La acción de San Vicente con los Galeotes

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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cofradias de caridadLa marina real, en el siglo XVII, reclama constantemente brazos para remar. Para responder a esta necesidad, los tribunales conde­nan a criminales y delincuentes de derecho común a servir en las galeras. El tiempo de la condena puede durar varios años, a veces se prolonga durante toda la vida del condenado.

Creando galeotes por sentencia condenatoria, los jueces no so­lamente intentan defender una región o una provincia —no siempre amenazadas— sino también ejercer la función de sargentos recluta­dores. De esta manera participan, en cuanto les es posible, en la gloria de las armas del rey. Cualquier pretexto es bueno, a juicio de estos señores del parlamento, para hacer crecer la chusma de los galeotes, diezmada continuamente por la enfermedad, el agotamien­to v la muerte. Siempre encuentran pretextos para condenar a ga­leras a asesinos, salteadores de caminos, vagabundos y mendigos, contrabandistas de sal, campesinos sublevados o incapaces de pagar la renta al estado y desertores de las tropas.

Antes de comenzar sus servicios en las galeras del rey, los for­zados esperan en las prisiones el momento de trasladarse en masa a los puertos. En París, antes de 1618, se encuentran encarcelados en la «Conciergerie» y en otras prisiones, amontonados en sus cala­bozos estrechos, sucios, mal vestidos y sin luz. Tratados duramente, como bestias de carga, se les somete a la tortura de la cadena cor­ta que les impide casi todo movimiento.

En 1618, Vicente de Paúl, para mejorar la situación de estos condenados, obtiene su traslado a un edificio del arrabal Saint-Honoré, cercano a la iglesia de Saint-Roch. Allí permanecen hasta 1632. Se puede suponer que su situación mejoró un poco. Sin embargo según la expresión de René de Voyer d’Argenson, «se pudren vivos en las mazmorras por falta de aire». De nuevo Vicente de Paúl solicita un cambio de prisión para estos desdicha­dos. A petición suya son trasladados a la Tournelle, a la orilla iz­quierda del Sena, frente a la isla de Saint-Louis, una de las fortale­zas del rey de Francia, convertida desde 1630 en depósito de ga­leotes. Al solicitar esta nueva morada, el capellán general de ga­leras intenta asegurarles la ayuda necesaria en los aspectos ma­terial, moral y religioso y, de esta manera, mejorar su situación.

En enero de 1617, la señora de Gondi hizo que Vicente de Paúl descubriera la miseria moral de los campesinos. El 8 de enero de 1619, el señor de Gondi, general de las galeras del rey, ha­ciéndole nombrar, por decreto real, capellán general de galeras s, le va a hacer descubrir la deformidad horrible de un nuevo mal, más desolador que la pobreza de los campesinos.

En la prisión y en las galeras existe una llaga vergonzosa que hay que curar. Pero ¿qué hacer? ¿Cómo obrar? Como en Chátillon, Vicente de Paúl buscará los medios para ser eficaz, aun cuando su nombramiento de capellán general no le imponga la carga ni le conceda el derecho de asistir espiritualmente a los forzados de la capital.

Vicente estudia cómo asegurar metódicamente la ayuda material y espiritual a los forzados de París. Preocupado y atento, escucha­-á e investigará para poder perfeccionar su acción. Como siempre se servirá de intermediarios —reconoce su valor— a fin de com­partir ideas y permitir que las inspiraciones se consoliden.

Sí la Compañía del santo sacramento se compromete vigorosa y eficazmente en la lucha contra la conducta deplorable de los guar­dianes 7, Vicente, perspicaz y personal, trabaja también con igual perseverancia, pero con una preocupación más fraternal. En esta obra común, cada uno actúa con sus medios propios.

Si Vicente de Paúl realizó esta obra con espíritu de fraternidad, podemos imaginar sus sentimientos para con estos pobres, a quienes «vio tratados como bestias». Nombrado capellán real de las galeras se prodiga «para proporcionar toda clase de servicios a estos desdichados» y «para darse totalmente a ellos», se expone in­cluso al contagio. Ausente de París, recomienda a dos virtuosos eclesiásticos, Almerás (que llegará a ser su hombre de confianza) y Bodin, capellán de la casa de los Gondi en Villepreux, que se ocupen de ellos.

A partir del 17 de abril de 1625, una de las obligaciones im­puestas a los sacerdotes de la Congregación de la misión, por con­trato de fundación 12, es la asistencia espiritual de los galeotes. Comprometido en la obra de los forzados, Vicente solicita la ayuda de las Damas de la Caridad de la parroquia de Saint-Nicolas. En 1632, alaba el «mérito incomparable delante de Dios» de su «caridad para con los pobres forzados» 13. Una vez establecidas las Damas de la Caridad del Hótel-Dieu, su director orienta la caridad de las mismas hacia la miseria que aflige a estos condenados. A partir de 1640 son las Hijas de la Caridad quienes se hacen sus siervas.

Después que la experiencia ha mostrado las necesidades y los detalles significativos, Vicente de Paúl da a las Hijas de la Ca­ridad, que trabajan entre los forzados, un reglamento que demues­tra al mismo tiempo su preocupación por ellas y su compasión ha­cia ellos. Su arte consiste en crear reglamentos para los pobres y no ajustar los pobres a sus reglamentos. El conoce perfectamente la vocación de las Hijas de la Caridad. El cometido que les asigna, haciéndolas pasar del claustro a los calabozos, es reducir uno de los cánceres de la antigua marina. La asistencia corporal realizada por las Hijas de la Caridad, cuya vocación es la ofrenda a Dios de todo lo que son y de todo lo que hacen para el servicio de los po­bres», se ofrece a los forzados con una delicadeza extrema.

Esta asistencia corporal se extiende a todo cuanto respecta a la comida, al lavado de ropa y al cuidado de los enfermos. Ellas compran los víveres y si el dinero falta van a pedirlo a las per­sonas caritativas. Ellas mismas llevan todos los días «su ración de comida» a cada uno de los que antes no recibían más que pan y agua. Todos los sábados estos prisioneros, que antes estaban «comidos por la miseria», reciben su paquete de ropa limpia. An­tes de salir para las galeras se les proporciona la ropa necesaria para la duración del viaje. Cuando los forzados se van, las herma­nas garantizan la salubridad de esta mazmorra de miseria y de des­orden, vaciando y acomodando «los jergones y limpiando la sa­la». Los enfermos son objeto de cuidados especiales. No se des­cuida nada para curarlos, consolarlos o prepararlos para comparecer delante de Dios.

Si Vicente quiere que las Hijas de la Caridad alivien el cuer­po de los forzados, intenta al mismo tiempo arrancar la amargura de sus almas. Deben ser en estos calabozos sucios y corrompidos «como la luz del sol, que pasa continuamente sobre el estiércol sin mancharse lo más mínimo». En sus reglas particulares en­cuentran lecciones de «dulzura», «paciencia» y «compasión». El servicio de esta categoría de pobres debe polarizar su psicología de siervas. Estos pobres, a pesar «del lamentable estado en que se encuentran, tanto en su alma como en su cuerpo», no dejan de set «los miembros de quien se hizo esclavo para rescatamos a todos de la servidumbre del demonio» 25. Imágenes, a su manera, de quien se hizo pobre, estos desdichados reclaman la comprensión de los demás. Ellos sensibilizan a las Hijas de la Caridad estas gracias humillantes e inspiradoras; les ofrecen la posibilidad de rogar a Dios por algunos de los que «cometen excesos de insolencia contra ellas». Estos pobres les permiten continuar la misión de com­pasión de quien fue enviado para consolar a «la muchedumbre». Como «esta muchedumbre», «estos pobres forzados están abando­nados en manos de personas que no tienen ninguna piedad». «Pli! hermanas, dirá Vicente, qué felicidad servir a estos pobres forzados». Por encima del trabajo y del cansancio deben «ser­vir con excesivo placer» a estos pobres que han emocionado al buen padre Vicente. «Dios quiere, dice él, que estos rostros hu­manos, hijos como todos los hombres, del Padre de mise­ricordia, sean servidos por sus propias hijas, puesto que decir una Hija de la Caridad, es lo mismo que decir hija de Dios».

En 1622, Vicente hace su primera visita a sus parroquianos de Marsella. En 1632, va a Burdeos a predicarles una misión en las galeras. En Marsella y en Burdeos no puede ofrecerles más que paliativos a sus sufrimientos, o ayuda espiritual. El espectáculo que encuentra allí le parece vergonzoso: unos hombres atados a sus cadenas, aplastados por un trabajo agotador, mal alimentados, an­drajosamente vestidos, injuriados y golpeados. Condenados a veces hasta el fin de sus vidas, retenidos con frecuencia mucho más tiem­po de lo decidido por la sentencia judicial, se convierten en seres sublevados o resignados. Según Abelly, las galeras ce Marsella son una verdadera imagen del infierno, donde no se oye hablar de Dios si no es para renegar de él y deshonrarle.

En esta cárcel de miserias, la Compañía del santo sacramento de Marsella intenta asegurar metódicamente ayudas materiales y espirituales. Sobre todo, realiza una acción eficaz contra los capri­chos de los administradores, que quieren eternizar la condena a los que ya la han cumplido. Incluso piensa en establecer un hospital para alojar en él a los enfermos.

Juan Bautista Gault, oratoriano, obispo de Marsella, y el caba­llero de la Coste, Gaspar de Siminiane, miembro de la Compañía del santo sacramento, son los dos grandes protectores de los ga­leotes en Marsella. En París, Vicente de Paúl y la duquesa de Aiguillon, tía de Aramando-Juan du Plessis, duque de Richelieu, por el momento general de las galeras, se interesan por su situa­ción. Se establecen relaciones entre Marsella y París. El obispo, Vicente de Paúl y la duquesa de Aiguillon conversan acerca de la gran misión que se piensa dar y también de los forzados enfer­mos..

En marzo de 1643, llegan a Marsella cinco misioneros de Saint-Lazare, a las órdenes del padre Du Coudray, para evangelizar a los galeotes de la ciudad. Es necesario encontrar más misioneros. Los enviados por Vicente no son suficientes. El fundador de los Sa­cerdotes del santísimo sacramento, de Autihier, presta ocho, los oratorianos se ofrecen y los jesuitas se encargan de las galeras en las cuales ejercen su ministerio como capellanes. Comenzada la mi­sión, el obispo trabaja como un «verdadero misionero»: catequiza, predica, confiesa, promete su apoyo a quienes se quejan de injusti­cias. Los misioneros, arrastrados por su ejemplo, llegan a ser admi­rables en su celo y bondad. La misión tiene un éxito maravilloso.

Después de dos meses de misión, el ambiente de las galeras se renueva. Los galeotes, en lugar de renegar del nombre de Dios, los domingos y días de fiesta cantan vísperas y algunos leen vidas de santos. Los sacerdotes de Vicente de Paúl catequizan a los tur­cos que piden el bautismo. El obispo se siente feliz de haber «contraído su enfermedad en las galeras» y «de morir por el servi­cio de su maestro en el verdadero lecho de honor».

El proyecto de un hospital, comenzado en 1618 por Felipe Ma­nuel de Gondi, antiguo general de galeras, se vuelve a emprender en 1643. El 24 de abril de 1645, el hospital está terminado gra­cias, escribe René de Voyer d’Argenson, a la acción de la duquesa de Aiguillon y de Vicente de Paúl.

Los misioneros de Vicente de Paúl permanecen en Marsella después de la misión. El caballero de la Coste, «este gran servidor de Dios», como dice Vicente, solicita la presencia de estos «va­lerosos campeones» suplicando al Señor «poder tener allí tres o cuatro para hacer la guerra al diablo e impedirle apoderarse de estos pobres forzados, a quienes Jesucristo ha rescatado con el pre­cio de su sangre». Este deseo se hace realidad. El 25 de julio de 1643 la generosidad de la duquesa de Aiguillon permite el esta­blecimiento de la Congregación de la misión en Marsella. Los misioneros se establecen allí en 1644 bajo la dirección del padre. Francisco Dufestel. La presencia requerida del capellán general de galeras se prolonga por la acción y el espíritu de sus misioneros.

Si Vicente de Paúl desarrolla y organiza un movimiento de ca­ridad y de humanidad en favor de los forzados, sus misioneros con­tinuarán este mismo movimiento acompañando a los galeotes, in­cluso en el mar.

 

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