La evangelización de los pobres (IV)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de Paúl1 Comment

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Aspecto bíblico-teológico: Responsabilidad cristiana con res­pecto a los pobres.

La responsabilidad cristiana con respecto a los pobres tiene su origen en el descubrimiento de la revelación de Jesús, que nos juz­gará, o más exactamente, que nos juzga en cada momento: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo… En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis…» (Mt 25, 31-46).

En Cristo, todas nuestras relaciones con el prójimo son modi­ficadas. Presente en todos, su presencia reviste el aspecto de una llamada urgente en la persona del pobre.

Se puede discutir de los valores humanos de la pobreza, pero su valor transcendente reside en que el pobre, prolongando visi­blemente a Cristo, es a su vez, en cuanto imagen de Jesús-pobre, el testigo de la transcendencia y de la encarnación del reino. La actitud de los pobres de Yahvé consiste en «permanecer libres frente a la riqueza y al poder, en considerarlos y criticarlos en función de la esperanza, que habita en su interior». En lo más pro­fundo de su opción, se presiente un discernimiento, una crítica despiadada, de la que ellos mismos son los primeros en pagar las consecuencias. Esta opción implica que el hombre es algo más que su poder y su poseer; que en la historia del género humano, además de lo meramente histórico, existe una imperceptible pre­sencia. Esta presencia se revela en Cristo, que es la pobreza en persona.

Apoyándose en la promesa del Dios de la alianza, y no en los poderosos de este mundo, «que quieren siempre justificarse, im­ponerse a los espíritus y a las conciencias», los pobres deben con­vertirse para todos en reveladores de la potencia, de la misericor­dia y de la justicia de Dios. Esta potencia puede instaurar la jus­ticia y el reino de Dios en el hombre y en el mundo. Es energía de liberación y de libertad para transformar radicalmente la exis­tencia humana. Dios lo ha manifestado en Jesucristo, «siervo paciente», reducido al anonadamiento y condenado a muerte: pero era la única opción posible de fidelidad a la promesa del Dios-vivo.

La esperanza no habita verdaderamente más que en un cora­zón pobre. «Habiendo elegido la pobreza como medio de reden­ción, Cristo la consagró como un valor». Mostró que Dios es el único tesoro y la única seguridad del pobre. El pobre, en su indi­gencia, es capaz de rendir homenaje a la trascendencia de Dios, cuando acepta este desamparo y se alegra, no de encontrarse en la miseria, sino de poder ser colmado por Dios (cf. Flp 3, 7-9).

Si Jesús declara bienaventurados a los pobres, es porque pue­den ser colmados por Dios. La pobreza radical del hombre es la condición normal de la recepción del don de Dios (cf. Gén 17, 5; Rom 4, 17-19; 1 Cor 1, 27-29). En este sentido la pobreza hu­mana manifiesta la gratuidad y la justicia de Dios salvador. La pobreza permite siempre deducir el valor trascendente del amor.

Dios es absolutamente gratuito y sólo quien tiene «alma de pobre», «quien tiene conciencia de su incapacidad para satisfacer sus aspiraciones en orden al reino de Dios», quien está «con­vencido de su indigencia espiritual y de su necesidad de reden­ción», puede aceptar a Dios. Es preciso decir que el centro de la teología de la pobreza es siempre la gratuidad y la generosidad de Dios. Vicente de Paúl experimentó esta gratuidad y esta gene­rosidad de Dios.

La formulación de las bienaventuranzas, en el evangelio de san Mateo y de san Lucas, implica un doble dinamismo:

  • El primero de estos dinamismos obliga a la iglesia, que debe imitar a Cristo, a realizar todas sus actividades teniendo en cuenta la preocupación por los pobres y por llevar el evangelio hasta los estratos más ínfimos de la pobreza humana.
  • El otro aspecto de este dinamismo es afirmar el privilegio de los pobres, sea cual sea su forma de miseria. Este doble mo­vimiento dinámico de la expresión del amor fiel y misericordioso de Dios, de Cristo, invita, evidentemente, a la reflexión y sobre todo a la acción.

No obstante, no es la pobreza, y es necesario decirlo claramente quien goza de la buena nueva mesiánica: son los pobres y los demás desdichados. La pobreza no es un ideal a conseguir, como parecen pensarlo algunos de nuestros contemporáneos, engañados por la abstracción, por un inmovilismo más o menos arbitrario, posibilista o anacrónico. La antropología cristiana muestra que el desarrollo es una exigencia vital para el hombre. Si se reflexiona seriamente en esto, muchos falsos problemas desaparecerían.

¿Qué fines pretende conseguir el evangelio?

Hacer llegar a los pobres la bendición de Dios (cf. Lc 4, 18 19; 7, 22; Is 61, 1-3; 49, 7-10 y 13; 26, 19; 35, 5-6; Mt 4, 23.25; 5, 1-13; Lc 6, 20-26). Las bienaventuranzas son sobre to­do manifestación de la misericordia y de la justicia, en cuanto ca­racterísticas del reino de Dios.

La aspiración universal de los pobres, sea cual sea su forma de pobreza, a salir de su condición, es la más fundamental de las as­piraciones humanas y, en consecuencia, de las aspiraciones me­siánicas. Lo que deja entrever la gravedad del problema planteado a la iglesia si no llega a responder a esta aspiración y no transmite a los más pobres la buena nueva de su liberación mesiánica en y por Jesucristo.

Si la pobreza económica lleva consigo, muy frecuentemente, todas las demás pobrezas, debe ser ella, en consecuencia, el primer objetivo de las liberaciones mesiánicas. No obstante se requiere, a su vez, si no se quiere ser gravemente infiel a la revelación bíblica, evitar limitarse a esta liberación de la pobreza económica. La liberación en Jesucristo conduce necesariamente a la liberación so­cial, incluso si ésta no se identifica con la liberación en Jesucristo.

2.° Seguir a Jesucristo. Este seguimiento nos despojará para asemejamos a él (cf. Mt 10, 38; Mc 8, 34; Lc 14, 27; 9, 23; Mc 9, 17-22; Flp 2, 4-11; 2 Cor 8, 9 s). Para vivir según las exi­gencias evangélicas, no es suficiente ser pobre y tomar conciencia de serlo. Positivamente se requiere empobrecerse voluntariamente y encontrar en este empobrecimiento una nueva fuente y una nue­va experiencia psicológica y moral de bienaventuranza humana y divina.

3.° Utilizar los bienes según la voluntad de Dios, es decir, hacerlos fructificar para los demás (cf. Lc 12, 21; 14, 13; 2 Cor 8, 13-15). Cristo ha establecido su iglesia para el servicio funcio­nal y no para la dominación autoritaria (cf. Lc 22, 24-27; Jn 13, 3-20). Los cristianos deben ser una comunidad de justicia y de ca­ridad. Deben preocuparse de los pobres y de las opciones socio­económico-políticas que producen este mundo de los pobres, para hacer tomar conciencia a la sociedad de las repercusiones de sus actitudes y opciones con respecto a la opresión de los deshereda­dos. Deben ejercer un sentido crítico-profético de la sociedad, ca­paz de poder liberar a los pobres de su miseria. Solamente con este precio la iglesia fortificará cada día y constantemente la den­sidad interna y la irradiación exterior de la «presidencia de la ca­ridad», única forma constructiva del reino mesiánico (cf. Jn 2, 8; 1 Cor 8, 1).

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