La fundación de san Lázaro (I)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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  1. HISTORIA

El P. M. J. Parang, archivero que fue de la Casa Madre de la Congregación de la Misión, en París, nos avisa que no podemos encontrar títulos originales del antiguo emplazamiento de los terrenos de la casa de San Lázaro, porque se perdieron durante la guerra de los cien años, y durante las sucesivas guerras civiles que siguieron. En su pequeño artículo, utilizado por el P. Pedro Coste según el mismo indica, señala que hubo en el mismo lugar un monasterio dedicado a san Lorenzo, según san Gregorio de Tours. Los Normandos destruyeron, hacia 885-888, el dicho monasterio, y sobre sus ruinas se construyó una leprosería bajo la protección de San Lázaro. Todavía hoy, en la plaza que ha quedado donde estaba la antigua prisión, vemos en la piedra angular de la antigua casa de San Lázaro, el escudo de armas del priorato: Jesús resucitando a Lázaro, porque San Lázaro era el patrón de los leprosos.

La leprosería comenzó siendo un lugar a donde los habitantes de París recogían a los leprosos para evitar pandemias. Sabemos que el recinto de San Lázaro se encontraba fuera de París, enfrente de la Iglesia de san Lorenzo. Por influencia de la Igle­sia, de algunas familias pudientes, alguno de cuyos miembros había contraído esa enfermedad, y por presión de algunos gre­mios sobre todo el de los panaderos, las condiciones de vida fue­ron mejorando en la leprosería. Los reyes Luis VI el Gordo y Luis VII el Joven protegieron a los leprosos, y este último rey instaló en el lugar, la Orden de los Hospitalarios de San Lázaro de Jerusalén, a su vuelta de Tierra Santa. Todo el lugar fue cer­cado por un muro, sea para proteger a los leprosos y monjes de las invasiones, sea para proteger a la sociedad del contagio. Los leprosos tenían sus casas de madera en los bordes de la propie­dad, al lado del muro, aunque los más ricos y aquellos que podí­an pagarlo vivían en los edificios del monasterio. Los terrenos eran cultivados por los leprosos válidos, y en el centro de la propiedad había dos grandes pozos, que servían para la higiene y para el riego. Los leprosos, a la manera de los monasterios, ele­gían cada año su capítulo y su Maestro, y su organización era monástica. San Lázaro recibió donaciones de la nobleza, de la Iglesia y de los Reyes. La corporación de los Panaderos, debido a su supuesta exposición a la lepra, subvencionaba a los enfer­mos de dicha corporación o cofradía.

El cerco de San Lázaro fue creciendo en prosperidad cada vez más y más, dadas las muchas donaciones, la exención de impuestos en su cualidad de Señorío, y la riqueza de las tierras. Los escudos de armas y los sellos llevaban la efigie de San Láza­ro, el hermano de Marta y de María. En un sello de 1264 leemos: «Leprosorium capituli Sancti Lazari Parisiensis».

Así pues, a partir del siglo XII, San Lázaro era una propiedad cercada y bien cultivada, que cobijaba a una leprosería adminis­trada por los Caballeros Hospitalarios, y otros Hermanos dona­dos, que vivían bajo la Regla de san Agustín. La mayoría de los enfermos, en estos primeros tiempos, eran admitidos como Her­manos.

  1. EN TIEMPO DE SAN VICENTE

La leprosería de San Lázaro continuó recibiendo privilegios de parte de los Reyes de Francia. Si tenemos en cuenta que, andando el tiempo, San Lázaro solo podía recibir leprosos bur­gueses, salvo contadas excepciones, y que los inquilinos debían dejar sus bienes a favor del Priorato y Señorío, los bienes del Hospital-Monasterio, en tiempos de san Vicente, eran considera­bles. Era una de las principales Señoríos eclesiásticas de Francia, y tenía, como señala Abelly, derecho de alta, media y baja justicia. Su muro encerraba una propiedad de unas 35 hectáreas. En uno de sus edificios los Reyes de Francia recibían el juramento de Fidelidad de las Órdenes antes de entrar triunfalmente en París, y cuando morían, el féretro del Rey se detenía en los patios de San Lázaro para recibir la absolución del clero de París, antes de proseguir camino de Saint-Denis, a hombros de los mercade­res de sal.

A partir del siglo XV, los leprosos disminuyeron a causa de la introducción de buenas medidas sanitarias, y este hecho, en sí muy bueno, trajo la decadencia a San Lázaro, porque disminu­yeron los leprosos que se internaban, y los recursos económicos para sostener la propiedad. Hacia 1515, el obispo Étienne de Ponchier, se encontró con una situación lamentable y para solu­cionarla confió el Priorato a los Canónigos Regulares de san Víctor, pero nombrando el Prior «ad nutum», es decir, revocable a su voluntad. Con esta medida, el Prior gobernaba, pero cuando moría o renunciaba, el Obispo de París era la única autoridad que podía nombrar otro Prior. A partir de esa fecha, todas las provi­siones acordadas para San Lázaro tienen la misma característica: el obispo de Paris impone su jurisdicción plena. Así, cuando en 1611, el obispo de París y Cardenal de Retz, Henri de Gondi, nombra Prior a Adrian Le Bon, lo hace de la misma manera, cosa que recuerda Francisco de Gondi en el documento a favor de san Vicente de Paúl en 1631.

Hacia el año 1630, cuando Adrian Lebon quiere resignar su Priorato y asegurar su propio futuro y el de sus religiosos, encon­tramos una encrucijada de intereses, que vamos a intentar des­madejar.

Los intereses de Juan Francisco de Gondi, Arzobispo de París

Juan Francisco de Gondi, primer arzobispo de París, en el Acta de aprobación de la unión de San Lázaro a la Congregación de la Misión deja claro, al menos en dos ocasiones, que él es quien tiene la jurisdicción y el derecho de nombrar al adminis­trador de San Lázaro, en este caso a la Congregación de la Misión. Adrian Le Bon tuvo que dar su brazo a torcer ante el derecho del arzobispo de París, reconociendo, en 1632, que el único que tenía el poder de conferir el Priorato era el Obispo de París. Esta declaración de Adrián Lebon (o Le Bon), que acep­taba el poder del arzobispo de París, dio origen a una nueva apro­bación, en la que el arzobispo insiste en la plena jurisdicción de los arzobispos de París sobre el priorato.

Los intereses de Adrian Lebon, Prior de San Lázaro

Adrian Lebon había constatado que no podía seguir gober­nando el Priorato de San Lázaro. Los religiosos eran pocos, y no se entendían. El trabajo era mucho y ellos eran ancianos. En el momento de cerrar el contrato, habitaban en el priorato nueve religiosos, contando al Prior, Adrián Lebon. El deterioro era cada vez mayor. Lo que tenía que hacer era buscar alguien a quien traspasar la gestión del inmenso cercado de San Lázaro, en cuyo interior cabrían unos 33 campos de futbol de una hectárea cada uno. Adrián Lebon creyó verlo en san Vicente de Paúl, pero no dice por qué. Una vez que conoció a san Vicente, Adrián Lebon apostó por él. No es raro que el Prior, que sabía el poten­cial de la propiedad, se extrañara de que san Vicente rehusara la oferta. Pero nosotros, a buena distancia de los hechos, compren­demos bien el rechazo de san Vicente, que, a fuer de campesino, sabía que una propiedad casi abandonada produciría con dificultad las rentas que tenía que pagar a los religiosos, y las cargas a que se obligaba con el arzobispado de París.

Los intereses de san Vicente de Paúl

Para los efectos, san Vicente era un Gondi desde que en 1617 abandonó la obediencia a Berulle, dejando Chátillon y volvien­do a casa de los Gondi, donde había sido preceptor de sus hijos. Desde entonces las pruebas de afecto a su favor por parte del General de las Galeras, Felipe Manuel de Gondi y de su esposa, Francisca Margarita de Silly, y, en general de la familia de Gondi, fueron notables. San Vicente fue nombrado Capellán General de las Galeras de Francia, el arzobispo de París le dio el Colegio menor de Buenos Hijos, recibió la cuantiosa funda­ción para misionar las tierras de los Gondi, fundación que dio origen a la Congregación de la Misión, y, después de algunos otros honores y cargos, finalmente, el arzobispo de París, confió a la naciente CM el Priorato de San Lázaro. Los intereses de san Vicente con relación a esta gran propiedad no eran demasiado vehementes, porque a diferencia de sus interlocutores, san Vicente veía las dificultades de gestión del Priorato. Además de las cláusulas relativas a los religiosos, tenía que misionar la dió­cesis de París, dar Ejercicios Espirituales a los Ordenandos de la Diócesis de París, con comida, vestido y alojamiento, todo esto unido a sus muchas ocupaciones derivadas de la atención a los pobres de París. Sin embargo, san Vicente sabía el valor y cono­cía las posibilidades del Priorato: lo pensó seriamente, y se deci­dió a favor de las Misiones y de la Formación del clero de París.

Los intereses de algunos contemporáneos

De una parte, el P. Fauré, prior del monasterio de Santa Genoveva, y de otra, el Abad de la abadía de San Víctor, pretendieron tener derechos sobre el Priorato de San Lázaro, e intentaron en vano oponerse a la unión del Priorato a la Congre­gación de la Misión. En el decreto de 23 de diciembre de 1632, el arzobispo de París señala con claridad que el único capaz de disponer del Priorato, a partir del obispo Esteban de Ponchier era el arzobispo de París.

CEME

Juan Díaz Catalán

 

 

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