LA CONSAGRACIÓN EN LUISA DE MARILLAC (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Veamos ahora cómo actuó la gracia en ella llevando a plenitud los dones recibidos en su bautismo, mientras prestarnos atención a cómo vivió su fe, cómo fue su identificación con Cristo, cómo era su sentirse Iglesia y cuál su misión.

3.1 «Con una fe viva v llena de confianza»

La respuesta de fe consiste en aceptar a Jesús que nos llama a entrar en relación con Él, prestando una incondicional adhesión a su persona y a su mensaje, con el compromiso de seguirle colaboran­do en su obra de salvación. Lleva consigo un cambio de vida. Es como la atmósfera del bautismo. Si en él Dios ofrece gratuitamente la salvación, nos consagra corno hijos suyos, la fe abre a la persona a la aceptación del misterio realizado en el sacramento y al compro­miso de vida que desencadena.

La Palabra de Dios establece frecuentemente una conexión ínti­ma entre fe y bautismo. «Quien cree que Jesús es el Mesías ha naci­do de Dios» (1 Jn 5,1); «Quien no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino «(Jn 3, 5). Hay que nacer del agua por el bautismo y del Espíritu por la fe. De la respuesta personal de fe depende que el bautismo se realice en mayor o menor grado de autenticidad en nuestra vida cristiana.

La fe de Luisa de Marillac era ilustrada. Debido a la exquisita educación que recibió, Luisa creció en la fe apoyada por el ambien­te familiar y social. La formación que recibió en el Convento de Poissy, según era la práctica entonces, giraba en torno a las verda­des de la fe cristiana que eran las que servían de criterio para selec­cionar el elenco cultural a transmitir en los programas educativos. Los diversos catecismos que se utilizaban contenían todas esas ver­dades con mayor o menor grado de amplitud según el público al que iban dirigidos. Y en ese momento circulaban catecismos de muy buena calidad. Luisa llegó a conocer con profundidad varios de los que entonces se divulgaban en Francia, lo que le permitió poder redactar uno para uso de las personas a quienes acompañaba.

Pero fue la vida el escenario en donde su fe se hizo madura. recia, probada y viva. El proceso de su conversión fue lento hasta que sintió que la Luz de Pentecostés esparcía claridad en su interior. Entonces su espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas y sintió la invitación a prestar asentimiento a lo que Dios le revelaba: «Si era Dios quien me enseñaba todo lo que antecede, y pues Dios exis­tía, no debía dudar de lo demás«.

Su fe heredada llegó a convertirse en una fe viva. Aunque reci­bida como don y gracia. tuvo que trabajar con ahínco y perseveran­cia para ponerse en camino de llegar a ser creyente en plenitud. Su actividad espiritual fue durante mucho tiempo trabajar la fe y la confianza como abandono en Dios para llegar a conocer todo lo que él quería de ella. su voluntad. Aprendió a ser muy minuciosa en el análisis introspectivo de su alma y, aunque a veces constata­ba sus dudas y su inseguridad, también sabía detectar los movi­mientos interiores en que se entregaba a la confianza que promovía una te valiente y recia. Así llego a ser su fe viva y llena de confian­za’ como lo atestigua la experiencia que narraba en febrero de 1630 a sus 29 años: «El miércoles de las Témporas de Navidad, salí para ir a Asniéres; temiendo hacer el viaje a causa de mis enfermedades, me sentí fortalecida a la vista de la obediencia que me hacía ir allá; y en la Santa Comunión de aquel día, me sentí impulsada a hacer un acto de fe, y este sentimiento me duró mucho tiempo; pareciéndome que Dios me daría la salud, con tal de que ya creyese que Él podía, contra toda apariencia, darme fuerza, que Él lo haría, acordándome a menudo de la le que hizo caminar a San Pedro sobre las aguas«. El acto de fe tuvo como consecuen­cia la alegría al percibir que Dios quería que ayudara a su prójimo a conocerle, y pudo actuar a lo largo de todo el viaje sin ninguna intervención por sí misma. Fe viva porque se manifiesta en las obras de amor al prójimo (St 1, 14-26). Fe que tiene repercusión en lo cotidiano fácil de asumir, o más difícil de aceptar; fe que permi­te superar inseguridades objetivas y miedos reales, fe que potencia la vitalidad y empuja al anuncio del evangelio, al servicio, a la ayuda. a trabajar por un mundo distinto y más humano. Y paso a paso, día a día, intento tras intento, llegó a experimentarla seguridad de que la gracia de Dios le bastaba para caminar los caminos que Dios le iba mostrando aunque aparezcan cosas difíciles o se le pida algo que está por encima de su capacidad. Y esto hasta la muerte va que le habitaba una certeza: «Tengo el conocimiento de la gran dicha que por gracia de Dios ha sido para mí vivir y que­rer morir en la te de Jesucristo«.

La relación entre fe y bautismo tiene su fundamento en que ambas tienden dinámicamente a la identificación con la persona de Cristo en su muerte en su resurrección.

3.2. “Imitando tanto como como pueda a Nuestro Señor»

Para Luisa de Marillac vivir la consagración bautismal suponía desarrollar y reproducir en la persona en el transcurso de su vida, las actitudes interiores. los pensamientos y sentimientos más ínti­mos que Jesucristo vivió cuando estaba en la tierra. Como bautiza­da, quiere «imitar su vicia

El ambiente espiritual en que se movía le invitaba a ello y sen­tía el atractivo en su interior. Imitaba a Jesucristo en su vida oculta, al comienzo; en su «no hacer o en sus viajes de aldea en aldea, más tarde; y en general, en cada situación en que vivía tenía la intención de imitarle. Son muchísimos los textos en los que alude a esa tarea, pero comenzamos prestando atención a uno de ellos: «He de recor­dar que la humildad que Nuestro Señor practicó en su Bautismo tiene por fin, además de llenarme de contusión, servirme de ejem­plo que debo imitar ni más ni menos que haría un aprendiz con su maestro si verdaderamente desease llegar a ser perfecto, y no tener otro pensamiento. desando el cuidado de todo lo demás a la Providencia’.

Nos detenemos en este texto porque el bautismo de Jesús en los evangelios también aparece como un tema central. Y es que al acu­dir para ser bautizado en el Jordán, Jesucristo expresó el sentido de toda su vida v misión. En su bautismo, adelantó el Misterio Pascual. Con su gesto quiso expresar su compromiso de entrega total para sacar a la humanidad de la situación de pecado, de lejanía de Dios. de opresión e injusticia en que se encontraba, dando por ello la pro­pia vida si fuese preciso. Luisa tomaba este acontecimiento como un ejemplo que debía imitar. Pero, de la escena, ¿qué deseaba reprodu­cir en la propia vida?

Cuando Jesús llegó a orillas del Jordán era un joven galileo de unos 30 afros que conocía muy bien el contexto religioso, político y social, en que se movía. Sabía que cada ser humano había sido cre­ado por Dios a su imagen y por tanto estaba llamado a desarrollar toda la riqueza potencial que llevaba en su interior como semilla; que estaba destinado a vivir una estrecha comunión con Él, en la que alcanzaría su plenitud; que podía disfrutar de vida en abundan­cia, colmada de amor, de gozo y de paz; de paciencia, delicadeza y bondad; de fe, humildad y dominio de sí, porque podía participar de la vida de Dios infundida por el Espíritu (Ga 5,22-23), llegando a ser hijo suyo. Y esperaba con ansia la llegada del Reino de Dios, ese modo nuevo de vivir regido por los criterios que Dios plasmó en la creación y que después el mismo Jesucristo proclamará con su vida y su Palabra. un nuevo modo de relación de las personas con Dios y entre ellas mismas. Era un hombre de su tiempo y de su pueblo que se identificaba con los anawin, los pobres, los más necesitados. oprimidos y marginados que todo lo esperaban de Dios. Era crítico con la influencia que sobre el pueblo tenían las clases dominantes. no solo a nivel social y económico, sino también en su manera de concebir la relación con el Dios de la Alianza. Observaba el sufrimiento de la gente sencilla y sentía dolor por las situaciones equivocadas, injustas y perversas que lo producían.

El episodio, que todos conocemos muy bien, está prologado por la aparición de Juan en el desierto, bautizando en el Jordán, en frente de Jericó. Personificaba la función del Antiguo Testamento pre­parando el camino al Señor, exhortando a un cambio de vida. El Reinado de Dios, la esperanza del pueblo judío, estaba cerca. era preciso un cambio radical. Juan encarnaba un movimiento de pro­testa ante la situación penosa en que vivía el pueblo. Para él, injus­ticia era todo aquello que se oponía al bien y al desarrollo de las per­sonas y les impedía vivir en plenitud. Al reconocer sus pecados les hacía tomar conciencia de su responsabilidad en la situación en que vivían debido a las injusticias personales, al pecado. La gente, ham­brienta de utopía, salía en masa y expresaba su descontento con la situación. Al bautizarse, reconocían su complicidad con la injusti­cia, consecuencia del pecado, y se comprometían a dejar de practi­carla. Su pasado, su pecado, quedaba sepultado en el agua para comenzar una vida nueva y todos se adherían al proyecto de prepa­rar el camino al Señor para acoger el Reino. Juan bautizaba con agua, pero el Mesías, que venía detrás de él, infundiría el Espíritu que consagraba a la persona en la fidelidad a Dios.

Y en esto apareció Jesús como solidarizándose con el movi­miento de protesta comenzado por Juan y con su exhortación al cambio de vida. Llegaba para comenzar su vida pública y cumplir su misión. Pero su bautismo no significaba una muerte al pasado; él no era cómplice de la situación injusta, por eso no hay confesión de pecados. Cuando se sumergió en el agua estaba expresando su com­promiso de llegar hasta dar la vida, aunque se la arrebataran violen­tamente. en la entrega desinteresada y permanente por el bien de todo ser humano, Y al salir del agua, se rasgó el cielo, bajó el Espíritu y se oyó la voz. En ese momento desaparecía toda frontera entre Dios y Ji ser humano. entre lo divino y lo humano; Dios se daba, se entregaba, se comunicaba a Jesús que se comprometía hasta el fin por el bien de las personas. El Espíritu, la vida de Dios, se posó en El, le ungió; lo que simbolizaba que el lugar natural del Espíritu de Dios. era Jesús que mostraba un amor a la humanidad sin límites. Jesús era el Hijo, el Amado, en Él había puesto el Padre a su favor; era la presencia viva de Dios en la tierra.

Para Luisa la incorporación a Jesucristo que se realiza en el bautismo consistía en la vivencia de un doble movimiento:

  • Su compromiso por el bien de la humanidad hasta la muerte: “Nosotros —escribe— que hemos sido bautizados en Jesucristo hemos sido bautizados en su muerte .Y continuaba: “Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, no ya más pensamientos que en Jesús, en una palabra, no ya más vida que para Jesús y el prójimo, para que en este amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama, para que por este amor cuyo centro es el amor eterno de Dios por sus creaturas, alcance de su bondad las que su misericordia quiere concederme. Y concluía: ‘como buenos hijos de Dios, debemos parecernos a El».
  • La nueva vida que se alumbra, «el bautismo, es un nacimiento espiritual que enciende en la persona la vida nueva infundida por el Espíritu la vida de hijos de Dios, hijos en el Hijo, una vida que busca las cosas de arriba, que contribuye a que el Reino de Dios despunte en nuestra tierra. Un día de Pascua, Luisa escribió el siguiente texto: «Mi meditación fue el deseo de resucitar con Nuestro Señal: y corno sin muerte no hay resurrección, vi que eran mis malas inclinaciones las que debían morir v que debía quedar completamente destruida amortiguando toda mi vivacidad interior lo que bien veía no podría yo conseguir por mí misma, pero me pareció que nuestro buen Dios me pedía mi consentimiento, que yo le di por entero, para operar El mismo lo que quería ver en mí”.

Tomando este episodio evangélico corno paradigma que enmar­ca todo el ardor de Luisa por reproducir en su vida a Jesucristo. hemos de constatar que, aunque no se hallaba exenta del efecto del pecado y de la debilidad humana, llegó a alcanzar una actitud para imitarle permanente y una maestría admirables, recibidas como don y gracia de Dios, que la llevaron a configurar toda su vida con Jesucristo. Y hemos de resaltar el hecho de que no solamente llegó a hacer una imitación exterior, llevando a cabo las mismas acciones que hiciera Jesucristo cuando estaba en la tierra; sino que también llegó conseguir, por obra de la gracia en ella, una imitación interior. infusa, es decir, llegó a imitar a Jesucristo en sus sentimientos y en sus virtudes, algo que consiguió por medio de un trabajo espiritual en su interior y por la comunicación que el mismo Jesucristo le hacía de sus virtudes, como lo atestigua el siguiente texto: El lunes, en la Sagrada Comunión, en el momento de recibirla, sentí de pronto la advertencia o deseo de que Nuestro Señor viniera a mi acompañado de sus virtudes para comunicármelas«. El Espíritu agració, a Luisa de Marillac, la colmó de sus dones y por ello. Vicente de Paúl, que la conocía muy bien, pudo decir al poco tiem­po de morir cuando junto a las Hermanas comentaba sus virtudes: «De ella se puede decir lo que decía San Pablo, ‘ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi».

Y, de nuevo, encontramos el deseo y el atractivo como motiva­ción e impulso: «Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarla e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos, ya que en algu­na lectura he aprendido que nos había enseñado la caridad para suplir la impotencia en que estamos de rendir ningún servicio a su persona, y esto ha penetrado en mi corazón de manera especial y mor íntima «.

Sor Carmen Urrizburu, HC

CEME, 2015

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