La evangelización de los pobres (VI)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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EVANGELIZACIÓN DE LOS POBRES: CATEQUESIS E INSTRUCCIÓN

El movimiento de transformación doctrinal y de purificación moral, comenzado al principio del siglo XVII y del que hemos ha­blado en la primera parte, parece estar reservado a la élite religiosa y a los grupos de parlamentarios y de burgueses. Espirituales y re­formadores les dedican lo mejor de su tiempo. Si este trabajo no produce todos los frutos esperados, abre, al menos, los espíritus a la riqueza de la nueva doctrina y los dispone al auténtico compromiso de su fe.

Pero también existen los «campesinos que se condenan por no saber las cosas necesarias para salvarse y por no confesarse. Que si su santidad, escribe Vicente de Paúl en 1631, conociese esta necesidad, no descansaría hasta que no hubiese hecho todo lo po­sible por remediarlo». El buen padre Vicente se sentirá siempre en deuda con ellos. El 14 de mayo de 1653 escribe a la duquesa de Aiguillon: «Me parece que ofendería a Dios si no hiciese todo lo que puedo por los hombres campesinos».

En la iglesia de Cristo sólo hay un bautismo, un único Salva­dor para todos, incluso si los «grandes» del siglo xvii declaran que «es excesivo el tener con el pueblo la misma religión y el mismo Dios». En el pueblo de Dios, es en los hombres, por los hombres, con los hombres, y sobre todo con los más pobres y más abandona­dos, como se debe buscar a Dios, su reino y su justicia. «Según el camino ordinario, declara perfectamente Vicente de Paúl, Dios quie­re salvar a los hombres por los hombres y nuestro Señor se hizo hombre para salvarlos a todos».

A lo largo de su vida, Vicente de Paúl comprobará la ignoran­cia y la miseria espiritual de los pobres campesinos. En 1615-1616, en el sermón que predica sobre la asistencia al catecismo, co­mienza a declarar esta ignorancia de la cual medirá más tarde la profundidad, la extensión, las consecuencias morales. Se da cuen­ta que muchos creen en «profetas» y adivinos, se encenagan en la superstición, son tentados por la magia y la brujería. La evangelización por este hecho es excesivamente compleja. Esta complejidad no detiene a Vicente de Paúl.

La ignorancia de estos campesinos se manifiesta bajo las formas más diversas. Para algunos el cristianismo apenas es otra cosa que un conjunto de creencias y de gestos medio-religiosos, medio-su­persticiosos, a los cuales se acude en algunas ocasiones de la vida. Otros conocen los fundamentos del cristianismo en su formulación material, pueden repetir de memoria su definición, pero el conte­nido de estas palabras se reduce a casi nada, al pronunciarlas no se dan cuenta de que son prometedoras de vida. ¿Cuántos, sabiendo que Dios es trinidad, ignoran que la vida de las tres personas di­vinas es la fuente de toda vida cristiana? Una disociación se establece entre lo que se profesa de palabra y lo que en definitiva se cree de hecho. La práctica sacramental se reduce con frecuencia a un conformismo, a veces, incluso, a una «condenación».

El organismo de la vida cristiana es de esta manera roído desde el interior por el cáncer de la ignorancia religiosa. El cristianismo de los campesinos permanece inmovilizado en ciertas representa­ciones muy pobres, que no pueden unificar ni orientar su vida cristiana. Es, pues, urgente darles la verdad que salva, porque la ignorancia de las verdades de fe causa la condenación, cuando existe facilidad de instruirse. Es necesario purificar su fe y hacerla viva, porque los actos materiales de la asistencia a misa, a vísperas y la práctica de la confesión, no dispensan del conocimiento de las verdades de fe.

La evangelización de los pobres por la catequesis y la instrucción

La actividad evangelizadora de Vicente de Paúl se origina a partir de dos experiencias fundamentales: Gannes-Folleville y Chatillon-les-Dombes. Ambas experiencias orientan e impulsan su fi­delidad a Dios, su recreación. Con respecto a los demás le condu­cen a evangelizar sus vidas por la verdad que salva y por la cari­dad que fortifica y completa esta evangelización. El abandono y la miseria en que se encuentran los campesinos, descubiertos en la experiencia de Gannes-Folleville y confirmados durante las misio­nes dadas en las tierras de los Gondi, le hacen tomar conciencia de la necesidad de instruirlos lo más rápidamente posible. ¿Cómo educarlos en la fe? ¿Es posible hacerlo?

En la teología de santo Tomás, Vicente de Paúl encuentra la tradición teológica que le formula los términos, al mismo tiempo que le proporciona los elementos de solución.

La fe es un acto de la inteligencia y un compromiso de amis­tad con Cristo en su iglesia. Para quienes la han recibido, es so­licitación y apelación al conocimiento de la revelación divina. A través de los textos de la Escritura y las afirmaciones de los dog­mas, se les revela el misterio de Dios, la llamada a la bienaventu­ranza, el camino que los conduce a ella: Jesucristo. Ningún cristia­no está dispensado de este conocimiento. Creer, es adherirse a la totalidad de la revelación divina en la realidad de su misterio. Es la condición para salvarse.

Pero precisamente en los campesinos, los «minores» diría santo Tomás, esta exigencia de conocimiento encuentra posibili­dades limitadas. Las cosas de la fe son elevadas y complejas; ¿un espíritu simple puede tener acceso a ellas? En realidad percibirá las «sutilidades» de los misterios cristianos confusamente y su complejidad le parecerá un caos. ¿Habrá que renunciar para ellos a todo conocimiento de fe auténtica? ¿Cómo tendrán entonces acceso a la salvación?

Santo Tomás resuelve la cuestión haciendo intervenir la rela­ción del «menor» a la iglesia a través de las personas formadas en la fe. El «menor» tiene fe auténtica «en la fe de la iglesia» y por esta razón se beneficia de la salvación. Incluso si sus conoci­mientos de la fe son limitados, su fe no es una fe sin valor. El vínculo que le une a la iglesia suple de alguna manera la carencia de su conocimiento de fe.

El campesino, en efecto, no está aislado. Bautizado, forma par­te del pueblo de Dios. Es miembro de esta iglesia que, ayer como hoy, es la «reunión de los fieles». Depositaria del contenido de la le, ha recibido la misión de transmitirlo. Miembro de la iglesia, el campesino acepta de manera general lo que es la iglesia y lo que le enseña. Su relación a la iglesia, que podría expresarse en estos términos: «creer lo que cree la iglesia», está de alguna manera im­pregnada de la totalidad del conocimiento de la fe. La adhesión ex­plícita a la fe de la iglesia, implica la adhesión implícita a la tota­lidad de la fe.

Esta relación a la iglesia no es relación vacía de contenido. Implica cierto conocimiento. No se puede ser miembro de la igle­sia ignorando lo que es y de lo que vive. Participar en la salvación de la que es portadora, implica que se reconoce en ella el designio de salvación de Dios. Por el mismo movimiento que alguien quie­re ser miembro del pueblo de Dios, reconoce los bienes que pertenecen a este pueblo de Dios.

Dos aspectos inseparables de la fe de los simples parecen esenciales para implicar su salvación: la unión a la iglesia a través de las personas adultas en la fe, y el conocimiento de lo que es central en el mensaje cristiano. Lo interesante es revalorizar siem­pre este vínculo y transmitir de un modo vivo y sencillo lo esen­cial de la fe.

Para iniciarlos en la vida cristiana, enseñarles las verdades necesarias para salvarse y prepararlos a la confesión general, Vicente aplica la estrategia de los actos de la misión. Preocupado por un deseo de eficacia y continuamente en búsqueda de nuevas fórmulas para evangelizarlos, tratará siempre de iluminar, persua­dir, convencer, ganar sus espíritus. Buenamente, con la mayor sen­cillez, predicará y mandará predicar a sus sacerdotes «a lo misio­nero», «de tal manera que todos, hasta el más modesto, puedan en­tender y sacar provecho»… ¿Para qué predicar, «si no es para lle­var al mundo a la salvación» y «glorificar a Dios» repetirá Vicente de Paúl? «La caridad en la predicación… obliga a acomodarse a todos para ser útil a todos». Con «el pequeño método» Vicente de Paúl y sus misioneros intentarán purificar la fe de los campesinos. Este anciano —que no conocía otro método «más eficaz, más ex­celente y por el que se puede adquirir mayor honor, persuadiendo el espíritu, sin todos los clamores que no hacen más que importunar a los oyentes y provocar un poco de ruido, hacer florido el estilo y tocar la superficie» declarará el 24 de julio de 1653 y el 21 de marzo de 1659: «Lo que me queda de la experiencia, que tengo de esto, es el juicio que he hecho siempre de que la verdadera re­ligión, padres, la  verdadera religión se encuentra en los po­bres…».

Anunciar el evangelio a los pobres

Para Vicente de Paúl, la misión tiene un objetivo fundamen­tal: «predicar el evangelio», «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que el reino de Dios está cerca y que es para los pobres».

Continuar la misión de Jesucristo, no se reduce al anuncio de la palabra de Dios. Este anuncio, por el contrario, incluye toda la vida que nacerá de ella en la fe y en el amor, todas las realidades sacramentales donde la gracia continuará desarrollándose. Su cul­minación se encuentra en la eucaristía celebrada en memoria del Salvador, en la caridad vivida en profundidad. Cristo es a la vez palabra de Dios y pan de vida.

Vicente de Paúl enfoca la misión en orden a hacer efectivo el evangelio» en medio de los pobres ignorantes y abandonados. En torno a la preparación a la confesión general no sólo intenta pro­porcionar una somera instrucción, sino iniciar en la vida cristiana adulta y organizar una mejor catequesis, mediante el anuncio del misterio de Dios, la pastoral de los sacramentos y el testimonio tic la caridad. Las confidencias de los campesinos y de los mi­sioneros, lo mismo que las objeciones, que soportan las misiones parroquiales, le conducen a nuevas indagaciones e invenciones. No obstante la pastoral de la catequesis será siempre el método preferido para evangelizar a los campesinos. En Clichy, en casa de los Gondi, en Joigny, Montmirail, Villepreux… catequizar a los pobres en un «gozo» para él. El sermón, que predica a finales de 1615 o al comienzo de 1616, tiene como objetivo persuadir a los oyentes de la necesidad y utilidad de conocer el catecismo para vivir cristianamente y exhortar a niños y a adultos a asistir asiduamente a In catequesis.

A partir de esta fecha, Vicente de Paúl da a la acción oratoria un matiz catequístico, que se caracteriza por la claridad en la ex­posición, la precisión en las definiciones, la insistencia en lo funda­mental, la utilización de un lenguaje claro, concreto, familiar, sencillo. Hasta tal punto hace de la explicación del catecismo centro de la acción misionera, que prefiere este ejercicio a la pre­dicación. El mismo, a sus 73 años, dará el catecismo a los an­cianos del hospital del Nombre Jesús, con una flexibilidad y una sencillez maravillosas. Está convencido de la eficacia del método catequístico. El catecismo, afirma claramente, conserva la fe en las naciones cristianas y la propaga en los países de misión. La conversión de los herejes se hace por el catecismo y la perseveran­cia en la herejía se explica por el método catequístico que los here­jes han imitado de los católicos. No tiene inconveniente en de­clarar: «Todo el mundo está de acuerdo (en afirmar) que el fruto, que se hace en la misión, es por el catecismo».

Técnica de la misión

Cuando el evangelio y la salvación de los hombres están en juego, es evidente que los métodos, en cuanto tales, no significan gran cosa. Sin embargo hay que utilizarlos y ponerlos al servicio del espíritu misionero.

Para realizar la evangelización de los pobres, Vicente pide a sus misioneros relacionarse con ellos, emplear una pedagogía len­ta, paciente, admirable, ponerse al alcance de los más humildes. Sabe que el contacto no sólo debe provocar un choque, sino manifestar amor y estima, iniciar la transmisión de la verdad. En realidad intenta transmitir a sus misioneros un espíritu de inven­ción, que solicita la misericordia, hija de la caridad y de la humil­dad. Para predicar el evangelio a los pobres, a los humildes, se re­quiere mezclarse con ellos y tratarlos con sencillez, humildad, dul­zura. Entonces se les hablará buena, sencilla, familiarmente, como lo hicieron en otro tiempo nuestro Señor y los apóstoles. El mismo Cristo, «que era todopoderoso, se acomodó a la capacidad de los más débiles». No hay que olvidar que la palabra de Dios, la instrucción religiosa, la catequesis se «orientan a la salvación». Para imitar a Jesucristo, es necesario acordarse que su espíritu, lo mismo que la actitud de Dios con los hombres, revelan la «misericordia”, la «paciencia», el «renunciamiento».

En realidad, todo el esfuerzo desplegado por Vicente de Paúl en orden a la predicación misionera, de matiz catequístico, gira en torno a un objetivo: favorecer el desarrollo de la vida de Jesús en la vida de los pobres. Esta óptica le hace insistir mucho más en el vínculo que une la fe a la caridad. Su predicación se desdoblará en in esfuerzo educativo y en una orientación profunda de la vida.

Cuando se pretende afirmar que la iglesia de Roma «no es conducida por el Espíritu santo, porque abandona a los pobres», lo muestra el error con fuerza irresistible, es la «preocupación, hecho de trabajar en la instrucción y santificación de los pobres abandonados».

Cuando los pobres son evangelizados, la intervención de Jesucristo es clara, el reino de Dios está en medio de los hombres (cf. Mt 11, 2-6). Para evangelizarlos se requiere fijar la mirada en Jesucristo, que es «la suavidad eterna de ángeles y de hombres» y compartir con ellos la misma mesa, el mismo pan.

«Una Compañía que tenga por herencia los pobres y que se dé totalmente a los pobres»

La experiencia y la toma de conciencia, realizadas el 25 de enero de 1617 en Folleville, agudizadas por experiencias posteriores, llevarán a Vicente de Paúl a fundar la Congregación de la ilusión. Organizada para remediar la miseria moral de los campe­sinos, se encargará más tarde de la formación y santificación de los sacerdotes. A través de ese doble esfuerzo él y su Compañía intentan oponerse «a los tres torrentes —la herejía, el vicio y la ig­norancia— que han inundado la tierra», han arriesgado «hacer desaparecer a la iglesia en Europa» e impedido a los herejes «verificar que la iglesia no era conducida por el Espíritu santo».

Actitud inspiradora

En la iglesia toda misión tiene su origen en la sabiduría y en el amor del Padre. Por esta voluntad del Padre, los hombres son aso­ciados a la misión del Hijo y del Espíritu santo. La acción misio­nera es la obra de las tres personas, que asocia a los hombres para salvar a los hombres.

Jesús, enviado del Padre, inauguró por su venida y su glori­ficación la obra concebida y querida por el Padre, y los apóstoles, a quienes eligió, deben continuarla (cf. Jn 6, 70; 13, 18; 15, 16-19; Lc 6, 13; Hech 1, 2.24). Porque los ama, como su Padre le ama (Jn 15, 19), les confía la obra que el Padre le encargó. «Como tú me enviaste al mundo, dice a su Padre, así yo los envío al mundo» (Jn 17, 18; 20, 21). Todo bautizado debe continuar esta misión de Jesús.

Atento a esta realidad bíblica, Vicente de Paúl quiere realizar la evangelización de los pobres en el espíritu de Jesucristo. Conci­be la evangelización como una obra de amor, de «comunión» con la voluntad del Padre, que continúa y realiza en el hombre la re­dención del mundo.

El amor de Dios a los hombres utiliza las disposiciones nece­sarias para alcanzar a quienes quiere liberar y transformar. Por eso continúa incansablemente la obra de la redención. En esta continuación de la redención, Dios «suscita a la Compañía de la misión» y la «envía a los pobres para decirles que quiere salvarlos en Jesucristo e instruirlos en las verdades de la fe». Para reali­zarlo debe asociarse a la misteriosa aventura del Verbo encarnado, ayudando a cada hombre a asociarse a la obra de la redención. Trabajo complejo de cooperación que conjuga el amor gratuito de Dios y la respuesta de la pobreza del hombre.

Dios es un Dios de amor, que continúa a través de la historia su obra de creación y de liberación. La continuación de la evange­lización de Cristo a los pobres es la significación de la presencia del amor de Dios, incluso en la situación más trágica del hombre.

El misionero debe encarnar este espíritu de redención, inscrito en el movimiento de la encarnación. El fin de la misión de Cris­to es establecer en medio de los hombres el amor al Padre: «Con­movido por la desdicha de los hombres, el amor de Cristo realiza la obra admirable de nuestra redención». Este espíritu de caridad perfecta de Cristo «orienta todos sus pensamientos a la salvación de los hombres».

Cristo, «fuente del amor humillado», entra en la miseria hu­mana para implantar en ella la fuerza transformadora del amor del Padre, su voluntad misteriosa, voluntad de salvación. Asumiendo por solidaridad la miseria de la humanidad pobre, Cristo, fiel a la voluntad de su Padre, restablece el destino humano en su eje ver­dadero, siendo el servidor de Dios. Este espíritu de redención manifiesta hasta dónde va la pobreza interior de Cristo, su comu­nión con este querer del padre y con el desamparo del hombre. Revela, igualmente, que el mismo Dios quiere realizar esta obra de la transformación depositando en el sufrimiento del hombre el signo de comunión con el destino de todo hombre.

Orientado hacia este movimiento de vida, asociado en esta obra de «religión» y de «caridad», Vicente intenta formar una congre­gación animada por el Espíritu de Dios y que se conserve en las obras de este Espíritu una compañía en la iglesia de Dios «que tenga por herencia los pobres y que se dé totalmente a los po­bres». «Como Cristo, debe hacerse agradable a su Padre y útil a su iglesia». «Los misioneros deben unirse al prójimo por caridad para unirse a Dios por Jesucristo». Deben realizar esta obra le amor: «Somos elegidos por Dios, como instrumentos de su in­mensa y paterna caridad, que quiere establecerse y dilatarse en las almas». «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegi­do para ellos. Esto es capital para nosotros, el resto es acceso­rio». Debemos «emplear el resto de nuestra vida en la salvación de los pobres», declara Vicente de Paúl. «La obra por excelencia de nuestro Señor ¿no fue evangelizar a los pobres?… Nuestro Se­ñor nos pide que evangelicemos a los pobres, eso es lo que él hizo y lo que quiere continuar haciendo por nosotros… El Padre eter­no nos asocia a los designios de su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que lo dio como signo de que era el hijo de Dios, de que el mesías, que se esperaba, había llegado…». La continua­ción de esta misión exige siempre y por todas partes un esfuerzo de disponibilidad.

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