La evangelización de los pobres (VIII)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de Paúl1 Comment

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EVANGELIZACIÓN DE LOS POBRES POR LA CARIDAD

La otra experiencia fundamental, en la que se origina y arraiga la actividad evangelizadora de Vicente de Paúl, es la de Chátillon-les-Dombes. A partir de esta experiencia: «una caridad mal orga­nizada», toma conciencia de que para estar presente y ser eficaz en todos los frentes donde aparece la miseria, se requiere organi­zar la caridad, socializarla, hacerla inventiva.

Contemporáneo de Luis XIII y de Richelieu, Vicente de Paúl nace en 1581, durante las «Guerras de religión». En medio del desorden económico y de la nueva civilización de la primera mitad del «gran siglo», aparece un desarrollo extraordinario de fuerza productiva del hombre y nace una esperanza de liberación. La preocupación financiera es acuciante y la burguesía comerciante lucha denodadamente por asegurarse los recursos indispensables a su nueva promoción. Vicente de Paúl aprovecha esta coyuntura histórica, que realiza una mutación sensacional del comportamiento humano. Dado totalmente a Dios, «con un temperamento de hom­bre de estado y de negocios», realza la ley de la fraternidad en contra de un enriquecimiento egoísta y en un momento de agita­ción social que provoca un distanciamiento de las clases sociales. La fraternidad vicenciana da sentido y dimensión evangélica a la eman­cipación humana, cuyas causas promotoras son el progreso indus­trial, comercial y la economía de circulación y de trabajo.

Entregado a liberar a los pobres de la miseria, Vicente invita a otros a dedicarse a la liberación de esta miseria por la caridad. Para hacer comprender la significación de la invitación y evitar que sea rechazada, se esfuerza en transmitir las exigencias del amor de Dios, inscritas en la carne viva de los pobres. Es menester amar al prójimo como Cristo le amó, como es humano amarle: porque es desdichado y no porque se le encuentre amable. Quiere que esta sociedad, a pesar de su altivez, proporcione a los pobres lo nece­sario para desarrollarse y adquirir fisonomía humana. Los pobres no intentan dar lástima, ser compadecidos, sino ser testigos de la injusticia de la que son víctimas. La mayor injusticia y la más per­versa para ellos, la que más los humilla y los rebela, es el abando­no universal al que se ven sometidos.

Para remediarlo, Vicente trata de hacer tomar conciencia a la sociedad del amor al prójimo. La caridad no consiste para él en el «éxtasis», sino en la intervención de un brazo vigoroso, para restablecer cada día en el mundo un poco más de justicia y la li­mosna sagrada de una deuda. Expuesto a esta nueva aventura, que es el amor incondicionado de Dios, Vicente encuentra a Dios, y desde que encuentra a Dios, es capaz de amar al prójimo como a sí mismo. Contemplando los acontecimientos y a las personas en Dios y a través de Cristo, experimenta que las situaciones se es­clarecen por el evangelio y que las personas que comprenden en Cristo.

Sentido de la evangelización

Para Vicente de Paúl la evangelización es una obra gratuita de salvación del Dios vivo y verdadero con la humanidad pobre que camina hacia él.

Si Dios habla, si Dios se manifiesta a través de los aconteci­mientos de la historia, es para manifestarnos activamente que una promesa está realizándose continuamente, donde los hombres cons­truyen, por la comunión con Dios encarnado, su destino colectivo. En esta perspectiva las circunstancias, las necesidades de los de­más orientan el trabajo evangélico de Vicente de Paúl. Ellas le fuerzan a buscar con avidez la voluntad de Dios en medio de una sociedad de realidades y de exigencias, en las que están incluidas la verdad y los riesgos de la empresa económica. En esta coyuntura histórica hay que colocar la vida de Vicente de Paúl. Una parte notable del tiempo tiene que emplearla en la gestión y adminis­tración de sus finanzas, en asegurarse una cantidad de beneficios o de rentas y en sostener varios procesos. Este aspecto económico y temporal de su existencia había escapado totalmente hasta hace quince años a los historiadores. Los primeros inventarios de archi­vos notariales, que nos permiten conocer una parte de su vida fi­nanciera, nos descubren su realismo y nos impiden caer en la tentación del angelismo. Vicente de Paúl es, quizá, el primer santo que haya tenido sentido de las realidades económicas.

Lo interesante es percibir la influencia de las dimensiones eco­nómicas y sociales. Al mismo tiempo se requiere descubrir los condicionamientos económicos de la iglesia, del fenómeno cristiano, y su influencia en el plan económico, en el plan político, en el plan cultural.

Vicente de Paúl, atento a las realidades económicas y a las di­mensiones sociales, descubre que la «estratificación social» es el medio, el «lugar», en el que el evangelio encuentra su realización inteligible y apostólica. Para que los poseedores puedan ejercer la caridad «socializada», es menester recordar que los bienes económicos pueden tener valor cristiano, al convertirse en elemento de la caridad cristiana. Su dinamismo objetivo implica con relación a la conciencia del individuo y a la conciencia de la comunidad cris­tiana una referencia explícita al designio de Dios, inscrito en la creación: hacerlos fructificar para todos. Los pobres están siempre presentes en la sociedad. Vicente intentará durante toda su vida poner las riquezas de los poseedores al servicio de la miseria de los pobres.

Lo que siempre es necesario, lo que Dios pide a todo hombre, es enfrentarse a las nuevas necesidades y a las nuevas posibilidades del mundo para actuar ante ellas. Informado del mundo en que vive, Vicente lo afronta y nos declara: «La necesidad es extre­ma… y Dios espera en nosotros». «La pura necesidad… es el ca­mino utilizado por Dios para comprometernos en la realización de sus designios». El compromiso que Dios nos exige, «es una apli­cación seria, humilde, devota, continua y que responda a la exce­lencia de la obra», reveladora del amor activo de Dios.

Criterios de la evangelización

Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza, la humil­dad, el renunciamiento, el sufrimiento aceptado libremente; su ejemplo es una llamada dirigida a la iglesia. Encargada de propor­cionar a los hombres los frutos de la redención, la iglesia no pue­de cumplir su misión por medios diferentes de los empleados por Cristo, que quiso presentarse al mundo como el mesías de los pobres.

El despojo voluntario de Cristo (cf. Flp 2, 6-8; 2 Cor 8, 9) es efecto y manifestación de su amor a los hombres. El misterio de su pobreza es en realidad un misterio de amor. Si renunció a todo interés personal, lo hizo en beneficio de los hombres a quienes quería salvar. Este amor le condujo a anonadarse.

Es suficiente contemplar a Cristo, «fuente del amor humillado hasta nosotros y hasta en un suplicio infame», para comprender que la evangelización se relaciona con una obra de amor y con un movimiento de anonadamiento. Quien quiere continuar la misión de Jesús debe saber amar y ser pobre. Su pobreza será efecto y manifestación de su amor a los pobres, y al mismo tiempo criterio de su caridad. La pobreza no es fin en sí misma; su valor consiste en ser signo y prueba del amor que reparte, sin reservar avara­mente nada para sí. La pobreza no sólo será renunciamiento, ascesis, regla moral, será también exigencia de la evangelización asida por la esperanza que impulsa a un compromiso en la historia para la liberación de todos los hombres: la salvación brotó de la pobreza asumida plenamente por Dios en la encarnación. Para saber que se debe continuar la misión amorosa de Jesucristo, es suficiente lijar nuestra mirada en él e introducirnos en el movimiento de la encarnación y de la redención. Introducidos en este dinamismo de vida, jamás seremos indiferentes a la miseria y a la soledad de los demás.

¿Qué criterios pueden manifestar la continuación de la mi­sión de Jesús?

  1. Cuando el amor es al mismo tiempo afectivo y efectivo: El amor afectivo, para ser auténtico según las exigencias de Dios, selle verificarse en los actos. Si no llega a ser efectivo, este amor es sospechoso. Por eso declara Vicente de Paúl: «no, no, no nos engañemos. Todo nuestro quehacer está cifrado en la acción… De­bemos testimoniar que amamos a Dios por nuestros actos». La única señal cierta del amor a Dios es la acción buena y perfecta.

La caridad no puede permanecer inactiva; obliga a trabajar en la salvación y en la consolación de los demás. Es un fuego que ilumina, inflama y consume a quien la posee. Esta unión del amor afectivo con el amor efectivo es el signo de la fidelidad a todo lo real. Los grandes sentimientos, las imaginaciones, las buenas intenciones … no son más que ilusiones. Son las realidades concretas, exigentes y complejas, quienes deben evangelizar continua­mente nuestras vidas.

Es necesario, pues, servir al prójimo y este servicio no puede ser evasión ni acto puramente espiritual. El amor verdadero por los hombres conduce siempre, de una manera o de otra, a una mar­cha contra la miseria. El cristiano, bautizado en la muerte de Cris­to, debe actualizar en la fuerza de la justicia y de la caridad la dimensión de la victoria de Cristo sobre «el pecado del mundo» y la miseria humana. Bautizado en la pascua de Cristo no puede per­manecer inactivo ante la injusticia y el sufrimiento.

  1. Cuando el amor es gratuito, humilde, generoso. El califica­tivo «gratuito» tiene una importancia capital en la espiritualidad vicenciana. No sólo porque recuerda la pretensión de Vicente de Paúl, de los misioneros, de las Hijas de la Caridad: «no ser carga para nadie», sino porque es la respuesta al don gratuito de Dios, que se ha comprometido el primero. «Dios es gratuito». Esta gra­tuidad de Dios invita, a quienes continúan la misión de Jesús, a practicar preferentemente el agradecimiento. Pero el agradecimien­to no es servilismo humillante, sino evocación de la gratuidad de la gracia, reconocimiento de la generosidad incondicionada de Dios, de la bondad de las personas. El amor gratuito es el signo del don de Dios a los hombres y la expresión del don total del hombre a Dios para comprometerse incondicionalmente en la acción evan­gelizadora.

La humildad y la generosidad son para Vicente de Paúl dife­rentes facetas del amor que se quiere humilde y se muestra gene­roso, a semejanza del amor del Padre realizado por Jesucristo en medio de los pobres.

  1. Cuando se hace efectivo el evangelio: Vicente nos declara: «Se puede decir que evangelizar a los pobres no se entiende sola­mente enseñarles los misterios necesarios para salvarse, sino reali­zar las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio».

Para encarnar y hacer efectivo el evangelio en un mundo siem­pre nuevo, se requiere mirarse continuamente en este evangelio, que libera a los hombres y anuncia el mensaje de la intervención divina, para poner fin a sus miserias. El anuncio a los pobres de la buena nueva del reino de Dios es la manifestación de la justicia y de la misericordia, que caracterizan el ejercicio de la realeza de Dios.

La eficacia del evangelio debe realizar la construcción del mun­do, según el plan creador y liberador de Dios, liberar a los hom­bres de sus sufrimientos, según la ley de la comunión en el amor. Esta ley de la comunión en el amor debe definir a la iglesia y su acción de evangelización. La urgencia de la miseria humana impo­ne evangélicamente medir la profundidad de las mutaciones ins­critas en las bienaventuranzas.

  1. Cuando el amor es comunión y conformidad con la volun­tad de Dios. Vicente recuerda insistentemente que la necesidad y los acontecimientos son los signos más indiscutibles de la volun­tad divina: «Se piensa en el mundo que esta Compañía es de Dios porque se ve que acude a socorrer las necesidades más urgentes y más abandonadas».

Se sabe que la misión de Cristo (cf. Lc 4, 18-19; 7, 22) ad­quiere su significación a través del texto de Isaías (61, 1-2) y esta misión se distingue por los beneficios realizados por Dios en favor de los desdichados. El comienzo del reino escatológico se manifies­ta con realismo en la acción contra la miseria humana. La misión e Cristo concierne específicamente a los pobres y a quienes su­fren. Jesucristo realizó la victoria sobre la miseria asumiéndola y permitiéndola destrozarle en la cruz. Asume lo que quiere desterrar.

La comunión de Cristo con la voluntad de su Padre es la manifestación del amor fiel, que entra en nuestra miseria, para implantar en ella la fuerza transformadora del amor generoso de los. Es menester continuar la misión de Cristo haciendo acto de presencia en el mundo pobre para cumplir esta voluntad de Dios y manifestar el amor a los hombres.

¿Cómo realizar esta unión con la voluntad del Padre? Vicente nos declara con precisión: «Debemos unirnos al prójimo por cari­dad para unirnos a Dios por Jesucristo». Esta unión es la reve­lación de la situación del hombre frente a sus hermanos y frente al Padre. Quien continúa la misión de Cristo debe hacerse, como él, solidario del sufrimiento de los demás, participar en él: es la prueba de la fidelidad a la voluntad del Padre. La participación en la miseria de los demás, vivida en la comunión con Cristo, es la pre­sencia del amor de Dios. Esta presencia puede salvar el destino del mundo. Dios lo ha manifestado claramente a través de la obra de salvación de su Hijo.

La evangelización por la caridad

Dios se revela a los hombres a través de la fidelidad y del amor. La encarnación de Cristo se inserta en la «historia». Por ser «santa», esta historia no deja de ser terrestre. Día tras día rea­liza, en un misterio que ilumina la fe, una promesa en trabajo constante en cada hombre.

La misión de Cristo manifiesta el vínculo esencial de la co­munidad familiar entre Dios y los hombres, vivida por y en la fi­delidad y la misericordia. La iglesia debe revelar también a Dios y a Jesucristo por los mismos medios, colocar continuamente esta caridad en el centro del dogma y de la vida cristiana, para mani­festar cómo Cristo reclama la colaboración o solicita la ayuda de cada cristiano, a fin de vivir en la fidelidad y en el amor. El dra­ma de este juego, o más exactamente, de esta vida de caridad, que oculta o revela la vida de la iglesia, jamás cesa; se continúa hasta el final de los tiempos, porque se trata de hacer más habitable la «tienda» de Dios en este mundo.

El mensaje evangélico alimenta y exalta la esperanza orientada hacia el destino individual y colectivo de la humanidad. Esta es­peranza lleva consigo un compromiso que frecuentemente canali­zan mal las instituciones profanas o sagradas. La historia es maes­tra de la vida y nos lo manifiesta. Sin embargo, de vez en cuando, una serie de acontecimientos y la participación de hombres pro­fundamente religiosos hacen florecer normas para la reintegración fraternal de los «disminuidos», a quienes no liberan ni la bene­ficencia, ni las buenas obras, ni el orden moral constituido.

El reparto de «pan» que los pobres reivindican para la readap­tación racional de las cosas y de los hombres, es pensado, querido, realizado como el test de la fraternidad prometida a todos los hombres. La vida de caridad, vivida en profundidad, es para Vi­cente de Paúl «la salvaguardia de las uniones profundas», la conci­liación de todos los que legítimamente pueden unirse para tratar de reducir la miseria que sepulta a los seres todavía vivos.

Vicente muestra que ningún «tradicionalismo» puede reducir, en el hecho religioso, la fuerza del fermento evangélico que trabaja la pasta humana. En medio de la miseria que «hace estremecer», intenta una organización de la sociedad más justa y más fraternal. Esta organización de la ‘sociedad la apoya en los acontecimientos de su tiempo y en las exigencias del cuerpo místico de Cristo, que se constituye cada día. El punto eficaz según «el evangelio de la promesa» es para Vicente de Paúl el amor a los pobres, porque a la mirada de la iglesia y de la sociedad, los pobres deben tener siem­pre una función de testigos privilegiados de fuerza y de gracia.

Por otra parte, el trabajo, cuando se convierte en nudo privi­legiado de relaciones humanas, es para Vicente un medio de cons­truir el mundo según el plan creador y liberador de Dios. Por esta razón reivindica la fuerza creadora del trabajo para la construcción de la comunidad de los hombres y la emancipación de las personas. Recordemos que Vicente de Paúl proyectó liberar a los pobres y hacerlos vivir del trabajo organizado y no, como se dice, de la limosna que humilla, incluso si para él esta limosna era una deuda sagrada.

 

Llamamiento a la fraternidad

¿Cómo Vicente de Paúl va a lograr, siguiendo el evangelio, hacer vivir la vida bautismal entre los pobres? ¿Cómo va a con­vertir en moneda corriente la exigencia evangélica en medio de la sociedad aduladora, trapacera, dura, incluso a veces despiadada, que le tocó vivir?

La urgencia de la pobreza cruel y desoladora de su época le impone medir la profundidad de la miseria, oponerse a sus causas, buscar a las personas que trabajen en reducirla. Vicente pone cons­tantemente a los sacerdotes, a los bautizados en contacto con los pobres, porque el amor a los pobres define a la comunidad me­siánica, que es la iglesia. Este contacto con los pobres es su preocupación permanente. Pero hoy, lo mismo que ayer, es imposible es­tar con los pobres si no se lucha al mismo tiempo contra la pobre­za y las causas que la provocan. La pobreza solamente se revela a quien quiere destruirla, suprimirla.

Si hay algún criterio para suprimir la pobreza, es el amor a los pobres, vívido en la verdadera fraternidad. Sólo este amor pue­de realizar la comunión con la esperanza de los pobres en contra de la riqueza que separa. Utilizando este criterio, Vicente llega a crear la comunicación entre ricos y pobres. Para él, el fundamento de la caridad cristiana se encuentra en las promesas divinas mani­festadas y realizadas a través de la historia de la salvación: la participación gratuita de la gracia en y a través de la comunidad humana. El elemento que amalgama y da sentido a toda organiza­ción caritativa, es la fraternidad, que se enraíza en el cuerpo mís­tico de Cristo y se ejerce por el amor compasivo ante la miseria de los demás.

Organización de la caridad

Vicente sabe que la caridad es una en el objeto, múltiple en sus manifestaciones. Por esta razón él y sus misioneros establecen las «Caridades». Los bautizados, comprometidos en este plan de ca­ridad intentan «honrar el amor que nuestro Señor tiene por los pobres» y «asistir a los pobres corporal y espiritualmente». En el fondo es la flexibilidad de Vicente de Paúl lo que se impone. Quiere aliviar con urgencia la miseria de los desdichados dándo­les pan para vivir y proporcionándoles instrumentos de trabajo, a fin de que sean los artesanos de su vida y los miembros de la so­ciedad viva y productiva.

Desde el comienzo de su acción caritativa Vicente desea resol­ver los casos particulares por una organización. Durante toda su vida va a realizar la evangelización de los pobres por la organiza­ción de la caridad. Día tras día descubre que toda organización y toda fórmula de la «Caridad» deben permanecer abiertas. Los sa­cerdotes de la Misión, las Hijas de la Caridad, lo mismo que los miembros de las «Caridades» deben estar atentos ante las nuevas necesidades y las nuevas posibilidades para secundar las diversas formas del único amor de Dios.

La vida de caridad, vivida en profundidad, es para Vicente de Paúl el mejor medio de revelar a Dios y a Cristo a los hombres y especialmente a los pobres: es la manifestación del deseo de vivir en la pureza de la fe y en la verdad del hombre.

El amor a los pobres compromete a Vicente de Paúl a luchar contra toda pobreza, porque si se quiere hacer lo suficiente por Dios y por el prójimo, nos declara, hay que interesarse por la miseria corporal y espiritual de los desdichados. Por eso afirma: «Si hay algunos entre nosotros que piensan que están en la Congrega­ción de la Misión para evangelizar a los pobres, y no para aliviarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, respondo que debemos asistirlos de todas las maneras, por nosotros

por los demás». Para él el único testimonio es dedicarse en todo momento al servicio de los pobres para realizar la ley evan­gélica de la solidaridad y de la fraternidad. Es necesario, en con­secuencia, consumirse en el don de sí mismo hecho a los demás. Ninguna presión humana debe coartar este don a Dios en beneficio de los pobres.

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