La hospitalidad y la acogida en la Biblia

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana1 Comment

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Autor: Patrick Griffin, C.M. · Año publicación original: 2011 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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La importancia de la hospitalidad en las culturas que han dado lugar a nuestra Biblia judeo-cristiana es significativa. En un contexto en el que los recursos eran limitados, donde la gente debía depender unos de otros para las necesidades de la vida (principalmente cuando viajaban), la hospitalidad y la acogida del extranjero eran esenciales en la relación humana. Numerosos relatos bíblicos lo ponen de relieve. Para comenzar este tema, fijémonos en la viuda de Sarepta, que acoge a Elías y le ofrece lo que le queda de pan (1ª Reyes 17, 9-16):

«Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento.» Se alzó y fue a Sarepta. Traspasaba la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí leña. Elías la llamó y le dijo: «Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé». Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle: » Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan.» Ella respondió: » Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; sólo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos.» Pero Elías le dijo: » No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra. Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia. Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías»

Este sencillo gesto de hospitalidad es recompensado por la bendición del Señor. El pueblo de Israel ha comprendido y valorado este gesto. Nosotros también sabemos que acoger a los que vienen hacia nosotros, extranjeros u otros, agrada al Señor.

Quisiera subrayar la hospitalidad como valor bíblico, numerosos relatos ponen de relieve la importancia. Hoy, centraré nuestra atención en dos características de la hospitalidad. La primera: acoger al extranjero, es acoger al Señor; la segunda: la acogida que ofrecemos debe brotar de la riqueza de nuestro corazón.

1. La acogida del extranjero – la acogida del Señor

La Carta a los Hebreos nos brinda un magnífico estímulo que podría ser una divisa para nuestro servicio de la hospitalidad.

«No olvidéis la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles» (Hb 13,2)

Diversos pasajes de la Biblia ilustran esta revelación en la que las personas recibieron a ángeles sin saberlo. Uno de los más conocidos es el encuentro del Señor con Abraham:

«El Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda en lo más caluroso del día. Alzó la vista y vio tres hombres frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda, se postró en tierra y dijo: » Señor mío, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un bocado de pan para que recobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a la casa de vuestro siervo.» Contestaron: «Bien, haz lo que dices»». (Gn 18, 1-5)

Abraham y Sara acogen a estos extranjeros que les rebelan ser unos ángeles; el Señor les bendice y les da un hijo. Este texto subraya así la importancia de la acogida de los extranjeros: se acoge al Señor a través de ellos.

Este relato bíblico de la acogida está inmediatamente en oposición con el hecho de que estos extranjeros prosiguen su ruta hasta Sodoma y Gomorra. Pero los habitantes de estas ciudades pecadoras quieren abusar de ellos. Solo Lot, sobrino de Abraham, les protege. En consecuencia, las ciudades de Sodoma y Gomorra son destruidas salvándose Lot y su familia. (Gn. 19).

En el Antiguo Testamento se mencionan otros relatos sobre la hospitalidad. Cuando Dios da la Ley al pueblo por mediación de Moisés, este instruye al pueblo en estos términos:

«Pues el Señor, vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, fuerte y terrible, que no es parcial ni acepta soborno, que hace justicia al huérfano y a la viuda, y que ama al emigrante, dándole pan y vestido. Amad al emigrante porque emigrantes fuisteis en Egipto» (Dt. 10, 17-19)

En el Nuevo Testamento, numerosos relatos valoran la acogida del extranjero como la acogida del Señor. Por ejemplo, el primer relato del viaje de la sagrada familia cuando no encuentran lugar en la posada. María y José son tratados como extranjeros. Lo mismo cuando Jesús resucitado se une a los discípulos de Emaús, ellos no lo reconocen en ese extranjero pero a continuación, lo invitan a sentarse y comer con ellos. Entonces, reconocen a Jesús «al partir el pan». Hoy, en la Iglesia, en la mesa eucarística, los extranjeros son bienvenidos y la comunidad se convierte en una familia.

El encuentro de Jesús con la Samaritana junto al pozo, sugiere esta noción de hospitalidad y la manera de acoger al Señor en su vida.

«Era necesario que él pasara a través de Samaria. Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: » ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: «dame de beber», le pedirías tú, y él te daría agua viva» (Jn 4, 4-10)

Jesús pide un signo de hospitalidad y de acogida: un simple vaso de agua. La mujer se resiste por sus prejuicios culturales, sorprendiéndose de que Jesús no los comparte. Esto permite a Jesús entablar la conversación con ella y conducirla a su conversión y a la transformación de su vida. En Jesús, reconoce al enviado de Dios. La hospitalidad y la acogida del extranjero conducen a la conversión y a la salvación. Como la Samaritana llega a reconocer quien es Jesús, nosotros podemos oír esta buena noticia y reconocer a Dios que viene a nuestro encuentro a través del otro. Este relato nos anima a tomar conciencia de nuestra reticencia o nuestra negligencia al ofrecer la hospitalidad a otro. A través del otro, Dios nos abre a su presencia.

Mateo 25 trata este tema en el relato del juicio final. Observamos el modo cómo está construido:

«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». Entonces los justos le contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?» (Mt 25, 31-39)

La acogida que estamos invitados a dar es sencilla: se trata, fundamentalmente, de afirmar el valor de la persona, incluso si en las acciones caritativas, el Señor acogido no es reconocido como está escrito en el relato por las ovejas que acogen o las cabras que no lo hacen.

Un relato jasídico ilustra bien una parte de esta verdad:

«Un anciano rabino preguntó un día a sus alumnos cuando podían decir que la noche había terminado y el día había comenzado. Es, responde un estudiante, cuando se puede ver un animal a una cierta distancia y decir si es un cordero o un perro. «No» respondió el rabino.

Otro preguntó: ¿es cuando se puede ver un árbol a una cierta distancia y decir si se trata de una higuera o de una palmera? «No» respondió el rabino. Los alumnos estaban perplejos y no tenían ninguna otra respuesta para proponerle. Entonces, ¿cuándo es?, preguntaron. «Es cuando al mirar el rostro de un extranjero veis en él a un amigo. Porque si no veis eso, es aún de noche».

El servicio de la hospitalidad nos invita a reconocer que acogiendo al extranjero, acogemos al Señor y al que es amado por el Señor.

Las personas vienen al santuario de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa por numerosas razones: algunas por su fe profunda o por la elección de María por Dios, otras, llevadas por la curiosidad o con una visita turística. Como miembros del servicio de acogida de la Capilla, estamos invitados a acoger a las personas, cualesquiera que sean sus motivaciones. Nuestra fe en lo que hacemos y en este lugar en el que estamos puede influirles. Algunas personas acogidas son pobres o tímidas, otras tienen una buena situación y se expresan fácilmente. Nuestra tarea consiste en acogerles a todos con dignidad y con la misma consideración, con una atención especial hacia aquellos que parecen menos a gusto. Todos somos hijos del mismo Padre y nuestra acogida debe reflejar esta convicción. María es la Madre de todos los hombres, el extranjero debe ser reconocido como uno de sus hijos.

2. Una acogida que procede del corazón: la caracteristica de la hospitalidad.

Uno de los relatos más sorprendentes y más concretos en la Biblia que muestran a Jesús entablando relaciones tiene lugar practicando la hospitalidad. Estando Jesús en casa de Simón, aparece un fariseo y una mujer pecadora.

«Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.» Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». El contestó: «Dímelo, Maestro». Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?» Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente». Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas, y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». (Lc 7, 36-47)

Este pasaje nos muestra hasta donde puede llegar la hospitalidad de una persona para acoger en su cultura. Puede comenzar por un beso de bienvenida, signo íntimo de respeto y afecto. Lugo, se le ofrece agua para lavarse los pies. En la cultura de la época, las personas tenían la costumbre de caminar con sandalias por los caminos polvorientos, era, pues, normal proponerle que se lavara los pies. Por último, el poner a disposición perfumes y aromas era una bendición. Para aumentar el placer del encuentro al huésped se le perfumaba la cabeza. (Recordemos la hospitalidad generosa vivida en la mesa, en el versículo 5 del Salmo 23: « me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa». Un beso, un poco de agua y perfume formaban parte de los ritos de acogida. En el evangelio, Jesús hace observar a su huésped Simón, que no le ha ofrecido estos ritos. Por lo tanto, Jesús puede interrogarse sobre la calidad de la acogida de Simón.

Por otra parte la mujer pecadora cuida de Jesús de manera ejemplar: le lava los pies con sus lágrimas y se los seca con su cabello, le besa no su mejilla sino sus pies, no sintiéndose digna de besarle su rostro, perfuma sus pies no sólo con algunas gotas (como lo pedía la hospitalidad) sino vertiendo todo el frasco, manifestando así, que acoge a Jesús en lo más profundo de su vida. Su estado de pecadora la había excluido de la vida pública y, por consiguiente, de Jesús. Su generosidad de corazón le permite hacer efectivo lo que significan su deseo de perdón, de curación y de acogida.

Esta manifestación evocadora de la hospitalidad rompe todas las barreras que pudieran existir y esta mujer formará parte de los que acompañan fielmente a Jesús.

Las personas que llegan a este santuario, procedentes de todo el mundo, no siempre conocen el origen. Algunas vienen aquí por curiosidad, como los paganos que querían ver a Jesús, otros como la pecadora en búsqueda de perdón, otros llenos de fe y de esperanza, y otros para dar gracias.

Nuestra misión consiste en hacer que se sientan acogidos. Las características de la acogida descritas en el evangelio son un ejemplo de cómo acoger. Nosotros no es que tengamos que abrazar a los peregrino, ni lavarle los pies y perfumar su cabeza, sino que cada una de estas acciones sugiere una actitud que puede caracterizar nuestra acogida.

a) Un «beso en la mejilla»: una acogida personal

El significado simbólico de este » beso » es que nuestra acogida debe ser personal, brotar del corazón para acoger a las personas en nuestra vida. No basta simplemente con indicar un lugar y ofrecer un folleto, sino que debemos prestar una atención especial a la persona.

El Evangelio nos ofrece otro relato interesante:

«Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: » Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: » Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada.» Lc 10, 38-42)

Marta y María tienen, cada una, una manera distinta de acoger a Jesús. Marta lo hace mediante sus responsabilidades concretas de ama de casa. María, estando atenta a su presencia: sentada a su lado, lo escucha, ofreciéndole una relación personal. Jesús aprecia las dos maneras de hacer. Lo que hace Marta es importante, pero no tanto como atender al mismo Jesús.

Las cartas del Nuevo Testamento hablan de «un beso en la mejilla» que da la bienvenida a los miembros de la comunidad cristiana, gesto de acogida habitual en la comunidad cristiana. Señalemos la manera cómo Pablo anima a acogerse mutuamente «con el beso santo» (1 Cor 16, 20 ; 2 Cor 13, 12 ; 1 Tes 5, 26 ; así como en la 1 Pe 5, 14), manera simbólica, signo de bienvenida, con el que los Cristianos manifiestan su estima mutua.

b) «El lavatorio de los pies»: invitación a quedarse y a rezar

Cuando las personas llegan a la Capilla, algunas vienen de lejos y pueden estar cansadas o incluso irritadas por un largo viaje. El lavatorio de los pies sugiere que su peregrinación ha terminado y que llegados al destino pueden relajarse.

Es importante que los acojamos bien y que se sientan como » en su casa «, en esta capilla en la que deseamos que estén a gusto y encuentren la presencia de Dios. Este lugar es para ellos, deben poder depositar su pesada carga, quedarse y rezar con nosotros.

Observemos el modo cómo Jesús está atento a las necesidades de los que se acercan a él para escucharle y ser curados. Un día, invita a la multitud a sentarse cómodamente y pide a sus discípulos que les den de comer para que puedan continuar su camino. Otro ejemplo es el de la mujer que tenía hemorragias. Jesús se preocupa de todos los que se acercan a él.

«Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré.» Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?» Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»» El seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. El le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5, 25-34)

Acercarse y tocar a Jesús no es un gesto indiferente. Vemos que Jesús quiere tener una relación personal con esta mujer y por consiguiente, concederle un poco de tiempo, hablarle. Le ofrece toda su atención, quiere que ella descubra su dignidad, que se encuentre a gusto con él y pueda aceptar la curación que quiere ofrecerle. Se acerca a él, temerosa y temblando, pero El la tranquiliza diciéndole: «Hija mía» y la envía «Vete en paz».

A ejemplo de Jesús, podemos acercarnos a los demás, tanto en sentido literal como en sentido figurado. Con frecuencia, en la Biblia, se dice que Jesús se acerca para tocar a alguien que está aislado de la comunidad, ya sea por enfermedad, por diferencia de religión o por el pecado. Desea que el otro sepa que se beneficia de su atención y de su apoyo. Se lo muestra acercándose literalmente a él y aceptando ser tocado. Quiere que cada uno se sienta cómodo con El y cerca de él. En su presencia todos son bienvenidos.

c) «La unción de aceite»: una acogida alegre

Hemos hablado ya de la manera cómo podía ser utilizado el aceite perfumado para acoger a una persona en su casa. Este perfume, no sólo suaviza el aire que rodea al invitado sino que da un olor agradable a toda la sala y un aroma de alegría al encuentro.

Los peregrinos que vienen a este santuario forman parte de una comunidad cristiana más extendida y más amplia, y al venir aquí, llegan a un lugar en el que se sienten en su casa. Que nuestra acogida alegre les haga percibir que son importantes para la Iglesia. Ninguna persona debe tener un estatuto particular pero los más pobres deben ser acogidos con mucha atención.

En sus cartas, Pablo afirma el gozo que siente en sus relaciones con sus comunidades y desea que ellas experimenten, mediante su presencia, la proximidad con el Señor. Por ejemplo, cuando se dirige a los Filipenses y así a nosotros hoy:

«Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios». (Flp 4, 5-6)

Cuando las personas vienen, deben percibir nuestra alegría: el gozo que proviene del hecho de que somos felices en nuestra vocación, la alegría que proviene de nuestra confianza de que este lugar es un lugar sagrado en el que el Señor está presente, y de nuestro entusiasmo en acogerles.

d) Una acogida que conduce a la curación y a la reconciliación

Lo más importante es que nuestra acogida permita una invitación a ser curado y a acercarse a Dios. Lo que la mujer pecadora experimenta al final de su encuentro con Jesús, es que El le da lo que quería obtener: el perdón y la ocasión de cambiar de vida. Es este el gran don que Jesús hace a esta mujer cuando lo acoge en su vida.

¿No sería maravilloso para nosotros difundir esta misma invitación a las personas que vienen aquí? ¡Si pudiésemos ofrecerles la posibilidad de ser perdonados de sus pecados, de cambiar de vida, de acercarse más a Dios! En la acogida que ofrecemos, ¿podemos incluir estos elementos importantes? ¡Que luz podría ser para estas personas! Depende de nosotros hacer la proposición de acercarse al Señor gracias al Sacramento de la Reconciliación y de ellos depende responder. Recordemos como san Vicente y santa Luisa sabían animar a las Hermanas para que orientaran a los pobres hacia el sacramento de la Reconciliación presentándoles los beneficios de este maravilloso don.

Conclusión

En esta exposición bíblica, no quiero decir que el servicio de las personas que vienen a visitar el santuario sea siempre una experiencia agradable. Su trabajo no siempre es fácil y su paciencia y buena voluntad pueden con frecuencia estar puestas a prueba.

En cambio, quiero insistir verdaderamente en la importancia de este servicio. María escogió revelarse a uno de los miembros de la Compañía en esta Capilla: esto da un carácter particular a este lugar y somos más directamente responsables de la difusión del mensaje. Por ello tenemos que estar preparados a acoger a nuestros hermanas y hermanas que vienen aquí.

En la intervención que acabo de hacer, he sugerido dos ideas importantes relacionadas con la hospitalidad que tienen fundamentos bíblicos. En primer lugar, acogiendo a los peregrinos, acogemos a los «ángeles», es decir, a la presencia del Señor entre nosotros. Esto debe realizarse con fe y respeto. En segundo lugar, nuestra acogida debe ser personal, sincera y alegre. ¡Quién sabe lo que el Señor quiere hacer en la vida de estas personas en este lugar y entre nosotros!

Como Jesús y con la ayuda del Espíritu Santo, seamos siervos acogedores: «Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti»

One Comment on “La hospitalidad y la acogida en la Biblia”

  1. Muchas gracias por su reflexión sobre la hospitalidad y la acogida. Me parece muy interesante, muy bien explicada y sobretodo muy fácil de poner en práctica.
    Gracias por lo que hacen. Dios los bendiga.

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