La ancianidad vista desde la Biblia y el magisterio de la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana1 Comment

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Author: María Ángeles Infante, H.C. · Year of first publication: 2011 · Source: Anales.

Jornadas de formación para hermanas acompañantes de hermanas mayores (Los Almendros, marzo de 2011)


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I.- Introducción

Somos muchas las Hijas de la Caridad mayores en el momento presente de la vida de la Compañía. Es un hecho bien visible que se inserta en el conjunto de los acontecimientos que estamos presenciando en nuestro mundo. No somos algo excepcional. Vivimos en una sociedad en la que aumenta el número de ancianos de forma bastante notoria. Las conquistas de la ciencia, las mejoras en las condiciones de habitabilidad y alimentación, así como los progresos de la medicina han contribuido a ello. Este hecho reta a la Iglesia a reflexionar sobre el hecho y revisar la pastoral de la tercera edad. Dada la prolongación de la vida en los últimos años, se habla ya de Tercera Edad para los mayores comprendidos entre los 65 y 80 años, y Cuarta Edad para las personas con más de 80 años. Los especialistas en Pastoral de personas mayores buscan formas y métodos nuevos que correspondan mejor a sus necesidades y expectativas afectivas, físicas y espirituales. Todas las Conferencias episcopales occidentales están elaborando criterios pastorales para esta etapa de la vida, fundamentados en la defensa de la vida, su significado y su destino. Esos criterios pretenden estimular a los mayores, y particularmente a los consagrados, a que aporten cuanto puedan a la misión de la Iglesia. De esta manera cuantos les acompañamos pastoralmente, hemos de ayudarles a vivir con optimismo y esperanza esta etapa del atardecer de la vida.

Sabemos que la «Tercera edad» abarca una parte considerable de la población mundial. Según estudios del Departamento de población y asuntos económico-sociales de Naciones Unidas del año 2000, se prevé un aumento considerable de personas ancianas. De los 66 millones de ancianos de más de ochenta años, presentes en el mundo en el año 2000, pasaremos a 370 millones en el año 2050 y habrá entre ellos 2,2 millones de centenarios. La prolongación de la vida media, por un lado, y la disminución, a veces dramática, de la natalidad, por otro, están produciendo un cambio demográfico sin precedentes. El fenómeno, que comenzó durante los años setenta en los países del hemisferio norte, llega ahora también a las naciones del hemisferio sur, donde el proceso de envejecimiento es todavía más rápido.

Esta especie de «revolución silenciosa» supera de lejos los datos demográficos y plantea problemas de orden social, económico, cultural, psicológico y religioso. El alcance de estas cuestiones es objeto, desde hace algún tiempo, de una esmerada atención por parte de la Comunidad internacional. La Asamblea mundial de las Naciones Unidas, celebrada en Viena (Austria) del 26 de julio al 6 de agosto de 1982, versó sobre el envejecimiento de la población. Entonces se elaboró un Plan de acción internacional que sigue siendo hoy un punto de referencia a nivel mundial. Después se han realizado ulteriores estudios que han llevado a la definición de Los principios de las Naciones Unidas para los ancianos (Son 18 y están repartidos en cinco grupos: independencia, participación, atención, realización personal y dignidad). La aplicación de estos principios ha sido el tema de la quinta revisión del Plan internacional de acción, en la Asamblea de las Naciones Unidas, dando lugar a los «Objetivos globales relativos al envejecimiento».

En la ONU se tomó la decisión de dedicar a los ancianos una Jornada mundial cada año cuya celebración se asignó al 1 de octubre. A la vez se declaró el año 1999 como Año Internacional de los Ancianos, celebrado bajo el lema: «Hacia una sociedad para todas las edades».1 La Iglesia ha permanecido muy atenta a esta evolución.

Con motivo de la celebración del Año Internacional de los Ancianos en 1999, la Santa Sede hizo escuchar la voz del Papa, tanto en el campo de la reflexión como en el de la acción. La Carta de Juan Pablo II a los ancianos es un referente magnífico, además de la Instrucción del Pontificio Consejo para los Laicos titulada: La dignidad del anciano y su misión en la Iglesia y el mundo. Esta Instrucción insiste en el respeto a la dignidad y a los derechos fundamentales de la persona anciana y, con la convicción de que los ancianos tienen aún mucho que dar a la vida social, desea que se afronte la cuestión con un gran sentido de responsabilidad por parte de todos: individuos, familias, asociaciones, gobiernos y organismos internacionales, según las competencias y deberes de cada cual y de acuerdo con el principio, tan importante, de subsidiariedad. Sólo así se podrá perseguir el objetivo de garantizar al anciano condiciones de vida siempre más humanas y dar valor a su papel insustituible en una sociedad en continua y rápida transformación económica y cultural.

Además, en noviembre del año 2007, el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud dedicó unas Jornadas sobre la problemática de los ancianos y sus posibilidades misioneras. Las intervenciones y estudios de estas Jornadas constituyen una de las fuentes de la reflexión que vamos a compartir. El Magisterio de la Iglesia, lejos de considerar la situación de los ancianos como un mero problema de asistencia y de beneficencia, ha insistido siempre en la importancia de valorar a las personas mayores cuya experiencia y la sabiduría acumuladas durante la vida son fuente de riqueza humana y espiritual para todos.

El Papa Juan Pablo II el 23 de marzo de 1984 en una audiencia a unos ocho mil ancianos dejó constancia de la preocupación de la Iglesia por los mayores: «No os dejéis sorprender por la tentación de la soledad interior. A pesar de la complejidad de vuestros problemas […], las fuerzas que progresivamente se debilitan, las deficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislación oficial y las incomprensiones de una sociedad egoísta, no estáis ni debéis sentiros al margen de la vida de la Iglesia, o elementos pasivos en un mundo en excesivo movimiento, sino sujetos activos de un período humana y espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tenéis todavía una misión que cumplir«.2

Nosotras tenemos el deber de ayudar a nuestras Hermanas mayores a asumir y vivir esta misión con espíritu evangélico. Este es el objetivo de las presentes Jornadas: dar respuesta a las llamadas de la Iglesia y hacer realidad lo que nos pide la C. 35: «Las Hermanas enfermas y las mayores son parte activa de la misión por su oración, la ofrenda de sus sufrimientos y su testimonio de vida. La Comunidad las rodea de cuidados y afecto y les ayuda a aceptar, con paz y serenidad, sus limitaciones de edad y salud como una forma de servicio». Con nuestras Hermanas mayores, recordamos que todas somos Hijas de Dios, por eso volvemos hoy nuestra mirada a la Palabra de Dios recordando lo que nos dice la Sagrada Escritura sobre la ancianidad. Somos también Hijas de la Iglesia, por tanto, seguidamente reflexionaremos sobre lo que el reciente Magisterio de la Iglesia nos dice en torno a este tema.

II.- El anciano en la Biblia

La ancianidad no es el final ni el agotamiento de la vida espiritual, al contrario, es una reserva de riquezas, de experiencias, de capacidades para captar lo esencial e importante para nuestras vidas. Como Iglesia, debemos crear las oportunidades y alentar la manifestación de esta vitalidad, muchas veces callada, pero indispensable para los miembros que somos más jóvenes. Necesitamos encontrar nuevos motivos que den a los ancianos de nuestras familias y comunidades cristianas plenitud a lo «cotidiano». Toda persona posee una creatividad insospechada y casi ilimitada: ¡Hemos sido creados a imagen de Dios! Debemos favorecer esta creatividad en todas las etapas de la vida, mirando a la Palabra de Dios.

Ella nos aporta la luz de la verdad para sondear la plena dimensión espiritual, moral y teológica de esta etapa de la vida. La Sagrada Escritura considera la vejez como un don que se renueva y que debe ser vivido cada día en la apertura a Dios y al prójimo. Ya en el Antiguo Testamento se considera al anciano sobre todo como un maestro de vida: «¡Qué bien dice la sabiduría a los ancianos…! La corona de los ancianos es su rica experiencia, y el temor del Señor, su gloria» (Eclo 25, 7-8).

Además, el anciano tiene otra importante tarea: transmitir la Palabra de Dios a las nuevas generaciones: «Con nuestro oído, ¡oh Dios!, hemos oído; nos contaron nuestros padres la obra que tú hiciste en sus días» (Sal 44, 2). Al anunciar a los jóvenes la propia fe en Dios, él conserva la fecundidad de espíritu, que no decae con el declive de las fuerzas físicas: « En la vejez seguirá dando frutos, se mantendrá lozano y frondoso, para proclamar qué justo es el Señor, mi Roca, en quien no existe la maldad» (Sal 92, 15-16).

A estas tareas de los ancianos, corresponden los deberes de los jóvenes, o sea, el deber de escucharles: «No desprecies las sentencias de los ancianos» (Eclo 8, 11), «pregunta a tu padre, y te enseñará; a tus ancianos, y te dirán» (Dt 32, 7); y el de asistirles: «Hijo, acoge a tu padre en su ancianidad, y no le des pesares en su vida. Si llega a perder la razón, muéstrate con él indulgente y no le afrentes porque estés tú en plenitud de fuerza» (Eclo 3, 14-15).

No menos rica es la enseñanza del Nuevo Testamento, donde San Pablo presenta el ideal de vida de los ancianos mediante consejos «evangélicos» muy concretos sobre la sobriedad, dignidad, buen sentido, seguridad en la fe, en el amor y en la paciencia (cf. Tit 2, 2). Un ejemplo muy significativo es el del anciano Simeón, vivido en la espera y en la esperanza del encuentro con el Mesías, y para quien Cristo pasa a ser la plenitud de la vida y la esperanza del futuro para él y para todos los hombres. Al estar preparado con fe y humildad, sabe reconocer al Señor y canta con entusiasmo no una despedida de la vida, sino un himno de gracias al Salvador del mundo, en el umbral de la eternidad (cf. Lc 2, 25-32).

Veamos algunos puntos de referencia bíblicos, importantes e iluminadores para nuestra situación actual:

1) Respeto al anciano (Lv 19,32)

En la Escritura, la estima del anciano se transforma en ley: «Ponte en pie ante las canas, […] y honra a tu Dios» (ibid.). Además: «Honra a tu padre y a tu madre» (Dt 5,16). Una delicadísima exhortación en favor de los padres, especialmente en la edad senil (Eclo 3, 1-16). El texto del Eclesiástico termina con una afirmación muy grave: «Quien desampara a su padre es un blasfemo, un maldito del Señor quien maltrata a su madre». Es preciso, pues, hacer todo lo posible para detener la tendencia a ignorar a los ancianos y a marginarlos, «educando» a las nuevas generaciones para la integración y la convivencia. Jóvenes, adultos y ancianos nos necesitamos y nos enriquecemos mutuamente.

2) Conexión con el pasado:

El Salmo 44 afirma: «Nuestros antepasados nos contaron la obra que realizaste en sus días, en los tiempos antiguos» (Sal 44 [43], 2). Las historias de los patriarcas son particularmente elocuentes al respecto. Cuando Moisés vive la experiencia de la zarza ardiente, Dios se le presenta así: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3,6). Dios pone su propio nombre junto al de los grandes ancianos que representan la legitimidad y la garantía de la fe de Israel. El hijo, el joven encuentra a Dios siempre a través de los padres, de los ancianos.

En el pasaje de Moisés mencionado, junto al nombre de cada patriarca aparece la expresión «Dios de…», para significar que cada uno de ellos vivía su propia experiencia de Dios. Y esta experiencia, que era el patrimonio de los ancianos, era también la razón de su juventud espiritual y de su serenidad ante la muerte. Paradójicamente, el anciano que transmite lo que ha recibido es quien esboza el presente; en un mundo que ensalza una eterna juventud, sin memoria y sin futuro, esto es una llamada y un motivo para reflexionar.

3) La ancianidad como posibilidad de esperanza y vida plena:

De nuevo los salmos nos lo advierten. «En la vejez seguirán dando fruto» (Sal 92 [91], 15). La potencia de Dios se puede revelar en la edad senil, incluso cuando ésta se ve marcada por límites y dificultades. «Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo. De este modo, nadie puede presumir delante de Dios» (1 Cor 1,27-28). El designio de salvación de Dios se cumple también en la fragilidad de un cuerpo anciano, débil e impotente. Así, del vientre estéril de Sara y del cuerpo centenario de Abrahán nace el Pueblo elegido (cf. Rom 4,18-20). Y del vientre estéril de Isabel y de un viejo cargado de años, Zacarías, nace Juan el Bautista, precursor de Cristo. Incluso cuando la vida se hace más débil, el anciano tiene motivos para sentirse instrumento de la historia de la salvación: «Le haré disfrutar de larga vida, y le mostraré mi salvación» (Sal 91 [90], 16), promete el Señor.

4) Consideración sobre la fugacidad de la vida:

El libro sapiencial del Eclesiástico nos recuerda: «Ten en cuenta a tu Creador en los días de tu juventud, antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años de los que digas: «No me gustan»» (Eclo 12,1). Este enfoque bíblico de la vejez impresiona por su objetividad. Además, como recuerda el salmista, la vida pasa en un soplo y no siempre es suave y sin dolor: «Setenta años dura nuestra vida, y hasta ochenta llegan los más fuertes; pero sus afanes son fatiga inútil, pues pasan pronto, y nosotros nos desvanecemos» (Sal 90 [89], 10). Las palabras de Qohélet -que hace una larga descripción, con imágenes simbólicas, de la decadencia física y de la muerte- pintan un triste retrato de la vejez. La Escritura nos llama aquí a no hacernos ilusiones acerca de una edad que lleva a malestares, problemas y sufrimientos. Y nos recuerda que debemos mirar hacia Dios durante toda la existencia, porque Él es el punto de llegada hacia el cual hemos de dirigirnos siempre, pero sobre todo en el momento del miedo que sobreviene cuando se vive la vejez como un naufragio.

5) Llamada a tener presente el carácter sagrado de la muerte:

Abrahán expiró; murió en buena vejez, colmado de años, y fue a reunirse con sus antepasados (Gn 25,7. Este pasaje bíblico tiene gran actualidad. El mundo contemporáneo ha olvidado la verdad sobre el valor de la vida humana -verdad grabada por Dios, desde el principio, en la conciencia del hombre-, y, con ella, el sentido pleno de la ancianidad y la muerte. La muerte ha perdido su carácter sagrado, su significado de paso, de puerta que se abre a la comunión con Dios y nuestros progenitores en la fe. Se ha transformado en tabú: se hace lo posible para que pase desapercibida. Su telón de fondo también ha cambiado: se muere cada vez menos en casa y más en el hospital o en una institución, lejos de la familia o de la propia comunidad. En muchos casos ya no se usan los rituales del pésame y ciertas prácticas de piedad. El hombre actual está como anestesiado ante la muerte; hace lo posible por no afrontar su realidad que le produce turbación, angustia y miedo. Con ello se queda inevitablemente solo ante la propia muerte.

Pero el Hijo de Dios hecho hombre trastocó en la cruz el significado de la muerte. Él nos ha abierto de par en par las puertas de la esperanza: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá» (Jn 11,25-26). A la luz de estas palabras, la muerte -que ya no es condena, ni necia conclusión de la vida en la nada- se revela como el tiempo de la esperanza viva y cierta del encuentro cara a cara con el Señor.

6) La ancianidad tiempo de verdadera sabiduría de la vida:

De nuevo el libro de los Salmos nos enseña a ver y a orar. «Enséñanos a calcular nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio» (Sal 90 [89], 12). Uno de los «carismas» de la longevidad, según la Biblia, es la sabiduría, aunque no es una prerrogativa automática de la edad. Es un don de Dios que el anciano debe acoger y proponerse como meta, para alcanzar esa sabiduría del corazón que permite «saber contar los propios días», es decir, vivir con sentido de responsabilidad el tiempo que la Providencia concede a cada cual. Núcleo de esta sabiduría es el descubrimiento del sentido más profundo de la vida humana y del destino trascendente de la persona en Dios. Y si esto es importante para el joven, con mayor razón lo es para el anciano, llamado a orientar su propia vida de cara a la «única cosa necesaria» (cf. Lc 10,42).

7) La ancianidad tiempo para la confianza en Dios:

«A ti, Señor, me acojo; no quede yo avergonzado para siempre» (Sal 71 [70], 1). Este salmo, que destaca por su belleza, es sólo una de las muchas oraciones de ancianos que encontramos en la Biblia. Es un bello testimonio de los sentimientos religiosos del alma orante del anciano/a. La oración es el camino real para una comprensión de la vida según el espíritu, propia de las personas mayores. La ancianidad es la época privilegiada para la Confianza y el abandono en Dios.

La oración es un servicio, un ministerio que los mayores, las Hermanas ancianas, pueden ejercer para bien de toda la Iglesia y del mundo. Incluso las más enfermas, o inmovilizadas, pueden orar y ofrecer. La oración es su fuerza, el aliento de su vida. A través de la oración participan en los dolores y en las alegrías de los demás, y pueden romper la barrera del aislamiento y salir de su condición de impotencia. Un anciano agotado, en su cama, es como un monje, un ermitaño: con su oración puede abrazar al mundo entero. Parece imposible que una persona que haya vivido en plena actividad pueda volverse contemplativa. Recordemos la experiencia de Santa Luisa de Marillac, san Vicente de Paúl, P. Arrupe, Sor Rosalía Rendu, santa Catalina Labouré y tantos otros…

III.- Magisterio de la Iglesia sobre los ancianos

El mensaje del Papa Juan Pablo II a la Asamblea Mundial sobre «Los problemas del envejecimiento de la población», organizada por las Naciones Unidas y celebrada en Viena en julio 1982, contiene una doctrina muy actual para nuestro tiempo. El Papa con fuerza y singular energía, además de ofrecer una visión de la ancianidad según la Sagrada Escritura, habló de los siguientes aspectos:

Visión humana y cristiana de la vejez:

Los temas mencionados manifiestan ya que no se trata de problemas abstractos o solamente técnicos, sino más bien del destino de personas humanas, con su historia particular, hecha de raíces familiares, de lazos sociales, de éxitos o de fracasos profesionales que han marcado o marcan todavía su existencia. A vuestra importante Asamblea, volcada sobre estas realidades para profundizarlas y para encontrarlas concretas y juiciosas, la Iglesia querría ofrecer la contribución de su reflexión, de su experiencia y de su fe en el hombre. Prácticamente, ella os propone su visión humana y cristiana de la vejez, su convicción a propósito de la familia o de instituciones de tipo familiar como los lugares más favorables para la realización de las personas ancianas, y su apoyo en el interés de la sociedad moderna al servicio de las generaciones ancianas.

La vejez, una fase natural de la vida

Yo me acuerdo con emoción del encuentro con los ancianos, en noviembre de 1980, en la catedral de Munich. Yo puse de relieve entonces que la vejez humana es una etapa natural de la existencia y que, generalmente, debe ser la coronación de la misma. Esta visión supone, evidentemente, que la vejez -cuando uno llega a la misma- sea comprendida como un elemento que tiene su valor particular en el seno de toda la vida humana, y requiere, igualmente, una concepción exacta de la persona que es a la vez cuerpo y alma.

Dignidad de la persona. Respeto a la vida

La vida es, en verdad, un don de Dios a los hombres, creados a su imagen y semejanza. Esta comprensión de la dignidad sagrada de la persona humana conduce a dar un valor a todas las etapas de la vida. Es una cuestión de coherencia y de justicia. Es, en efecto, imposible apreciar, en verdad, la vida de un anciano sin apreciar, en verdad, la vida de un niño desde el comienzo de su concepción. Nadie sabe hasta dónde se podría llegar si la vida no fuese respetada como un bien inalienable y sagrado.

Eutanasia. Muerte digna

Es necesario, pues, asegurar firmemente, con la Congregación para la Doctrina de la Fe, en su declaración sobre la eutanasia, del 5 de mayo de 1980, que, «nada ni nadie puede autorizar la supresión de la vida de un ser inocente, feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante… Hay en ello la violación de la ley divina, ofensa a la dignidad de la persona humana, crimen contra la vida, atentado contra la humanidad». Y es muy oportuno añadir también lo que la misma declaración decía sobre el empleo de los medios terapéuticos «Hoy día es muy importante proteger, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepción cristiana de la vida contra un tecnicismo que corre el riesgo de tornarse abusivo.»

Muerte con dignidad y serenidad

La muerte forma parte de nuestro horizonte humano y le imprime su verdadera y misteriosa dimensión. El mundo moderno, sobre todo en Occidente, tiene necesidad de aprender a reintegrar la muerte en la vida humana. ¿Quién no puede desear para sus semejantes y desear para sí mismo el aceptar y asumir este postrer acto de la existencia terrena en la dignidad y la serenidad, sin duda alguna posible para los creyentes?

Aspectos positivos de la vejez

Es el tiempo en el que los hombres y las mujeres pueden recoger la experiencia de toda su vida, hacer la separación entre lo accesorio y lo esencial, alcanzar un nivel de gran sabiduría y de profunda serenidad. Es la época en la que disponen de mucho tiempo, e incluso de todo su tiempo, para amar el entorno habitual u ocasional con un desinterés, una paciencia y una alegría discreta, de lo que tantos ancianos dan ejemplos admirables. Constituye también, para los creyentes, la feliz posibilidad de meditar sobre los esplendores de la fe y de orar más. La fecundidad de estos valores y su supervivencia están unidas a dos condiciones inseparables. La primera requiere de las mismas personas ancianas que acepten profundamente su edad y estimen sus posibles recursos. La segunda condición concierne a la sociedad de hoy. Necesita hacerse capaz de reconocer los valores morales, afectivos, religiosos que habitan en el espíritu y en el corazón de los ancianos y necesita trabajar en favor de su inserción en nuestra civilización que sufre un desfase inquietante entre su nivel técnico y su nivel ético.

Al terminar su Mensaje a la Asamblea de la ONU, el Papa expuso algunas líneas de acción propias de nivel político internacional y otras de nivel más inmediato y directo:

  • proteger su dignidad y su vida hasta su fin natural, proveyendo los cuidados paliativos;
  • instar al anciano a conservar su autosuficiencia y movilidad hasta donde le sea posible;
  • promover una cultura social donde se dé lugar al anciano y se eduque así a la sociedad, tanto en los niveles elementales como en los profesionales;
  • animar al anciano a comprender la evolución de la sociedad actual e instarlo a que no se sienta ajeno a ella con pesimismo y rechazo;
  • educar al anciano para el uso de los adelantos tecnológicos elementales en el ramo de la comunicación e información;
  • favorecer una imagen positiva del anciano en sí mismo y desterrar de los medios de comunicación falsos estereotipos;
  • promover una educación intergeneracional de manera que los ancianos enseñen a los jóvenes y éstos a los ancianos en mutuo intercambio.

Finalmente, en el Mensaje de la Cuaresma del año 2005, poco antes de su muerte, el Papa Juan Pablo II nos hacía esta llamada sobre la valoración de esta etapa de la vida y las posibilidades de la ancianidad, reflejando, sin duda su propia experiencia: El mayor tiempo a disposición en esta fase de la existencia, brinda a las personas ancianas la oportunidad de afrontar interrogantes existenciales, que quizás habían sido descuidados anteriormente por la prioridad que se otorgaba a cuestiones consideradas más apremiantes. La conciencia de la cercanía de la meta final, induce al anciano a concentrarse en lo esencial, en aquello que el paso de los años no destruye.

Es precisamente por esta condición, que el anciano puede desarrollar una gran función en la sociedad. Si es cierto que el hombre vive de la herencia de quien le ha precedido, y su futuro depende de manera determinante de cómo le han sido transmitidos los valores de la cultura del pueblo al que pertenece, la sabiduría y la experiencia de los ancianos pueden iluminar el camino del hombre en la vía del progreso hacia una forma de civilización cada vez más plena.

¡Qué importante es descubrir este recíproco enriquecimiento entre las distintas generaciones! La Cuaresma, con su fuerte llamada a la conversión y a la solidaridad, nos ayuda este año a reflexionar sobre estos importantes temas que atañen a todos. ¿Qué sucedería si el Pueblo de Dios cediera a una cierta mentalidad actual que considera casi inútiles a estos hermanos nuestros, cuando merman sus capacidades por los achaques de la edad o de la enfermedad? ¡Qué diferentes serán nuestras comunidades si, a partir de la familia, trataremos de mantenernos siempre con actitud abierta y acogedora hacia ellos!

La Iglesia es, de hecho, el lugar donde las distintas generaciones están llamadas a compartir el proyecto de amor de Dios en una relación de intercambio mutuo de los dones que cada cual posee por la gracia del Espíritu Santo. Un intercambio en el que los ancianos transmiten valores religiosos y morales que representan un rico patrimonio espiritual para la vida de las comunidades cristianas, de las familias y del mundo. Además, la tercera edad parece favorecer una apertura especial a la trascendencia. Esta tarea es fundamental en nuestra vida y misión: ayudar a descubrir con fuerza la misericordia entrañable de Dios. El conocimiento de la Escritura, la profundización de los contenidos de nuestra fe, la meditación sobre la muerte y resurrección de Cristo, ayudarán a cada Hermana mayor a superar la relación con Dios de temor, que nada tiene que ver con su amor de Padre.

Es deber de la Iglesia motivar a los ancianos para que adquieran una viva conciencia de la tarea que tienen también ellos de transmitir al mundo el Evangelio de Cristo, revelando a todos el misterio de su perenne presencia en la historia. Y hacerlos también conscientes de la responsabilidad que se desprende para ellos de ser testigos privilegiados -ante la comunidad humana y cristiana- de la fidelidad de Dios, que mantiene siempre sus promesas al hombre. La pastoral con los ancianos debe estar enfocada hacia el desarrollo de la espiritualidad que caracteriza esa edad, es decir, la espiritualidad de ese continuo renacer que Jesús mismo indica al anciano Nicodemo, invitándolo a que no se deje detener por la vejez y se empeñe a renacer, en el Espíritu, a una vida siempre nueva, llena de esperanza, porque «lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es espiritual» (Jn 3,5).

El Papa Benedicto XVI en su visita a Inglaterra visitó la residencia de ancianos San Pedro, a cargo de las Hermanitas de los Pobres de santa Juana Jugan, y ofreció una hermosa síntesis del Magisterio de la Iglesia sobre los ancianos, aplicando la doctrina a la realidad actual. «La Iglesia -dijo el Pontífice- ha tenido siempre un gran respeto por los ancianos. El cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te ha mandado», está unido a la promesa «que se prolonguen tus días y seas feliz en la tierra que el Señor tu Dios te da». Esta obra de la Iglesia por los ancianos y enfermos no sólo les brinda amor y cuidado, sino que también Dios la recompensa con las bendiciones que promete a la tierra donde se observa este mandamiento. Dios quiere un verdadero respeto por la dignidad y el valor, la salud y el bienestar de las personas mayores y, a través de sus instituciones caritativas en el Reino Unido y otras partes, la Iglesia desea cumplir el mandato del Señor de respetar la vida, independientemente de su edad o circunstancias».

«La vida es un don único, en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, y Dios es el único para darla y exigirla. Puede que se disfrute de buena salud en la vejez; aun así, los cristianos no deben tener miedo de compartir el sufrimiento de Cristo, si Dios quiere que luchemos con la enfermedad», subrayó. «Mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, sufrió de forma muy notoria en los últimos años de su vida. Todos teníamos claro que lo hizo en unión con los sufrimientos de nuestro Salvador. Su buen humor y paciencia cuando afrontó sus últimos días fueron un ejemplo extraordinario y conmovedor para todos los que debemos cargar con el peso de la avanzada edad».

«En este sentido, estoy entre vosotros no sólo como un padre, sino también como un hermano que conoce bien las alegrías y fatigas que llegan con la edad», afirmó el Papa. «Nuestros largos años de vida nos ofrecen la oportunidad de apreciar, tanto la belleza del mayor don que Dios nos ha dado, el don de la vida, como la fragilidad del espíritu humano. A quienes tenemos muchos años se nos ha dado la maravillosa oportunidad de profundizar en nuestro conocimiento del misterio de Cristo, que se humilló para compartir nuestra humanidad».

«A medida que el curso normal de nuestra vida crece, con frecuencia nuestra capacidad física disminuye; con todo, estos momentos bien pueden contarse entre los años espiritualmente más fructíferos de nuestras vidas. Estos años constituyen una oportunidad de recordar en la oración afectuosa a cuantos hemos querido en esta vida, y de poner lo que hemos sido y hecho ante la misericordia y la ternura de Dios. Ciertamente esto será un gran consuelo espiritual y nos permitirá descubrir nuevamente su amor y bondad en todos los días de nuestra vida», concluyó el Santo Padre.

A la luz del Magisterio de la Iglesia, podemos ayudar a nuestras Hermanas mayores y a nosotras mismas a hacer de la ancianidad los años espiritualmente más fructíferos de nuestras vida.

  1. El entonces Secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, en su mensaje para la Jornada mundial de los ancianos afirmó: «Una sociedad para todas las edades es una sociedad que, lejos de hacer una caricatura de los ancianos presentándolos como enfermos y jubilados, los considera más bien agentes y beneficiarios del desarrollo».
  2. Discursos de Juan Pablo II, Tomo VII, nº 1 (1984), p. 744.

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