La evangelización de los pobres (II)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

¿Vicente de Paúl tuvo una visión espiritual de los pobres?

Para comprender cómo Vicente de Paúl vio a los pobres, es indispensable situar su acción y su pensamiento con respecto a los desdichados dentro de su experiencia y de su fe.

Para conseguirlo, es menester, en primer lugar, deshacernos de la manera abstracta que tenemos de ver el mal, la miseria, simple­mente como un problema. Para Vicente de Paúl el mal no se plantea como un problema, en concreto no pone en juego la cuestión de la existencia de Dios.

Para él, los pobres no son únicamente los desprovistos de re­cursos económicos, ni tampoco los «pobres de espíritu». En rea­lidad son todos los que sufren a causa de la miseria, en el sentido más amplio de esta palabra. Vicente evolucionó mucho de un tér­mino al otro de su existencia, y en esta evolución encontramos la diversidad de sus obras, de sus instituciones, de su acción y de sus métodos. Pero ante todo encontramos en esta evolución el carác­ter espiritual de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl.

No solamente vio el carácter sociológico de la pobreza y de los pobres, sino su carácter espiritual, lo cual es una gran riqueza. Vicente de Paúl no tuvo, en efecto, una visión sociológica rigurosa de la pobreza, y lo que vio en su tiempo no se puede trasplantar al nuestro. Pero tuvo una visión eclesial del pobre y esta visión es trasladable y adaptable. No se encadenó con ninguna forma socio­lógica, se tiene la prueba en la gran variedad de pobres socorridos y en la gran diversidad de medios empleados para dirigirse a ellos.

Para poder comprender la flexibilidad de Vicente de Paúl, su participación al ritmo de la vida de Dios en este mundo, su pre­ocupación de «hacer efectivo el evangelio», se requiere no ol­vidar que este capellán-misionero de los Gondi llegó a ser un hom­bre de iglesia que respondió a las necesidades de los hombres de su tiempo. Su constante intuición, penetrando cada día más pro­fundamente en el mundo, le invitaba a ponerse más definitivamen­te al servicio de Dios. Pero el servicio a Dios en este mundo no se realiza más que a condición de continuar la obra creadora de Dios y la misión de Cristo, evangelizador de los pobres. En re­lación con esta misión divina se debe comprender todo, amar to­do, organizar todo.

Para Vicente de Paúl el espíritu de Jesucristo es «caridad per­fecta», «amor al Padre» y «amor humillado» a los hombres. La iglesia, que continúa el misterio de Cristo, debe revelar y prolongar este amor fiel y misericordioso. Ella es la iglesia pobre y la iglesia de los pobres. Ciertamente que esta iglesia no puede rechazar a nadie, pero su predilección se concentra en los pobres. La inspira­ción verdadera para él no es otra que la presencia del misterio de Cristo en los pobres. En ella encontramos la fuente de su riqueza, los recursos de su vitalidad, el ritmo de su evolución. El genio del cristianismo no tiene para Vicente más que una ambición: «va­ciarse de sí mismo para llenarse de Dios». Pero fueron los po­bres quienes le marcaron el ritmo de su existencia, le vaciaron de sí mismo, le ayudaron a llenarle de Dios. Fueron ellos quienes le sensibilizaron a esta gracia humillante e inspiradora, que permite al hombre abrirse a la bondad, a la riqueza de Dios.

En la línea de abertura de Vicente de Paúl a los demás, hay una constante que aparece desde el comienzo de su estrategia dinámica de la caridad: la preocupación por los más abandonados, los más desamparados, los más pobres. En la asistencia de la caridad, los más abandonados tendrán siempre el lugar privilegiado. En la entrega a esta categoría de pobres, el más mínimo detalle de ternura y de servicio es el signo más claro que impide a «la caridad» dege­nerar en sacrilegio. La «caridad» de Vicente de Paúl impide con­vertir a los pobres en instrumentos de proselitismo. El destierra para siempre el egoísmo nauseabundo que utiliza la miseria de los demás corno un rebosadero de la piedad, corno un vertedero de la ideología.

Su preocupación por los pobres, de los que nadie se ocupa, nos puede afirmar en esta visión espiritual de los pobres, al mismo tiempo que nos revela el criterio de su acción y la profundidad de su pertenencia a la iglesia.

Cuando sabe que él, Vicente de Paúl, debe remediar la igno­rancia de los campesinos abandonados, «la pobre gente de los cam­pos» que «muere de hambre y se condena», lo hace porque los juzga los más abandonados de la sociedad, incluso aunque tengan sacerdotes en sus parroquias. Para él, los pobres son los campesi­nos, los que no habitan en la ciudad. En este aspecto está en contradicción con Sully, Richelieu y Séguier que ven pobres en otras partes. Pero él ve un bloqueo psicológico de finalidad apostólica y social sobre el campesino. Fundado en esta idea organiza la Con­gregación de la misión. Su política de sabio le lleva a observar con detalle, a obstinarse. Su obstinación en profundizar en lo inme­diato, en el detalle, no le impide contemplar el horizonte que se amplía continuamente. Desea, es su manera de obrar, solucionar los casos particulares por una organización; quiere llegar al fondo del mal y, en este camino de ahondamiento, descubre que se requiere sanear el cuerpo sacerdotal ignorante y vicioso 24. Un mo­vimiento profundo se instala en su conciencia: cuanto más se pu­rifica, mejor ve. Purificado por la gracia y la miseria de los demás, vuelve a dar a la iglesia su verdadero sentido, el sentido de los po­bres, y comienza todo un movimiento. El adquiere una visión evan­gélica de los pobres.

En la perspectiva vicenciana los pobres nos descubren y nos juzgan al ser constituidos testigos irrefutables de la «justicia» de Dios, del amor humillado y doloroso de la encarnación, de la reden­ción. Al mismo tiempo son el símbolo de nuestra pobreza, de lo que somos ante Dios.

En la visión vicenciana, en lo que respecta a él personal­mente, el pobre guarda su corazón libre para lo esencial. No está obstruido, sino totalmente disponible a la voluntad de Dios y a las realizaciones de su designio sobre el mundo. La esperanza del rei­no puede invadirle, incluso si llega a descubrirla y a encontrarla a través del sufrimiento: «Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que he hecho siempre de que la verdadera religión, la verdadera religión, padres, la verdadera religión, se en­cuentra entre los pobres. Dios los enriquece con una fe viva; creen, palpan, saborean las palabras de vida. Jamás los verán en sus en­fermedades, aflicciones y penurias encolerizarse por impaciencia, murmurar y quejarse; nada de eso, o raramente.

«De ordinario, conservan la paz en los disturbios y penas. ¿Cuál es la causa de esto? La fe. ¿Por qué? Porque son sencillos, Dios hace abundar en ellos las gracias que rehúsa a los ricos y sa­bios del mundo».

En lo que nos concierne, el pobre es la imagen de Cristo, el recuerdo molesto, quizás, pero exacto de lo que realmente somos delante de Dios, sean los que sean los disfraces bajo los cuales tra­tamos de ocultar nuestra pobreza radical de criatura y de pecador, de ser humano destinado a la limitación, a la soledad. Todos so­mos pobres delante de Dios y no encontramos nuestro verdadero equilibrio más que adquiriendo esta actitud de pobreza radical de la cual, con frecuencia, la posesión de bienes nos hace incapaces. Vicente lo comprendió perfectamente y experimentó la ley del mundo espiritual: la necesidad de ser y de reconocerse despro­visto de recursos para que Dios nos levante hasta él. «Dios se revela en la pobreza».

Es cierto que el ideal no consiste en carecer, en no tener (el masoquismo es una perversión y vivir a expensas de los demás puede ser carencia de vitalidad humana), sino en permanecer libre en la abundancia y en la privación a ejemplo de Jesucristo y de san Pablo. Sin embargo la pobreza material, la condición humilla­da, constituyen disposiciones favorables para llegar a ser los ver­daderos «pobres de Yáhvé». Sería necesario revelar a Jesucristo a estos pobres. El es la plenitud de lo que en ellos se encuentra ya en imagen. En consecuencia, si tenemos sentido de la solidaridad humana y de las exigencias evangélicas, nos sentimos juzgados y nos juzgamos a nosotros mismos. Este juicio puede hacernos co­brar conciencia de una realidad: los pobres pueden ser medio o ca­mino para encontrar a Cristo.

El amor, que Vicente concibe por Dios, está incluido en el don de sí mismo hecho a Días para servir al prójimo pobre y aban­donado. En esta forma de extensión de Dios en sus imágenes vi­vas, Vicente puede conferirle el bien que reclama el amor que le tiene. Comprendió perfectamente que Dios le dio, por decirlo así, al prójimo pobre para amar en su lugar. Profundizó en la revela­ción evangélica, donde no solamente el amor a Dios aparece unido al amor al prójimo, sino que está envuelto en él.

A la mirada de Vicente de Paúl, los pobres aparecen, en pri­mer lugar, como una forma de «sacramento» del encuentro con Dios. En ese momento se convence que su caminar hacia Dios debe pasar a través de ellos. Liberado de sí mismo, en el momento de dar toda su vida a Dios para el servicio de los pobres, quiere imi­tar a Cristo que está presente en los pobres y es totalmente para ellos. Los pobres le ayudarán a desplegar en él un movimiento de compasión, un movimiento de acción y de vida, un movimiento de fe, porque estas miserias ambulantes son «Cristo», los «predilec­tos de Dios», y «nosotros somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios».

Como siempre Cristo descifra la realidad de los pobres. «Na­da me agrada si no es en Jesucristo», declara Vicente de Paúl. Los pobres sólo le agradan en Jesucristo. A la mirada de Vicente los pobres merecen el más profundo respeto, porque su mirada es iluminada por la luminosidad de la fe.

¿Cómo resumir el secreto de Vicente de Paúl, su visión de los pobres? Toda fórmula sería inexacta, porque ocultaría, sin que­rerlo, la riqueza desbordante que intentaría aclarar. Si quisiéramos resumir el secreto de Vicente con respecto a su visión de los po­bres, tomaríamos prestadas algunas palabras de este pobre de Dios:

«Dios ama a los pobres y, en consecuencia, ama a quienes aman a los pobres, porque cuando se quiere a alguien, se tiene afecto por sus amigos y servidores. Pero, la pequeña Compañía de la misión trata de ocuparse con afecto de servir a los pobres, que son los predilectos de Dios, y de esta manera tenemos motivo de esperar que, por amor a ellos, Dios nos amará. Vayamos, pues, hermanos míos, y ocupémonos con nuevo amor en servir a los pobres, e in­cluso busquemos a los más pobres y a los más abandonados; re­conozcamos delante de Dios que son nuestros señores y maestros, y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios».

Si admiramos estas palabras de Gandhi: «Cada uno de nosotros miraría entonces a los demás como igual a sí mismo y los reuniría en la red de seda del amor», si Bossuet proclama en el púlpito: «en la iglesia los pobres son ricos y los ricos sus servidores», pre­ferimos la declaración de uno de los primeros clientes de los pobres, Vicente de Paúl: «El hijo de Dios, que quiso ser pobre, nos es representado por los pobres». «Nuestra herencia son los pobres». «Son los predilectos de Dios».

Aspecto bíblico-teológico: Predilección de Dios por los pobres

¿En qué se fundamenta, hablando de Dios y de Cristo, el amor que busca con predilección a los pequeños, a los humildes, a los menesterosos? (cf. Lc 15, 3-11; Mt 18, 12-14; Jn 19, 1-8) ¿Qué les relaciona de manera especial con los desdichados? La «teolo­gía» y la cristología pueden iluminar todo un aspecto del antiguo y del nuevo testamento —manifestación constante de la fuerza y de la gracia de Dios con respecto al movimiento y esperanza de los pobres—, todo un aspecto de la vida de la iglesia.

La encarnación es ante todo un hecho de la «economía de la salvación» de que habla san Pablo (Ef 1, 3-14). Significa, que Dios, por medio de Cristo, se da a los pobres. Jesucristo, Dios-hombre, colma la miseria de la humanidad pobre. La bienaventuranza de los pobres, permaneciendo ante todo «teologal», viene a ser «cristológica» (cf. Dt 26; Lc 6, 20-24; Mt 5, 3-12).

Dios es amor, es gracia. La gracia es libertad. Pero si la gracia, por su carácter de libertad y de trascendencia, habita con lo débil lo mismo que con lo sublime, es menester decir que su movimiento profundo de amor y de condescendencia la inclina a venir hacia lo más bajo y lo más miserable. El amor gratuito de Dios es el teclado en el cual se toca el himno cotidiano de nuestras relaciones con Dios; su misericordia es la clave de un pentagrama en el cual se inscribe le relación entre Dios y el hombre (cf. Is 49, 15).

Más allá de los destierros y en el interior de sus pruebas puri­ficadoras, que no son más que signos trágicos y mortales de la des­garradura, permanece la realidad inmortal del amor de Dios para con su pueblo, porque Yahvé es siempre «Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en misericordia y fidelidad» (Ex 34, 6; cf. Sal 145, 8-9; 116, 5). Yahvé, al mismo tiempo que esposo, es padre, en quien el «huérfano encuentra compasión» (Os 14, 4), un padre cuyas entrañas se conmueven por su hijo (Jer 31, 20). Si el autor del libro de Isaías compara la ternura misericordio­sa de Dios a la de una madre, si Yahvé quiere a los suyos con to­das sus entrañas, es porque han salido de alguna manera de su seno (Is 46, 3-4). Hay pues en la gracia, y en Dios en cuanto que es amor gratuito, no sólo el estar con lo más pequeño, sino una inclinación a ir hacia lo más pobre, lo más miserable. No es en razón de la bondad poseída por alguien, por lo que ama el amor gratuito de Dios, sino porque alguien es pobre y miserable 32. Por eso Dios considera y ama a los pobres, no en razón de sus méritos, sino porque son pobres y él es liberador de toda opresión.

Pero lo que Dios es en su amor profundo y, sobre todo, lo que Dios es para nosotros, en cuanto gracia, nos ha sido revelado en Jesucristo. Cuando Dios se nos revela definitivamente en su Hijo ¿qué descubrimos?

Jesús anunciado como mesías de los pobres y mesías pobre

Es el siervo de Yahvé que sufre (cf. Is 42, 2-3; 49, 46; 52, 13; 53, 12). Este siervo pobre será el liberador por medio de la cruz; vencerá la miseria asumiéndola. El Verbo se hace hombre y asume la condición de esclavo para salvar a los esclavos del pecado. Según los textos de Isaías, que llegan a lo más profundo del anuncio del mesías, él es verdaderamente el siervo humilde y manso, pobre, que carga sobre él todas nuestras miserias. En el servicio, hecho a los hombres, aparece como el servidor de Dios.

El drama espiritual de los contemporáneos de nuestro Señor, incluidos en ellos a los apóstoles, será no querer aceptar a un mesías pobre, humilde, doliente (cf. Mt 16, 22). Pero Jesús prefiere la pobreza, la sencillez, la obediencia, a toda riqueza humana (cf. Mt 4, 1-11). Y declara: «Quien gobierna debe comportarse como el que sirve» (Lc 22, 24-26).

El Hijo encarnado se hace el misionero de Dios (cf. Is 61, 1-2; Lc 4, 18). Enviado por el Padre para predicar un «año de gracia», el «evangelio del reino» (cf. Mt 4, 23; 9, 35), lo realiza con una fidelidad total, hasta tal punto que su enseñanza, lo mismo que su vida, son la manifestación y la realización perfectas de la voluntad del Padre (cf. Jn 7, 16-17; Mt 26, 54). Esta proclamación de la «palabra de salvación» (cf. Hech 13, 26) no sólo revela el amor gratuito del Padre, sino la «liberación total» del hombre, la instau­ración de la «justicia de Dios» en favor de los pobres y oprimidos (cf. Lc 4, 18-19; 7, 18-24; Mc 1, 14-15; Rom 1, 16 s). Para reali­zar esta liberación, el que estaba en la riqueza, en la gloria (cf. 2 Cor 8, 9; Jn 17, 5) se puso a existir con los pobres, los humil­des, los desheredados… Se comprometió en nuestra historia hu­mana hasta anonadarse y asumió la miseria humana para destruirla. La persona y el mensaje de Cristo manifiestan una nueva presencia de Dios en la historia (cf. Mc 1, 27-28; 2, 12), presencia que la iglesia debe continuar hasta el fin de los días.

Cristo no vino para ser servido, sino para dar su vida para re­dención de muchos (Mc 10, 45). Al ofrecerse voluntariamente en sacrificio, como «el cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29), «nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre» (Ap 1, 5). Por su muerte Cristo arranca al hombre del pecado, causa última de toda miseria personal y social, y re-crea el hombre nuevo (cf. Rom 13, 14; Col 3, 10; Ef 4, 24).

Jesucristo se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8, 9). Cristo fue pobre, humilde, despreciado, vivió en la oscuridad, trabajó con sus manos, vivió fraternalmente con los hom­bres. Dio, día tras día, sus fuerzas, su tiempo, su vida, con el fin de realizar la redención de los hombres. Lo que él hizo, la iglesia debe continuarlo. Quiere que la iglesia comparta esta miseria en el anuncio y en el testimonio desinteresado de la obra de la libe­ración, de la salvación. Entonces la iglesia será la misionera de Je­sucristo y la sierva de todos los hombres, en quien habita, en lo más profundo de la debilidad, la fuerza de Jesucristo (cf. 2 Cor 12, 9).

En el movimiento de la encarnación Cristo desciende hasta lo ‘vía bajo de la existencia humana: la muerte (cf. Fil 2, 6-11). Cristo nos enseña en la «kenosis» de su encarnación hasta dónde llega mi amor por los hombres y hasta dónde le conduce su participación (.11 la miseria humana. Por eso en su descenso llega hasta la muerte y experimenta en ella lo más profundo de la soledad y de la limita­ción humanas. Entonces comienza su segundo movimiento, no de descenso sino de subida: «El mismo que bajó es el que subió» (Ef 4, 10). El mismo ritmo se encuentra en el «himno» de la carta a los filipenses: Cristo, «existiendo en la forma de Dios, no juzgó tesoro codiciable mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó…» para hacer de él Señor de todo lo que hay en el cielo, en la tierra, en los abismos, es decir de todo lo que recorrió (Fil 2, 6-11).

El himno de Filipenses está introducido por estas palabras: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús». En esta imitación nos encontramos en el estado de descenso y de servicio. Introducirse en este movimiento de encarnación, es comprometerse en un proceso de transformación, de liberación. Este compromiso consiste en descender hasta lo más bajo, en po­nerse a existir con los pobres.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *