LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (XV)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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ACTITUDES EVANGÉLICAS FUNDAMENTALES DE LA SIRVIENTA DE LOS POBRES: HUMILDAD, SENCILLEZ Y CARIDAD

Se ejercitarán con esmero en la humildad, sencillez y caridad74.

Aquí encontramos por primera vez estas tres actitudes evan­gélicas. No tienen el sentido espiritual y teológico de las con­ferencias de san Vicente a las Hijas de la Caridad de febrero de 1652. Pero aparecen por primera vez en un escrito del señor Vicente.

SENTIDO ECLESIAL

Vicente tiene un profundo sentido jerárquico de la Iglesia. Era consciente que en la diócesis el pastor es el Obispo. Con toda seguridad conocía la constitución Quaecunque promulga­da en 1604 por el Papa Clemente VIII que ponía orden en la baraúnda de cofradías y se daba cuenta que únicamente las aprobadas por el Obispo de la diócesis tenían derecho de ciuda­danía. Por eso su primer paso, una vez redactado el reglamen­to, es acudir al Arzobispo de Lyon, Dionisio Marquemont, para recabar su aprobación. En ausencia del arzobispo de Lyon, apro­bó el reglamento Tomás de Mescatin-la-Faye, oficial y vicario general. Era el 24 de noviembre.

Esta fue la actuación constante, a lo largo de su vida, de Vicen­te de Paúl. Para actuar en una diócesis siempre pedía el consenti­miento del Obispo, para trabajar en la parroquia no podía faltar el permiso del párroco. Estas convicciones jerárquicas estaban pro­fundamente arraigadas en la conciencia de Vicente.

La dimensión jerárquica de la Iglesia conservaba para él todo su valor, y sabe Dios que contó con ella en lo sucesivo. Pero la jerarquía no era ya considerada por él como término, sino como medio, puesto al servicio del pueblo de Dios y, en el corazón de ese pueblo, al servicio de los más pobres.

En Clichy comenzó Vicente a tener la sensación de una reali­dad más profunda: la realidad del pueblo de Dios. Hemos visto cómo Folléville y Chátillon le llevaron a ahondar definitivamen­te en aquella sensación.

Por esta razón, quince días después de la aprobación del reglamento, «el día de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios», el párroco de Chátfllon procedió solemnemente a la erección de la cofradía en la capilla del hospital, en presen­cia del pueblo. Después de explicar desde el púlpito el fin de la asociación, rogó se adelantaran las personas deseosas de formar parte de ella. Presentáronse once mujeres. Cuando el público hubo salido, los miembros de la cofradía, ante tres capellanes y un notario real, procedieron a la elección de las oficiales y del procurador. Es decir, se procede a la erección de la cofradía ante todo el pueblo de Dios. Muy importante este detalle.

Como bastantes otros ámbitos, la eclesiología de Vicente de Paúl, esto es, el concepto que se formaba de la Iglesia, era asom­brosamente moderno, cercano incluso a algunos textos del con­cilio Vaticano II, dice Morin.

La fe de san Vicente fue la fe en una Iglesia, ciudad de los pobres y servidora de los pobres, como la llamó el Vaticano II. Las Conferencias de los Martes, los seminarios, 10 años de inter­vención del señor Vicente en el Consejo de Conciencia: todo ello tuvo por meta, sobre todo, el nombramiento de obispos, la for­mación de sacerdotes y seglares, al objeto de que la Iglesia se mostrarse como la ciudad de los pobres.

CODA FINAL

Una caridad bien organizada, esta es la meta de san Vicente. Y este reglamento, una joya de organización, es buena muestra de ello. Es una pieza clave. En ella se manifiesta el genio orga­nizador de un hombre que amaba a los pobres, que se entregó a ellos y puso toda su pasión por socorrerlos.

Precisa difundir el Evangelio y decir a la gente que Dios la ama. Jesús mismo vino a poner fuego en el mundo, fuego que lo inflame en su amor (Lc 12, 49). Fuego divino, que debe incen­diarlo y consumirlo todo. Una máxima vicenciana lo recapitula admirablemente: «No basta con que yo ame a Dios, si mi próji­mo no le ama». He ahí por qué está invitado cada uno a vivir el amor en lo cotidiano, en grupo, en comunidad. Vivir juntos como si se tuviera un único corazón y una única alma. Es el testimonio más elocuente de toda evangelización. Se trata de ser imagen de la unidad de Dios en la Trinidad.

Si tuviera que resumir al máximo el ardor apostólico que el señor Vicente exigía de los laicos, escogería yo el vocablo «pasión», sinónimo de «celo», y cuyo empleo podría parecer hoy algo inusitado. San Vicente es un apasionado de Dios, y estima que todo cristiano responsable debe, a su vez, experimentar y vivir esa misma pasión.

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

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