La devoción a San Justino de Jacobis en Eritrea y Etiopía

Francisco Javier Fernández ChentoJustino de JacobisLeave a Comment

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Autor: Iyob Ghebresellasie, C.M. · Traductor: Luis Huerga Astorga, C.M.. · Fuente: Provincia de Eritrea.
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Justino de Jacobis

Justino de Jacobis

Antes de exponer la devoción a san Justino de Jacobis, me parece oportuno advertir que se trata de modo particular de los católicos en Eritrea1 y en algunas regiones de Etiopía.2 Es sabido que san Justino ejerció su apostolado de manera especial en aquel país que una vez se llamaba Abisinia, y hoy es Eritrea y Etiopía.

1. La fe cristiana antes de la evangelización de san Justino

La semilla cristiana que, en el siglo I,3 cayó a lo largo de las costas de Eritrea, con el tiempo rebasó el altiplano eritreo, y se propagó por el norte de Etiopía. Diversos santos, naturales y extranjeros, fundaron decenas y decenas de monasterios, desde comienzos del siglo IV hasta el siglo XVIII, antes que san Justino llegase a su campo de evangelización.4

En cuanto a la identidad de los primeros evangelizadores, llamados santos romanos, cuya acción fue decisiva en la difusión del cristianismo, eran misioneros provenientes del imperio romano.5 Sin embargo, el evangelio que ellos predicaron dio lugar a una falta de entendimiento entre las iglesias católica y ortodoxa. Los católicos se basaban en la enseñanza de san Frumencio, el primer obispo, enviado por san Atanasio hacia el 340, y afirmaban que los primeros evangelizadores habían sido católicos; argüían justamente que san Atanasio no podía consagrar y enviar a un obispo no adicto a la misma fe que él profesaba. Por el contrario, los ortodoxos, olvidando el largo período histórico de la evangelización, que por otra parte permanece en la oscuridad, y poseedores hoy de todos los monasterios de la Iglesia Ortodoxa, querían demostrar que los primeros evangelizadores de Abisinia profesaban la fe ortodoxa.

Naturalmente, aquellos santos evangelizadores han sido y son aún muy venerados por la población a causa de sus virtudes y del celo desplegado en la expansión y defensa de la fe cristiana. Superando el obstáculo de las tradiciones y la persecución de los animistas, consiguieron instaurar sólidamente el cristianismo. Y merced a este celo misionero, el altiplano eritreo y el norte de Etiopía se dieron a conocer como la Isla Cristiana en el Cuerno de Africa.6

Ahora bien, por una parte el aislamiento, y las invasiones musulmanas por otra, dejaron hondas heridas en la vida eclesial y en el servicio pastoral del país. Y este es el motivo de que aquel pueblo, orgulloso de un cristianismo cerrado sobre sí mismo, quedase gravemente debilitado.

Luego, la Iglesia egipcia, falseando los así llamados «Cánones del Concilio de Nicea», prohibió, un siglo tras otro, el nombramiento y la consagración de un obispo eritreo o etíope.7 El obispo egipcio, desconocedor de la lengua y de la cultura del pueblo cuya guía le era encomendada, quedaba reducido a la administración de los sacramentos y a la aplicación de la excomunión en cuestiones de fe y de moral.8 El pueblo sintió siempre terror por la excomunión. Y poco a poco fue perdiendo el conocimiento elemental de la doctrina cristiana, manteniendo sólo la fe interior, que no podía profesar con una formulación teológicamente correcta… Esta fuerza interior, privada de su expresión, fue celosamente guardada y fanáticamente defendida. Así, cuando en el año 1780, el patriarca copto de Egipto nombró un Abuna (Obispo), éste, antes de asumir la atención pastoral de Eritrea y Etiopía, mandó una delegación a las autoridades civiles, pidiendo que retirasen al primer obispo católico abisinio, Abuna Tobías.9

Igualmente aconteció cuando, entre 1841 y 1842, fue nombrado el Abuna Salama, nombramiento en el que participó, con la delegación abisinia, Justino de Jacobis: éste fue amenazado una y otra vez, y se vio obligado a dejar el país y su campo de apostolado. Pese a todo, la altiplanicie eritrea y el norte de Etiopía siguieron siendo el bastión, contra todas las expediciones desde las orillas del Mar Rojo. Si esta isla de cristianismo permaneció vigorosamente cerrada sobre sí misma, ello no era porque rechazase todo contacto externo, sino a causa de la firme convicción de la integridad de la propia fe y del propio rito. Bajo este aspecto no admitía vacilación alguna. La fe en la Santísima Trinidad y la devoción a la Madre de Dios eran los dos pilares de su religión. Precisamente por esta convicción persiguió siempre a los misioneros europeos, católicos o protestantes.10

He aquí la perspectiva bajo la que se mira la llegada de Justino de Jacobis a Abisinia en 1839. Los católicos seguían desterrados del reino, y la iglesia ortodoxa se había debilitado mucho, cuando la Providencia quiso que apareciese en aquel territorio un heraldo del evangelio capaz de comprender la mentalidad y el bagaje cultural de este pueblo.

2. Llegada de Justino a Adua y su primer sermón

Llegado a Adua, en el centro-norte de Etiopía, san Justino se puso inmediatamente a estudiar la lengua y la cultura del país que debía re-evangelizar. A los tres meses de llegar, ayudado por su maestro, el debtera Matieos, pronunció el primer discurso, el cual quedó grabado en el corazón de la primera comunidad reunida en torno a él. Dijo entre otras cosas:

… la puerta del corazón es la boca, la llave del corazón es la palabra… Cuando os hablo, os doy la llave de mi corazón»…11

Con estas palabras san Justino consiguió abrir el corazón de sus oyentes, que dudaban en convencerse de las palabras de un ferenyi, o sea, un misionero blanco. Como refiere su primer biógrafo, Abba Teklehaimanot el joven, «un día, por haber dirigido algunas palabras a un etíope que se había detenido a mirarlo mientras leía, recibió esta contestación burlona: «¡Eh, ferenyi! (en sentido despectivo). Es mejor la amistad con un demonio conocido, que con un ángel desconocido».12 Esta frase, aun dicha en sentido despectivo, expresaba toda la convicción de los ortodoxos en lo que atañía a su fe religiosa. San Justino no tuvo dificultad en comprenderla. Entre tanto rogó al Señor que le esclareciese el modo como podría entrar en el corazón de quienes le parecían inconvertibles. Aun así, la palabra de Dios, la más eficaz de todas, pronunciada por boca de un varón justo, ablandó en breve tiempo aquellos corazones, al parecer imposibles de convencer.

Por obra de la gracia de Dios y por el mérito de las fatigas del apóstol, la esperanza del futuro germinó pronto en un tronco considerado seco e infructuoso. El debtera que tenía como maestro, era experto en materias lingüísticas, litúrgicas y morales. Justino había convocado una reunión, y en ella articuló las expresiones más afectuosas hacia los cristianos de Etiopía. El debtera fue tocado por la palabra de Dios y por la devoción de Justino. Concluida la reunión, el debtera exclamó: «Este sacerdote que ha hablado merece ser nuestro padre».13

Esta expresión del debtera suena muy extraña, pero podría compararse con lo que dice Jesús a sus discípulos: «Es algo imposible para los hombres, pero posible para Dios».14 Humanamente hablando era muy difícil, por no decir imposible convencer a un fariseo encallecido en sus nociones doctrinales. Pero no es así para la divina Providencia. Cambiando la actitud de aquel maestro de canto (debtera), el Señor preparaba su viña para que diese fruto a través de la acción pastoral del prefecto apostólico.

3. La bendición de Dios refuerza la devoción de san Justino

No era cosa fácil tratar directamente las cuestiones dogmáticas, dialogar sobre los sacramentos, tomando por base la doctrina católica. Sin embargo, era preciso tratarlas. Pero el primer año de su estancia, el prefecto apostólico prefirió entregarse al estudio de la lengua y de la cultura. Se entregó todavía más, y de modo particular, a la oración. Dedicaba parte de su tiempo a la celebración de la santa misa, ocultamente en su casa, y pasaba otra parte de él en el interior de la iglesia ortodoxa, después que había concluido en ella la celebración de sus funciones.

La santa misa, celebrada a escondidas en su casa, no podía menos de ser bien acogida por el Padre, quien deseaba así renovar el corazón de los futuros discípulos de san Justino. También la oración que se hacía en el interior de la iglesia ortodoxa era escuchada por Jesucristo, el cual iba con frecuencia, según nos refieren los evangelios, al Pórtico de Salomón.

Justino, que comenzó a ejercitar la caridad, cuidando a los enfermos, alimentando a los pobres, visitando a los ancianos, fue transformando su diminuta morada en un lugar de fraternidad. Todos cuantos le visitaban, personas de diversa cultura y clase social, quedaban fuertemente impresionados por la caridad y la humildad del prefecto apostólico. Estas actividades, típicamente vicencianas, eran más que suficientes para revelar su bondad paternal hacia todos cuantos se le aproximaban.15 Cuantos eran curados y servidos quedaban, no sólo sorprendidos, admirando su caridad y su bondad, sino que iban y lo contaban a otros. Poco a poco se comenzaron a hacer preguntas. Las mentes, y sobre todo los corazones comenzaron a abrirse. De este modo tenían en su poder la llave del corazón de Justino. Luego, venían a verle diversas personas, que permanecían a su lado y tomaban parte en su vida diaria. Así se formó una pequeña comunidad católica en derredor del prefecto apostólico. Él hacía de todo, para que por razón de aquella comunidad en formación no se rompiera la relación amistosa de los doctos ortodoxos.

El prefecto apostólico hizo todo lo posible por evitar las disputas doctrinales y dogmáticas. En lugar de eso, se atrajo a personas cultivadas de la Iglesia Ortodoxa y las puso a enseñar el Fidel Hawariat y el Ziema o canto litúrgico, como también el Kene, composición iconográfica eclesial.16 Se reservaba para sí la enseñanza del catecismo. Ciertas personalidades doctas de la Iglesia Ortodoxa, contrarias a la presencia de Justino entre ellos, tuvieron ocasión de observar el contenido de su enseñanza del catecismo, al igual que su comportamiento moral. No hallaron en él cosa alguna censurable. Su enseñanza armonizaba perfectamente con las tradiciones doctrinales y litúrgicas que ellos sostenían.

Otra cosa que observaron los doctos ortodoxos fue la bondad paternal y la servicialidad caritativa que el prefecto apostólico brindaba a todos. Esta actitud indujo a diversas personas a formar parte de la pequeña comunidad que se había ido formando en torno a él. Llegado el momento oportuno, y con gran cautela, Justino exponía la historia eclesiástica y explicaba a sus oyentes la doctrina católica. Después que lo había explicado todo, concluía diciendo: «Hijos míos, seguid aquello que os parezca la verdad».

Diversos varones doctos, sacerdotes y diáconos, comprobando la humildad De Justino, decidieron abandonar la Iglesia Ortodoxa y contarse definitivamente entre los seguidores del prefecto apostólico.

Pero sus adversarios, exacerbados a la vista del crecimiento de su comunidad, comenzaron a alarmarse y a perseguirle. El prefecto apostólico vio el peligro y decidió trasladar una parte de aquella comunidad a Entichó, pequeño centro 20 Km. al este de Adua.17 Aquí fue surgiendo la cofradía católica que dirigía un sacerdote convertido y maestro de canto. El prefecto apostólico permaneció en Adua otros cinco años. Después, en mayo de 1845, dejando allí algún sacerdote y diáconos para servir a la comunidad, él mismo, acompañado por la mayoría de sus eclesiásticos, sacerdotes y diáconos, se trasladó a Gualá, en la periferia de Addigrat. Al llegar allá, se le presentaron varias aldeas de los Sasih, guiados por sus sacerdotes, y se manifestaron dispuestos a adoptar la fe católica. Asimismo muchos monjes, impresionados por la piedad de Justino en las frecuentes visitas a sus monasterios, decidieron seguirle sin vacilación.

El prefecto apostólico permaneció dos años en Gualá y, pese a los múltiples estorbos que le pusieron las autoridades civiles y religiosas, su rebaño aumentó con los muchos miembros que le atraía la bendición de Dios. Persistía aun así la escasez de sacerdotes que asistieran a la comunidad de Justino, en continuo crecimiento. Justino rogó mucho al Señor que enviase obreros a su mies, y al mismo tiempo procuraba suscitar vocaciones en su comunidad. El Señor no tardó en escucharle. Supo que llegaría en breve un nuevo vicario apostólico para el sur de Etiopía. Era éste Monseñor, luego Cardenal, Guillermo Massaia. Había sido consagrado obispo en Roma el 24 de mayo de 1846. A finales de aquel mismo año, llegaba a Gualá, acompañado de cuatro colaboradores. Aquí permanecería casi dos años. En este lapso de tiempo, Monseñor Massaia celebró ordenaciones al menos dos veces. Quince candidatos de Justino recibieron las sagradas órdenes. Estas ordenaciones dejaron profunda huella en el corazón de la pequeña comunidad de Justino e incrementaron la veneración y el respeto hacia él.

Oigamos cómo se expresa la veneración hacia el hombre de Dios que la Providencia había enviado.

4. Primeros testimonios

Durante el primer año de su residencia en Adua, Justino distribuía de modo habitual la Medalla Milagrosa a cuantas personas encontraba, y explicaba que María es Madre de Dios y Madre de todos los que creen en Cristo. Hacía además, en nombre de María, muchas obras de caridad. Sus interlocutores no se contentaban con lo que el prefecto apostólico explicaba sobre María, sino que observaban además muy atentamente cómo la veneraba y oraba a ella. Así es como le dieron el nombre de Abba Yakob Zemariam, es decir Padre Jacob de María.

Nos suministran otro testimonio los que estuvieron durante años bajo su dirección y le siguieron hasta el momento de la muerte. He aquí lo que escribían desde Gondar el 27 de julio de 1854:

Salud a nuestro Padre Justino de parte de sus hijos, arrebatados, por la misericordia divina, a las tinieblas del cisma y de la apostasía. Que el amor de María, Madre de Jesús, crezca en usted y en nosotros. Así sea. Quedamos muy confortados por el mensaje que nos hizo llegar. Pero, ay, nos unimos a usted en la presente angustia, sabedores de lo que supera al dolor del cuerpo el dolor del alma. Son sufrimientos más duros que las cadenas con que se carga a la carne, cuando éstas se comparan con la zozobra y ansiedad que oprimen el corazón.18

Esta carta se escribió desde la lóbrega y dura prisión en la que estaban sus hijos. Ellos soportaban todo aquel sufrimiento, y le enviaban un mensaje lleno de esperanza y de afecto, manifestándole de ese modo toda la grandeza y la profundidad de su amor filial.

El P. Poussou, asistente general, vuelto de su visita a la misión de China, llegó a Halai a finales de 1851. Era una de las estaciones de Justino en la altiplanicie eritrea. El P. Poussou expresaba su admiración en estos términos:

Monseñor De Jacobis en particular, parece destinado a hacer un gran bien en este país, y es convencimiento mío que si Dios ha decidido compadecerse del pueblo abisinio, Monseñor De Jacobis va a convertirse en el instrumento de su misericordia.19

Y Monseñor Massaia, a quien había impresionado la vida espiritual de nuestro santo, añade:

Aun pasados 35 años, podría yo hacer relación de todas las pláticas que oí entonces, tal fue la impresión que causaron en mí, lo mismo que en otros…Ver a aquel hombre, siempre grave y al mismo tiempo complaciente, frugal, sencillo, vestido con decoro, pero pobremente, cuyas maneras corteses eran además caritativas, cuya conversación pronto hallaba un tema edificante, inseparable de sus discípulos, a los que trataba con la suave autoridad de un padre y con la familiaridad afectuosa de un hermano, siempre con ellos en los trámites y en los quehaceres, en las comidas, en la oración; el verle celebrar la santa misa como un extático, asistir a las devociones en común con un recogimiento y una piedad propia de ángeles; en suma, verle vivir una vida en la que se daban la mano la soledad del anacoreta y el celo del apóstol: todo ello era para nosotros un sermón viviente.20

Estas declaraciones revelan la verdadera sintonía entre el padre y los hijos, entre el maestro y los discípulos. De éstos no hubo muchos con la preocupación de poner por escrito su admiración y de articular su profunda adhesión a Justino. De haber sido así, nos habría cabido el gozo de ver impresos sus sentimientos más tiernos hacia él. Por lo demás, la sola designación de Padre bastaría para hacernos comprender la honda adhesión y reverencia que sentían por Justino.

Abba Teklehaimanot el joven, que fue su primer biógrafo, hace relación de las virtudes y total entrega a Dios de Justino, y sencillamente demuestra que todos, mientras vivieron, estuvieron convencidos de la estatura espiritual y de la entrega de este hombre al servicio de la Palabra y del prójimo.

5. El respeto y la devoción a san Justino en el ambiente eclesiástico

Apenas muerto Justino de Jacobis, casi todos sus discípulos, seguros de su fama de santidad, ansiosamente esperaron el proceso de beatificación. Pese a que se requería un lapso de tiempo entre su muerte y la introducción de la causa, ellos comenzaron luego a referir los milagros que se sucedían uno a otro. De este modo, haciendo caso omiso del curso normal del proceso eclesiástico, comenzaron a profesar a Justino una devoción, cual era la de sus corazones y sentimientos. Esta devoción se ha transmitido de una generación a la siguiente hasta nuestro tiempo. Antes que llegasen a Eritrea y Etiopía nuevos misioneros y misioneras, ya el clero diocesano y los seminaristas habían absorbido esta tradición, y propagaban por el país, en todas direcciones, su fama de santidad.

Después de la beatificación, diversas comunidades religiosas se establecieron, tanto en Eritrea como en Etiopía. Y era habitual que muchos, antes de emprender sus fundaciones, acudieran en peregrinación a Hebo, donde está la tumba de san Justino, para implorar su intercesión por el éxito de la empresa.

Todavía hoy esa tumba es una de las pocas metas de peregrinación en toda Eritrea, y lo será el día de mañana, aunque tal vez no con igual auge, en el norte de Etiopía. Reciben a los peregrinos los Padres de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, que están establecidos junto a la tumba de san Justino desde 1947.

Es costumbre que los sacerdotes diocesanos hagan los ejercicios espirituales anuales y tengan sus reuniones pastorales allí en Hebo, donde reposan los restos mortales del santo. El lugar, por otra parte, se presta mucho al silencio y al recogimiento.

6. La devoción y el respeto del pueblo

El prefecto apostólico murió en el valle de Aliguede, a la vera del torrente Haddas, en la subida hacia Halai. Y se cuenta que cuando expiró, hubo una contienda sobre la elección del lugar de la sepultura. Todos lo querían tener.

El P. Delmonte, vicario del fallecido prefecto, con el apoyo del cónsul francés en Massaua, ordenó que se le hiciese llegar el cadáver, para enterrarlo en Moncul-lu, uno de los lugares donde Justino había vivido. El agonizante tuvo a su cabecera a los sacerdotes y a los monjes, transidos de dolor por la muerte del que era para ellos un padre. Estos estaban dispuestos a transportar el cuerpo hasta Hebo, como también hasta Moncul-lu, según deseo del P. Delmonte. Prontamente mandaron recado a la gente de Hebo, para que viniese a transportar el cuerpo y para que preparase el lugar de la sepultura. Todos, fuesen los de Hebo o los de Halai, hombres y mujeres, salieron precipitadamente en busca del cuerpo de su padre y pastor. Llegados al lugar donde yacía el cadáver, después de largo y doloroso llanto, comenzó la disputa sobre a dónde y cómo transportarlo. Los de Hebo, apoyados por los sacerdotes y monjes allí presentes, se enfrentaron a los Halai y consiguieron apoderarse del cuerpo para llevarlo a Hebo, donde lo sepultaron a pocos metros de la pequeña iglesia del pueblo. Era el viernes 3 de agosto de 1860. Así se cumplió el deseo del santo, quien estando aún en vida, manifestó su voluntad de ser enterrado en Hebo.

Los misioneros vicencianos, muy conscientes de las virtudes y santa vida de Justino, hicieron diversos intentos de transportar sus restos mortales a Italia. Pero la gente de Hebo se opuso a esta decisión diciendo:

Abuna Yakob es nuestro padre. Y el lugar del padre está en medio de sus hijos. Él nos engendró en la fe. Él nos ama a nosotros, y nosotros le amamos a él. Y prueba de este amor es su última voluntad. Pidió reposar en medio de nosotros. Nadie puede violar el deseo de un moribundo. Es nuestro, y nosotros somos suyos, y le custodiaremos.

Monseñor Biancheri replicó:

Sí, un padre debe reposar en medio de sus hijos, pero una madre también tiene derecho al cuerpo de su hijo, y la Congregación es la madre de Abuna Yakob. Nosotros somos sus hermanos. ¿Es justo que resistáis al deseo y a la voluntad de la madre?

Pero los de Hebo siguieron firmes en su actitud, y no permitieron que los restos mortales del santo fuesen llevados por los misioneros. Monseñor Biancheri, comprobada la firme decisión del pueblo de Hebo, tuvo que ceder, y procedió a escoger las personas que debían custodiar día y noche los despojos mortales del padre.

En 1871, el emperador Juan IV de Etiopía, enfurecido contra la presencia de los misioneros vicencianos, ordenó poner fuego a todas las iglesias católicas en su reino, y también a todas las casas de los misioneros. El pueblo de Hebo, al oír que los soldados incendiaban todas las iglesias del contorno, y temerosos de perder los restos de su amado padre, los exhumaron ocultamente y transportaron las preciosas reliquias a lugares más seguros, depositándolas en una de las cavernas del llamado Zelim Emni, una de las montañas que dominan Hebo. Cuando se aplacó la tormenta, las devolvieron a la pequeña iglesia, donde siguen siendo celosamente custodiadas.

Conclusión

 

Además de lo hasta aquí dicho sobre el respeto y la devoción a san Justino, podemos concluir añadiendo que, ya sean los eritreos o ya los etíopes, acostumbran a hacer dos cosas: lavarse dos semanas consecutivas con agua bendecida bajo la advocación de san Justino junto a su tumba; y tomar un pellizco de tierra de la tumba donde fue enterrado por primera vez. Con estas dos acciones, los devotos están seguros de sanar de cualquier enfermedad que hayan contraído. Parece algo absurdo. Sin embargo, es lo que hacen los devotos de san Justino, y se sienten curados. De ahí que la tumba del santo en Hebo siga siendo meta de peregrinaciones. Asimismo en tiempos de calamidad y de guerra: es allí, junto a aquella tumba, adonde van muchos para encomendarse a su protección. Allí también se acude en épocas de sequía, implorándole que interceda para que haya lluvia. Muchos, ignorando la historia y a impulsos de una fuerte devoción y amor, creen que san Justino es abisinio, es decir, uno de ellos. Hasta tal punto es fuerte su devoción, amor y admiración por este hombre de la Providencia, que dicen: «No puede haber sido un ferenyi».

Dicen también:

Sí, Dios envió a Jesucristo para salvar a la humanidad. Pero ese mismo Dios envió además, en Cristo Jesús, a san Justino, para salvar al pueblo abisinio. San Justino se hizo todo abisinio a fin de ganar a los abisinios para Dios.

He aquí lo que piensan y creen profundamente, hondamente. Que hoy también obtenga san Justino para este pueblo al que tanto amó paz y reconciliación.

  1. Eritrea es una nueva nación. Está situada en el Cuerno de Africa, a lo largo del Mar Rojo. Tiene 127.750 kilómetros cuadrados. En Eritrea residen 3.500.000 nacionales; 1.500.000 más están dispersos por varias partes del mundo. Eritrea se separó de Etiopía en mayo de 1991, tras una larga guerra. La independencia fue convalidada luego por un referéndum en abril de 1993: 99,8% de los votos fueron a favor. Un 50% de la población está formado por cristianos, la mayoría de los cuales son coptos ortodoxos; el otro 50% es musulmán. De los cristianos, aproximadamente el 20% son católicos, y el 5% protestantes. No sólo veneran a san Justino los católicos: también los ortodoxos y los musulmanes sienten devoción hacia él.
  2. Al hablar de la devoción a san Justino, nos referimos especialmente al norte del país. Dicha devoción está además extendida por la región de Showa, en el centro de Etiopía, en aquel tiempo bajo la administración del rey Sahlesellasie. El sur fue evangelizado por el Cardenal Massaia, nombrado vicario apostólico en 1836. Después de la beatificación en 1939, y la canonización en 1975, los vicencianos de la provincia etiópica, como también otros institutos masculinos y femeninos, todos juntos divulgaron entre el clero indígena la devoción a san Justino. Debe advertirse que esta devoción se deja sentir particularmente en Tigrai y en las poblaciones de Irob.
  3. Hechos de los Apóstoles 8,26-39. The Church History of Eusebius, p. 105, reimpresión 1986, Michigan.
  4. G. Sapeto, Viaggio e Missione Cattolica dell’Abissinia, (Fra i Mensá, i Bogos e gli Habab). Roma 1857, p. 62; C. C. Rossini, Etiopia e gente di Etiopia, Firenze 1937, p. 170.
  5. Pane, Salvatore, Vita del Beato Giustino De Jacobis, Napoli 1949, p. 226; W. Aymro, M. Joachim, The Ethiopian Orthodox Church, Addis-Ababa 1970, p. 4.
  6. Lino da Mesero, Etiopía Cristiana, Milano 1946, p. 33.
  7. Los musulmanes no habían olvidado el éxito militar de los abisinios en Yemen. Temerosos de que los obispos católicos instigaran a los abisinios contra los musulmanes, no permitieron el desarrollo de relaciones entre uno y otro imperio. Quedaron solos los patriarcas coptos: sólo ellos pudieron en adelante enviar obispos a Abisinia. El primero fue enviado por el patriarca copto Benjamín, por el tiempo en que Amru conquistaba Egipto. Este patriarca impuso a la Iglesia etíope cánones que alejaran aún más a los fieles del amor a la religión católica. Además, invocó para estos cánones origen igual al de los de Nicea, al objeto de darles autoridad. Estos pseudo-cánones prescribían que los etíopes no tuviesen obispos autóctonos, que sólo debían recibir obispos egipcios de la sede de Alejandría (G. Sapeto, Viaggio e Missione Cattolica dell’Abyssinia, Roma 1857, pp. 71-72).
  8. Abba Ayala Teclehaimanot, The Ethiopian Church, Addis-Ababa 1982, p. 32.
  9. Tobías, Ghiorghios Ghebreiziagbhier nació en Debre Mariam Camcam, en la región de Dembia (Etiopía). Tras estudiar la teología en Propaganda Fide, Roma, fue consagrado, el 20 de Junio de 1788, obispo de Adulis, ciudad portuaria de la antigua Etiopía, hoy Eritrea, en la costa del Mar Rojo. Trabajó infatigablemente por la comunidad católica en el propio país, pero finalmente fue obligado a dejar Etiopía y a huir a Egipto (K. O’Mahoney, The Ebullient Phoenix, Bk III, p. 1, Addis-Ababa).
  10. D. Crummey, Priests and Politicians, Protestants and Catholic Missions in Orthodox Ethiopia, Oxford 1972, p. 39.
  11. Diario de san Justino, Frascati (RM), Roma 1975, p. 79.
  12. Lucatello-Betta, Justino de Jacobis, CEME 1976, p. 51.
  13. Ib., p. 75.
  14. Mt 19, 26.
  15. Abba Teklehaimanot, La vita di Giustino De Jacobis, Adua, p. 161.
  16. Ib., p. 305.
  17. Ib., p. 334.
  18. S. Pane, o.c., p. 790.
  19. Ib., p. 709.
  20. Ib., pp. 585-586.

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