La evangelización de los pobres (V)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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 ACCIÓN CON LOS POBRES

La presencia de los pobres amplió el ángulo de visión de la conciencia de Vicente de Paúl: le hizo cambiar las perspectivas de su vida y velar para hacer eficaz el evangelio. Para nosotros per­manece, aún hoy, el testigo privilegiado de esta toma de con­ciencia.

Llamado por Dios para ayudar a los pobres a salir de su mi­seria, Vicente responde. ¿Cómo Vicente de Paúl va a ejercer esta responsabilidad?

Tratemos de introducirnos, al menos un poco, en su vida pro­funda, contrarrestada con frecuencia por las exigencias de Dios y las necesidades de los hombres. ¿Qué dice? ¿Qué organiza ante la miseria y los pobres?

Aspectos de la miseria

Nuestras categorías mentales nos llevan a concebir dos formas (le miseria: una física y otra espiritual. Si hay que distinguir la tina de la otra, no hay por qué disociarlas. Y esto no por perfidia de confusión, ni de sacralización, sino por exigencia de encarnación, de liberación.

Para Vicente de Paúl, como para el cristiano, estas dos formas de miseria se interfieren mutuamente y ambas tienen su causa úl­tima en el pecado. Para comprenderlo hay que descifrar la miseria a través de la obra de la creación y de la redención. La Biblia con­sidera que las dos dimensiones del pecado —la ruptura con la alian­za y la miseria en el mundo— constituyen una misma realidad. El pecado es siempre olvido de compartir, rechazo de poner al ser­vicio de los demás el fruto de la creación, negación de comportarse como servidor en el don de sí a los demás. El «pecado del mundo» es la dominación, el aplastamiento de los fuertes con respecto a los débiles.

Lejos de provocar una obsesión y alimentar el pánico, la mi­seria debe convencer al hombre de que no hay más que una política. Esta consiste en dar su vida, como Cristo, para vivir más intensa­mente y hacer vivir mejor a los demás. Esta perspectiva de la mi­seria, anclada en los pobres, conduce a Vicente de Paúl, y a quienes le escuchan, a un modo de ser y de obrar, capaces de ayudar a los pobres a liberarse de la miseria y a los poseedores a hacer fructifi­car los bienes en beneficio de los desdichados. Lo que está en jue­go, a través de la mediación del tener, de la riqueza, es la liberación, la salvación, del hombre en la sociedad. El libro del génesis declara que el hombre debe «dominar» el mundo para ponerle al servicio de los demás, para permitir a la comunidad humana desarrollarse en la dignidad y la miseria lo impide.

Al ser socialmente una realidad compleja y al mismo tiempo un «misterio de religión», la miseria exige, para descifrarla y poder lu­char contra ella, desarrollar tres dinamismos:

Dinamismo del conocimiento, que lleva a informarse para des­cubrir hasta dónde llega la gravedad del mal. El término de este conocimiento se encuentra en el descubrimiento de los mecanis­mos, de las mediaciones, de las estructuras sociales, que engendran y mantienen la miseria.

Dinamismo de la compasión, que lleva a compartir la situación de miseria de los demás. Quienes toman en serio el mensaje cris­tiano están invitados a participar en la lucha contra la miseria de los pobres por sí mismo y por los demás.

Dinamismo de la vida, que hace «acudir en socorro de las ne­cesidades como se corre cuando hay fuego», porque «no socorrer es matar». El amor efectivo por los pobres se verifica en las posicio­nes y compromisos adquiridos en beneficio de ellos.

Colocado en esta perspectiva, Vicente de Paúl no aborda la miseria «intelectualmente», sino que la descifra a través de las exigencias de Dios, manifestadas en la creación, a través de las exi­gencias de Cristo, realizadas en la encarnación. Por eso después de haber exclamado que «el pobre pueblo… muere de hambre y de miseria», consume toda su vida en el alivio de esta doble miseria. Sólo entonces, cuando haciendo el bien sea anonadado y consumido, habrá realizado todo lo que puede pretender hacer.

Convencido de que debe encarnar continuamente esta cari­dad de Cristo, para hacer a Dios presente en el mundo de los pobres, se siente responsable de continuar este espíritu de ca­ridad, de compasión. Para realizarlo, movilizará todas sus ener­gías hasta morir. Para Vicente, el objetivo principal es susti­tuir la mentalidad, que hace de la obligación el primer valor moral, por el sentido de la exigencia vital, de impulso hacia el bien, de progreso indefinido, de abertura, de don, que orienta y anima el evangelio. Este espíritu le proporciona la posibi­lidad de situarse al nivel de los más pobres. Sabe que es en un «corazón pobre» donde reside la verdadera fraternidad, fruto de la humildad y de la caridad. Para ayudar a los pobres ahon­da en él este abismo de humildad que le hará pobre con los pobres, dispuesto a comprenderlos y a amarlos.

Esta humildad desarrolla en Vicente de Paúl un movimiento de compasión y un movimiento de ayuda, porque Cristo, «fuen­te del amor humillado», asumió toda la pobreza humana para destruirla y convertirla en riqueza.

Movimiento de compasión

La compasión, en su sentido más exacto y profundo, exige en primer lugar ponerse en la situación de quienes sufren y des­pués compartir su pena. La empresa de Vicente de Paúl es imitar la compasión de Cristo. Un movimiento de fe hará irra­diar en él esta compasión. Fiel toda su vida a esta empresa, la miseria de los pobres moldeará profundamente su ser. «La ca­ridad, confiesa, hace entrar los corazones de unos en los cora­zones de los otros y sentir lo que sienten, están muy lejos de quienes no tienen ningún sentimiento del dolor de los afligidos, ni del sufrimiento de los pobres». Por eso «se requiere» a ejem­plo de Cristo «estar afectado por la desdicha de los hombres, conmovernos ante nuestro prójimo afligido y tomar parte en su pena».

Esta compasión se origina en las exigencias del cuerpo mís­tico de Cristo y prolonga el espíritu de Jesús. Viviendo de la sabia de esta fuente vital, Vicente ahonda cada día en esta realidad y deduce en cada momento las consecuencias de esta transfusión de vida. Pero todos los hombres, especialmente los más desdichados, necesitan vivir de esta verdad que calma, con­suela y fortifica. Cristo exige a Vicente, que le haga presente y activo en el esfuerzo humano que él realiza en nombre de la iglesia, que transmita su compasión, a fin que todo pobre se sepa comprendido, amado, respetado por un amor que sobrepasa al hombre. Es necesario unirse a las penas de los demás, pero ¿cómo y por qué? Escuchemos a Vicente de Paúl. Va a entregarnos una de sus páginas exigentes y conmovedoras: «Y ¿cómo puedo sentirme afectado por la enfermedad, a no ser por la participación que tenemos juntos en nuestro Señor, que es nuestro jefe? Todos los hombres componen un cuerpo mís­tico; todos somos miembros unos de los otros. Jamás se ha oído que un miembro, incluso entre los animales, haya sido in­sensible al dolor de otro miembro; que una parte del hombre esté magullada, herida o violentada, y que las otras no lo sien­tan. No es posible. Todos nuestros miembros simpatizan y tie­nen tanta unión en conjunto, que el mal de uno es el mal del otro. Con mayor razón los cristianos, siendo miembros de un mismo cuerpo y miembros unos de los otros, se deben compa­decer. ¡Cómo, ser cristiano, y ver a su hermano afligido, sin llorar con él, sin estar enfermo con él! Es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; no tener lo más mínimo de huma­nidad. Es ser peor que las bestias».

La compasión aparece en Vicente de Paúl desde el comienzo de su empresa caritativa. La obra de los niños expósitos es la expresión de la ternura compasiva, que ahonda y purifica el afecto femenino y maternal de las Hijas de la Caridad. La ac­ción con los prisioneros y galeotes es el fruto de un corazón que no soporta la miseria desoladora, la crueldad humana. La misión en Argelia y Túnez es el prodigio de alguien que «tiene piedad de los esclavos»… Las Hijas de la Caridad, escuchan estas palabras de su fundador: es necesario servir a los pobres «con alegría, dulzura, respeto, cordialidad y devoción». Sí, es­tos seres desdichados merecen el mayor respeto a la mirada iluminada por la fe. La «ternura», la «compasión» de Cristo ponen en movimiento en cada cristiano este amor doliente y compasivo. El espíritu de Jesús hace «entrar en unidad de es­píritu y en unidad de alegría y de tristeza; su deseo es que en­tremos en los sentimientos de los demás». Nadie puede des­interesarse de la miseria de los demás, si se quiere hacer lo su­ficiente por Dios y por el prójimo. En la sociedad y en la iglesia todos vivimos unos de los otros y en los otros.

Vicente de Paúl vivió de esta idea. Una vez experimentada trató continuamente de comunicarla a los demás. Su primera intuición, su convicción primera se ampliaron por haber apro­vechado, cada vez que se le presentaba la ocasión, el contacto personal y concreto con los pobres. Sabemos que este contacto es irremplazable. Sería necesario, aún hoy, adquirir una técnica del encuentro con los pobres.

Movimiento de ayuda

Para Vicente, lo mismo que para quienes le escuchan, sólo la caridad puede hacer «acudir en socorro de los demás como se corre cuando hay fuego» «, porque «no socorrer es matar».

No es suficiente tener inquietud por los pobres; se requiere que esta preocupación sea comunicativa y, sobre todo, que se traduzca en actos. Es necesario que la presencia de la miseria, de los pobres, desencadene en los demás un movimiento de vida.

Vicente de Paúl tuvo el sentido de emprender su acción ca­ritativa, donde veía una carencia; supo ayudar a los demás a to­mar conciencia de la miseria y a encarnar en la iglesia el sen­tido de los pobres. Sobre todo mandó hacer, sugirió, ayudó y so obra fue inmensa. Supo lograr interesar y hacer trabajar a los demás, lo cual supone una perspectiva sobrenatural y desinteresada. Comprendió que toda acción caritativa, para llegar a ser eficaz, debe estar arraigada en el movimiento de la creación y de la redención.

Un organizador de la caridad debe saber coordinar, insertar­se, tener una competencia. Debe estar en relación con todas las personas que trabajan, ayudar a todos los que intentan, en un mismo impulso de acción y de pensamiento, a reducir la miseria que sepulta a los seres todavía vivos. Más aún, debe hacer lo que es posible para hacer adquirir un espíritu común, una conciencia común. Esta conciencia común implica una voluntad común, según el don de Dios, de vivir siguiendo el evangelio la vida bautismal entre los pobres. Para mantener esta conciencia común, se requiere experimentar que el hombre es limitado y que necesita contar con los demás. Es preciso que cada uno arroje su egoísmo y su timidez para llevar juntos la responsabi­lidad del mundo de los pobres. Vicente tuvo esta alma «uni­versal», por eso llegó a ser el arquitecto del movimiento cari­tativo del siglo XVII francés que se construyó día a día.

Para ayudar a los pobres a salir de su miseria, Vicente de Paúl se siente responsable de prolongar la creación, la encar­nación, la redención entre ellos, a través de ellos y con ellos, a fin de hacerlos sentirse solidarios y responsables de esta crea­ción continuamente en desarrollo, de esta encarnación, de esta redención prolongada en ellos y por ellos.

Llamado a liberarse y a liberar a los demás de la miseria, el hombre no puede realizar esta liberación sin entregarse a la redención de la miseria por «la acción benéfica ejercida como ministerio sagrado y obra propia de la caridad». Es el precio requerido para que este movimiento de liberación y de trans­formación nos establezca en comunión con Cristo y con los po­bres. Vicente lo comprendió. Comprometido con todo su ser, obró y reaccionó en consecuencia.

Lo interesante para el hombre no es encontrarse en una situación, sino su manera de abordarla. La antropología cris­tiana, que debe ayudar siempre a comprender la naturaleza de la pobreza y sus características, debe estar orientada por la preocu­pación constante del momento histórico. La fe y la realidad del momento deben interrogar al sentido cristiano del hombre, para que éste sepa lo que debe hacer y cómo debe comprometerse ante la miseria de los pobres.

¿Cómo aborda Vicente de Paúl la miseria? ¿Cómo logra mo­vilizar los espíritus y los cuerpos para intentar la reforma, la refun­dición de las instituciones religiosas y de las costumbres en rela­ción con los pobres? Para poder explicar la actividad social y edu­cativa de Vicente de Paúl, se requiere comprender el sentido del don a Dios en su existencia, descubrir cómo su espíritu y su co­razón se acompasan al ritmo de la miseria de los hombres. Desgra­ciadamente se tiene la costumbre de pasearse en la galería de las imágenes de la obra vicenciana y se olvida interrogar a su autor por el motor y la orientación de su prodigiosa actividad.

Para combatir la miseria, Vicente de Paúl realiza una refundi­ción de la vida comunitaria femenina y de la sociología del aposto­lado. Para conseguirlo, no duda, sagaz y tenazmente, crear un nue­vo estilo de existencia en la iglesia y en la sociedad. A través de esta innovación, que lleva el nombre de la compañía de las Hijas de la Caridad, Vicente se obstina en permanecer en el laicado. Esta obstinación le permite renovar la vida y la actividad religiosa y con­seguir «apaciblemente» tres objetivos «revolucionarios» y «dura­deros»:

1.° Organizar la vida comunitaria femenina en función de la actividad apostólica. Se vive en comunidad para estar más dispo­nibles a los demás.

2.° Ampliar las zonas del apostolado. Por eso hace pasar del claustro a la calle, del convento a la habitación alquilada, a la habi­tación del pobre, del hospital al campo de batalla… a donde quiera que un ser sufre corroído por la miseria.

3.° Multiplicar la gama de las obras apostólicas. No duda unir la instrucción a las obras de misericordia.

El nuevo instituto, que Vicente de Paúl forja, se define por un espíritu y por un estilo de vida que le orienta: «Es necesario darse a Dios para amar a Jesucristo y servirle en la persona de los pobres». Al mismo tiempo revela la abertura a los cambios so­brevenidos en la sociedad, en la iglesia, y a las exigencias del dina­mismo de la fe.

La actividad vicenciana se fija en un objetivo preciso: liberar de la miseria a los pobres y trabajar en su evangelización. Al mis­mo tiempo intenta movilizar el laicado para ejercer un nuevo apos­tolado y mantener la vida religiosa en la pureza de su intención primitiva. Pero los grandes descubrimientos, las nuevas formas so­ciales y económicas fuerzan al hombre a definirse de otra manera, a dar otra explicación de sí mismo, a buscar otro modo de realizar su acción, a revisar la idea que tiene del Creador. Vicente se ins­truye en esta visión y crea nuevos institutos que corresponden a la nueva fisonomía del mundo, a las nuevas necesidades de los hom­bres, porque la iglesia y la sociedad necesitaban nuevos apóstoles, capaces de llevar a buen término una empresa compleja y multi­forme. Por fidelidad a la naturaleza y a la gracia, estos nuevos apóstoles llegaron a ser constructores, porque lo que confusamente se imponía a la conciencia de todos, era que la iglesia no era lo que debía ser, según el evangelio.

Vicente comprueba y prevé que se requiere desplazar el lugar del apostolado para que sea eficaz. Atento a esta realidad, es capaz de explotar la coyuntura, que se ha convenido en llamar, no sin razón, la gracia del tiempo o los signos de los tiempos.

Per’ ¿cómo Vicente de Paúl va a sostener el impulso de las personas? ¿cómo va a vivificar incesantemente las nuevas institu­ciones creadas por él? El vínculo dinámico que une la intención caritativa a la institución, es, podría decirse, su mística de la cari­dad, o si se prefiere, la presencia del misterio de Jesús en los po­bres.

En la vida de Vicente comprobamos su preocupación por la presencia eficaz en el mundo del sufrimiento y de la ignorancia. Esta presencia se extiende continuamente y le abre a las nuevas exigencias de la miseria. Su caridad deseaba siempre aliviarla y re­ducirla, ayudando a los pobres a ser los colaboradores de la obra de Dios, que se realiza en ellos y que solicita continuamente el esfuerzo humano.

Es necesario ayudar a estos pobres a ser lo que Dios ve en ellos, lo que Dios quiere realizar en ellos y por ellos. Se requiere sentir esta exigencia, comprometerse con ella, si se quiere ser fiel en la realización de la esperanza mesiánica que se oculta, con fre­cuencia profundamente, en todo ser que necesita ser liberado de la miseria y transformado por la gracia.

La mística de Vicente de Paúl y la estrategia, que aplica, de­ben encaminar y aguijonear hoy en la búsqueda de nuevas fórmu­las para ayudar a los pobres a salir de su miseria. Sabemos que una nueva exigencia nace en la sociedad, ella obliga a buscar nuevas fórmulas para ejercitar el apostolado caritativo en medio de las «masas humanas», nuestro prójimo, en medio de las «comunidades naturales, células de la iglesia», respetando lo que son, lo que ha­cen y sus aspiraciones. Sería extraordinario hacer con ellos «comu­nidad» y ésta, «que es condición abundante de humanización», sería «lugar de encarnación y capacidad de gracia».

«Dios está trabajando en las comunidades naturales. El amor fraterno es por instinto evangélico. La justicia es uno de los nom­bres de Dios. Cristo está presente, pero es desconocido: tenemos que revelárselo».

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