Los niños abandonados
La señorita Le Gras se había convertido en una directora con trabajos pendientes a todas horas. Mientras se preocupaba por el hospital de Angers, los niños abandonados, «hijos del pecado», absorbieron su tiempo. En enero de 1638, había recogido en su casa de La Chapelle un grupito de doce niños, al mes siguiente, alquilaron una casita en la calle Boulangers, al sureste de París, y trasladaron allí la mayor parte de los niños.
En 1640, Vicente de Paúl le escribió a Angers que, el 12 de enero en una asamblea numerosa a la que asistieron la Princesa de Condé y la duquesa de Aiguillon, las Damas habían decidido hacerse cargo de todos los niños abandonados en París (II, c.440). El santo las había convencido con argumentos que le brotaron de las entrañas y que repetirá constantemente en los años sucesivos: que la alabanza de los niños agrada a Dios, que se encuentran en necesidad extrema por haberlos abandonado sus padres, y los que están recogidos en la Cuna son vendidos a mendigos vagabundos, que mueren todos ellos, que es una vergüenza que nos parezcamos a los turcos que venden a sus esclavos o que seamos como Herodes, y que Cristo ha venido al mundo para liberarlos (X, n° 269).
Todo muy bien, a Luisa le sonó a cielo, a no ser por una frase que añadía el director y que la hubiera hecho temblar de no ser ya una santa: «Puede usted imaginarse, señorita, que no nos olvidamos de usted». Así era. Las Damas esperaron a que Luisa llegara a París y el 30 de marzo recogieron a todos los niños de la Cuna y del Gran Hospital en las casas de La Chapelle y de la calle Boulangers. Todos bajo la dirección de Luisa de MariIlac (X, n° 270)
Luisa ya se había acostumbrado a organizar a los niños; lo venía haciendo desde hacía dos años. Para muchos, todo parecía sencillo, pero Luisa ya se imaginaba el esfuerzo que requería y años más tarde lo sufrió pesadamente. De golpe, se encontró con casi 400 niños, y lo más engorroso era que 20 necesitaban nodriza. Sabía organizar y lo hizo bien con las Hijas de la Caridad, las empleadas y los niños. Lo más urgente era encontrar nodriza para los 20 bebés. Las encontró en familias particulares. Era lo corriente entonces tanto en las familias acomodadas —madres egoístas y frívolas, o más común a la moda—, como en las familias humildes —pequeñez de los alojamientos, o más simplemente, imposibilidad de compaginar crianza y trabajo—.
Encontrar nodrizas era fácil, pero peligroso. Fácil porque la mortandad infantil era tan corriente como sobrevivir: la mitad de los niños nacidos morían antes de cumplir un año y muchas de sus madres alquilaban sus pechos para alimentar a otros niños. Peligroso, porque los alquilaban como un negocio, a veces para poder comer; dañino, porque las madres necesitadas podían ser débiles o padecer enfermedades no manifestadas. Podía también haber mujeres que no alimentaran debidamente o los cuidaran sin amor. Era fácil encontrar nodrizas, pero casi imposible controlar las trampas de no comunicar la muerte del niño y cambiarlo por el de la vecina al ir a cobrar; posible cuando la nodriza vivía en un pueblo alejado. A pesar de todo, era el único medio para alimentar a veinte niños de cuna.
Para obligar a las nodrizas a responsabilizarse, Luisa extendía unas fichas de control: «Hoy, treinta de marzo de 1640, hemos dado a José Decheunin para ser amamantado a Margarita, mujer de Pedro Hallard, que vive en Follye, por otro nombre Gumet, por cien sueldos al mes, adelantando el primer pago; los otros, le serán pagados por M. presentando la presente memoria con un certificado del señor cura, que asesore el estado del niño, y en caso de que el niño llegase a morir, será enterrado sin ninguna ceremonia, y dicha nodriza estará obligada a presentar también un certificado del día de su fallecimiento con las ropas de dicho niño».
Es la cédula que llevaba el primer niño, que Luisa entregó a una nodriza. Ese mismo día, 30 de marzo, puso otros dos niños en casas particulares y otros dieciocho en días sucesivos; los dos últimos salieron el 17 de abril. Cuidadosamente, detallaba en un cuadernillo el día de salida de cada niño, su nombre, el de la nodriza y el de su marido, el trabajo de éste y la dirección de su casa, o cualquier otra circunstancia, como: «Carlos, de quien se dice que es gentilhombre», las nodrizas «Cristina Foucault, viuda del difunto Deschamp, Micaela Damiette, conocida de la señora Souscarrilre», presidenta de las Damas del Gran Hospital (D 287).
A pesar de la memoria que acompañaba a cada niño, no quedaba garantizada la responsabilidad de las nodrizas. El 19 de abril, Vicente de Paúl propuso a las Damas de la Caridad que, aprovechando el buen tiempo, fueran a visitar a los niños distribuidos por los pueblos, y que de tiempo en tiempo enviasen a un hombre de piedad a inspeccionar la situación de los niños; y los exhortó además a visitar, de dos en dos, a los niños alojados por París según un plan organizado. El primer hombre de piedad al que Vicente encargó esa delicada misión, fue un miembro de la Congregación de la Misión: el Hermano Jourdain. Su misión era comprometida, ya que, además de visitar a los niños, tenía que llevarlos a las nodrizas casi recién nacidos por caminos destartalados y en carruajes incómodos (SV, II, c.532).
Para visitar a las nodrizas de los pueblos, las Damas iban solas o acompañadas por una Hija de la Caridad, pero era bastante común que lo hiciera una Hija de Caridad sola. Poco a poco, Luisa se vio obligada a asumir esta tarea. No lo hacía personalmente, pero cargó con el trabajo y la preocupación de escoger atentamente a las Hermanas capaces de viajar, y más pesado aún, se responsabilizó de analizar las situaciones, solucionar los problemas y responder ante las mujeres del pago de las pensiones. De ordinario, escogió a Bárbara Angiboust, su sacrificada amiga, que inspeccionaba, pagaba y recogía a los niños destetados. Con ella, solía ir otra Hermana. Luisa les indicaba el camino a seguir, el modo de actuar y les entregaba unas fichas con el nombre, la edad y la dirección de los niños. Las Hermanas anotaban las impresiones de la visita que duraban uno o dos meses.
Aunque confiaba en Dios, temía los posibles encuentros en aquellos peligrosos caminos. Luisa sufría diariamente durante la espera del ansiado retorno de las dos indefensas mujeres. Después de haberlas recuperado sanas y salvas, no podía contener su alegría y la manifestaba en las cartas.
Durante los primeros años, los niños abandonados no le ocasionaron grandes disgustos, pero le robaron mucho tiempo. Con frecuencia, iba y venía de La Chapelle a la calle Boulangers, al otro extremo de París, y luego de la casa de San Lorenzo hasta La Chapelle y la calle Boulangers. Surgieron algunos problemillas con madres o familiares de niños que solucionó con firmeza: que pagasen los gastos que había ocasionado el niño, si la familia que lo reclamaba era pudiente; o con piedad, cuando la madre era una pobre mujer sorprendida y descubierta. Problemillas de la vida corriente que solucionaba consultando a su superior, el señor Vicente:
«Sí, las Damas resolverán, en su ausencia, la compra o alquiler de una casa para niños».
«Si vienen aquí las nodrizas y los niños, si ellos harán sus gastos, o bien si haremos como en La Chapelle, para evitar las quejas de lo que se podría coger por unos y por otros».
Vicente confiaba tranquilo en Luisa, un poco astutamente y otro poco por su trabajo constante. Para estos asuntos prácticos de la vida ordinaria, se fiaba de ella casi más que de él mismo, por eso, le respondía brevemente en el mismo papel:
A la primera pregunta: «Hágalo usted»; a la segunda: «Como a ellas les guste»; a la tercera: «A la señora duquesa»; y a la cuarta: «Pienso que hagan ellos sus gastos» (SL. c.71).
Estas respuestas breves y facilonas suponían para Luisa largos días de entrega a los niños. A veces, se iba a vivir con ellos semanas enteras cuidando y organizando la casa y a las personas. Desde allí, por supuesto, dirigía la Compañía a través de la correspondencia.
El número de niños aumentaba y se necesitó otra casa. Pensaron comprar una lo suficientemente grande para acogerlos a todos. La organización sería más cómoda y se ahorrarían muchos miles de libras. El lugar apropiado parecía cerca de San Lorenzo, donde vivía Luisa desde 1641. Entretanto, en 1642, Luisa llevó un grupo de niños a su nueva vivienda. Tampoco parece que este grupo de niños aumentase su trabajo, lo que sí demuestra es que Luisa tenía predilección cariñosa por esta clase de pobres. Los quería tener a su lado: tampoco ella sintió el calor infantil de sus padres, y su hijo tan sólo durante unos pocos años. Sobre ellos, volcó su amor maternal, ahora que su hijo se había convertido en un hombre de 30 años. Lástima que esta situación fuera pasajera. Las Damas siguieron buscando un alojamiento definitivo.







