La acción de San Vicente con los pobres enfermos

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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400es-01-copyDespués de haber constatado la terrible miseria, a veces cruel, para una gran masa de la población activa, vamos a describir bre­vemente la situación de los pobres enfermos.

Los desastres del hambre, de la guerra, de las epidemias, mul­tiplican en el siglo XVII el número de enfermos y de enfermedades. La gama de fiebres, la variedad de enfermedades de pecho, la mul­tiplicidad de dolencias estomacales, intestinales, renales, cardíacas, afectan a multitud de personas. La tisis, mal conocida en la época, consume a muchos jóvenes, y la apendicitis produce numerosas víctimas, ya que el único remedio ante ella es «invocar la piedad del buen Dios». Si añadimos la peste, que se propaga por todas partes, la diabetes, las enfermedades venéreas, los males produci­dos por los accidentes de trabajo, obtendremos la lista de las do­lencias que aquejan a los súbditos del rey Luis.

La falta de medios para detectar y auscultar el mal, obliga a los médicos a recorrer el cuerpo del enfermo con las manos para po­der estudiar sus reacciones. Los remedios utilizados nos parecen hoy extravagantes y poco eficaces. Los productos farmacéuticos se obtienen de la combinación y mezcla de plantas, de órganos ani­males y de partes y productos del cuerpo humano. La grasa hu­mana es muy apreciada y cuesta cara. La falta de higiene no sólo no favorece la curación, sino que aumenta y propaga enfermeda­des. El régimen alimenticio, a pesar de utilizarse como auxiliar de la medicina en varias enfermedades, no favorece en nada para conservar la buena salud. Los remedios proporcionados al enfermo no son ordenados, con frecuencia, por el médico, sino aplicados por familiares y vecinos. El matiz casero y el cariz de entremez­clarlos con fórmulas de brujería prueban muy frecuentemente su ineficacia. La necesidad y urgencia de combatir las dolencias no se ven socorridas por estos esfuerzos. El enfermo sufre con tales re­medios y su mal se agrava con frecuencia, cuando no le hace des­aparecer de esta vida.

Otros aspectos, que no ayudan en nada a aliviar al paciente, merecen señalarse. El sentido fatalista ante la enfermedad domina al enfermo, a quienes le rodean y a quienes le visitan. La enferme­dad es uno de tantos males, que acontecen al hombre. Hay, pues, que resignarse y convertirla en ocasión de mérito ante la mirada de Dios. Si se tiene en cuenta la soledad en que se encuentran los en­fermos pobres en sus casas, se puede imaginar su estado de ánimo: las personas adultas, hombres y mujeres, se van a trabajar, lo que quiere decir que los enfermos son atendidos por niños inhábiles o por ancianos incapaces. El cultivo de un escepticismo referente a los médicos y a las medicinas aumenta en ellos el sentimiento de abandono. Estas indicaciones, reflejo de una estructura mental, nos manifiestan que los esfuerzos organizados en orden a aliviar a los pobres enfermos son casi nulos.

Al principio del siglo XVII no faltan grupos y comunidades que visitan a los pobres, más para consolarlos y sugerirles sentimientos de piedad y de resignación que para curar sus dolencias. Los hospitales existen, pero el número es escaso, la instalación inconfortable y el funcionamiento deficiente: la carencia de higiene los con­vierte en agentes propagadores de contagios. Su origen se debe, casi siempre, a iniciativas particulares, a fundaciones caritativas, pero los administradores, clérigos o laicos, están más atentos a percibir y gestionar los réditos en su favor que a admitir y a ocu­parse de los enfermos pobres. Durante la primera mitad del siglo XVII se siente la urgencia de combatir la enfermedad y de acogerla. La necesidad de organizar los hospitales y de crear otros nuevos se impone, lo mismo que la especialización del personal que cuida a los enfermos.

Acción de Vicente de Paúl

El primero que ha pensado en organizar esta asistencia de los pobres en sus casas es Vicente de Paúl. Nos encontramos en el año 1617 y Vicente es párroco de una parroquia de la diócesis de Lyon, Ghatillon-les-Dombes. Tratemos de contar la génesis de esta obra dejándole a él la palabra: un día, «cuando me revestía para decir la santa misa, alguien vino a decirme que en una casa apartada de las demás, como un cuarto de legua, todo el mundo estaba enfer­mo, sin que quedara uno para asistir a los demás, y todos estaban en una necesidad extrema. Esto me enterneció sensiblemente el co­razón. No olvidé el recomendarlos en el sermón con afecto, y Dios, enterneciendo el corazón de los que me escuchaban, hizo que todos se encontraran movidos de compasión hacia estos pobres afligidos. Después de comer, se hizo una reunión en casa de una buena se­ñora de la ciudad, para ver qué ayuda se les podría proporcionar, y todos se encontraron dispuestos a hacerles una visita y a conso­larlos de palabra y con los medios que podían. Después de víspe­ras, acompañado de un buen hombre, burgués de la ciudad, nos encaminamos hacia el lugar. En el camino encontramos mujeres que iban delante de nosotros y, un poco más adelante, otras que ya venían… Cuando llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el santo sacramento… Después de haberles confesado y dado la comunión, se trató de ver cómo se podría socorrer sus necesidades. Propuse a todas estas buenas personas, a quienes la caridad había animado a trasladarse allí, a ofrecerse, cada día una, para hacer la comida, no solamente para la familia enferma, sino para todos los que cayeran enfermos después: es el primer lugar donde la Cofra­día de la caridad ha sido establecida».

La experiencia de una caridad mal organizada va a originar un movimiento caritativo de misericordia, de ternura y de amor femenino. Inmediatamente Vicente se pone a organizarla. Reúne a estas buenas personas para escoger los medios prácticos en orden a organizar la asistencia a los enfermos pobres de la parroquia. Se acuerda formar una asociación, una cofradía llamada «de la caridad» compuesta de veinte señoras y señoritas con el compromiso, cada una por su turno, de «cuidar el cuerpo y el alma de quienes ellas juzguen en conjunto, que requieren dicha asistencia; el cuer­po alimentándole y medicamentándole y el alma de quienes van a morir preparándola para una buena muerte y para una vida buena a quienes se prevé que se curarán». El 23 de agosto de 1617, Vicente de Paúl entrega el primer reglamento de la asociación. Tres meses más tarde, podrá darles un nuevo reglamento profun­damente humano y espiritual: «…La que esté de turno, después de haber recibido de la tesorera todo lo necesario para la alimen­tación de los pobres, preparará la comida, la llevará a los enfer­mos y al entrar les saludará alegre y caritativamente; acomodorá la mesita encima de la cama, pondrá encima una servilleta, una taza, una cuchara y pan, hará lavar las manos a los enfermos y dirá el Benedicite; verterá la sopa en una escudilla y colocará la carne en un plato, colocando todo en dicha mesita; después invita­rá caritativamente al enfermo a comer, por el amor de Jesús y de su santa madre, todo ello con amor, como si se tratara de su hijo, o mejor aún, de Dios que considera como hecho a él mismo el bien (lile se hace a los pobres. Le dirá alguna palabra de nuestro Señor, en este sentimiento tratará de alegrarle, si está muy desconsolado, le cortará a veces la carne, le servirá de beber, y habiéndole así pre­parado para comer, si hubiera alguien con él, le dejará e irá a casa de otro para tratarle de la misma manera, acordándose de comen­zar siempre por quien tiene compañía y de terminar por quienes están solos, con el fin de poder estar con ellos más tiempo; des­pués volverá por la tarde a llevarles la cena haciendo lo mismo que ha sido dicho anteriormente…».

Vicente de Paúl se va de la parroquia a finales de diciembre de 1617, no obstante la cofradía continúa realizando su obra benéfica después de la ausencia de su fundador.

Llegado a París, para ser capellán de Gondi, hermano del ar­zobispo de París, Vicente de Paúl comienza a establecer Cofradías de la caridad con el mismo fin que en Ohátillon.

Los pobres enfermos de las parroquias, misionadas por Vicente y sus misioneros, encontrarán siempre un grupo de señoras (a veces también de hombres) virtuosas, caritativas, animosas, lla­madas a darse a Dios y a los demás en una expansión sobrenatural de instinto maternal. Vicente de Paúl constata pronto que la varie­dad de la miseria impide a las «Caridades» encerrarse en el ser­vicio de los enfermos, sin embargo esta categoría de pobres per­manecerá siempre como la primera preocupación de los reglamentos de las Cofradías de la caridad’ o de las «Caridades» como más comúnmente se decía. Inútil dar a conocer cuánto beneficio sacaron de ellas los pobres.

De 1617 a 1650, las Caridades de París y de provincia no ce­san de desarrollarse y de evolucionar. Flexibles y acogedoras se abren a toda miseria. Por medio de Luísa de Marillac y de sus misioneros, Vicente trata de mantener el dinamismo de las Cofra­días de caridad y de hacer cumplir los reglamentos. Es necesario descubrir los abusos introducidos y corregirlos para que ellas lo­gren realizar perfectamente su cometido. Vicente de Paúl está sa­tisfecho cuando escribe al padre Du Coudray a Roma el 25 de julio de 1634: las Caridades «hacen maravillas».

Las Caridades, nacidas de la generosidad y del entusiasmo, arriesgan con frecuencia y fácilmente desvían el espíritu de la Ca­ridad. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac se convencen pronto de este peligro. Comprueban que las Damas, pertenecientes a la alta burguesía, tienen dificultad en ejecutar los trabajos humildes, re­queridos para poder asistir a los pobres enfermos. Para remediar esta dificultad, no dudan en demisionar en manos de sus sirvientas los servicios caritativos. Semejante actitud puede ser un obstáculo al espíritu de las «Caridades», que requieren siervas de los pobres de nuestro Señor y no servicios recomendados y pagados. Unos diez años después de la primera Caridad de Chátillon, Vicente de Paúl juzga necesario que «acompañen» a las Damas de la Caridad jóvenes sencillas, venidas del campo. Libres de todo otro com­promiso, podrían entregarse totalmente a los pobres enfermos, para cuidarlos y ayudarlos en todas sus necesidades. Luisa de Ma-rillac, el 29 de noviembre de 1633, reúne en su casa algunas de estas buenas muchachas del campo, deseosas a la vez de servir a los pobres y de darse a Dios. El instituto de las Hijas de la Cari­dad acaba de nacer. Ellas las primeras «siervas de los pobres en­fermos» instituidas como Compañía.

Sin duda, la gran obra caritativa del siglo XVII —especialmente en su segunda mitad— es, si no la institución, al menos la refor­ma y la nueva organización de los hospitales en favor de los pobres.

La situación de la mayoría de los hospitales al comienzo del siglo xvii es lamentable: ausencia de cuidados o cuidados míni­mos, falta de higiene, carencia de sitio, lo que obliga ordinaria­mente a colocar dos, tres, cuatro, a veces seis enfermos en la mis­ma cama. Se requiere reformar los hospitales y crear otros nuevos. En esta actividad, la iglesia desarrolla una acción importante: la preocupación por la obra hospitalaria, en el siglo XVII, es una nota característica del obispo reformador, que pone todo su celo en aplicar los decretos del concilio de Trento. Poderes públicos, comunidades religiosas, personas caritativas ayudan y sostienen es­te movimiento de reforma.

Vicente de Paúl, que conoce la situación deplorable de los hos­pitales (exceptuado el hospital de la caridad, de fundación reciente y bien organizado), se pone a trabajar en este campo. Con las Hijas (le la Caridad y las Damas del Hótel-Dieu, participa en la reforma y en la organización de estos establecimientos de enfermedad y de miseria.

Desde el principio de su estancia en París, hacia 1609, Vicente de Paúl visita a los enfermos del hospital de la caridad. De tal manera debía ser conocido allí, que se le elige como intermediario en 1611 en un asunto de restitución de una suma de 15.000 li­bras.

A partir de 1639, las Hijas de la Caridad, que Vicente de Paúl y Luisa de Marillac habían orientado en su origen a la visita de los enfermos a domicilio, se adaptan además al cuidado de los enfer­mos en los hospitales. Los dos fundadores intentan conseguir de los administradores un nuevo reglamento, que permita un mejor servicio de los pobres enfermos. Luisa de Marillac enseña a las hermanas los remedios que se deben aplicar. Arribos quieren que las Hijas de la Caridad sean el personal cualificado de los hospi­tales.

Después de haber modificado varias veces las directrices de las Cofradías de la caridad y haber esbozado pequeños reglamentos, Vicente recibe el año 1634 la visita de la señora de Goussault. Al comunicarle la experiencia y las reflexiones, que le habían su­gerido sus visitas al Hótel-Dieu de París, le habla de hechos com­probados: la mayoría de los enfermos de este gran hospital ignoran todo lo referente a su fe y a sus obligaciones religiosas; por añadi­dura, los capellanes no les dan ninguna formación en este senti­do.

En 1632, la Compañía del santo sacramento, informada del la­mentable estado espiritual de los enfermos de este hospital, había resuelto enviar allí cada lunes o sábado a dos de sus miembros. Al año siguiente, obtiene la ayuda de siete comunidades religiosas de París. Estas aceptan enviar a los miembros de su comunidad un día por semana.

La señora de Goussault juzga que, en esta obra de caridad para con los pobres enfermos del Hótel-Dieu, las mujeres tendrían una función que realizar. Dirigiéndose a Vicente de Paúl, para comu­nicarle su intención de reunir algunas señoras, le ruega que las or­ganice y estimule para que sus servicios sean más eficaces. Vicente le ruega le dé tiempo para reflexionar. Después de madura refle­xión le parece que intervenir en este asunto, sería «meter la hoz en mies ajena» 18. Su decisión parece irrevocable: la asistencia es­piritual de los enfermos depende del capítulo de París. A él perte­nece tomar sus responsabilidades en este campo.

Ante esta decisión de Vicente de Paúl, la señora de Goussault va a exponer la idea a Juan Francisco de Gondi, arzobispo de Pa­rís; le desarrolla su plan y termina por convencerle. El arzobispo comunica a Vicente de Paúl que le agradaría mucho acogiese favo­rablemente la proposición de esta señora… y que él (el arzobispo) pensaba en los medios de realizar este proyecto 19. Ante la volun­tad del arzobispo, el humilde sacerdote se inclina. Es necesario bus­car y reconocer a Jesús en todos sus estados para prolongar la mi­sión del ‘Cristo místico: «La segunda máxima de este fiel servidor de Dios, afirma Abelly, era ver siempre a nuestro Señor Jesucristo en los demás para excitar más eficazmente su corazón a cumplir con ellos sus obligaciones de caridad. Contemplaba a este divino salvador como obispo y príncipe de los pastores en los chis­pos…». Pero era igualmente necesario tener un juicio exacto para conseguir el fin: servir eficazmente a los enfermos y con­tribuir a su salvación.

Reunir un grupo de señoras de buena voluntad y de la alta burguesía no era difícil en un siglo donde la piedad y la ternura femeninas ante la miseria constituían una de las dos facetas de un juego de emulación. En un siglo donde ser coqueta y devota al mismo tiempo constituía un juego de sociedad, visitar a los en­fermos del Hótel-Dieu y mimarlos era, al mismo tiempo que un acto- de caridad y de abnegación, un signo de la grandeza que exi­gía el alto rango que se ocupaba.

Vicente de Paúl se aprovecha de este movimiento de la alta sociedad y lo orienta al servicio de los enfermos. Paso a paso es­clarece las actitudes de estas grandes damas, purifica sus intencio­nes, dinamiza sus opciones y les presenta las miserias urgentes. Una vez establecido el fin —ocuparse de la asistencia es­piritual de los pobres enfermos, utilizando la «colación» como me­dio de llegar al alma—, Vicente de Paúl crea la Compañía de las Damas del H6tel-Dieu de París. Nombrado director perpetuo, orienta este movimiento espiritual-caritativo. Como conoce la si­tuación del Hótel-Dieu, sabe que el cuidado de los enfermos está muy abandonado. No les disimula en lo más mínimo las dificulta­des de la obra, pero les manifiesta que estas dificultades se desva­necerán, si las Damas permanecen en su puesto y realizan su come­tido. Es necesario actuar «suavemente», con «bondad», pero fir­memente, para poder imitar la manera de obrar, propia del Espí­ritu de Dios y asegurar los medios más eficaces para lograr lo que se pretende.

Todos los días cuatro o cinco de estas Damas llegan a las dos de la tarde al Hótel-Dieu. Adorando a Cristo en la eucaristía, le piden la gracia de encontrarle para aliviarle y servirle en el último de estos enfermos, roído por la miseria y quizás por el vicio. Des­pués de haberse puesto un delantal, ellas mismas sirven la comida, permitiendo a los enfermos elegir su alimento. Al mismo tiempo les dicen unas palabras de consuelo y de aliento. Si los enfermos no tienen ganas de comer, o fuerzas para ello, les ayudan y les animan a hacerlo. La ternura será siempre, para Vicente de Paúl, el gesto que enseña a los grandes cómo se debe hablar a los hu­mildes y cómo se les debe servir cuando se les ama. Está con­tento de la acción de las Damas. La carta escrita el 20 de septiem­bre de 1650 a Guillermo Cornaire, sacerdote de la misión, nos lo manifiesta: «¿Cuántas personas de gran condición de uno y otro sexo piensa usted que hay en París, que visitan, instruyen y ex­hortan todos los días a los enfermos del Hótel-Dieu, y que se en­tregan a ello con una devoción admirable, incluso con perseverancia? Cierto, quienes no lo han visto tienen dificultad en creerlo, y quienes lo ven están totalmente edificados; en efecto, esta vida es la vida de santos y de grandes santos, que sirven a nuestro Señor en sus miembros de la mejor manera que les es posible…».

La prudencia de Vicente de Paúl y su gracia peculiar, admira­ble alianza de finura y de bondad profunda, descuellan entre las Damas de la alta sociedad parisina. Les enseña a descubrir el fun­damento de la caridad, en su sentido más agudo de la solidaridad humana, que tiene su origen en el descubrimiento de la eminente dignidad de los pobres.

Este movimiento de caridad, agrupado alrededor de la idea de ocuparse de los enfermos del Hótel-Dieu, se reúne regularmente todas las semanas. Vicente de Paúl, flexible y firme a la vez, presi­de estas reuniones. En ellas escucha, rectifica, exhorta, ordena. Las resoluciones, decididas por mayoría de votos, se consignan en un registro. Para ayudar a las Damas a hacer su revisión de vida, les interroga en público acerca de la fidelidad en las prácticas de la compañía 26. Hablándoles de la continuación de la misión de Cristo por el testimonio de su caridad, no olvida nada de lo que puede hacer perseverar a las Damas en su exigente vocación: «La divina providencia se dirige hoy a algunas de vosotras para suplir lo que falta a los pobres enfermos del Hótel-Dieu… Vuestra Compañía es una joya para la iglesia y un asilo para los desdichados. Si… por vuestra culpa llega a desaparecer, quitaríais al público un motivo de gran edificación y a los pobres un gran alivio…».

Durante toda su vida, Vicente de Paúl se acordará de la expe­riencia de Chátillon. A través de ella participa en el desarrollo de las obras de asistencia en favor de los pobres enfermos en el siglo XVII.

 

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