Aunque la formación se puede considerar como un complemento de la animación, conviene analizar, sin embargo, la influencia que tienen las Hermanas Sirvientes en la formación de las Hermanas Jóvenes. Ciertamente es notoria la disminución de vocaciones y escaso el número de Hermanas Jóvenes, pero examinar la formación que debieran recibir, puede despertar a comprometernos en la pastoral vocacional. Santa Luisa puede guiarnos en esta reflexión, empezando por ver quiénes son las Hermanas Jóvenes.
Hermanas Jóvenes, Hermanas Antiguas
Es difícil precisar si, al hablar de formación, santa Luisa se refiere a Hermanas jóvenes o a Hermanas en general, ya que la palabra fille en francés puede referirse a joven o a soltera. Con todo, se puede generalizar que en las comunidades al menos una Hermana era joven, y que cuando santa Luisa escribe a las Hermanas Sirvientes sobre formación, casi siempre se refiere a la formación de Hermanas jóvenes.
En vida de santa Luisa, a medida que la Compañía aumenta en número de Hermanas, las jóvenes superan a las antiguas. Hay momentos que en la Casa Madre la mayoría de las Hermanas son jóvenes que se convierten en las dueñas de la casa1. Tal es así que en algunas ocasiones no hay Hermanas antiguas para atender las peticiones de nuevas fundaciones. En 1654 solo “hay tres antiguas para ayudar a la formación de las nuevas” (c. 478). Sin embargo, al contraponer nuevas y antiguas, no siempre Santa Luisa se refiere a jóvenes y mayores, sino a nuevas o antiguas en el destino (c. 398).
A través de las cartas que les escribía, intentaba formarlas como si fuera la Hermana Sirviente de toda la Compañía. Era lógico, porque la Compañía era pequeña y ella conocía a todas las Hermanas de las que fue formadora en el tiempo que estuvieron en la Casa Madre, hasta que en 1647 dejó de ser Directora de las nuevas2. Y era lógico también, porque el tiempo de formación en la Casa solía ser corto y santa Luisa sentía la obligación de seguir formándolas sobre una consagración desconocida hasta entonces, que se hacía, no por la profesión de los votos, sino por la entrega a Dios el día que entraban en la Compañía; sobre una vida de comunidad única y excepcional al no vivir en celdas individuales, sino todas unidas en lugares comunes, y yendo y viniendo por los caminos de los pueblos y las calles de la ciudad; y sobre un espíritu de humildad, sencillez y caridad, difícil de vivirlo en el servicio a los pobres.
La Compañía estaba de moda por su novedad. Apropiada para servir a los pobres, se la pedía de muchos lugares. Tan pronto como tenía a una Hermana medianamente preparada como Hija de la Caridad la enviaba con una antigua a la nueva fundación. El destino por lo general era más en función de los pobres que en función de la necesidad de la Hija de la Caridad, sin importarle que no hubiera terminado los Ejercicios Espirituales, pues las meditaciones que le faltaban las podría hacer en el tiempo que le permitiera el servicio (c. 458). Y san Vicente estaba de acuerdo. Él mismo envió por necesidad seminaristas a Calais diciéndoles que harían un buen seminario cuidando a los soldados hospitalizados (IX, 1092-93).
Formación individualizada
Santa Luisa no concibe la formación de la Hermana Joven como un compartimiento cerrado, sino como el primer paso y el inicio de la Formación continua, como un proceso de crecimiento ininterrumpido de la joven en el ser de Hija de la Caridad. Es decir, una formación “dinámica y personalizada”: “Y usted, Sor Luisa, de nuevo ha vuelto a caer en sus pequeñas malas costumbres… Me olvidé proponerle a Sor Ana de San Pablo, cuyo espíritu creo que hay que cuidar… Si Sor Brígida sabe que usted conoce su pena, adviértala que evite todos los peligros de volver a caer en otra parecida… Me gustaría que Sor Rosa esperara a mi vuelta para hacer los Ejercicios, ya que es un poco escrupulosa y hay que atenderla de manera distinta a las demás”3.
Este es el motivo por el que daba tanta importancia a comprobar la sinceridad en la vocación de la joven que se ofrecía para ser Hija de la Caridad4. Si la vocación no es sincera tampoco lo será el compromiso de formarse en el espíritu de la Compañía. Es comprensible esta forma de actuar, ya que también, como hoy día, para santa Luisa la formación es primeramente obra de la Hermana joven guiada por el Espíritu Santo (C 3.5). Pues la formación brota de la misma vocación-carisma y de las vivencias de la Hermana Joven. Teniendo en cuenta el binomio Hermana Sirviente-Hermana Joven, la protagonista de la formación no es la Hermana Sirviente sino la Hermana Joven, no es la Hermana Sirviente quien forma, sino la Hermana Joven la que, consciente de pertenecer a la Compañía, opta por formarse, siendo dócil a la acción del Espíritu Santo y dejándose ayudar por sus compañeras que respetan su libertad y se supone que, están más formadas que las jóvenes5.
La Hermana Sirviente formadora
La Hermana Sirviente tiene, sin embargo, un papel valioso en su formación, indicando el camino a seguir y convirtiéndose en un modelo a imitar (c. 232)6, siendo ante todo mujer de oración, humilde, que comunique alegría, que sepa ceder y consultar y sea dócil a las mociones del Espíritu Santo “para no ver a las Hermanas y sus obras más que con su luz” (E 48). La Hermana Sirviente es quien sostiene a la Hermana joven en las dificultades, quien la anima a continuar sin abandonarse y quien se comunica con ella en un diálogo franco, siendo su gran consuelo por la tolerancia y la cordialidad, y sabiendo que “algunas veces, adelantarse en dar honor y deferencia sirven mucho para ganar los corazones” (c. 713).
Esta tarea exige que también la Hermana Sirviente se forme y adquiera las cualidades que necesitan las formadoras (c. 61), aprovechando los medios que le ofrece la Compañía, como son los intercambios (c. 71, n.11) y las personas capacitadas para ello, como pueden ser los PP. Paúles o el director espiritual de la comunidad (c. 22).
Posturas de la Hermana Sirviente como formadora
La Hermana Sirviente debe ser consciente de la obligación que tiene, en cuanto formadora, de asumir las cuatro posturas que indica santa Luisa: de servicio, de igualdad, de autoridad y de responsabilidad.
- De servicio. Apoyada en la verdad y la objetividad, la Hermana Sirviente debe ser insensible a sus criterios, intereses, afectos y gustos para mirar solo los de la Hermana joven y la formación que necesita, como lo ordena en el Reglamento que compuso para la Directora del seminario y Hermana Sirviente de la Casa: “Tendrá mucho cuidado en adquirir las virtudes necesarias para ejercer su cargo, despojándose de sus pasiones para obrar sin interés y, si se puede, sin juicio propio, implorando con frecuencia la ayuda del Espíritu Santo para no ver a las hermanas y sus acciones más que con su luz… Debe usar mucha prudencia y cordialidad… soportando con agrado lo que le digan, haciéndoles comprender que su cargo le obliga a este cuidado” (E 48).
- De igualdad: Las jóvenes de hoy, algo reacias a someterse y a ser consideradas aprendices, pueden mirar a las mayores o de mediana edad como de una época pasada. La mentalidad moderna, además, puede llevar a valorar unicamente las dotes y cualidades humanas, y relegar las espirituales contra el parecer de Santa Luisa que recomendaba considerar“la presencia de Dios y la igualdad ante Él de todas las criaturas racionales, pensando que las que son menos delante de los hombres, son acaso las más amadas de Dios” (E 90)
- De autoridad: La postura de igualdad y de servicio no debe anular la autoridad. La Hermana joven se supone que todavía no está formada; todavía no está hecha Hija de la Caridad y tiene que aprender a ser, actuar y servir como Hija de la Caridad al lado de la comunidad, “pues, aunque sea buena chica, no obstante, como recién entrada, tiene necesidad de instrucción y de práctica” (c. 459). “Joven planta de la que se puede esperar buenos frutos”, la llama Santa Luisa (c. 331).
Santa Luisa suele denunciar el peligro que acecha a la Hermana Sirviente de acaparar la formación de la Hermana Joven y su persona con una amistad exclusiva que lleve a la Hermana Joven a gobernar la comunidad. La Hermana Sirviente no es la única formadora, aunque sea la principal responsable dentro de una comunidad en la que crece y se forma. Aunque creamos que las compañeras no son apropiadas para formadoras, se adelantaba a decir santa Luisa7, todas las Hermanas de comunidad son formadoras de la joven, especialmente si son Hermanas experimentadas en la vida de la Compañía (c. 660). La Hermana Sirviente tiene que asumirlo y aunar los criterios de las Hermanas, haciendo equipo y trabajando en común. Para la comunidad que recibe a una Hermana Joven supone mucha alegría, pero implica asimismo mucho sacrificio8. - De responsabilidad: Si ayudar a formarse a la Hermana joven es un encargo de la Provincia al enviarla a esa comunidad, no se lo deben impedir otras obligaciones del gobierno y dirección de la comunidad o de la obra9. Formar a la Hermana joven es una responsabilidad tan importante como el gobierno o la dirección de una obra. Pero teniendo en cuenta que la necesidad del servicio es lo primero. No que se posponga la formación al servicio ni tampoco que se aísle de la sociedad a la Hermana Joven, sino que se forme en el servicio (c. 622).
Sin embargo, la responsabilidad no puede angustiar a una formadora, creyendo que alguna se va por el poco tiempo dedicado a formarlas. Santa Luisa se lamentaba de tener ella “la culpa por no haber tenido bastante cuidado en ir a visitar durante sus Ejercicios” a una Hermana joven que se había marchado (c. 461). Son los lamentos de algunas formadoras de hoy y de siempre, quejándose de “tener que probar a tantos espíritus tan diversos y de perder tanto tiempo y tantos años empleados en servirlas para formarlas y que luego la flaqueza nos las lleve”. “Se ha dado el caso de varias que, después de haberse formado, se dejan llevar de su propio interés y dejan la Compañía” (c. 293, 478).
Formación para ser Hija de la Caridad
La Hija de la Caridad es una mujer que, inspirada por el Espíritu Santo, se ha ofrecido a Dios para servir a Cristo en los pobres, y Dios la ha aceptado, dándole el carisma de la vocación. Lo cual supone que en la Hija de la Caridad no se puede separar lo humano, lo espiritual y lo profesional de lo vocacional. Todo es uno y hace el ser, la naturaleza de Hija de la Caridad. El carisma envuelve la dimensión humana y la espiritual, y la convierte exclusivamente en Hija de la Caridad sin distinción. La formación tiene como finalidad ayudar a vivir la vocación como una configuración progresiva con Cristo, en una fidelidad renovada al Espíritu y al fin de la Compañía (C. 49).
De ahí que santa Luisa insista que el principal cometido de la formación es que se hagan buenas Hijas de la Caridad para bien de los pobres, siendo responsables de su carisma-vocación y fieles a él. Pues de ello depende su salvación y perfección (c. 371). Esta finalidad debe convertirse en el eje vicenciano que sostiene todas las dimensiones de la formación e ir dirigida a unificar todos los aspectos fundamentales de la vida. Y hoy es importante, porque las jóvenes tienden a la fragmentación y a la dispersión.
Dimensiones de la formación
La formación de la Hija de la Caridad, santa Luisa la concretiza en dos cartas y dos escritos sobre el presente y futuro de las Hijas de la Caridad, en cuatro dimensiones: humana, espiritual, comunitaria y de servicio10.
- Dimensión humana: La responsabilidad en su formación personal es de la Hermana Joven, como fue personal el ofrecimiento de sí misma que hizo a Dios. Y la primera nota de la formación será ayudar a la Hermana joven para que pueda tomar decisiones responsables en cada momento oportuno, sabiendo responder a los retos de los tiempos que facilitan el servicio a los pobres, como son: la primacía de los pobres, la fraternidad universal y la colaboración de seglares, directivos y empleados. De ahí las condiciones que suele poner la santa a las jóvenes que desean ser Hija de la Caridad11.
Pero la formación humana empieza por conocer y aceptar sus valores y limitaciones, dándole una estima justa de sí misma; y continúa por cuidar los afectos y dominar los impulsos y tendencias que obstaculizan la vida comunitaria de amigas que se quieren y el servicio sacrificado a los pobres (c. 518), sin olvidar encaminar los espíritus cerrados o simuladores, que tanto daño hacen a la comunidad (E 83). O sea, que sean apropiadas. Maturina Guérin expuso, después de morir la santa, el esfuerzo que puso para formar a la primeras jóvenes en los valores humanos: “Con la gracia de Dios y bajo la dirección de nuestro muy honorable Padre, hizo con mucha dificultad un grupo ordenado, mucho más difícil de levantar por la rusticidad de la mayor parte de los sujetos… La rudeza de las jóvenes era contraria a su espíritu; no obstante su repugnancia, nunca las rehusó, sino que para ella se reservaba a las más rústicas” (D 822). - Dimensión Espiritual: Crecimiento espiritual hasta la madurez de cumplir la voluntad de Dios “en nosotros y de nosotros”, y que va descubriendo en la oración, tal como decía san Vicente de no salir nunca de la oración (IX, 379).
- Dimensión Comunitaria: Desde la comunidad se sirve al pobre y en la comunidad se aprende a servirlo. Si la Hija de la Caridad vive en comunidad debe aprender a construir una comunidad unida y alegre para vivir todas contentas y felices, hasta llegar a la madurez vocacional; es decir, a una madurez humana de amigas que se quieren y saben escucharse mutuamente, compartiendo las tareas de la casa y el servicio a los pobres.
- Dimensión Apostólica: La Hija de la Caridad tiene el ministerio de sirvienta. Su formación profesional es para ser una buena sirvienta (c.14), o como escribe la santa, “formar Hermanas para hacerlas capaces de servir a Dios y a sus pobres” (c. 556). Pero una sirvienta convertida en amiga de los pobres que se relaciona con ellos y los escucha12, la exige un crecimiento profesional en conformidad con los adelantos y con la sensibilidad moderma acerca de las acciones hacia los menos favorecidos en la sociedad. Las primeras Hermanas aprendían a leer y escribir, a llevar los libros de ingresos y salidas, a cuidar a los enfermos, y también a sangrar y a confeccionar medicinas13. Sor Enriqueta va a Nantes por un tiempo para enseñar enfermería a la joven Sor Claudia (c. 177).
Si el servicio es corporal y espiritual, debe formarse en la doctrina cristiana por medio del catecismo que daban a las Hermanas, todos los domingos y Fiestas, después de Vísperas y que a veces dirigía el P. Lamberto. Y esto desde los comienzos, como se ve en los primeros Reglamentos. Luisa pretende que la formación doctrinal sea profunda y, de acuerdo con San Vicente y contra el parecer del P. Lamberto, propone que estudien el Catecismo de Belarmino14.
Sin embargo se opone a que las Hermanas den el catecismo en público, reservado a los eclesiásticos o, con permiso especial, a los hombres, como sería explicarlo a los enfermos desde la sala del hospital que, al tener altar, servía de iglesia. Pero es que, además, exigiría grandes estudios a quien los diera, abandonaría el servicio para encontrar tiempo de estudio, se dividiría la Compañía en señoras y sirvientas, y el servicio material sería despreciado15.
Fidelidad al carisma
Al insistir Luisa en formarse en la fidelidad al carisma, incide en cierta fidelidad al pasado, pero también al presente, lo que supone continuidad y creatividad, ya que nadie puede ser fiel al carisma de los fundadores si no son continuadores de su inspiración; y creativos ante las necesidades de su época, como lo fueron ellos. La formación se realiza dentro de la sociedad en la que se vive.
Ya la palabra joven conlleva la idea de falta de experiencia, mientras que formación supone dar forma o reformar aunque sea contra los intereses naturales de la persona interesada. Por esto mismo quien desea o intenta formarse necesita personas que le sirvan de modelo, que la animen cuando decaiga y le señale un camino que ella no distingue con claridad y que la formadora distingue porque ya lo había andado.
- c. 206, 427, 481
- SL. cc. 72, 73, 74; 115, 116, 118, 119,123, 124, 129; 245, 246, 249, 622, 713
- SL. c. 15, 97, 116, 155.
- SV. I, 305, 344-345; ver SL. c. 14, 30, 37, 72, 74, 77, 149, 250, etc.
- SL. c.118, 398; E 70. Ved también c. 78, 177, 417, 447, 629, 660
- c. 116, 119, 129, 140, 212, 331, 441, 513, 557, 654, 705.
- c. 74, 115, 331, 713; c. 177, 417, 441
- c. 118; ver c. 115, 116, 629, E 73.
- La Formación Inicial. Directivas, pág. 5
- c. 374 y 394; E 81 y 101
- c. 618; E 81,101, y los Reglamentos
- c. 176, 204, 227, 257, 316, 426, 436, 537, 638, etc.
- c.304, 332, 383, 424, 674, y los Reglamentos.
- SL E 43; c. 142, 233; SV. X, 792
- c. 696, 716, 721, E 108






