5) and mischievous. Las razones que inducen a la comparación de los buenos y los malos a las ovejas y los cabritos parecen ser dos: el color y el comportamiento. Las ovejas son comunmente blancas y dó­ciles; los cabritos son comunmente negros, Ct 4, 1; 6, 5, y esquivos».

    PLUMMER, op. cit., p. 350.

    Véase la razón que da S. Juan Crisóstomo: Ex nominibus singulorum mores exhibet, illos hoedos, hos oyes appellans, ut illorum sterilitatem in­dicet: nullus enim ex hoedis fructus proficiscitur: horum yero proventus multus qui ex ovibus paritur, ut lana, lac, foetus, quibus omnibus va­cuus est hoedus. Por las denominaciones da a entender los respectivos modos de ser, llamando a aquéllos (los de la izquierda) cabritos, a éstos (los de la derecha), ovejas para indicar la esterilidad de los primeros: efectivamente de los cabritos no proviene fruto alguno; sí en cambio de las ovejas que dan lana, leche y crías, de lo que carece el cabrito». In Matthaeum, Hom. LXXIX, P.G. t. 58, p. 718.

  13. Cfr. Est 5, 3 y 7, 2; Mc 6, 23.
  14. Nota S. Juan Cris.: «Non dicit accipite sed haereditate possidete quasi propium, quasi paternum et vestrum jam ohm vobis debitum. No dice recibid, sino poseed en heredad, como propio, como un bien paterno que ya os es debido». In Matthaeum, Hom. LXXIX, P.G. 58, p. 719.
  15. «La réponse des justes est un élément du dialogue destiné á amener la réponse. Ils parlent comme ne sachant pas encore ce que le Seigneur va révéler. C’est l’expression d’étonnement et d’incomprehen­sion qui se produit naturellement devant une proposition si extraordi­naire. On peut tenir compte aussi de l’humilité des justes qui n’ont pas la prétension d’avoir obligé le Seigneur dans sa Personne. La respuesta de los justos es un elemento de diálogo destinado a provocar la respues­ta. Hablan como no sabiendo aún lo que el Señor va a revelar. Es la expresión de sorpresa y de perplejidad que se produce de sí ante una proposición tan extraordinaria. También se debe a la humildad de los justos que no tienen la pretensión de haber favorecido al Señor en su persona».

    LAGRANGE, op. cit., p. 488.

    «The loving folk, were so lowly that it did not occur to them that their daily Kindnesses could ever had been a personal service to the King, or that they had done anything worthy of renward. El grupo de biena­venturados era tan humilde que no se les ocurre que sus buenas obras corrientes pudiesen haber sido un servicio al Rey. o que hubiesen hecho algo digno de recompensa».

    The Interpreter’s Bible. The Holy Scriptures. New York, vol. VII, p. 565.

    «Bonarum mentium est quod ea quae propter Deum faciunt parva reputent. Es propio de espíritus bien nacidos que lo que hacen por res­pecto a Dios lo juzguen poca cosa».

    S. Thomae Aquinatis super Evang. S. Matthaei lectura, Romae (Ma­rietti) 1951, p. 325.

  16. «In very thruth the most poignant touch of the whole parable. Verdaderamente el rasgo más conmovedor de toda la parábola». The Interpreter’s Bible…, p. 565.
  17. «Cette formule hiératique, reviendra souvent dans les discours du Sauveur… Jésus fait de ce terme, un usage nouveau qu’on ne rencon­tre pas dans la litterature talmudique; celui d’une attestation solennelle, que nous devons rendre pour lui conserver son emphase, non par nótre adverve vraiment, mais par nótre formule cérémonieuse: en verité. D’aprés S. Jean, Jésus répétait volontiers le mot dans les grandes occa­sions, pour donner á sa parole encore plus de solennité. Esta fórmula hierática vendrá con frecuencia a los labios del Salvador en sus discursos… Jesús hace un uso nuevo de este término que no se encuentra en la lite­ratura talmúdica; el de un enunciado solemne que debe traducirse para que conserve su énfasis no por el adverbio verdaderamente, sino por la fórmula ceremoniosa: en verdad. En San Juan, Jesús es muy dado a repetir esta expresión en las grandes ocasiones, para dar a su palabra una mayor solemnidad». BuzY, S. Mathieu: La Sainte Bible. sous la dir. de Louis Pirot, Paris 1935, tom. IX, p. 61.
  18. A propósito de las palabras del Rey en Mt 25, 31-46 nota un autor: «…on est ici en presence d’une donnée tris archaique anteriéure a la christologie de 1’Eglise. Nos hallarnos aquí ante un pasaje muy arcaico, anterior a la Cristología de la Iglesia». THÉO PREISS, Le mystére du Fas de Phornme, en «Dieu vivant», 8e cahier, p. 22.
  19. «On trouve en philosophes grecs et latins aforismes que presen­tent la bienfaisance comme agreable aux Dieux. Aussi au V.T… Ce qui est nouveau ici c’est de les presenter comme actes d’affection envers Dieu lui-méme. Hallamos en los filósofos griegos y latinos aforismos que pre­sentan la beneficencia como agradable a los dioses. También en el AT… Lo que es nuevo aquí es el hecho de presentarlos como actos de amor hacia Dios mismo». LAGRANGE, Evangile s. Saint Matthieu. Paris, 1923, p. 487.
  20. «…Where is the second brain that could had invented anything so original an so sublime as vv. 35-40, 42-5?. ¿Dónde podría surgir por segunda vez una mente que pudiese haber proferido algo tan original y sublime como los vv. 35-40, 42-45?». Rev. A. PLUMMER, An exegetical commentary on the Gospel acording to S. Matthew. London, 1909, p. 349.
  21. «Il ne nous sert de rien de recourir á lui, Jésus, avec des paroles onc­tueuses, affectées ou insistantes, si en méme temps, nous ne faisons le bon plaisir du Pére. Et si quelqu’un se flatte d’aimer Jésus en lui disant avec tendresse: Seigneur, Seigneur, ce n’est qu’une sensibilité illusoire. No nos sirve de nada, recurrir a él, Jesús, con palabras llenas de unción, afec­tuosas o insistentes, si al propio tiempo no cumplimos la voluntad del Padre. Y si alguno se jacta de amar a Jesús diciéndole con ternura: Señor, Señor, no es más que un sentimentalismo ilusorio». BUZY. op. cit., p. 96. Igualmente Lagrange: «C’est une nouvelle preuve de son affirmation qu’il ne suffit pas de dire: Seigneur, Seigneur (VII, 22; XV, 11), mais qu’il faut pratiquer avant tout la charité. Es una prueba más de su afir­mación, que no basta decir Señor, Señor, 7, 22; 15, 11, sino que es pre­ciso ante todo practicar la caridad». Evang. s. Saint Matthieu, op. cit., p. 485.
  22. «The unloving were so callous, their religion so perfunctory, that they never thought if Jesus as being locked with men in love, or as asking from anyone forthright deed of compassion. Los desamadores estaban tan endurecidos, su religión era tan rutinaria, que no pensaron nunca que Jesús estuviese unido a los hombres en el amor, o que exigie­se de cada uno de inmediato pruebas de compasión». The Interpreter’s Bible…, op. cit., p. 565. «Forse ideo mihi non faciebatis quia me in terca ambulare non vi­debatis? Acaso no me favorecíais porque no me veíais caminar por la tierra?». S. Agustin, serm. XVIII, P.L. 38, p. 131.

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