Dice el Papa Benedicto XVI que «la puerta de la fe está siempre abierta para nosotros… Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida» (P.F.1) Hace ya tiempo que todos nosotros traspasamos el umbral de esa puerta e iniciamos el camino. Pero nos llama la Iglesia en este año a repensarlo de nuevo para renovar nuestra decisión de fe y profundizar en su vivencia. Merece la pena, por tanto, que dediquemos estas páginas a lo largo del año a subrayar algunos aspectos de nuestro creer.
Para empezar, tendríamos que preguntarnos qué es eso de la fe. Y probablemente a la mayoría de nosotros nos viene de inmediato a la memoria la definición que aprendíamos en aquel viejo catecismo de Astete, donde a la pregunta de «¿Qué cosa es la fe?» le seguía una respuesta muy simple: «creer lo que no vimos». Es cierta, en verdad, esa definición de la fe. Pero no es suficiente. Para quienes somos cristianos, creer no es «algo» indefinido, no es una virtud abstracta, no es un mero asentimiento de la inteligencia. Para quienes somos cristianos, creer es una actitud personal, una decisión concreta, una respuesta humana de confianza a un don divino de amistad.
Es, por eso, mucho más completa la descripción de la fe que hace el actual Catecismo de la Iglesia Católica, donde se afirma que «la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (150) Aparece ciertamente la aceptación de la verdad que nos viene de Dios y que asumimos en nuestro ser. Pero se acentúa el aspecto de la adhesión personal. Porque en la fe se da siempre el encuentro de dos seres personales: el Ser de Dios y el ser humano. Lo primordial, en este contexto, es el encuentro con el Señor, como en el caso de Abraham (Gén 12,1-3) o en el de María (Lc 1,26-38) Es un encuentro inesperado, que sorprende y sobrecoge; un encuentro que provoca inquietud y que suscita la confianza. Y desde esa confianza en el Dios que nos abarca, el creyente responde adhiriéndose al Señor y abandonándose a su voluntad. Vendrán después las definiciones y los dogmas, las verdades y los catecismos; pero todo ha de brotar de la experiencia personal de quien se ha encontrado con Dios y le ha dejado entrar en su vida.
Por eso para el cristiano, como añade el mismo Catecismo, «creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que Él ha enviado, su ‘Hijo amado’ en quien ha puesto toda su complacencia» (Mc 1,11) La fe de los cristianos no consiste, como tantos dicen, en creer «en algo». La fe cristiana es fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Es aceptación de su Palabra y su Revelación. Es adhesión a su Persona y a su Vida. Es apertura a la Verdad de Dios que Él nos ha manifestado. En Jesucristo conocemos el rostro humano de Dios. Quien le ha visto a Él, ha visto al Padre (Jn 13,9) De ahí que nuestra fe en Dios esté ligada indisolublemente a la fe en Jesucristo. Sólo en Él reconocemos a Dios; sólo en Él descubrimos su voluntad; sólo en Él avanzamos por el camino de la fe; sólo en Él alcanzamos la felicidad, la salvación y la vida.
La fe, pese a todo, no es una decisión voluntarista ni una dulce inclinación del alma. No se llega a creer porque uno se empeña en ello, ni se tiene fe porque resulta algo agradable. La fe es, ante todo, iniciativa de Dios. Es Él quien sale a nuestro encuentro y se hace presente en nuestra vida. Y a ese darse de Dios a nosotros, le responde cada uno abriéndose a la fe. En realidad, y como dice el Catecismo, «no se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús» (152) La fe supone, por lo tanto, una disposición interior a la gracia divina; una apertura del ser humano a la acción del Espíritu Santo; un dejarse habitar por Él para que Él mismo potencie en nosotros la respuesta creyente.
Resulta entonces que la fe cristiana es una fe en Dios-Trinidad. Supone reconocimiento de un Dios que es Padre y Creador; adhesión a un Dios que es Hijo y Salvador; y aceptación de un Dios que es Espíritu y Vivificador. «Tres Personas distintas, como decíamos en el Catecismo, y un solo Dios verdadero». O, como más bellamente describía San Agustín, «son tres: el Amante, el Amado y el Amor». Tres palabras distintas con una misma raíz.
Por ser encuentro interpersonal y vivo, la fe no se tiene de una vez para siempre. Nos ocurre con Dios como con las personas: que nunca acabamos de conocerlas del todo. Y necesitamos por eso estar continuamente activos, atentos a los cambios, abiertos a las sorpresas, dispuestos a nuevos descubrimientos. La relación humana que no es dinámica, cae enseguida en la rutina y se marchita. Algo así ocurre con la fe: si no es inquieta, si no está en búsqueda, si no cuestiona, se amolda a unos ritos, se queda en unas creencias y acaba siendo insignificante. De ahí que la fe necesite formarse de continuo, celebrarse comunitariamente, comprometerse vitalmente.
La fe necesita formarse, porque a Dios nunca se le conoce del todo. El Padre es un Misterio insondable que nunca podemos abarcar por completo. Jesucristo es un camino abierto que nunca podemos recorrer a fondo. Y el Espíritu es aliento imprevisible que nunca podemos atrapar ni controlar. Necesitamos, por eso, formar permanentemente la fe: para profundizar en el Misterio de Dios, para conocer mejor a Jesús, para movernos a impulsos del Espíritu. Necesitamos formarnos en la fe para avanzar en la comprensión de la Verdad revelada y ser capaces de dar a otros razón de nuestra esperanza. Necesitamos formarnos en la fe para no encerrarnos en definiciones, no fosilizarnos en las costumbres y no hacer rutinaria nuestra relación con Dios.
La fe necesita ser celebrada comunitariamente. Se trata de una decisión personal, es verdad; pero es una decisión que nos vincula a la Iglesia, que hacemos en la Iglesia y con la Iglesia. Y de ese carácter comunitario de la fe brota espontánea la necesidad de celebrarla con otros. Porque somos hijos del mismo Padre; porque nos reconocemos todos como hermanos; porque hemos de repetir el «Padre nuestro»; porque hemos de compartir la Eucaristía de la comunión; porque una celebración no es nunca un hecho aislado, sino participado: celebramos con otros, nos alegramos con otros, nos dolemos con otros, pedimos con otros y por otros, damos gracias con otros…
Y la fe necesita comprometerse. Se da hoy entre nosotros una tendencia a reducirla al espacio individual de la conciencia y a la práctica privada de la devoción. Pero la fe cristiana no es un consuelo emocional ni un ajuste de cuentas con Dios. La fe cristiana afecta a todas las dimensiones de la existencia y exige ser proclamada, testimoniada, vivida. «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio» (Mt 28,19) «Vosotros daréis testimonio de esto» (Lc 24,48) «Sed imitadores de Dios como hijos amados» (Ef. 5,1) Por la fe, hacemos nuestra la vida de Dios, acogemos su misión y vivimos al estilo de Cristo. Por eso el que tiene fe sigue a Jesucristo como discípulo, trabaja por instaurar el Reino de Dios y da testimonio de su Evangelio.







One Comment on “La Fe, adhesión personal a Dios”
Muy bueno