LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (I)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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  1. BREVE HISTORIA DE LAS COFRADÍAS

Desde los primeros siglos del cristianismo las cofradías han servido de marco para la práctica religiosa. La Edad Media cono­ció principalmente las cofradías gremiales, que persisten en el siglo XVII. Cada profesión rinde culto a su patrón y, en conse­cuencia, posee una capilla o un altar en la iglesia parroquial o conventual. Las cofradías, que son normalmente el doble de los gremios, funcionan como sociedades de socorros mutuos, tanto en el plano temporal como en plano espiritual.

Celebran la fiesta patronal, con una misa solemne, seguida de una procesión y un banquete. Organizan con la máxima pompa los funerales de sus miembros y procuran decir misas por el des­canso eterno de sus propios difuntos. Socorren a los cofrades enfermos y en necesidad.

Los recursos proceden de las cotizaciones de los miembros de la cofradía, por los derechos de entrada de los aprendices o los compañeros promovidos a la maestría, de las ofrendas y de las multas sancionando las infracciones.

El fenómeno de la multiplicación de las cofradías es estudiado por Jean Delumeau1 sobre todo en el capítulo VI de su obra dedi­cado al «culto de los santos y sociabilidad». Hace una descrip­ción amplia de la multiplicación de las cofradías en los siglos XV, XVI y XVII en Occidente. No menciona nunca a las cofradías vicencianas, lo cual no deja de ser extraño, como así lo afirma la misma Alexandrette Buguelli. Afirma que la extensión y multi­plicación de las cofradías obedece a un fenómeno a la vez aso­ciativo y religioso, pero no puede perderse de vista también la búsqueda de seguridad frente a la inseguridad que proporcionan las enfermedades, las pestes, las hambrunas, las guerras, o el futuro, tanto temporal como después de la muerte.

Juegan un papel importante tanto en la vida social como en la religiosa de las ciudades y contribuyen, a pesar de sus aspectos mundanos, como banquetes y cortejos, al enraizamiento de la fe católica. Rara era la parroquia que no tenía una o varias cofradías.

Precisamente contra esos excesos mundanos luchó la Iglesia, como afirma J. Delumeau: «La Iglesia tridentina ha luchado contra las estructuras antiguas de solidaridad, en la medida que en que se les escapaba en parte de sus manos. Se constata en Francia, durante los últimos siglos del Antiguo Régimen, un movimiento hostil a los «reinados», que la célebre Compañía del Santísimo Sacramento hubiera deseado abolir por todas par­tes. Se llamaba «reinado», o «reino», a la puesta en marcha de la puja anual de los títulos (rey, reina, mayordomo, etc) por el párroco. Estos dignatarios eran los encargados de organizar las fiestas patronales, las procesiones, o las representaciones de misterios, etc».

En 1581 el concilio provincial de Rouen se queja en estos términos: «Aunque nacieron de la piedad y de la devoción, las cofradías y asociaciones de caridad y otras ahogan y desfiguran la religión en la Iglesia, malgastan sus bienes y engañan a las gentes». Así el concilio de Rouen impone el control del obispo y la subordinación a los párrocos, prohíbe los ritos en los que se concurren los oficios parroquiales —agua bendita, pan bendito, sermones— condena sin paliativos los banquetes: todas esta medidas se encuentran poco más o menos por todas partes en aquella época en diferentes diócesis de la catolicidad4.

Para remediar muchos de estos males, en 1604 el Papa Cle­mente VIII publicó la constitución Quaecunque que trata de poner orden en la baraúnda de cofradías, porque había un peligro de desviación doctrinal y espiritual y sobre todo para eliminar los aspectos mundanos de los que adolecían muchas de ellas. En teoría solamente las cofradías aprobadas por el obispo tenían derecho de ciudadanía. Pero no siempre la vigilancia de los obis­pos era eficaz.

Los rasgos más característicos de las cofradías son los siguientes: Se mantenían de las cotizaciones de sus miembros y de la generosidad de los fieles. Todas tenían un reglamento en los cuales se señala los ejercicios piadosos que se debían realizar, y la práctica de los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía. Todas tienen un patrón que celebran con toda solemnidad

Quien las dirige es el clero parroquial y el regular, como los dominicos, capuchinos, carmelitas, jesuitas. La mayor parte de ellas son cofradías de piedad: celebran el culto y trabajan por la santificación de cada uno de sus miembros.

El Diccionario de Gran Siglo, en la palabra Confrerie, divide las cofradías del siglo XVII en varias categorías:

  1. Aquellas que siguen todavía un modelo medieval y tienen una finalidad práctica. Son las cofradías de San Roque y San Sebastián que protegen a sus miembros de las epidemias. Conocieron una gran difusión en la guerra de los treinta años (1618-1648).
  2. Las cofradías de San José, padre nutricio de Cristo y patrón de la buena muerte. Su florecimiento tuvo lugar hacia la mitad del siglo XVII y fueron promovidas princi­palmente por carmelitas y oratorianos.
  3. Las cofradías de San Cristóbal, que preservaban de la muerte repentina.
  4. Hay otro tipo de cofradías orientadas a la devoción de la Virgen y a dignificar su culto como las cofradías del Rosa­rio (Dominicos), las cofradías de la Asunción, etc.
  5. Una de las más significativas fue la cofradía o Compañía del Santísimo Sacramento, a la que perteneció san Vicen­te de Paúl, fundada en 1630 por el duque de Ventadour, Henri de Lévis. Desapareció en 1666. Fue una de las más influyentes. Trató de reformar la iglesia de Francia, las costumbres, el clero, las congregaciones religiosas, etc. Tenía un carácter muy conservador y puritano que chocó fuertemente con aquella sociedad.
  6. Por lo demás hubo cofradías de piedad, de caridad, de penitentes.

En conclusión dice Michel Pernot: «La reforma católica del siglo XVII, echando las raíces de su acción en el viejo tronco de las devociones medievales, ha tejido en la superficie del reino una red cerrada de cofradías que han constituido las células de base de la sociedad cristiana querida por los padres de Trento y el lugar privilegiado de las devociones colectivas».

Alexandrette Buguelli afirma: «Desde el fin de la Edad Media su gran número contribuía a crear redes de solidaridad, que se hacía cada vez más necesarias ante las hambrunas, las enferme­dades y las guerras. La reforma tridentina favoreció su desarrollo.

Las cofradías de penitentes de todos los colores fueron extrema­damente numerosas, los Blancos y los Negros predominan en el Midi. Se dedican al servicio de los prisioneros, de los esclavos de Berbería, de los hospitales, de los pobres. De este modo las cofradías del Rosario (fundadas por los dominicos en Alsacia) y las del Santísimo Sacramento, se extendieron en toda Francia. Las cofradías reagrupan a todas las capas de la sociedad, y las mujeres no estaban ausentes de ellas. En Lille, entre 1635 y 1645, dos mil novecientas treinta y cinco personas se registraron en la cofradía del Santísimo Sacramento, de las que mil nove­cientas noventa y siete eran mujeres y noventa y siete jóvenes no casadas6.

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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