La escuela abstracta en el pensamiento vicenciano

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Andrés Motto, C.M. .
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Conocer las fuentes sobre las cuales se construye el pensamiento vicenciano,1 nos permite comprender cada vez mejor a San Vicente de Paúl. Por eso vamos a realizar una serie de artículos donde «bucearemos» acerca de la génesis de dicho pensamiento. Comencemos con la escuela abstracta.

La impronta de la escuela abstracta está presente en el pensamiento vicenciano, especialmente a través de Benito de Canfeld. Vicente de Paúl ha meditado durante más de 30 años la Règle de perfection.2

Además de aplicarla a sí, se sirve de esta obra para plasmar en los demás el amor hacia el cumplimiento de la voluntad de Dios, p. ej. cuando trata el tema de la voluntad de Dios en las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, copia algunos puntos de la obra de Canfeld.3

La Conferencia dada a los misioneros el 7 de marzo de 1659, sobre la «Conformidad con la voluntad de Dios», tiene como estructura fundamental los trece primeros capítulos de la primera parte de La Regla de perfección.4

El Sr. Vicente inculca en las numerosas personas que acompaña espiritualmente, el amor incondicional a la voluntad de Dios; para ello se sirve normalmente de varias de las enseñanzas de Canfeld. Esto es frecuente en las cartas que escribe a Santa Luisa de Marillac.5

Asume la propuesta de Canfeld sobre la prioridad de buscar y cumplir la  voluntad de Dios siempre y en cualquier estado. Coincide con el capuchino inglés sobre que, de las muchas prácticas espirituales, ninguna es más provechosa que esta. Además, buscando cada día obrar de acuerdo a la voluntad de Dios se realizan todas las demás prácticas y obras buenas. Respondiendo a la pregunta acerca de qué es la santidad, San Vicente dirá: «es el desprendimiento y la separación de las cosas de la tierra, al mismo tiempo, es el amor a Dios y la unión con su divina voluntad. En esto me parece a mí que consiste la santidad».6 La práctica de la búsqueda de la voluntad de Dios convierte las acciones humanas en algo vivo, en cuanto están vivificados por la gracia; sólo de este modo son gratas a Dios. En cambio, cuando no se obra con la intención de honrar a Dios, ni de obedecerle en todas las cosas, las obras humanas resultan muertas, inanimadas.7 Sigue a Canfeld en lo que enseña acerca de la voluntad activa de Dios, y lo que denomina vida activa. Indica que el primer criterio de discernimiento de la voluntad de Dios consiste en la obediencia. Así, ante lo expresamente mandado o prohibido, no hay duda, se debe ejecutar lo primero y huir de lo segundo. Ante lo indiferente a la naturaleza, el criterio será obrar de acuerdo a la ley de la mortificación. Ante lo indiferente que ni agrada o desagrada a la naturaleza, se debe obrar con libertad, pero siempre con el deseo de agradar y de buscar la voluntad de Dios. Coincide con La Regla de perfección en su referencia a buscar a Dios en todas las acciones. Señala en una Conferencia, ante una supuesta objeción:

«Pero, padre, hay tantas cosas que hacer, tantas tareas en la casa, tantas ocupaciones en la ciudad, en el campo; trabajo por todas partes; ¿habrá que dejarlo todo para no pensar más que en Dios? No, pero hay que santificar esas ocupaciones buscando en ellas a Dios, y hacerlas más por encontrarle a él allí que por verlas hechas».8

Acepta de la escuela abstracta la tendencia a no manifestar las experiencias místicas personales. Es decir, se comunica un método, un camino, sin abrirse a una descripción personal de cómo va obrando Dios en uno. Postula el someterse a la voluntad pasiva de Dios, la cual se da «cuando dejamos que la cumpla él mismo en nosotros sin nosotros».9 Con este aparente juego de palabras, indica que el hombre se convierte en sujeto paciente de la voluntad de Dios. Esta voluntad pasiva de Dios presenta dos caras. Una alegre y consoladora como pueden ser los éxitos pastorales, gozar de salud, recibir buenas noticias, etc. La otra cara es dura y aflictiva, la cual se manifiesta a través de enfermedades, reveses pastorales, calumnias, etc. San Vicente lo resume así: «De forma que, cono­ciendo la voluntad de Dios por esos acontecimientos repentinos de una desgracia o de un con­suelo, podemos practicar su voluntad pasiva, aceptándolos como venidos de Dios, que es el único que puede dar la vida y la muerte».10 Con esto, se quiere que ante consuelos o infortunios la persona se mantenga ecuánime y equilibrada.11 El semblante duro y aflictivo de la voluntad pasiva de Dios ayuda al cristiano a purificar sus intenciones y hacerlo más plenamente de Dios. En definitiva, frente a las marchas y contramarchas del mundo, se debe poner todo el esfuerzo en cumplir la voluntad de Dios, ya que a pesar de misteriosos recorridos «la voluntad de Dios no se opondrá jamás a la voluntad de Dios».12

Ahora bien, San Vicente más que identificarse con esta escuela, adopta y adapta algunas de sus propuestas. Ya señalamos que La Regla de Perfección constaba de tres partes: 1) El tratado de la voluntad exterior de Dios, que engloba la vida activa. 2) La voluntad interior de Dios que comprende la vida contemplativa. 3) La voluntad esencial de Dios que trata acerca de la vida sobreeminente. De ellas, el Sr. Vicente presta decidida atención a la primera; utiliza en menor medida la segunda; y deja de lado la tercera, que considera complicada y poco útil para su ética y espiritualidad de la acción, p. ej. a las Hijas de la Caridad les aconseja que lean sólo el tratado de la voluntad externa de Dios. Admite las inspiraciones interiores como método para buscar la voluntad de Dios; así como el recurso a la razón, ya que Dios no pide absurdos. Tanto en las inspiraciones interiores como en el recurso a la razón, recomienda utilizar el «granito de sal» de la prudencia cristiana y el dejarse aconsejar. De los seis grados propuestos por Canfeld para cumplir la voluntad de Dios, nuestro autor lo simplifica a cuatro. Se debe hace la voluntad de Dios: «Pronta, total, constante y amorosamente».13

Vicente de Paúl difiere al tratar la voluntad pasiva de Dios, ya que en Canfeld ella se orienta hacia un cierto quietismo, y en nuestro Santo se inserta dentro de una mística de la acción. Así como en la voluntad activa de Dios, la persona debe discernir que es lo que Dios quiere para uno y para la obra; en la voluntad pasiva de Dios uno debe dejar obrar a Dios para que tanto la persona como la obra evangelizadora produzcan su misterioso fruto. Se aleja de la tendencia a teorizar y a quedar en lo abstracto de la corriente Renano Flamenca. Figuras como Francisco de Sales y Vicente de Paúl toman muchos elementos de esta mística, pero los insertan dentro de una teología moral y una espiritualidad profunda y sólida, que al mismo tiempo es accesible y apostólica. San Vicente está convencido que no puede existir caridad sin acción. La veracidad de la caridad se constata en el servicio al marginado de su época: el pobre, el enfermo, el refugiado, etc. Por eso,  afirma que la práctica del amor es el centro de la voluntad de Dios. Ella se ejerce amando a Dios y al pobre.

En definitiva, Vicente de Paúl esta convencido que la santidad se reduce a cumplir intensamente la voluntad de Dios. Entiende que esta práctica se acrecienta con la abnegación y la búsqueda de todo lo que nos centre en Dios. En este aspecto, la lectura de La Regla de Perfección le brindó abundante material. Pero, nuestro autor buscó cumplir la voluntad de Dios desde otras acentuaciones: 1) Inserto en el mundo. 2) Buscándola no tanto en los fenómenos místicos, sino en la práctica continúa de la caridad. Verifica la obediencia a la voluntad de Dios en el ejercicio del amor.14 3) En lo concreto, cumplir la voluntad de Dios, le lleva a tener una gran devoción a la Providencia, que conduce a los cristianos a transformar el mundo en Reino de Dios. 4) Sin negar el valor del silencio, el desapego y la meditación para discernir la voluntad de Dios, también propone encontrar dicha Voluntad en la calle y en los acontecimientos de la vida. Por eso su ética impulsa la contemplación activa; concretizada en una mística de la acción.15

  1. Cf. ORCAJO, Antonino – PEREZ FLORES, Miguel. San Vicente de Paúl. Tomo II: Espiritualidad y   selección de escritos. Madrid. BAC. 1981. 102-107; COLUCCIA, Giuseppe. Espiritualidad viceniana, espiritualidad de la acción. Salamanca.  CEME. 1979. 64-73; DE VEGHEL, O. Benoit de Canfield (1562-1610): sa vie, sa doctrine et son influence. Roma. 1949.
  2. Cf. ROMÁN, J. M. San Vicente de Paúl. Tomo I. Biografía. Madrid. BAC. 1981. 99-101; 167.
  3. Cf. RR.CC.CM C.II.
  4. Cf. E. S. XI, 445-457.
  5. Cf. E. S. I, 96-97; 107, 109; 126; 173.
  6. E. S. XI, 584.
  7. San Vicente comparte el pesimismo antropológico del siglo XVII. Por tanto, acentúa los estragos del pecado original, de modo que lo humano no tiene ninguna referencia a Dios, a menos que sea rescatado por la gracia, que hace querer la voluntad de Dios: «Nuestro padre Adán era un árbol fecundo en el paraíso terre­nal, que daba naturalmente frutos agradables a los ojos de su Señor; pero cuando el diablo le hizo cometer aquel pecado, se desvió su voluntad y, al separarse de la de Dios, fue incapaz por sí mismo de producir nada que pudiera agradar a Dios; y nosotros, los que hemos salido de aquel tronco viciado, nos encontramos, humanamente hablando, en esta misma impo­sibilidad, de forma que todo lo que procede de allí, las acciones que provienen del viejo Adán, no son agradables a Dios, ya que son obras de la naturaleza que no tienen ningu­na relación con Dios, que no están dirigidas a Él.» E. S. XI, 447-448.
  8. E. S. XI, 430
  9. E. S. XI, 457.
  10. E. S. XI, 454.
  11. Hay aquí una combinación de cristianismo con estoicismo. Los elementos estoicos se dan dentro de una inteligencia superior cristiana, ya que la persona no se somete simplemente a las leyes divinas de la naturaleza sino al paso de la Providencia por la propia vida. Esta actitud de docilidad ante la Providencia permite que Dios guíe a esa persona hasta el puerto seguro y la persona viva en paz, vg. le dirá a Santa Luisa que así como un señor no le gusta que un criado emprenda obras sin que él se lo ordene; Dios «tiene grandes tesoros ocultos en su Santa Provi­dencia; ¡y cómo honran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a ella! Sí, me dirá; pero es por Dios por quien yo me preocupo. No es por Dios por quien se preocupa, si se apena en su servicio.» E. S. I, 131.
  12. E. S. I, 173.
  13. E. S. XI, 449.
  14. Para Canfeld la experiencia mística es central y ella debe comenzar ya en el noviciado. Esta experiencia mística a medida que avanzaba se iba rodeada de fenómenos extraordinarios y transracionales. Él mismo lo había experimentado en su formación. Estas enseñanzas atrajeron a muchos hombres espirituales, especialmente aristócratas, tanto clérigos como laicos.
  15. Para San Vicente, el seguimiento de la voluntad de Dios no lleva al hombre a alejarse progresivamente del mundo. Cumplir la voluntad del Padre, a ejemplo de Cristo, conduce a proclamar la Buena Nueva que transforma la sociedad, especialmente haciéndola más digna con los pobres. Discernir los signos y manifestaciones de la Providencia da a su ética un tono de encarnación y realismo.

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