LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (IX)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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EL DESARROLLO INTEGRAL DE LA PERSONA: CORPORAL Y ESPIRITUALMENTE. DOBLE DIMENSIÓN DE LA EVANGELIZACIÓN

Puesto que la caridad para con el prójimo es una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios y como uno de los principales actos de la misma es visitar y alimentar a los pobres enfermos, algunas piadosas señoritas y unas cuantas virtuosas señoras de la ciudad de Chátillon-les-Dombes, de la diócesis de Lión, deseando obtener de la misericordia de Dios la gracia de ser verdaderas hijas suyas, han decidido reunirse para asistir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho más bien por falta de orden y de organización que porque no hubiera personas caritativas.

Es un proyecto de desarrollo integral: las sirvientas de los pobres, los laicos asistirán a los pobres «espiritual y corporal­mente». Estos dos adverbios martillean constantemente en la mente de Vicente de Paúl.

El reglamento pone como objetivo de la nueva asociación asistir espiritual y corporalmente, es decir, ayudar al cuerpo y al alma; al cuerpo alimentándolo y medicinándolo, y al alma dis­poniéndola a bien morir en aquellos que están a punto de hacer­lo, y a bien vivir, a los que curen».

Disponer a bien morir y a bien vivir, es un programa que incluye, como veremos la confesión. El primer documento no lo precisa. Sin embargo, la perspectiva de esta acción caritativa es «el gran temible día del Juicio», la «dulce y agradable voz» de Jesús que bendecirá a unos y maldecirá a otros, y la admirable invocación final: «Al juez Padre, Hijo y Espíritu Santo, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos».

El largo reglamento de la misma «caridad» de Chátillon-les-Dombes, escrito en noviembre y diciembre de 1617, es muy pre­ciso en la descripción de las tareas de las sirvientas de la caridad a favor de los pobres, fijando con precisión la intención de la cofradía:

«Lo primero que hará será ver si necesita un camisón blanco para, en ese caso, llevarle uno de la cofradía… Una vez hecho esto, lo hará confesar para que comulgue al día siguiente, ya que es inten­ción de dicha cofradía que confiesen y comulguen todos los que quieran ser asistidos por ella».

El reglamento explicita la asistencia espiritual que se ha de dar a los enfermos y cómo proceder en caso de muerte y enterramiento. Precisa que el fin de la cofradía es asistir a los pobres enfermos y a ellos solos, corporalmente, pero también espiritualmente:

«Y como la finalidad de este instituto no consiste solamente en asis­tir a los pobres en lo corporal, sino también en lo espiritual, las sir­vientas de los pobres procurarán y pondrán todo su interés en dispo­ner para vivir mejor a los que sanen, y a bien morir a los que mueran… Además, convendrá que lean de vez en cuando algún libro devoto…; les exhortarán a soportar la enfermedad con paciencia, por amor de Dios, y a creer que él se la envía para su mayor bien; les harán hacer algunos actos de contrición… y en el caso de que se agra­vase su enfermedad, procurarán que se confiesen lo antes posible. En cuanto a los que estén en peligro de muerte inminente, se encargarán de avisar al señor párroco para que les administre la extremaunción… harán todo esto con un gran celo de cooperar en la salvación de las almas y de llevarlas como de la mano hasta Dios».

No se puede hablar con mayor precisión. Esta exigencia, con respecto a la confesión, es una característica de todas las carida­des. Este reglamento termina pidiendo a la priora que cuando un enfermo abandone «la caridad» que recomiende que alaban a Dios por porque le ha devuelto la salud, que no pasen mucho tiempo en pecado y que se repongan pronto por una santa confe­sión. La confesión está muy bien inserta en el programa de «La Caridad», incluyendo incluso una invitación a la confesión de toda la familia del enfermo».

San Vicente habla de Jesús como quien sirve a los pobres «cor­poral y espiritualmente, curaba a los enfermos… y los instruía en su salvación». Toda obra evangelizadora, siguiendo al mismo Jesu­cristo tiene esta doble dimensión; anuncio del Reino y curación, sanación de enfermos: «Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4, 23).

Ahora bien, ¿cuál es el contenido, qué quiere decir eso de anunciar la Buena Noticia/evangelizar a los pobres, y cómo se lleva a cabo? Por de pronto, con palabras y con obras, sobre todo con obras, como lo hizo Cristo mismo. El mismo Cristo se encontró con un rechazo frontal a sus palabras por parte de diver­sas clases de gentes; pero nunca llegó a comprender, y por eso mostró repetidas veces su sorpresa, cómo era posible que sus obras, que hablaban, por así decirlo, por sí mismas, no conven­cieran sin más a quien las veía, como testimonio evidente del amor de Dios Padre, e incluso se atribuían al poder del Maligno.

«Remediar las necesidades espirituales y corporales de los pobres… es evangelizar con palabras y con obras. Eso es lo que practicó Nuestro Señor».

Acaba de mencionar san Vicente dos términos muy comunes en su lenguaje que, aun siendo muy propios de su tiempo, siguen teniendo un sentido fácilmente comprensible para el lec­tor de hoy: necesidades espirituales y corporales, aunque tal vez hoy sean más comunes y aceptables otras expresiones: aten­ción al hombre entero, promoción integral, y otras equivalentes. Úsense expresiones antiguas o modernas, la acción por los pobres inspirada en san Vicente de Paúl debe tener en cuenta todas las dimensiones de la persona del pobre y no sólo las cor­porales, ni tampoco sólo las espirituales. Pues el pobre es un ser unitario, y no simplemente un compuesto de alma y cuerpo que se pueden separar a placer. Un ser unitario en el que ciertamen­te se pueden distinguir diversos aspectos de necesidad: espiri­tual, económica, cultural, social… A todos esos aspectos debe dirigirse la acción vicenciana según los grados de necesidad de cada uno de ellos.

Entre los varios aspectos, hemos mencionado el social. Todo ser humano, también por supuesto el pobre, es una especie de síntesis y cruce de múltiples contactos con el mundo humano. Aunque hay que admitir la existencia de casos en que el pobre es víctima de sí mismo, con demasiada frecuencia son precisamen­te las relaciones sociales las que hacen del pobre una víctima: escasas o nulas oportunidades de acceso a la enseñanza o al mer­cado de trabajo, legislación social discriminatoria, marginación por parte del resto de la sociedad, salarios de explotación, pen­siones insuficientes… Hay que preguntarse si también a esas relaciones sociales (que en un terreno específico se conocen como políticas) hay que anunciarles el evangelio. La respuesta es claramente afirmativa incluso en la práctica de san Vicente mismo.

Escuchemos esta frase lapidaria de Vicente de Paúl:

«Es un martirio de amor morir por asistir corporal y espiri­tualmente a los miembros vivos de Jesucristo».

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

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