La evangelización de los pobres (IX)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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CONCLUSIÓN

En el recorrido de nuestra investigación pensamos haber sorprendido de vez en cuando a Vicente de Paúl. Es cierto que no tenemos la pretensión de haberle comprendido exhaustivamente, dada la gran flexibilidad y astucia en sus palabras y gestiones. Por añadidura, su caminar hacia Dios y hacia los pobres es demasiado amplio y profundamente enraizado en el misterio de Cristo y en la acción de Dios en este mundo.

Sin embargo podemos decir que hemos encontrado un criterio fundamental, no el único, naturalmente, para comprender su acción y su mística de los pobres. Si existe algún criterio en Vicente de Paúl para comprender la miseria, que con frecuencia se incrusta en nosotros y a veces resbala junto a nosotros, es el juicio de los pobres. Estos seres, aparentemente insignificantes, pueden condenarnos o salvarnos ante el tribunal de Dios y ante la sociedad. Porque nos juzgan, nos hacen tomar conciencia de nuestra res­ponsabilidad. Este juicio de los pobres condujo a Vicente de Paúl a conocerlos y a amarlos con una generosidad vivida en la ver­dadera fraternidad, iluminada por los dogmas de la creación, de la encarnación, de la redención.

Para comprender cómo Vicente de Paúl vio a los pobres, es indispensable situar su acción y su pensamiento dentro de su ex­periencia y de su fe. Haciendo el balance del contenido de esta experiencia y de esta fe, tendremos alguna posibilidad de carac­terizar su visión de la miseria, de los pobres. Sobre todo estaremos seguros de esta afirmación: refiriéndonos a Vicente de Paúl es pre­ferible y más exacto hablar de pobres que de pobreza. De lo que se trata para él, no es de amar efectivamente la pobreza, sino a los hombres que se encuentran envueltos en la pobreza, incluso, si para realizar este amor, la pobreza se incrusta con frecuencia en nosotros.

Hablando de la pobreza, según la mentalidad vicenciana, dos preocupaciones deben orientar nuestro espíritu: La primera preo­cupación es un deseo de realismo objetivo, es decir, que la pobreza no puede ser abordada solamente con palabras: las palabras deben ser insuficientes. Es evidente que no se puede abordar la pobreza más que con palabras alusivas, que se refieren a la vez a una con­ciencia, a una voluntad, a una experiencia, a una persona. En esta perspectiva podremos comprender toda la importancia de la con­fesión de Vicente de Paúl: «Nada me agrada si no es en Jesucris­to» y la frase de Pascal, su contemporáneo: «amo la pobreza por­que él la amó».

La segunda preocupación es un deseo de realismo subjetivo. Quien habla de pobreza, debe alimentar su lenguaje con una ex­periencia de la fe, si no sus palabras no tienen ninguna consisten­cia. Esto quiere decir que la pobreza no es un dato aislado, sino que introduce en la verdadera vida cristiana, en la vida de Cristo. Refiriéndonos a una palabra de Pascal, que ilumina nuestro cono­cimiento religioso, es menester alegar este pensamiento: «Sólo nos conocemos a nosotros mismos en Jesucristo… Fuera de Jesucristo, no sabemos lo que es nuestra vida ni nuestra muerte, ni lo que es Dios ni lo que somos nosotros mismos».

En la contemplación del movimiento profundo de la encarna­ción Vicente descubre que Jesucristo es gratuito, donador, y que entrega en el don. Este movimiento de inserción de Dios en la humanidad provoca y engendra la inserción de la humanidad en Dios. El sentido de la pobreza real, efectiva, se descubre en la pertenencia a Dios: hay que empobrecerse para apoyarse más en Dios. El sentido del desprendimiento se revela en el reparto: hay que despojarse para favorecer a los pobres y compartir más con ellos. «Amo los bienes porque me dan el medio de asistir con ellos los pobres», declara Pascal.

La pobreza sólo tiene sentido en el compromiso de solidaridad con quienes sufren la miseria, a fin de testimoniar el mal que ésta representa. No hay, pues, que idealizar la pobreza, por el contrario hay que asumirla como un mal para protestar contra ella y final­mente para abolirla, de la misma manera que Cristo asumió la condición de pecado, no para idealizarla, sino por amor, por soli­daridad con los hombres, para liberarlos del pecado. La pobreza cristiana, expresión del amor, se solidariza con los pobres y lucha contra su pobreza. La función crítico-social de la pobreza cristiana consiste en relativizar el carácter provisional de toda situación histórica, de todo resultado humano y en ejercer una crítica radical para ejercer una acción liberadora.

Esta experiencia y esta fe, iluminadas por una intuición profunda y creadora de los pobres, proporcionaron a Vicente de Paúl una toma de conciencia y una vocación: glorificar al Padre continuando la misión de Cristo, evangelizador de los pobres. A partir de este momento nos puede entregar una vocación totalmente cen­trada en la gloria de Dios y en el espíritu, hay en primer lugar un conocimiento y una toma de conciencia de responsabilidad con res­pecto a los pobres. Este conocimiento y esta toma de conciencia le hicieron madurar humana y sobrenaturalmente y orientaron su actitud inspiradora y su esfuerzo de disponibilidad; al mismo tiem­po le proporcionaron los criterios de la evangelización y le condu­jeron a realizar una «refundición» de las instituciones de la socio­logía del apostolado, permitiendo a su espíritu religioso desarro­llarse y realizarse revelando al mismo tiempo a Dios por la caridad.

Para Vicente de Paúl, la luz, que ilumina la realidad de la mi­seria y de los pobres, no es otra que Jesucristo. Sin embargo ja­más olvidó lo que Pascal dijo tan maravillosamente: «Si Dios nos diera directamente unos maestros, ¡ah!, sería necesario obedecerlos con complacencia. La necesidad y los acontecimientos lo son infa­liblemente». Podemos decir que Vicente vivió profundamente este pensamiento, esta realidad. Por la fuerza de la gracia, obedeciendo a Dios que se manifiesta en los acontecimientos, Vicente de Paúl llegó a ser un hombre de iglesia. que respondió a las necesidades de los hombres de su tiempo. Las características de la vida ordina­ria, los acontecimientos le interrogaron y le inspiraron.

Estos acontecimientos fueron para él: la necesidad de los de­más, la ignorancia de los pobres y de los sacerdotes, la falta de or­ganización en el servicio de la caridad. Es menester, incluso, decir paradójicamente que la extensión y la profundidad de su pertenen­cia a la iglesia fue condicionada, y se nos revela, por su incesante intuición penetrando cada día más en el mundo e invitándole a ponerse de una manera más definitiva al servicio de Dios en este mundo.

Esta constante intuición le obligó a abordar el mundo al mismo tiempo que orientó continuamente su línea de conducta. En rela­ción a lo que hoy se llama «la prueba de lo real», es decir, la rela­ción entre la fe, según la conciencia que se tiene de ella, y las cosas tal como son, Vicente experimentó que la «realidad», de cualquier manera que se entienda, es «probatoria» para los discípulos de Cristo. A causa de las mil resistencias de las cosas y de los hom­bres, él afrontó una realidad que no se transformaba mágicamente en «reino de Dios». «Se dice que se busca el reino de Dios, de­claraba Vicente el 21 de febrero de 1659. Que se busca, no es más que una palabra, pero me parece que dice muchas cosas… Buscad, buscad…, quiere decir preocupación, quiere decir acción…».

Preocupación, es decir, aceptación sin reservas de la situación, rigor valeroso de comprobación. El evangelio es obra de verdad, y en el contexto del siglo xvii, Vicente de Paúl realizó un «descubri­miento de lo oculto», extremadamente temible. Pero esta franqueza le dio la posibilidad de comprender y de asumir la situación histó­rica de su tiempo. Afrontar esta situación, que obsesionaba más o menos la conciencia de sus contemporáneos, fue, digámoslo clara­mente, tener la fuerza del radicalismo de la fe y de la esperanza.

Para conseguir este radicalismo le fue necesario una ruptura. En esta ruptura comenzó su re-creación. Entonces nacieron en él el arraigamiento en la vida, el amor real a los demás, el humilde y arraigado deseo de cambiar el mundo, una abertura que le impidió instalarse e incluso calcular y programar su futuro. Sin embargo se encontró en esta re-creación, pero reconociendo más tarde, que había sido Dios quien le había sostenido y guiado paternalmente. A través de esta búsqueda paciente y apasionada Vicente de Paúl se convierte en el buscador infatigable de la voluntad de Dios y no, como se afirma, en «el lugar-teniente lúcido y disciplinado de la invariable providencia».

Acción: La fe exige la realización de la obra encomendada a la iglesia en beneficio de los hombres. La obra de la fe se reveló a Vicente de Paúl en su fuerza original: su contenido es el amor de Dios en el hombre. No se trata solamente de ir al mundo (—com­promiso y testimonio—), sino de abrir el mundo a la inspiración y a la fuerza del Espíritu de Dios, y ante todo abrirnos nosotros mis­mos a esta inspiración del Espíritu: «Es necesario aspirar a la vida interior y si se fracasa en esto se fracasa en todo», declara Vicente de Paúl. A través de la acción y del trabajo él nos descubre que el amor es conformidad y comunión con la voluntad de Dios.

Si los acontecimientos manifiestan la voluntad de Dios y exigen una respuesta, Vicente hizo descubrir a sus auditores una conse­cuencia convertida en exigencia de la vida misionera: la decisión in­quebrantable de no abandonar el mundo. Sin duda ninguna en este mundo habitan las «tres concupiscencias» de que habla san Juan (hoy diríamos interpretaciones, métodos de análisis, prácticas orde­nadas y reflejas de la realidad, extrañas a la fe, que pretenden, con frecuencia, dar cuenta del hecho de la fe), sin embargo Dios «trabaja incesantemente» en medio del drama de este mundo y «Cristo agoniza en él hasta el último día; durante este tiempo no se puede dormir». La pobreza, la esperanza de los pobres, deben orientar siempre a los bautizados a adquirir un compromiso en la historia, para realizar con Cristo la transformación y la liberación de todos los que sufren la ausencia de Dios y una carencia de vida. La urgencia de la miseria humana nos impone ponderar las exigen­cias de la encarnación, del mensaje evangélico. Olvidarlo, sería claudicar en lo esencial del cristianismo. No comprometerse en el movimiento de Cristo, que libera a los hombres de la miseria, es confesar que se quiere permanecer al margen de la iglesia y de la sociedad.

La inspiración verdadera de Vicente de Paúl es el misterio de la presencia de Jesús en el pobre. En esta intuición encontramos la fuente de su riqueza, los resortes de su vitalidad, el ritmo de su evolución. Por encima y más allá de toda la acción caritativa de este profeso de los pobres, debemos admirar los fundamentos teológicos que motivan y orientan esta acción. Ellos se arraigan en el «espíritu de Jesús» y se insertan en el movimiento de Cristo salvador y constructor de la iglesia de los pobres. La iglesia de Cristo debe encontrar siempre a los pobres, son éstos sus primeros clientes. Descuidarlos, será siempre el fracaso esencial de esta igle­sia. Más aún, no puede olvidar que «los pobres son señores y maestros». Maestros de vida y de pensamiento. Junto a ellos se puede comprender el sentido del evangelio y vivir de acuerdo con las exigencias de Cristo pobre.

A través de estas realidades verdaderas de los pobres, se debe comprender todo, amar todo, organizar todo en la iglesia y en la sociedad. Sólo a este precio, el dinamismo de la generosidad y de las relaciones entre los hombres tendrán una fuerza que sobrepasa al hombre. Este dinamismo hará comenzar para nosotros otra vi­da, otro ritmo de existencia, otra manera de vivir en Dios y en los demás, que no hubiéramos podido tener sin los pobres. Con esta visión de los pobres, la justicia, la solidaridad, serán más exigentes y transformadas por la «alquimia» de la caridad. Entonces el hombre desarrollará un movimiento de «compasión», una pro­longación de salvación, vivirá más conscientemente con Dios y con Cristo el riesgo del drama que se realiza a través de la evolución de este mundo, querido por Dios y rescatado por Cristo. Todo jui­cio acerca de los hombres y de los acontecimientos será una presen­cia de Dios y de Cristo, que exige una presencia y un compromiso.

Solamente quien ve un rostro distinto en la cara de los demás ten­drá la posibilidad de ver la miseria de los pobres y de entrar en el engranaje de la creación y de la redención. El hombre no es sola­mente lo que vemos en él y lo que queremos de él y para él. Si es cierto que el «hombre sobrepasa indefinidamente al hombre», cada hombre debe esforzarse por descubrir, recrear su ser. Sin duda alguna jamás se hará nada sin un amor que viene de Dios. Pero este amor de Dios es todo lo contrario del egoísmo de los hombres y de la enfermedad de los sentimentalismos.

Vicente de Paúl nos declara que para ayudar a los demás, para re-crear el verdadero rostro del hombre, es necesario mirarse cons­tantemente en el evangelio. La nueva creación, la nueva redención exigen este precio.

La toma de conciencia de Vicente de Paúl permanece todavía hoy viva y acusadora para nuestro mundo occidental. ¿Qué repite?

En primer lugar es necesario ponerse a las órdenes de la pro­videncia que se manifiesta siempre a través de los acontecimientos y de las necesidades, es decir, a través de lo previsto, lo imprevisto y lo imprevisible.

Después nadie puede desinteresarse de la miseria de los demás. En el mundo y en la iglesia todos vivimos unos de los otros y en los otros. Olvidarlo, sería olvidar que somos hombres y que for­mamos parte de la humanidad.

La vida de caridad, vivida en profundidad, es para Vicente de Paúl el mejor medio de revelar a Dios y a Cristo a los hombres y especialmente a los pobres. Sólo ella, únicamente ella, puede conciliar, a quienes la diversidad de opiniones separa y divide, para realizar una obra común: impedir que la miseria degrade a los hombres.

A través de esta vida de caridad, vivida en profundidad, Vi­cente revela al mundo del siglo XVII y al mundo de hoy, el amor de Dios y de Cristo.

Se siente, y hace sentir a los demás, respon­sables de la esperanza de Dios en los pobres y de la esperanza de los pobres en Dios y en los demás. Ayuda a la iglesia a vivir con los pobres y a los pobres en la iglesia. Entregado a la redención de la miseria, de los desdichados, ejerce, según la expresión del concilio Vaticano u, «la acción bienhechora, como un santo mi­nisterio y una obra específica de caridad», para asegurarse y asegurar a los demás que el servicio a los demás establece en comunión con el Señor y con ellos.

La fórmula utilizada por él «es necesario dejar a Dios por Dios» será siempre verdadera, después de haber experimentado una presencia de Dios en los hombres y de haber tomado con­ciencia de la relación viva de la verdad sobrenatural del hombre. Sólo entonces se puede mantener y profundizar cada día una noción de caridad que une a Dios, a Cristo, a los hombres… En este mo­mento nuestro encuentro con Dios cambiará nuestras perspectivas y nuestras vidas serán evangelizadas.

Esta caridad se encuentra en el centro de la Misión. Buscando la fuente de este espíritu de la Misión y su eficacia en la iglesia, Vi­cente de Paúl nos entrega un secreto de amor y de servicio: «La mejor manera de asegurar nuestra felicidad eterna es vivir y morir al servicio de los pobres, entre los brazos de la providencia y en un renunciamiento actual de nosotros mismos para seguir a Jesu­cristo».

Si este pobre, llamado en otro tiempo el señor Vicente, invo­cado hoy san Vicente de Paúl, pudo realizar su acción bienhechora y construir la mística de los pobres, si puede, todavía hoy, ser es­cuchado y evangelizar nuestras vidas fue, y es, por haber tenido una visión evangélica, más que sociológica, de los pobres. El profundizó su vida cristiana en el descubrimiento de la eminente dignidad de los pobres. No olvidemos lo que escribe Brémond refiriéndose a Vicente de Paúl: «Quien le ve más filántropo que místico, quien no le ve sobre todo místico, se representa un Vicente de Paúl que ja­más existió».

La enseñanza de Vicente de Paúl, que no se concentra en un sistema racional, ni se fija en fórmulas lapidarias, transmite los elementos de su experiencia y de su intuición creadoras. Ella evo­ca, en definitiva, una doble realidad, que interroga e inquieta, hoy como ayer, a la conciencia del hombre, a la conciencia de la socie­dad:

— Cristo pobre, evangelizador de los pobres: presencia del misterio de Cristo en los pobres, que interrogan a la fuerza crea­dora y al dinamismo liberador depositados por Dios en el ser del hombre.

— Las realidades concretas, duras, sorprendentes, que inva­den nuestra existencia y apelan a nuestra responsabilidad: a través de estas realidades se debe buscar y realizar la unión con la volun­tad de Dios.

El buen padre Vicente se presenta hoy a nosotros con un nue­vo amor humilde y generoso para decirnos que la evangelización de los pobres es, y será siempre, una aventura: ella exige un es­píritu de invención, de apertura, de «compasión», de colaboración, de competencia… y él nos confiesa: «No se cree a un hombre por ser sabio, sino porque le estimamos y le queremos. Ha sido ne­cesario que Jesucristo haya prevenido con su amor a quienes ha querido que crean en él. Hagamos lo que queramos; nadie creerá jamás en nosotros, si no testimoniamos amor y compasión a quienes queremos que crean en nosotros».

Humilde y sonriente, amable y exigente, juez y profeta, per­manece todavía cerca de nosotros. Si no nos abandona, es porque todavía tenemos que pagar una deuda de inteligencia y de fidelidad contraída con él.

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