LA CONSAGRACIÓN EN LUISA DE MARILLAC (I)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana1 Comment

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  1. APROXIMACIÓN AL SIGNIFICADO DE CONSAGRACIÓN

El venero de la búsqueda de Dios atraviesa la historia entera de los hombres mujeres en esta tierra. Una búsqueda a tientas, dinamizada por la fascinación que ejerce lo sagrado en el ser humano, enriquecida por la sabia experiencia de quienes se atreven a ir más allá, a atravesar desiertos y cruzar fronteras, a trascender lo conoci­do e introducirse más y más en el misterio.

Allá en la oscuridad de los tiempos, en un peculiar momento de su evolución, el espíritu humano concibió la realidad separada en dos ámbitos: lo profano y lo sagrado. La persona, en su desvali­miento ante los peligros que le acechaban, seducida por la divinidad, iba a su encuentro para expresar su adoración y para obtener ayuda: lo necesitaba acuciantemente. Y surgió así la necesidad de reservar algunas cosas, lugares, tiempos, personas, y separarlas cuidadosamente de los usos profanos, para cobijarlas en la esfera de lo sagrado. Para ello se establecieron ritos, gestos y fórmulas sacras. Se trataba de dedicar algo a Dios o a su servicio exclusivo, convir­tiéndolo en objete de su propiedad. El lenguaje nombró esa acción que realizaban las personas con la palabra consagrar. Era una mane­ra de concebir la relación con Dios. Se pensaba que con ese proce­der se podía agradar a Dios y conseguir que se pusiera de parte de los hombres, que actuara en su favor.

Pasó el tiempo. Este paradigma, aunque perdió vigencia y fue relegado por otras cosmovisiones, dejó inserto en las nuevas cultu­ras cierto lastre. No desapareció del todo. El ser humano ensanchó el campo de su experiencia espiritual, se adentró en el misterio desde nuevas coordenadas e intuyó que, no solo existía la posibili­dad de consagrar algo a Dios, para agradarle, aplacarle o unirse a Él, sino que Dios mismo, un Dios vivo y cercano, afectaba la reali­dad, miraba, se fijaba, llamaba y convocaba. Se le percibió como Emmanuel, Dios-con-nosotros. Herederos de la espiritualidad hebrea, conocemos la firme convicción del Pueblo de Israel de sen­tirse nación santa, pueblo elegido, preferido, amado, acompañado. corregido y salvado por todo un Dios, el Dios de la alianza, que transformaba su tortuosa historia en historia de salvación y le reve­laba esa forma nueva de consagración. «Escuchad mi voz y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo» (Jer 7,23). Dios, al elegir­lo entre otros pueblos, lo consagraba, establecía alianza con él; y el Pueblo respondía con su aceptación, su entrega, su obediencia, su fe y su alabanza; se consagraba. Era también convicción general que. de entre todos, Dios escogía para sí objetos, lugares y personas para dedicarlos a su culto; y esa dedicación se expresaba con el rito de la unción con el que una piedra para altar, un templo, un rey o un pro­feta quedaban consagrados.

El cambio fundamental en la evolución del significado de con­sagración se dio, al llegar la plenitud de los tiempos, con motivo de la encarnación del Hijo de Dios. Desde ese momento, ya no existi­rá más que una realidad sagrada, la persona de Jesucristo. «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14). En Cristo, Dios asumió indisolublemente la naturaleza humana y a partir de entonces, Él era la presencia santa y sagrada de Dios. «En Él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9).Y así, en la experiencia creyente, fue surgiendo la vivencia de la consagración como la comunión de vida con Cristo, en el Espíritu, que promovía una relación filial con el Padre, obediencia y fe confiada. La reflexión teológica fue poniendo de relieve que, por el bautismo, los cristianos partici­paban de su vida divina por la misma unción del Espíritu. Y por eso. cada bautizado era un consagrado y la comunidad cristiana era con­siderada «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2,9).

Así, poco a poco, fue emergiendo en el argot religioso el con­cepto de consagración que ha llegado a definirse como la acción por la que algo, un objeto, una persona, una realidad humana, una acción se convierte en sagrada. Consagrar es dedicar, ofrecer a Dios por culto, por promesa o por voto, una persona o una cosa.

En la modernidad el concepto, que había surgido en el mundo de lo religioso, saltó a la vida civil y así se puede decir que alguien es un violinista consagrado cuando su dedicación al violín es tan dominante que dedica su vida entera a practicarlo alcanzando por su esfuerzo y maestría un gran dominio del instrumento.

Tomado el significado en su acepción secular o religiosa, la palabra consagración ha sido asociada siempre a otras voces como separación, ascesis, esfuerzo, adiestramiento, práctica de ejercicio, renuncia, donación, entrega, ofrecimiento, dedicación, promesa, voto, etc.. que llevan injertado el significado de buscar con ahínco un fin situándolo como valor supremo de la vida, desearlo con todas las energías que posee la persona, tenerlo presente en el entendi­miento y en la voluntad siempre, determinarse a ejercitar las destre­zas que le ponen en la pista de conseguirlo, en vigilancia constante para que ninguna otra opción legítima le robe la libertad que nece­sita para mantenerse en el camino de alcanzarlo. Consagrarse a Dios implica renunciar a vivir desde uno mismo, buscando en el vivir desde Dios la más plena autonomía y el más amplio desarro­llo. Y esto constituye un modo concreto de estar en el mundo. Cuando una persona vive así, dedicada en cuerpo y alma, entregada por completo, decimos que lleva una vida consagrada.

Sor Carmen Urrizburu,  HC

CEME ,2015

One Comment on “LA CONSAGRACIÓN EN LUISA DE MARILLAC (I)”

  1. en este año del cuatrocientos aniversario de la luz de pentecostés en Santa Luisa me parece muy importante la publicación de estos artículos que nos amplían información y nos ayudan a profundizar en la vida de esta gran mujer. Muchas gracias y que Dios nos siga iluminando.

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