LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (XIII)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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EL CONTACTO DIRECTO CON EL ENFERMO O EL POBRE

Es lo más importante. La sirvienta de los pobres es la crea­ción más genial de Vicente de Paúl. Es la figura clave. Sin ella el servicio de los pobres no se podría realizar. Por eso tiene que hacerse con amor y ternura. Servir al pobre es un acto de amor. Por eso ahí tienen que intervenir el orden, la alegría, el cariño, la limpieza, la delicadeza, el servicio minucioso, la atención, el cui­dado, la compañía, la mística. San Vicente escribió páginas geniales, pero hay una que sobresale sobre todas. La encontra­mos en este reglamento de Chatillon. Aquí, en esta página, se cumple perfectamente el cántico a la caridad de san Pablo que dice: «La caridad es paciente, es amable; la caridad no es envi­diosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta».

Leamos esta página salida de la pluma de un genio de la caridad:

«La que esté de día, después de haber tomado todo lo necesa­rio de la tesorera para poder darles a los pobres la comida de aquel día, preparará los alimentos, se los llevará a los enfermos, les saludará cuando llegue con alegría y caridad, acomodará la mesita sobre la cama, pondrá encima un mantel, un vaso, la cuchara y pan, hará lavar las manos al enfermo y rezará el Benedicite, echará el potaje en una escudilla y pondrá la carne en un plato, acomodándolo todo en dicha mesita; luego invitará carita­tivamente al enfermo a comer, por amor de Dios y de su santa Madre, todo ello con mucho cariño, como si se tratase de su pro­pio hijo, o mejor dicho de Dios, que considera como hecho a sí mismo el bien que se le hace a los pobres. Le dirá algunas palabritas sobre Nuestro Señor; con este propósito, procurará alegrarle si lo encuentra muy desolado, le cortará en trozos la carne, le echará de beber, y después de haberlo ya preparado todo para que coma, si todavía hay alguno después de él, lo deja­rá para ir a buscar al otro y tratarlo del mismo modo, acordándo­se de empezar siempre por aquel que tenga consigo a alguna per­sona y de acabar con los que están solos, a fin de poder estar con ellos mas tiempo; luego volverá por la tarde a llevarles la cena con el mismo orden que ya hemos dicho».

La alimentación ha de ser sana, abundante, bien preparada y acomodada a las circunstancias del enfermo, siguiendo las cos­tumbres de la época y de los pueblos de Francia. El reglamento presenta un menú rico en calorías y abundante con materias de tipo casero. A san Vicente no se le escapa detalle alguno:

«Todos los enfermos tendrán el pan que necesiten, con un cuar­to de cordero o de ternera cocida para comer, y otro tanto asado para cenar, excepto los domingos y fiestas, que se les podrá dar pollo o gallina para comer, o darles carne picada a la cena dos o tres veces por semana. Los que no tengan fiebre tendrán un cuar­tillo de vino cada día, mitad para la comida y mitad para la cena.

Los viernes, sábados y demás días de abstinencia tomarán dos huevos, con potaje y un trozo de mantequilla para comer, y otro tanto para cenar, preparando los huevos según su apetito. Y si se encuentra pescado a precio razonable, se les dará solamen­te a la comida. Se les conseguirá permiso para que puedan comer carne en cuaresma y en los demás días prohibidos a los que se encuentren muy enfermos; y a los que por su enfermedad no pue­dan tomar carne, se les preparará caldos, empanadillas, refrescos de cebada y huevos frescos tres o cuatro veces por día».

¿Puede haber algo mejor? Para los pobres hay que elegir lo mejor, los alimentos más sanos de aquellas casas de agricultores: la carne, los huevos frescos, mantequilla, pescado a precio razo­nable, aves de corral, etc. Es difícil encontrar un dietario más completo y mejor redactado. ¿Qué no sería el dietario de hoy? Desde luego, pero no importa. Es un dietario escrito por Vicente de Paúl y aconsejado por las mujeres pertenecientes a la cofradía que, a buen seguro, tenían más experiencia que él.

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

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