LA CONSAGRACIÓN EN LUISA DE MARILLAC (V)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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3.3 «Quiero vivir y morir en la iglesia católica»

El día 15 de diciembre de 1645, Luisa de Marillac declaró: «Protesto ante Dios y todas las creaturas que quiero vivir y morir en la iglesia Católica, Apostólica v Romana «56. Estaba ante notario, para redactar su testamento. Lo sabía muy bien. El bautismo nos hace Hijos de Dios y de la Iglesia. Y esto para ella era una dicha» inmensa. Esa filiación divina tiene su expansión en la comunidad eclesial estableciendo lazos de hermandad entre todos los creyentes. El ingreso en la comunidad de fe tiene carácter de consagración.

La conciencia de su pertenencia a la Iglesia era clara y firme. La idea de vivir la fe en privado o salvarse sola, nunca tuvo cabida en ella. En la Iglesia había sido bautizada, en la Iglesia habían cre­cido sus aspiraciones más profundas, la Iglesia era el medio ambien­te en el que respiraba, se movía, soñaba y actuaba.

En la orientación de vida marcadamente espiritual que adoptó, su casa y la iglesia de su parroquia eran los lugares referentes de ori­gen y destino en sus actividades personales, familiares y sociales. Y el lugar de descanso, de recuperación de fuerzas, de retiro, de conexión con su anhelo profundo eran su parroquia. una iglesia cualquiera o un convento. Mantuvo estrecha relación de respeto, confianza y ayuda con los párrocos de las parroquias en que vivió.

Pero la Iglesia no era solamente la parroquia. Muy pronto se percató de un concepto amplio de Iglesia, tanto a nivel conceptual como en su experiencia vital. Tras su encuentro con Vicente de Paúl. su acción sobrepasó los límites de su parroquia para abrirse a la dió­cesis. Y pronto, con cada obispo de las diócesis a las que pertenecí­an las cofradías de las parroquias pudo llegar a entablar algún tipo de relación. Y, según su testimonio, muchas veces deseó verse en Roma para recibir la bendición del Padre Santo de todos los cristia­nos; porque allí están las fuentes de la Santa Iglesia, junto a su cabeza visible«.

Sobrepasando los límites geográficos de la iglesia local, diocesa­na y universal, Luisa se sentía perteneciente a una Iglesia con otra dimensión. Mientras estaba en esta tierra era Iglesia militante, vincu­lada activamente a su vida y misión como buena cristiana; su presen­cia física en ella simbolizaba otro tipo de presencia a través de la que aportaba más vida en la medida en que su dimensión espiritual, moral

y humana eran de mayor calidad. Esta era la Iglesia que caminaba en la tierra mientras esperaba la entrada a la Iglesia triunfante, «Entonces será –decía– cuando alcancemos plenamente esa unión íntima con Él, que en esta tierra no podemos poseer por completo«.

También se sentía perteneciente a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, esa realidad misteriosa repleta de una vida sobrenatural que se llama gracia que la comunica el mismo Jesucristo. Él es la cabeza y nosotros somos los miembros. La vida de Dios, el Espíritu Santo. la vivifica constituyendo y nutriendo ese cuerpo. Esta experiencia eclesial de Cuerpo Místico es la que permitía a Luisa recibir la acción de la gracia, la riqueza espiritual que ella vivía. El siguiente texto lo ilustra magistralmente: «¡Oh secreto profundo e inescrutable! ¡Trinidad perfecta en poder sabiduría y amor!, acababas la obra de la fundación de la Iglesia Santa a la que querías hacer Madre de todos los creyentes, y para ello la consolabas por las operaciones

Infinitas con las que confirmabas las verdades que el Verbo Encarnado le había enseñado; en el cuerpo místico la unión de tus producciones, dándole el poder de operar maravillas para hacer en las almas el testimonio verdadero que querías diera de tu Hijo; operabas en los miembros de ese cuerpo místico santidad de vida por los méritos del Verbo Encarnado, y el Espíritu Santo en su amor unitivo se lo asociaba para que produjera los mismos efectos de su misión, dando ante los hombres el testimonio de la verdad de la divinidad humanidad perfecta de Jesucristo, testimonio que debía servir a todos los hombres de gozo, emulación, desprendimiento efectivo de todo afecto, para que ellos pudieran for­marse según sus acciones santas y divinas, lo que en nosotros pro­duciría la resolución de vivir como creaturas racionales«.

Y por último, para Luisa la Iglesia era Esposa de Cristo. Los antiguos profetas habían desarrollado la relación esponsal del Pueblo de Israel con Dios. El Nuevo Testamento trajo un cambio atribuyen­do la función de esposo a Cristo que se desposa con la Iglesia. Y es en el bautismo en donde se realiza la unión nupcial: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purifi­cándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y pre­sentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni nada parecido, una Iglesia santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27). Lo que sucede con toda la Iglesia sucede también con cada per­sona. Cristo la purifica en el agua del bautismo para hacer de ella su esposa. Es una historia de amor que se actualiza para cada persona en el momento del bautismo en el que se realiza una especie de “consentimiento matrimonial». Este carácter nupcial del bautismo es la prolongación en la Iglesia de los desposorios del Verbo con la huma­nidad y su realización en cada uno de los bautizados».

Si el amor está presente en todas las dimensiones de la consa­gración bautismal, la vivencia de esta dimensión eclesial promueve y garantiza una existencia realizada en el amor. Luisa de Marillac la vivió con ardor y entusiasmo. Quería «imitar a Jesús como una esposa trata de identificarse con su esposo«, y por ello daba un valor preeminente a la pureza tanto en su vida personal como cuando motivaba a las Hijas de loa Caridad, ya que, —decía—, somos esposas de Jesucristo. Con tanta responsabilidad e intensidad vivió su incorporación a la Iglesia como Esposa de Cristo, que fue agra­ciada con una experiencia excepcional en la mañana del 5 febrero de 1630. Vivía en la calle Saint-Víctor, en la parroquia de Saint-Nicolas-du-Chardonnet. Estaba preparada para salir de viaje en dirección a Saint-Clond y visitar allí a las señoras de la Caridad. Antes de partir se acercó a la iglesia del Colegio Bons-Enfants para participar en la Eucaristía. Ella misma nos cuenta lo que vivió: «En la Sagrada Comunión me pareció que Nuestro Señor me daba el pensamiento de recibirle como al esposo de mi alma, y aun, que esto me era ya una forma de desposorios, y me sentí tan Inertemen­te unida a Dios en esta consideración que para mí fue extraordina­ria, v tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi Esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de soportar las difi­cultades que encontraría como recibiéndolas en comunidad de su., bienes. Dios permitió que teniendo el deseo de mandar celebrar una misa ese día por ser el aniversario de mi boda, y reprimiéndome para hacer un acto de pobreza, ya que quería estar en total depen­dencia de Dios en la acción que iba a hacer sin manifestar nada de esto a mi confesor que iba a celebrar la Misa en la que yo comul­gué, al dirigirse al altar tuvo el pensamiento de celebrarla por mí como limosna y decirla de desposorios».

Frecuentemente, en sus momentos de oración o en cualquiera de las celebraciones litúrgicas en las que participaba, su espíritu queda­ba ocupado en una comunicación íntima, en una reciprocidad que, considerada desde esta dimensión nupcial supuso para ella una fuen­te de donde brotaron en abundancia el amor y el gozo. Por suerte, han llegado a nosotros varios textos que iluminan admirablemente este encuentro recíproco de dos seres que se dan el uno al otro, res­petándose en su libertad y dándose mutuo consentimiento, y que es el quicio y el fundamento de la consagración cristiana madura. Valga corno muestra uno de ellos: «Hallándome el día de Todos los Santos sumida en la verdadera consideración de mi vileza, me pareció que a mi alma se le daba a entender que su Dios quería venir a mí no como a un lugar de recreo o alquilado, sino como a su propia here­dad o lugar que le pertenece enteramente: y que por lo tanto, no podía yo negarle la entrada, sino que siendo tierra viva, debía reci­birle con gozo como a su soberano dueño, por simple aquiescencia y con el deseo de que mi corazón fuese el trono de su majestad«.

3.4 «Vaya pues, señorita, vaya en nombre de nuestro señor»

En la consagración bautismal está enraizada también la Misión. De la incorporación a Jesucristo en el bautismo surge la participación en su misión, en su envío para la salvación del mundo. Iglesia es una comunidad expansiva que siente la necesidad de pro­clamar que Jesús ha resucitado y tiene un proyecto de salvación para cada uno. Como las mujeres (Le 24,11), como los de Emaús. (Le 24,33), como la Magdalena (Mc 16, 10; Jn 20,18), cada bautizado se siente impulsado a proclamar que Cristo vive y nos salva. «Id y haced discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19-20; Mc 16, 15-16).

Ya en sus escritos más tempranos concebía Luisa la misión corno «servir con toda humildad y mansedumbre a mi prójimo «procurar su salvación eterna y que consigan ese fin, –ser eterna­mente poseídas por Dios, gozar de Él y glorificarle—, que es el suyo». Sabemos que se entregaba a obras de caridad desde muy joven y mientras duró su vida en el matrimonio. Pero en la medida en que su experiencia de encuentro con Jesucristo se iba haciendo más firme, crecía en ella el deseo de salir y anunciar; de ser testigo.

Tras su encuentro con Vicente de Paúl, comenzó a admirar su talante evangelizador, cargado de autenticidad evangélica, y se fue ampliando el horizonte de su misión. Comenzó realizando peque­ñas colaboraciones confeccionando labores para adecentar las igle­sias que Vicente y sus compañeros encontraban en mal estado cuando evangelizaban en las Misiones, entregando donativos para los pobres, acogiendo a jóvenes que llegaban desde los pueblos a París para ganarse la vida y otras acciones caritativas. Pero su inte­rior le impulsaba a algo más. Por fin, un día de 1629, recibió una carta de Vicente que le hablaba en estos términos: «Vaya, pues. señorita, en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que ella le acompañe, que sea ella su consuelo en el camino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y del frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras buenas’. Este envío en misión. inspirado en un pasaje del Itinerarium clericorum, significó realmente un puma importante de inflexión del desplie­gue de la misión recibida en el bautismo. Entonces comenzó a visi­tar a los miembros de las Caridades de los pueblos para potenciar, animar y revisar su compromiso con el servicio de los pobres en esas Caridades. Y a partir de entonces Luisa comenzó a formular su misión como “ayudar a mi prójimo a conocerle”. Pasado el tiempo, en la medida en que acudían a ella jóvenes deseosas de entregarle a Dios para servirle en los pobres, percibió un campo más amplio para su misión y llegó a concebirla como «el servicio que debo a los pobres y especialmente la instrucción y ayuda a nuestras Hermanas.

El contenido de esa misión como servicio al prójimo, a los pobres, lo            formula como servicio espiritual y corporal, considerando a la persona en su integridad, «a imitación de Nuestro Señor que siempre que curaba a alguien le hacía alguna advertencia encaminada a la salvación de las almas«. Evangelizar, dar a conocer a Dios, vivir las verdades necesarias para la salvación, haciendo posible que las personas con quienes se encontraba consiguieran vivir una exis­tencia lograda consiguieran el fin para el que habían sido creadas.

Es importante detenernos en lo que Vicente de Paúl y ella misma llaman «enseñar a vivir bien«. Era, en la práctica, el servicio que Luisa realizaba y enseñaba a realizar a las Hijas de Caridad. Enseñar a vivir según el evangelio, integrar en la vida per­sonal los valores evangélicos, imitando a Jesucristo. Luisa decía que esa manera de servir «produce mucho fruto». De ahí que, en el ser­vicio a los pobres, tan importante era el cubrir las necesidades mate­riales primarias y urgentes como el enseñar en todo momento tanto a niños como a adultos el catecismo y, a través de él, las verdades necesarias para la salvación; una salvación que tenía efectos tam­bién en la vida cotidiana. Conecta perfectamente esta manera de actuar con la certeza que Jesucristo tenía de que su Palabra y el ejemplo de su vida, poseían la capacidad de llevar a las personas a su plenitud.

En general, sentía la misión corno «dar testimonio de Él. Y aña­día: «Dar testimonio de la verdad de la divinidad y humanidad per­fecta de Jesucristo, testimonio que debía servir a todos los hombres de gozo, emulación, desprendimiento efectivo de todo afecto, para que ellos pudieran formarse según sus acciones santas y divinas, lo que en nosotros produciría la resolución de vivir como creaturas racionales. Esto es, me parece, lo que Nuestro Señor quería decir a sus Apóstoles cuando les anunciaba que después de la venida del Espíritu Santo, ellos también darían testimonio de Él. Y esto es lo que tienen que hacer todos los cristianos: no ya dar testimonio sobre la doctrina…, sino con sus acciones perfectas de verdaderos cristianos. ¡Qué felices son las personas que por disposición de la divina Providencia tienen el deber de continuar en todas las prác­ticas más sencillas de su vida el ejercicio de la caridad!».

Sor Carmen Urrizburu,  HC

CEME ,2015

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