Esfuerzo de disponibilidad
Este ideal, que se debe proseguir continuamente, obliga a aceptar la realidad como es y a tomar una responsabilidad, capaz de realizar este ideal y de poder transformar cada día a las personas. Este ideal exige una flexibilidad penetrante y un desarrollo de energía vital. Revestidos de Cristo, los misioneros deben continuar la obra de evangelización que consiste en liberar y transformar a los hombres en Jesucristo. La razón de su existencia «consiste en agradar a Dios y en procurar que sea conocido y amado». Insertados en este movimiento de vida, deben obrar continuamente, porque la «caridad impide permanecer con los brazos cruzados… obliga a trabajar en la consolación y en la salvación de los demás».
Ante todo Vicente de Paúl revela la intención tenaz de buscar y de traducir lo que intenta ser delante de Dios: el imitador de Jesucristo, evangelizador de los pobres. Pero la fidelidad a Jesucristo no es «literalismo» agobiante, sino continua creatividad, a fin de poder realizar el designio del Padre destruyendo la miseria de los hombres. «Es cierto, confiesa Vicente de Paúl, que no soy enviado solamente para amar a Dios, sino para hacerle amar». No es suficiente «ser salvado, es menester ser salvador como Cristo». «La salvación de los pobres y la nuestra personal son un bien tan grande, que merecen conseguirse a cualquier precio; y no interesa que muramos con las armas en la mano. Seremos por ello más felices y la Compañía no será por eso más pobre… Lo que está en juego es la gloria del Padre eterno, la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo». Por eso pide «a Dios todos los días, basta dos y tres veces, que nos aniquile si no somos útiles para su gIoria».
Si en la experiencia de Vicente de Paúl «el don a Dios introduce a la verdadera actividad», el espíritu de Jesús conducirá, a quienes continúan su misión, a consumirse por Dios. Entonces, sólo entonces, se habrá realizado todo lo que se puede pretender hacer: «Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas sino para consumirlos por Dios, es lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre». Así habla Vicente de Paúl el 7 de junio de 1660, tres meses antes de su muerte.







