La evangelización de los pobres (III)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

RESPONSABILIDAD CON RESPECTO A LOS POBRES

Ejerced lo que tenéis, incluso si no sabéis, si no sentís lo que tenéis, podría decirnos Vicente de Paúl, cuando queremos medir nuestra responsabilidad con respecto a los pobres y comprender al hombre, al pobre, partiendo de Dios.

Si queremos caracterizar, someramente, el espíritu de Vicente de Paúl, es decir, su manera de ver y de interpretar al hombre, nos vemos obligados a abordar este espíritu bajo tres perspectivas.

La primera de estas perspectivas concierne a la relación entre Dios y el hombre. La revelación manifiesta que el hombre es crea­do a «imagen y semejanza» de Dios. Lo que quiere decir que el hombre termina por reconocerse en la mirada de Dios, de quien es imagen. Por eso su desarrollo y su confianza no se apoyan sola­mente en sí mismo. Este desarrollo y esta confianza deben estar orientadas por alguien. Se requiere, con frecuencia, desconfiar de sí mismo para apoyarse en Dios y abrirse a él. Pero nadie puede desprenderse de sus errores, si no consiente en darse a Dios, abrirse a nuevas perspectivas, no permanecer cerrado. Lo mejor que hay en nosotros es la gracia de Dios. Se requiere, pues, que Dios revele su existencia y prosiga su acción a tra­vés del hombre. El genio del cristianismo, para Vicente de Paúl, no tiene más que una ambición: «vaciarse de sí mismo para lle­narse de Dios» 1. Si esta perspectiva manifiesta la «nada» de la criatura ante Dios 2, también hace comprender al hombre par­tiendo de Dios. El hombre no es solamente lo que aparece, sino lo que Dios ve en él y quiere de él: su desarrollo hasta la eternidad, la «nada capaz de Dios».

La segunda perspectiva concierne a la antropología, es decir, la manera de concebir al hombre. Vicente de Paúl insiste, y esto nos parece original en el siglo xvii, en la necesidad del trabajo y de la acción. Para él, el hombre debe continuar en el tiempo la obra de Dios. Lo que está en juego a través de la acción del hom­bre, es el designio de Dios. Es necesario amar como Dios nos ama, y Dios nos ama con un rostro de trabajador. El hombre, en la perspectiva vicenciana, debe desarrollar la creación. Los misione­ros, lo mismo que las Hijas de Caridad, deben trabajar constante­mente para continuar la misión de Jesús, y esta misión es revela­ción del amor activo de Dios 3, la aplicación concreta de la «justi­cia» y «misericordia» de Dios en beneficio de la esperanza de los pobres.

La tercera perspectiva orienta la relación entre los hombres. La caridad, proclama Vicente de Paúl en la conferencia del 30 de mayo de 1659 a los misioneros, es «desarrollo», «purificación» de la naturaleza. La gracia completa en el cuerpo místico de Cristo la unidad universal, la solidaridad, inscritas en la naturaleza hu­mana. Esta gracia se desarrolla en la misericordia, en la compasión. Misericordia y compasión hacen sentir y vivir la realidad del cuer­po místico. Quienes ejercen la compasión no son carga para nadie y ayudan a los demás. Quienes practican la gratitud se desgastan por los demás, incluso pagando con sus propias personas.

Esta perspectiva proporciona a Vicente de Paúl una convic­ción: jamás el hombre está sólo. El hombre vive siempre con los demás y en los demás. Se requiere, en consecuencia, considerarse responsables unos de los otros.

Esta convicción es el criterio de la acción, pero es también el criterio para saber lo que es el prójimo, el cual nos revela lo que somos. El prójimo, especialmente el pobre, nos revela lo que so­mos y lo que debíamos ser. El pobre, en el misterio de Cristo, juzga lo que hacemos y lo que deberíamos hacer, lo que hemos hecho y lo que hubiéramos debido hacer.

Los pobres, de quienes Vicente de Paúl habla con sus interlo­cutores y a quienes pone en frente de sus existencias, impiden dor­mir a las personas de «buena conciencia». Al ser testigos e imá­genes de Jesús, éste los constituye abogados acusadores y defen­sores de su propia causa. A lo largo del proceso los pobres se le­vantan para convocarnos ante el tribunal de Dios y de la sociedad. Sus argumentos constatan nuestros gustos refinados con su miseria, nuestro despilfarro con su escasez, nuestro poder con su servilismo, nuestra indiferencia con su abandono. Su sentencia es inapelable. Estos seres, sin derecho a la mirada de la sociedad, son en realidad grandes señores y nosotros somos sus servidores. Abordándolos en esta perspectiva, Vicente exige el renunciamiento a fin de poder hablar, ayudar, comprender a los pobres. Portadores inconscien­tes de las exigencias de la «justicia de Dios», inauguran para nos­otros otro ritmo de existencia, otra manera de existir en los demás, de habitar en Dios.

En la base de la mística vicenciana hay, en primer lugar, una toma de conciencia de la responsabilidad. Para madurar, humana y sobrenaturalmente hablando, se requiere tomar una responsabili­dad. Esta concientización con respecto a los pobres es para Vicente una intuición profunda y creadora: él ve en los pobres a sus bien­hechores. Estos seres, inicialmente insignificantes, tendrán poder sobre él, y esto porque jamás se servirá de ellos como de un ins­trumento. A través de las etapas de su caminar, Vicente dará cuer­po a esta convicción y «eternizará» su experiencia en la mística que propone, en la estrategia que aplica.

Esta intuición inicial se traducirá en acción: su obra caritativa, en institución: los sacerdotes de la Congregación de la misión, las Hijas de la Caridad, las Cofradías de la caridad, en fórmula: «los pobres son nuestros señores y maestros».

El fundamento más dinámico, más inmortal, utilizado por Vi­cente de Paúl para formular esta intuición, es el dato bíblico. El nos reúne en el movimiento del pueblo de Dios, «este Israel per­manente que vive en la oración y en la espera… constantemente en tensión hacia el encuentro con Dios». Nos presenta a Cristo como la esperanza de los «pobres de Yahvé». A partir de esta visión: Cristo enviado a los pobres, Vicente de Paúl presenta a Cris­to pobre, Cristo presente en los pobres y los pobres presentes en Cristo.

Los pobres son, en consecuencia, el lugar privilegiado del en­cuentro con Dios, la imagen de Cristo, «un sacramento» de su pro­pia presencia. Su función es mantener viva en ellos «la marca de Jesucristo», quien en su encarnación, en su vida pública y en su pasión asumió la pobreza, el sufrimiento.

¿Cuál fue la actitud de Vicente de Paúl ante los pobres? Vi­cente se esfuerza por conocer una situación que le obliga a tomar opciones cargadas de consecuencias. La primera consiste en mirar de frente su escala de valores. Cuando encuentra la miseria del prójimo, su vida no continúa como antes. Una vez descubierta la extensión del mal, la miseria corporal y espiritual, se pone en mo­vimiento. Comprende que los pobres necesitan la generosidad y el amor de los demás hombres. Podría haber sido el autor de esta frase de Pascal, escrita en el Misterio de Jesús: «Jesús está en ago­nía hasta el fin del mundo: durante este tiempo no se puede dor­mir». Estos pobres subalimentados corporal y espiritualmente ne­cesitan el pan que alimenta y la verdad que salva. Es preciso in­jertar en ellos una nueva esperanza. Juzgando inaceptable la con­dición de estos desdichados, inicia y establece el movimiento de su acción caritativa.

Abordándolos en la perspectiva de la exigencia evangélica, des­cubre que su actitud debe ser, en primer lugar, respuesta a una cuestión de fe, antes de ser compromiso a una exigencia de caridad. Para él la realización del misterio de los pobres no es un objeto más de contemplación o de acción caritativa, sino que se encuen­tra en el centro de sus preocupaciones y de sus intuiciones. Esta concientización le abre a los demás e interroga al sentido de su existencia. Atento a la gracia de Dios, responsable de las necesida­des de los pobres, Vicente se convence de la necesidad de realizar el designio de Dios: que todo hombre pueda tener una vida digna y los medios para realizar su existencia. Esta lógica le obliga a hacer acto de presencia en medio de la miseria de su tiempo.

Después, Vicente de Paúl siente la pobreza de los campesinos, la miseria de los mendigos, como su «peso» y su «dolor». Su ser no puede soportar esta miseria. Se enfrentará a Mazarino para tratar de reducirla, movilizará las riquezas y los sentimientos de los ricos para disminuirla, empleará a los misioneros y a las Hijas de la Caridad, que los pobres le han hecho crear, para socorrerla. Estos pobres, que le hacen daño en lo más profundo de sí mismo, le proporcionan sentimientos que jamás hubiera experimentado sin ellos. Le hacen oír la palabra de Dios, que le quiere hacer realizar su «pascua», su paso, al «mundo nuevo» en el «orden de la cari­dad». Recibirá un espíritu nuevo y la fuerza de este espíritu le inspirará indivisiblemente la humildad y la magnanimidad, la cari­dad y la gratitud. Vicente comprenderá que los pobres merecen el mayor respeto a la mirada de Cristo.

Irrefutable y lacónicamente la realidad no concuerda con esta perspectiva. Vicente comprueba que el amor evangélico de los po­bres está olvidado, perdido. Observa que quienes se dicen cristia­nos no conocen el rostro verdadero de los pobres. En estas circuns­tancias se compromete y realiza su cometido de hombre de iglesia, que responde a las necesidades de los pobres de su tiempo.

El amor exige un intercambio profundo para llegar a descubrir y comprender al otro. Vicente intenta comprender a los pobres. Esta comprensión es un enriquecimiento para él y para ellos. Pero este amor sólo puede nacer, cuando alguien se presenta ante los pobres deseoso de su amor: «Hagamos lo que queramos, escribe Vicente de Paúl, nadie creerá en nosotros, si no testimoniamos amor y compasión a quienes queremos que crean en nosotros».

Atento a la realidad que camina a su alrededor, Vicente igno­ra la abstracción de la pobreza. La ignora fuera de los pobres y de quienes se empobrecen a causa de las realidades históricas de su tiempo. Pero la contempla en los pobres que circulan por París y por otras partes. Iluminado por las exigencias concretas del evan­gelio, «la vive por todo su ser», al descubrir en el rostro de estos desheredados el rostro de otro pobre que se oculta en ellos y en él. Trabajando por hacer llegar a estos pobres la bendición de Dios, utiliza cristianamente los bienes de su comunidad y los de los ricos haciéndolos fructificar en beneficio de los necesitados. Reconociendo a Jesucristo en el porte de estos indigentes, recono­ciéndose también él pobre en Jesucristo, sospecha todo lo que debe hacer. Finalmente termina por encontrar en ellos «a los here­deros de las promesas de Jesucristo, a los distribuidores de sus gracias, a los verdaderos hijos de la iglesia, a los primeros miembros del cuerpo místico».

Como ejes de lo que se puede llamar la revolución vicenciana de la caridad hay algo más que palabras, algo más que una admi­nistración de obras. Mucho más profundamente se encuentra una concepción del hombre que consiste:

1.° Unir siempre pensamiento y acción: «Es necesario que la mano esté de acuerdo con el corazón». «No es suficiente tener ca­ridad en el corazón y en las palabras, confiesa Vicente de Paúl, debe manifestarse en las acciones, solamente en la medida que en­gendra el amor en los corazones con los cuales se ejercita, es per­fecta y llega a ser fecunda, entonces gana a todas las personas» 1°.

2.° Realizar la unión entre los hombres: «Si tenemos amor debemos manifestarlo, ayudando a los hombres a amar a Dios y al prójimo, al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo… ¿Qué me importa amar a Dios, si mi prójimo no le ama?». «Debemos unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucris­to». Para Vicente de Paúl nadie puede desinteresarse de la mi­seria de los hombres. En la iglesia y en la sociedad todos vivimos los unos de los otros. Olvidarlo es renunciar prácticamente a in­sertarse en el cuerpo místico de Cristo, a formar parte de la humanidad, «es ser peor que las bestias».

3.° Unir siempre el hombre con Dios. Por esta razón no habrá don directo a los otros sino a Dios, por ser el intermediario en relación con los demás. Es necesario darse a Dios, repite Vi-teme, para servirle en la persona de los hombres. La exigencia le este don es todo lo contrario del egoísmo de los hombres y de la enfermedad de los sentimentalismos: «En este siglo, declara Vicente de Paúl, hay muchas personas que por tener una aparien­cia piadosa y estar llenas de grandes sentimientos de Dios se que­dan satisfechas y cuando se enfrentan con la realidad y se encuentran ante las ocasiones de obrar, se quedan cortas. Se pavonean de su imaginación calenturienta; se contentan de las dulces conversa­ciones que tienen con Dios en la oración; hablan incluso de ellas como si fuesen ángeles, pero fuera de eso, cuando se trata de trabajar por Dios… de instruir a los pobres, de ir a buscar a los pobres… entonces, desgraciadamente, la persona no existe, les falta dinamismo…».

Vicente de Paúl nos ayuda a descubrir la responsabilidad para con los pobres, al entregarnos un secreto de amor y de servicio: «La mejor manera de asegurar nuestra felicidad eterna es vivir y morir al servicio de los pobres, en los brazos de la providencia y en un renunciamiento de nosotros mismos por seguir a Jesucristo».

«Nuestro Señor es suavidad eterna de hombres y de ángeles, y es por esta misma virtud por la que debemos intentar ir a él, conduciendo a los demás».

«Somos responsables, si ellos (los pobres) sufren por su igno­rancia y sus pecados, en consecuencia somos culpables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida en instruirlos».

«¡Ah!, tendríamos que vendernos a nosotros mismos, para sa­car a nuestros hermanos de la miseria».

En este clima la responsabilidad y el amor a los pobres no aparecen como instrumentos de proselitismo. El argumento más convincente es el respeto a los pobres. Se podría afirmar que el fondo de la cuestión no consiste en traducir la verdad de la fe en palabras, sino expresarla en actos. Cualquier otra actitud arriesga ser estéril, cuando no corre el peligro de ser odiosa. La responsabi­lidad para con los pobres exige el don total de sí mismo. Todo nuestro ser está comprometido en el amor de Cristo presente en los pobres.

«Busquemos, busquemos, repetía en otro tiempo Vicente de Paúl, esto dice preocupación, esto dice acción». En esta búsqueda continua todo descubrimiento era para él una nueva responsabili­dad y toda responsabilidad iniciaba en él una nueva búsqueda. Todavía hoy escuchamos la misma consigna. Este «pobre» de Dios y este amigo de los pobres no tiene otra palabra que decirnos. Al mismo tiempo nos invita a descubrir en el rostro de los pobres la faz de otro pobre que interroga a nuestra responsabilidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *