La Gran Misión de Valencia (30 enero – 14 febrero 1949)

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

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Author: Nicolás Pascual · Year of first publication: 1949 · Source: Anales Barcelona.
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ESCUDOCMNi uno solo de nuestros habituales lectores desconoce a estas horas el hecho que ha sido señalado como «el mayor acontecimiento religioso del siglo».
Desde la primera hora y por todos los medios de difusión, desde la prensa y radio diaria hasta la revista técnica es especializada, hanse publicado multitud de reseñas y comentarios acerca de la magna Misión de Valencia. Cualquiera de los nuestros que el día de mañana precise datos informativos los habrá de encontrar con relativa facilidad, abundantes y jugosos, en diarios y revistas, particularmente en el periódico especial de la Misión «Allá».
Ello, no obstante, nuestra revista de familia no se resigna a dejar de expresar su natural alegría uniéndose jubilosamente al santo y evangélico «venientes venient Clan exultatione portantes manipulos suos», entonado por el corazón agradecido de todos los Hijos de San Vicente, de España.
Fue tan rica la cosecha, tan sabroso el fruto, tan clamoroso el triunfo de la fe, tan hondo el riego de la gracia, tantos los ditirámbicos encomios al misionero… que para no perder la cabeza tras una vana y maligna hinchazón colectiva, la pequeña Compañía tuvo que refugiarse en su evangélico y vicenciano caparazón de la humildad de Comunidad, repitiendo para sus adentros: «Non nobis, Do-mine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam». La gloria para Vos, Señor, y para los miles y miles de almas que en tantas partes han venido rogando y sacrificándose por el éxito espiritual de la Misión, en especial nuestras hermanas en San Vicente, las Hijas de la Caridad.
La Virgen Santísima quiso hacer con sus misioneros de Valencia lo que la virtud del Espíritu Santo obró en Ella, «grandes cosas». ¡Oh, la divina Madre de los Desamparados, cómo pone en tensión el alma valenciana! Escribo ahora ante su imagen —el obsequio que no le faltó a ninguno de los misioneros a la hora de la despedida— y su vista me recuerda el escalofrío de las emociones recibidas cuando la he visto ir y venir en volandas sobre el mar espumoso de millares y docenas de millares de cabezas valencianas magnetizadas, alocadas, delirantes de le, entusiasmo y amor a su «cheperudeta».
Con todo, debernos dar su parte al elemento humano, a la organización, a la preparación, a los medios técnicos que se emplearon en grande y bien.
Y a la unidad perfecta en la dirección y en los métodos.
Y no minimicemos, por falsa modestia, la preparación, el esfuerzo, el celo y la fatiga física de los 225 misioneros (paúles 125, del clero secular el resto) que se entregaron abnegadamente a una labor agotadora que ha dejado huellas en la salud de más de uno.
De no haber contado con un tan excelente y completo servicio de micrófonos y altavoces en todos los centros (unos 1.500), las bajas por afecciones laríngeas hubieran reducido los efectivos a la mitad, pues el tiempo lluvioso y desapacible se mostró aliado del diablo en buena parte de los días de la Misión.
Una sola alusión personal. El señor Arzobispo. Qué mente y qué corazón el de Monseñor Olaechea. Un prelado así es la mejor de las bendiciones para una diócesis, para su clero y para su pueblo… Guiando nos habló en la intimidad del retiro preparatorio, vi lágrimas en muchos ojos sacerdotales y misioneros. Cerrando los ojos, creíame transportado a una de aquellas conferencias familiares en que Nuestro Santo Padre San Vicente hablaba a los primeros misioneros: la misma sencillez, la misma dulzura, el mismo tono paternal, la misma fuerza persuasiva, las mismas ideas, casi las mismas palabras… De veras comprende a San Vicente y a su creación genial de las misiones populares, y por ello nos distingue a sus hijos y nos quisiera consagrados por entero a dicho ministerio. Con qué acento nos decía: «Dejad los colegios, dejad… e id a misiones, que es donde el Señor os quiere y os bendice».
Nuestros Centros
Los 81 centros —templos, salones, almacenes— estaban agrupados en 14 zonas o sectores de la ciudad con un jefe o director de zona encargado de transmitir a cada director de centro las órdenes y consignas generales.
De los seis centros encomendados a nuestra Provincia, tres estaban en la zona VI, dirigida por el P. Miguel Piquer, y los otros tres en otras tantas zonas, pero todos, a excepción del de San Martín, en el extrarradio, a caballo sobre el Turia, en un ambiente, si no hostil, sí de reserva y prejuicio y alejamiento práctico de la Iglesia, y donde hay que empezar por captarse al pueblo trabajador y pobre en su inmensa mayoría, y romper después, a fuerza de cariño y comprensión, la costra endurecida que los mantiene alejados del sacerdote y de las prácticas de la vida cristiana.
Véase, como botón de muestra, algunos solamente de los datos confidenciales recibidos de una de dichas parroquias con varios miles de feligreses: «Excepto unos contados propietarios y comerciantes, los demás son obreros. Muchos de ellos viven en plan de libertad vigilada… En el aspecto religioso, es una de las, peores feligresías de todo Valencia. Apenas si cumple con la Iglesia un diez por ciento… Tiene chavolas en el cauce del Río».
Acerca de los frutos alcanzados, en la imposibilidad de aportar todos los datos de estadística que obran en los archivos archidiocesanos, sólo aduciremos el testimonio por demás elocuente del Muy Ilustre señor Vicario General de Valencia, al cual, en una enumeración de centros distinguido, le oyó contar uno de nuestros misioneros a cuatro de nuestros seis centros. Laus Deo!
El grupo de nuestra Provincia estaba formado por 18 misioneros, pero el P. Pous no pudo actuar por enfermo, y el P. Miserachs por habérsele muerto su padre la víspera misma de dar comienzo la santa Misión.
Anotemos, para terminar, la distribución de personal y centros, advirtiendo que el primer nombre de cada uno de éstos es el del director:
San Sebastián (parroquia): PP. Miguel Piquer y Mateo Coll y el Rdo. Ramón Montañola, ecónomo de Omells (Tarragona).
San José de la Montaña (santuario): PP. José María Serrano y José Montañola.
San Pedro Pascual (parroquia): PP. Nicolás Pascual y Martín Matas, y el Rdo. Jaime Capó, vicario coadjutor de Inca (Mallorca).
San Martín (parroquia): PP. Juan Lladó y Francisco Amengual, y el Rvdo. José Esteban, Arcipreste de Yecla.
Sma. Trinidad (iglesia de religiosas): PP. Juan Coll, Pablo Cortés y Antonio Tugores.
Cruz Cubierta (parroquia): P. Andrés Garcías y el Reverendo Damián Vidal, vicario coadjutor de Lluchmayor (Mallorca).
Después de la Misión
La Misión de Valencia tuvo honda repercusión dentro y fuera de España. Varios prelados enviaron a ella sus observadores. Varias capitales españolas mostraron deseos y solicitaron —según parece—, que el ejército misionero de Valencia fuera a repetir en ellas la gesta de Cristo…
El señor-Arzobispo, patrocinador entusiasta de tales propósitos, entre los aplausos calurosos de todos los asistentes al ágape de despedida, suplicó a los superiores de la Congregación que, como primer paso para esta obra., se les consintiera a los sacerdotes-misioneros de Valencia el conservar el crucifijo de misionero.
Si cuaja la idea con la bendición de Dios, veremos otra vez cómo se repiten sobre la geografía patria las grandiosas y fervientes manifestaciones de fe que desbordaron las plazas y avenidas de la encantadora ciudad del Turia en la primera quincena de febrero de 1949.
En orden a nuestra Provincia, hay la firme esperanza de que esta misión será el punto de partida de un mayor afianzamiento y desarrollo de nuestras obras y ministerios en Valencia y en toda aquella prometedora porción de nuestro territorio jurisdiccional.
En Levante necesita la Provincia una Casa Misión sólidamente establecida con un personal selecto que pueda responder en todo momento a los deseos del Rdmo. Prelado y de su clero y pueblo.
Una Casa Misión que rompa los estrechos moldes del Monteolivete actual para retornar al Monteolivete espléndido de nuestros antiguos misioneros de Valencia. Aquellos hombres de Dios con visión amplia y optimista del futuro, que supieron levantar para sus obras ese caserón espacioso, severo y macizo (hoy todavía prisión militar) y la airosa iglesia a él adosada y que de nuevo regentamos desde 1939.
Más adelante tendrá que surgir el necesario complemento de una Escuela Apostólica que fomente, recoja y cultive en aquella región el plantel de vocaciones misioneras que Dios y San Vicente no dejan de suscitar y que hasta el presente se perdían o pasaban a engrosar ajenas gavillas.
Nicolás Pascual
Espluga de Francolí, abril de 1949.

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