La acción de San Vicente Ayuda a las Provincias de Champaña y Picardía

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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400es-01-copyLa guerra en las provincias de Champaña y Picardía

Pocas provincias sufren tanto a causa de la guerra como estas regiones fronterizas de Champaña y de Picardía. Durante 25 años, de 1635 a 1660, las tropas francesas, españolas, alemanas y lorenesas, recorren el país en todas direcciones, sembrando muerte y destrucción. De acuerdo con los resultados de los combates, las tropas adversas van y vienen por las ciudades. Al ir saquean y al volver incendian y devastan. Todos cometen los mismos destrozos y se comportan de la misma manera salvaje. En realidad los des­dichados campesinos no ven ninguna diferencia en el trato que les dan sus ocupantes. Son igualmente «mordidos» y «estrangula­dos» por unos y otros. Los soldados franceses del mariscal du Plessis-Praslin y del mariscal de la Ferté se hacen odiar tanto co­mo las tropas del duque de Lorena, y las bandas de alemanes, de polacos y suecos conducidas por Juan Luis, barón d’Erlach, suizo al servicio de Francia, y las tropas de Rosen.

Todas las invasiones y todas las contra-ofensivas se desarrollan en este terreno cien veces saqueado. La nobleza rural es despojada de sus bienes, golpeada y tratada sin ninguna dignidad. Los campesinos no pueden pagarles las rentas. Los soldados despojan a los campesinos y los torturan para obligarles a confesar dónde han es­condido el grano y los rebaños. A los lamentos y quejas de los no­bles y de los campesinos, Carlos de Lorena y su adversario el ma­riscal de la Ferté responden de la misma manera: «Es necesario que los soldados vivan a costa de los habitantes». En efecto, se paga muy irregularmente a las tropas.

Liberados de los soldados, no por eso viven tranquilos los desdichados campesinos. Los recaudadores de contribución recorren las provincias exigiendo los impuestos reales. Hay oposición a pa­garlos. En realidad se puede uno preguntar ¿cómo podían hacerlo los contribuyentes? Por añadidura en 1652, cuando la cosecha se anuncia abundante y nada deja prever un próximo paso de tro­pas, los acreedores exigen despiadadamente a los campesinos la liquidación de los empréstitos realizados para poder vivir los años de carestía.

A finales de 1652, la Fronda de los Príncipes devasta otra vez la Picardía y, sobre todo, la Champaña. La estancia de las tropas de Condé y de los españoles en Rethel, Sainte-Ménehould o Rocroy acarrean expediciones y persecuciones que terminan por arruinar el país.

Extensión de la miseria

Los súbditos del rey Luis son ricos en guerras, en desdichas, en variedad de enfermedades. El hambre hace aparecer escenas de

 

canibalismo: «Se ha encontrado a dos niños alimentándose con los cadáveres de su padre y de su madre». «El hambre llega a tal ex­tremo que los misioneros han visto a los hombres comiendo tie­rra, paciendo hierba, arrancando la corteza de los árboles, rom­piendo los harapos que cubren sus cuerpos, para tragárselos».

Siguiendo los documentos de la época, vamos a enumerar al­gunos balances de esta miseria.

El manuscrito de Lehault, notario de Marle, nos indica los desastres de los alrededores de esta ciudad. La estancia y paso de las tropas desde julio de 1648 a abril de 1649 cuestan a la ciudad 199.100 libras. «Los colonos y labradores de los alrededores de Marle se ven obligados a abandonar la tierra para mendigar un trozo de pan». Del 28 de julio al 6 de agosto de 1649, el ejér­cito de Du Plessis-Praslin, compuesto de 15 a 16.000 hombres, arruina la ciudad y sus alrededores. Después de él, los españoles arrebatan rebaños y grano. La ciudad debe pagar 1.600 libras para salvar su iglesia del saqueo y el gobernador tiene que pagar 3.000 libras por su rescate. El 9 de septiembre, los españoles invaden de nuevo la ciudad. El traslado de las mujeres y el transporte de muebles, cuestan más de 8.000 libras.

La encuesta realizada en la provincia de Picardía en 1650 re­vela los mismos sufrimientos. Carlos Bertrand, párroco de Mont-cornet, escribe: «Las calamidades y miserias han reducido a los ha­bitantes a tal extremo y las enfermedades han sido tan generales, que dos tercios han muerto… y de los que viven todavía, más de la mitad están en peligro de muerte. Desde que el enemigo ha entrado en Francia, las ferias y el comercio han quedado suprimidos… Tampoco se encuentran hombres para labrar la tierra, ni caballos u otros animales para hacer la labranza. Resultado: el hambre ame­naza a toda la región».

Declaraciones análogas se encuentran en los alrededores de la Fére: «En Saint-Gobain, los habitantes se han escondido en el bosque, el enemigo los persigue, los encuentra y los despoja. Con lo poco que les queda: muebles, animales y víveres, se meten en cuevas, donde permanecen tres meses viviendo en gran necesi­dad…». «En Mayot, los soldados incendian setenta casas, de las cien qu- existen, y derriban las que quedan para hacerse chozas; los habitantes que se han quedado, unos veinte, no pueden vivir. La mayoría de los habitantes de Versigny han muerto de hambre en el bosque de Montceau-les-Loups al no atreverse a salir, te­miendo caer en las manos de los perseguidores que asesinan a to­dos los que encuentran. Todo el pueblo de Juvincourt es incendia­do: ni siquiera una casa se salva del desastre. El grano recogido en los graneros y la cosecha de los campos, ha sido robado y es­tropeado, comenta el caballero de Bezannes, Señor de Prouvais. En toda la extesión del país, las tropas viven licenciosamente, los soldados de infantería y de caballería venden el grano públicamente en las ciudades y en los grandes almacenes…».

La Champaña es más desdichada que la Picardía. El 6 de marzo de 1649, el archiduque Leopoldo se establece en Crécy. Condé, para luchar contra él, destaca del cerco de París unos 4.000 solda­dos, que se establecen desde Fimes hasta Pont-a-Vert, a las órde­nes del mariscal Du Plessis-Praslin. Al mismo tiempo, Erlach, con sus tropas de alemanes, suecos y polacos, se establece desde Sainte-Ménehould a Suippe: aquí todo es saqueado e incendiado. La permanencia de los soldados obliga a huir a los habitantes. De Reims a Rethel y a Attigny los caminos están llenos de estos fu­gitivos. El ejército español termina de saquear la región.

Todas estas invasiones y contra-ofensivas obligan a los labrado­res a trabajar en el campo en grupos. Se envían exploradores para advertir a los campesinos el paso de los soldados. Algunos pue­blos son abandonados porque los habitantes se van a vivir a los bosques de la montaña de Reims. El 25 de marzo de 1650, el ejército real obliga a pagar cincuenta francos por día, para su sub­sistencia, a los pueblos situados entre la montaña de Reims y Saint-Thierry. Solamente se permite cultivar los campos a los que han pagado; los demás son perseguidos y sus campos devastados. Durante la segunda quincena de mayo los destacamentos de tropas recorren estos pueblos. Cormici, que no quiere recibirlos, es «ase­diado», «forzado». El pequeño número de habitantes no puede alimentar a los soldados. Al no poder subsistir, salen del pueblo, pero al mismo tiempo varios escuadrones de quince o veinte sol­dados pisotean las viñas y los sembrados, destruyendo la futura cosecha.

Las casas señoriales y los castillos son igualmente atacados. Tan­to más cuanto que los campesinos transportan allí el grano y los animales con la esperanza de tenerlos seguros. El 13 de mayo de 1652, en Saint-Léger-sous-Margerie, 200 soldados de caballería se lanzan sobre la casa señorial de Saint-Utin y la saquean. La pro­pietaria, que había acogido un grupo de habitantes, es despojada de todos sus bienes. En Braux-le-Comte, los soldados matan al señor, Pedro la Motte, lo mismo que a varios de sus colonos. En Trouant-le-Grand, el 18 de junio de 1641, un regimiento de infan­tería y de caballería del conde de Roussillon, compuesto de 1.200 hombres, sorprende al pueblo. Algunos habitantes se refugian en la iglesia y los soldados la incendian. Otros intentan salvaguardarse en casa del señor de Franchecourt, capitán del regimiento de Nan-teuil, pero su propiedad es saqueada.

El peor período es el que sigue a la rendición de Burdeos por el duque de Epernon, cuando 25.000 hombres de las tropas del mariscal Plessis-Praslin vienen a acampar en la Mame.

En el norte de la provincia, los nobles soportan las mismas ve­jaciones que los campesinos. Fabert, Noirmoutiers, Bussy-Lamet y Mantaigut escriben desde Charleville, el 3 de enero de 1651, a Mazarino para protestar de las bandas de Rosen que ultrajan a los nobles, despojan a los campesinos y amenazan quemarlo todo.

El paso de las tropas y las granizadas de 1651 hacen que esca­see el grano en los mercados de Troyes entre 1649 y 1652. En mayo y junio de 1649, la población se amotina a causa de la mala cosecha prevista y en agosto se comprueba que los graneros no poseen ni el tercio del grano necesario para el año. En 1651 el consejo municipal tasa el celemín a cuarenta soles y autoriza la cocción y la venta de pan en casa de los habitantes. Durante todo el año, se teme la rebelión. Esta termina por explotar en mayo de 1652. La población hambrienta se reúne y grita ante la casa del alcalde, Marceau, pidiendo pan.

El mundo inmenso de las tropas impide al gobierno central y a los capitanes, gobernarlo directamente. En realidad no pueden controlarlo a su gusto. Los soldados casi nunca dominados, muy frecuentemente mal pagados, se hacen pagar abundantemente a costa de los habitantes.

Acción de Vicente de Paúl

Ante la situación de las provincias de Champaña y de Picardía Vicente se pregunta ¿qué hacer? Según su táctica observa a las personas, estudia las fórmulas, comprueba los mecanismos. Orga­niza, orienta, colabora en París y dirige la actividad de sus misione­ros y de las Hijas de la Caridad enviados a trabajar en estas regio­nes.

  1. Campaña de información y de exhortación

Instruido por la experiencia de Lorena, Vicente de Paúl em­prende lo que se llama hoy una campaña de prensa para concientizar a la capital y a la provincia. Con las cartas de los misio­neros y de los «corresponsales», que transmiten sus informaciones a Maignart de Bernilres, éste redacta unas Relations, inicialmente mensuales, cuya tirada es de 4.000 ejemplares. Estas hojas volantes, enviadas mensualmente a toda Francia y distribuidas también por las Damas «en las grandes casas», hablan con palabras incisivas y duras de los que mueren de hambre y de miseria. El arzobispo de París escribe una carta pastoral para hacer cobrar conciencia a sus diocesanos de la miseria y de la obligación que tienen de so­correrla. Antonio Lemaitre, sobrino del gran Arnauld, publica L’aumóne chrétienne, donde recuerda la tradición de la iglesia re­ferente a la caridad que hay que tener con los pobres. Antonio Godeau, obispo de Grasse y de Vence, hace imprimir su Exhorta-tion aux parisiens. El autor trata de probar con varios pasajes de la Escritura, por medio de la autoridad de los padres de la iglesia y por «razones invencibles», que la limosna, en las circunstancias actuales, es de precepto y no de consejo. En 1653, J. H. Quarré publica Le chrétien charitable. Se organizan predicaciones sobre el tema. Todas las semanas, las Damas de la Caridad se reúnen con Vicente de Paúl, y se organizan metódicamente las visitas.

  1. Campaña de organización

En esta obra colectiva y benéfica de la sociedad francesa, Vi­cente de Paúl, que no hace todo, está, sin embargo, en todo: es miembro del Consejo de conciencia y es prudente. En consecuen­cia puede hacerlo.

Desde el comienzo, Vicente de Paúl trabaja con los sacerdo­tes de la Congregación de la misión, las Hijas de la Caridad y las Damas de la Caridad. Estas, centralizando las limosnas buscadas por todas partes, tratan continuamente de remediar las necesidades de estas provincias.

La función de Vicente de Paúl en esta cruzada de caridad consiste en suscitar la abnegación de las Damas de la Caridad y de las personas caritativas, canalizarla, administrarla. Al mismo tiem­po colabora con la Compañía del santo sacramento, de la cual es miembro, envía a sus sacerdotes y a las Hijas de la Caridad y utili­za sacerdotes y religiosos como auxiliares, sin olvidar el hacer instituir nuevas Cofradías de la caridad. Su cometido es organizar la caridad, no acapararla, es decir, calmar los ánimos, mitigar los cho­ques, unir las fuerzas dispersas, hacer eficaces los esfuerzos, con el fin de aliviar a los desdichados; en esto es incansable e inimitable. Por esta razón asume las responsabilidades más graves. Vicente de Paúl se lamenta de las vejaciones de los soldados que destrozan y roban lo que se destina a los pobres. Expone la idea de que si los misioneros no tienen el apoyo de su majestad, les será imposible continuar esta empresa caritativa, «tan importante para la gloria de Dios y para alivio de su majestad». Pide que se protejan los convoyes de víveres contra los soldados ladrones a fin de «que la última esperanza de salvación llegue a las provincias devastadas». Desearía exigir que los soldados «no arrebatasen nada a los sa­cerdotes de la Congregación de la misión ni a las personas que trabajan o colaboran con ellos». Para conseguir esto, es necesario que la reina «los tome bajo su protección y ejerza una salvaguar­dia especial». La reina, que conoce la miseria de la mayoría de los habitantes de los pueblos fronterizos de Champaña y Picardía, «re­ducidos a la mendicidad y a una miseria total, da órdenes severas.

El superior de Saint-Lazare, continuamente preocupado por re­cibir informaciones exactas, cuida, desde lejos, de la distribución de limosnas. Ayudado por la Compañía del santo sacramento, nombra un intendente general de la caridad: el padre Berthe. Este recorre los lugares para conocer con precisión las necesidades tras­mitidas por los misioneros. Transcribimos los partes de miseria en­viados por los misioneros, desde septiembre de 1650 a octubre de 1652:

En Soissons: «Hemos visitado a los pobres de esta ciudad y de las aldeas de este valle, donde hemos visto que la aflicción es mayor de lo que habían contado. Comenzando por las iglesias, hay que decir que han sido profanadas, y el santísimo sacramento pisotea­do, han robado los cálices y copones, las pilas bautismales han sido destruidas y los ornamentos saqueados. Resultado: en más de 25 iglesias de esta pequeña comarca no se puede celebrar la santa misa. La mayoría de los habitantes han muerto en los bosques, mientras el enemigo ocupaba sus casas: los restantes han vuelto para terminar allí sus días, ya que sólo vemos enfermos por todas partes. Tenemos 1.200 además de los 600 moribundos. Están re­partidos en más de 30 pueblos, acostados en el suelo o viviendo en casas medio demolidas y sin ninguna asistencia. Encontramos a personas vivas mezcladas con los muertos y a niños pequeños junto a sus madres fallecidas».

En Saint-Quentin: se encuentran de 7.000 a 8.000 pobres, 1.200 refugiados, 350 enfermos, 300 familias de pobres vergon­zantes en la miseria, 50 sacerdotes en la indigencia.

En Laon: la palidez del rostro de los habitantes nos hace ver cuán grande es su necesidad. Los campesinos no tienen ni pan, ni leña, ni ropa, ni mantas; se encuentran sin pastor y sin ayuda es­piritual. La mayoría de los párrocos han muerto o están enfermos y 100 iglesias han sido devastadas. «Varios monasterios de religio­sas se encuentran en una gran pobreza; sufren hambre y frío y se verán obligadas a morir en su clausura o a salir de ella para vagar por el mundo, buscando con qué vivir».

En Guise, La Fére: 35 pueblos devastados, 600 pobres, «cuya miseria es tan grande, que se lanzan sobre los perros y los caballos después que los lobos han comido su porción». Solamente en la ciudad de Guise hay más de 500 enfermos «viviendo en cuevas y cavernas más aptas para alojar a animales que a hombres».

En Reims, Rethel: casi todas las iglesias han sido devastadas. Los sacerdotes se han dispersado. Han matado a algunos, a otros los han herido. «Las casas han sido destruidas, la cosecha robada, las tierras están sin arar y sin sembrar. El hambre y la mortandad son casi universales. Los muertos permanecen sin enterrar y ex­puestos, la mayoría, a servir de pasto a los lobos. Los pobres que permanecen en estas ruinas, se ven reducidos a recoger por los campos algunos granos de trigo o de avena todavía verdes y medio podridos, con los que hacen un pan, que parece barro, y tan indi­gesto, que casi todos están enfermos por ello. Se retiran a cuevas y cabañas, donde duermen en el suelo, sin ropa ni vestidos, cu­biertos con algunos pingajos; sus rostros están negros y desfigu­rados. Hay cantones completamente desiertos, porque los habi­tantes, que se han salvado de la muerte, se han ido a buscar con qué poder vivir, de tal manera que los únicos que quedan son en­fermos, huérfanos y pobres viudas cargadas de hijos, quienes per­manecen expuestos al rigor del hambre, del frío y de toda clase de miserias e incomodidades».

Por todas partes se oyen los mismos gritos de indigencia y de compasión provocados por el hambre, la enfermedad y la crueldad de los soldados: «La mano de Dios, escribe un misionero, ha golpeado a esta provincia: su abundancia se ha transformado en esterilidad y su alegría, en lágrimas. Los pueblos, en otro tiempo poblados, no son ahora más que chamizos desiertos». Los mi­sioneros no encuentran términos apropiados para expresar el col­mo de miserias: «Todo cuanto se pueda decir se queda corto com­parado con la realidad», escriben ellos mismos. «Fiebres y disenterías agotan los cuerpos»; «sarna, tumores, postillas, hinchan los cuerpos» deformándolos. «El origen de todos estos males proviene de que durante todo el año no han comido más que raíces de plan­tas, frutas malas y algunos un pan de salvado, que ni los mismos perros podrían comer».

Ricos y pobres, católicos y protestantes, sacerdotes, religiosos y religiosas, nobles y campesinos, se encuentran sumergidos en la misma indigencia y miseria. La armada de la caridad hace frente a esta miseria, que aumenta cada día: los misioneros asisten y ha­cen asistir espiritual y corporalmente a 130 pueblos.

  1. Organización de la actividad

Vicente de Paúl organiza la misión de caridad, que la virtud de la misericordia ramifica y concreta, para atender a las nece­sidades que se presentan: sepultar a los muertos, evacuar a los refugiados, ocuparse de los enfermos, de las religiosas, de los huér­fanos, de las jóvenes, hospitalizar a los enfermos, pagar men­sualidades a los sacerdotes, distribuir dinero, víveres, telas, ves­tidos y crear establecimientos para repartir comida. Los misione­ros tienen que organizar allí la vida económica y religiosa.

Vicente de Paúl supervisa toda esta actividad de la caridad. Sus órdenes son precisas, claras, flexibles y realistas. Su flexibilidad se manifiesta capaz de afrontar lo imprevisto, que la miseria puede hacer brotar siempre y por todas partes. Al mismo tiempo que dirige la estrategia dinámica de la caridad, se preocupa de mantener encendido el fuego de la caridad en París, fuego que fá­cilmente y con frecuencia se consume.

Una de sus cartas, escrita al padre Marcos Conglé, superior de Sedan (26 de abril de 1651) nos informa y nos aclara el sentido de su misión de caridad: «Esperaba poder comunicar sus cartas a las Damas de la Caridad que ayudan a los habitantes de las fron­teras arruinadas, para saber si les parece bien que usted pueda ha­cer extensiva la distribución de socorros a los protestantes lo mis­mo que a los católicos, y a los pobres que pueden trabajar en las fortificaciones, lo mismo que a los enfermos e inválidos. Acerca de ello le diré que la primera intención ha sido asistir solamente a quienes no puedan trabajar, ni ganarse la vida y que estén en pe­ligro de morir de hambre, si no se los asiste. En efecto, desde el momento que algunos tienen fuerzas suficientes para trabajar, se les deben comprar algunos utensilios de acuerdo con su profesión y no se les da nada más. Según esto, las limosnas no son para quie­nes puedan trabajar en las fortificaciones o hacer otro trabajo, sino para los enfermos pobres, huérfanos o ancianos. Pienso que el pa­dre Berthe (superior-intendente de los misioneros enviados a Cham­paña y Picardía) le habrá informado exactamente de esto, especial­mente de la manera de hacer la distribución. Sin embargo me ale­graría que las Damas se decidieran por lo que usted propone, para satisfacción del señor gobernador, hacia quien tengo una gran es­tima y reverencia…».

Vicente de Paúl piensa (el 5 de julio de 1652) que sus dieciséis o dieciocho misioneros, «que han trabajado durante dos años en esta santa obra lo mismo en Champaña que en Picardía», podrán abandonar su puesto al final de mes. Por el momento las fron­teras no serán recorridas por los soldados y la cosecha se presenta buena; por añadidura la miseria en París y en sus alrededores re­clama su presencia. Llama a sus sacerdotes y espera que su inten­dente, el padre Berthe (19 de octubre de 1652) recupere las fuer­zas suficientes para poder volver a París. Las Damas de la Caridad continuarán ayudando a los párrocos pobres y el hermano Juan Parre continuará sus encuestas.

Este «ministro de la caridad» había intentado por todos los medios arrojar sobre estas calamidades públicas el fuego de su co­razón, la claridad de su inteligencia. Había deseado imitar el prin­cipio de la beneficencia de Dios, porque una ley de generosidad es como constitutiva de su ser, y como dice san Ireneo: «En la vida del hombre Dios encuentra su gloria». Tratando de solucionar el paro obrero, Vicente de Paúl aborda el sentido del desarrollo humano, que lleva siempre consigo un juicio económico. La ley universal del don de sí mismo y de la generosidad, le habían con­ducido a ello.

Una vez más abruma la miseria

Condé, durante la Fronda de los Príncipes, va a permitir que los hombres se maten en el campo de batalla, sin saber exacta­mente ni por qué ni por quién mueren. Los soldados destruyen, masacran, roban, incendian de nuevo la región de Champaña. Esta vuelve a caer en la alarma y en la inquietud: «el comercio se in­terrumpe totalmente y nada entra sino por convoyes y con gastos excesivos».

En dos meses (diciembre de 1652-enero de 1653), Bar, Ligny, Cháteau-Porcien y otras plazas pequeñas son de nuevo tomadas por el ejército de Turenne, que ahora combate en favor del rey, reforzado por la tropa de Mazarino, reclutada en la región de Lieja por la acción de Fabert. Sainte-Ménehould y Rethel permanecen bajo las tropas de Condé, reforzadas por los españoles: ambas son sitiadas e invadidas por las correrías de los comandantes de las dos ciudades. La devastación y el saqueo se instalan en ellas. Mazarino, que no puede pagar a los ejércitos reales, consiente que los sol­dados vivan a costa de los habitantes.

Los habitantes de Marle sienten «el horror de ver representa­da en el circuito de la ciudad la tragedia más cruel que los más inhumanos tiranos podrían imaginar». La violencia y el saqueo de las tropas francesas y extranjeras terminan por abrumarlos.

Mazarino, queriendo liberar Vervins del acantonamiento de las tropas españolas, manda avanzar al mariscal de la Ferté-Sonneterre con 3.000 soldados de caballería. El ministro le entrega los barrios de Marle y de los pueblos vecinos. A su llegada a Marle le hacen ver que la ciudad, compuesta de unos 100 vecinos, no puede alo­jar su tropa. Hacerlo «sería arruinar a las 60 familias que quedan». Estas advertencias dejan indiferente al mariscal. Los 3.000 solda­dos se apoderan de las 60 casas y se hacen servir a su antojo. Du­rante cuatro días (del 20 al 24 de enero de 1653), saquean las ca­sas y despojan a los habitantes en la calle y en pleno día, violan a jóvenes y mujeres, queman cinco o seis casas y otros edificios, hacen que paguen algunos habitantes abusivamente para devolver­les sus esposas… El mariscal de la Ferté autoriza estos estragos sin hacer caso de las quejas de los habitantes. Al marcharse, oficiales y soldados se llevan el grano. Todo el departamento de Aisne soporta los mismos estragos de las tropas del mariscal de la Ferté.

Durante este tiempo, el cardenal Mazarino está en Laon, es decir,  es decir a unas leguas de estas devastaciones.

En octubre de 1653, el ejército de Turenne se implanta en estas comarcas. Las marchas diarias de los soldados impiden a los campesinos sembrar el trigo. Al mismo tiempo Condé se encuentra en Rocroy con sus guarniciones de infantería y de caballería. Decreta órdenes y obliga a las ciudades a pagar una suma impor­tante por su rescate. A los pueblos que no quieren someterse, se les impone una especie de «entredicho»: toda comunicación con ellos debe suprimirse bajo penas graves.

Laon, Soissons, Cháteau-Porcien, se encuentran en la misma situación. En la deposición de Carlos De Vau, regidor de Laon, se encuentran estas palabras: «Ellos (los soldados franceses) iban matando, robando, haciendo prisioneros y arrebatando todo lo que encontraban». Uno de los corresponsales de las Relations escribe: «En Picardía, en Vermandois, no nos quedan más que ojos para llorar».

La suerte de los habitantes de la provincia de Champaña no es mejor. El 18 de octubre de 1653 escriben desde Rethel: «Los padres de la misión, que no han abandonado esta región, vuelven a comenzar sus trabajos con más generosidad que en tiempos pasa­dos, dadas las nuevas miserias. Estos caritativos padres van a vi­sitar y confortar a los pobres párrocos. Además de estos trabajos se ocupan de los soldados enfermos, que mueren en los dos mer­cados de la ciudad, y de los habitantes de Rocroy que se han re-tugiado en estos lugares, después de haber perdido todo lo qu, tenían. Han evacuado gran número hacia Reims ayudados de ni auxilio en carretera, pero el hospital no puede recibir a más, a no ser que reciba una fuerte indemnización mensual».

En Rethel «la desolación supera la de los años precedentes. Los campesinos, sacerdotes y religiosas están en la mayor miseria». En Sainte-Ménehould la situación es intolerable: algunos habitan­tes utilizan todos los medios posibles para huir disfrazados, otros prefieren arrojarse de lo alto de las murallas, antes que vivir más tiempo bajo la tiranía de Montal. La ciudad queda reducida en un momento a 53 habitantes.

Los labradores de los alrededores de Chálons, Vitry y Saint-Dizier no son propietarios de sus bienes. Los habitantes «están desesperados». Escriben el 19 de agosto: «La guarnición recorre constantemente el territorio de Chálons… los habitantes están arruinados y no se atreven a salir para percibir las rentas, ni para ocuparse de sus negocios… Los campesinos, e incluso los habi­tantes de las ciudades, piden misericordia, alegando que están aban­donados…». Durante todo este tiempo, los oficiales de Condé, aprovechando la autorización que les da su jefe, siguen el merodeo de hombres para procurarse dinero.

Acción de Vicente de Paúl y de sus misioneros

Vicente de Paúl, informado el 3 de enero de 1653 de esta si­tuación, es requerido por la duquesa de Aiguillon y por la presi­denta Herse «para ir a casa de una de ellas» y buscar los medios de socorrer a la «pobre Champaña reducida… a un estado lamen­table».

Este buen estadista de las posibilidades de acción sabe «que Francia se encuentra en una aflicción extrema». No olvida que «París acaba de salir de una enojosa tempestad, capaz de haber po­dido destruir la capital del reino». La indigencia de la capital es tan exigente que impide poder enviar ninguna ayuda a la provincia. Esta situación «le proporciona una gran ocupación de obre­ros». No obstante puede escribir el 3 de enero de 1653 al pa­dre Lamberto aux Couteaux: «Temo que no podamos ayudarle mucho, puesto que los gastos son grandes para asistir a esta dió­cesis (París), esta asistencia cuesta cada semana de 6 a 7.000 li­bras…». El 11 de enero Vicente escribe al padre Marcos Con-glé, superior de Sedan: «Estoy afligido por las miserias de su frontera y por la cantidad de pobres que le abruman. Desgraciada­mente no puedo hacer otra cosa sino rogar a Dios para que les alivie… porque pensar añadir algo a las 100 libras que se le en­vían para ellos (los pobres) al mes, no es posible. Sedan es el único sitio de la frontera que continúa recibiendo algo de la Caridad de París. Esta ciudad se ha visto obligada a retirar sus donativos a los otros lugares para atender a las necesidades extremas de esta dió­cesis, donde las tropas han permanecido largo tiempo… ¿Tiene suficiente con los cinco misioneros durante este tiempo de tantas desgracias?…».

Aun cuando la miseria de París sea grande, sin embargo para Vicente de Paúl es necesario movilizar los sentimientos de piedad, enfervorizar la Caridad de París, consumirse en la casa de Saint-Lazare a fin de que esta miseria no permanezca sin ayuda y abandonada. Si los recursos disminuyen en París, no se puede du­dar que hay dinero suficiente para aliviar, al menos, las necesida­des más urgentes de Champaña y de Picardía. Vicente de Paúl está convencido de que, en relación a las miserias humanas que los pri­vilegiados pueden socorrer, toda ayuda es obligatoria. Lo que es caridad en el corazón de quien da, es justicia al considerar el or­den objetivo de las cosas. Es indispensable, en consecuencia, in­teresar a todos los que pueden ayudar «a las fronteras continua­mente desoladas» a fin de que «se envíen muchas limosnas».

Informado exactamente de estas devastaciones, Vicente de Paúl escribe el 6 de marzo de 1654: «La guerra no ha dejado nada a estas pobres gentes; los ha despojado de todo».

Los misioneros que «visitan más de 100 pueblos», encuentran en ellos «ancianos y niños casi totalmente desnudos y completa­mente helados, mujeres desesperadas y transidas de frío», las iglesias reducidas «a un estado tan lamentable que no se le puede describir sin estremecerse de horror». «Se han encontrado a va­rias jóvenes de condición en diversos lugares de las fronteras… algunas de ellas han pasado varios días escondidas en cuevas para evitar las insolencias de los soldados». «Los pobres de los alre­dedores de Rethel asaltan en todas partes» al infatigable hermano Juan Parre, para recibir alguna subsistencia en medio de su gran pobreza. Se encuentran enfermos por todas partes, «abandona­dos de todos, acostados en el suelo, expuestos al rigor del frío y reducidos a una extrema miseria a causa de los soldados y de la carestía de grano». «La desolación se instala» un poco por todas partes y «los habitantes, que quedan, morirán de hambre» si la caridad no lo evita, enviando muchas limosnas.

Ante tales informaciones Vicente de Paúl piensa que París tie­ne que ayudar a las provincias devastadas. Así se lo comunica a las Damas de la Caridad y habla de ello a las personas caritativas. No hay más remedio que obrar y organizar para estar presentes y ser eficaces donde la desnudez avergüenza, el hambre multiplica las víctimas y la enfermedad se instala.

La caridad exige para ser eficaz, conocer exactamente las ne­cesidades de cada lugar y de cada persona. En consecuencia «si los fondos faltan», es preciso orientar su distribución. Vicente tiene alerta a sus misioneros y les recuerda los principios que de­ben orientar su acción. No debe distribuirse la limosna a quienes puedan trabajar, sino a los enfermos, ancianos, niños y a quienes «les es imposible encontrar trabajo». Por el contrario, cuando un obrero pueda trabajar, es necesario proporcionarle instrumen­tos de trabajo. Desde el momento en que las tierras se puedan cultivar y se encuentren campesinos que puedan hacerlo, se les debe dar arados y semillas para que realicen el cultivo. Se debe proporcionar ruecas y estopa o lana para hilar a las mujeres y jó­venes. La falta de dinero reduce necesariamente la ayuda. Que se active por lo tanto el trabajo de la tierra y la actividad de las personas. Así es este organizador, llamado Vicente de Paúl. El su­pervisa todo, dirige todo, se ocupa hasta de los menores detalles: «Podemos destinar algo para ayudar a los pobres campesinos y así puedan sembrar una pequeña parcela; digo: a los más pobres, quienes, sin esta ayuda, no podrían hacerlo. No hay nada preparado, pero se hará un esfuerzo para reunir al menos 100 pistolas para este fin, mientras llega el tiempo de la siembra. Le ruego ob­serve en qué lugares de Champaña y Picardía se encuentran los más pobres, los que tengan necesidad de esta ayuda; digo: la mayor necesidad. Puede decirles, de paso, que preparen alguna pequeña parcela, la aren y la estercolen y que rueguen a Dios que les envíe alguna simiente para sembrarla, y sin prometerles nada, darles es­peranza que Dios proveerá…».

Para socorrer a las provincias devastadas, Vicente se sirve, como siempre, de intermediarios: los miembros de la Congregación de la misión, las Caridades y las personas caritativas y prudentes «que van directas a la acción». Nombra un nuevo intendente general, el padre Almerás, «para visitar a los pobres párrocos y a otros sacerdotes… que tienen necesidad de ser asistidos. Este quiere reunirlos… para tratar con ellos de los medios para organi­zar las cosas de tal manera que no permanezca sin asistencia espi­ritual ninguna de las parroquias abandonadas». Este intendente de la caridad les distribuye hábitos, ornamentos, objetos de culto y determina lo que es necesario darles por mes. Se interesa tam­bién por la «situación de los pobres», especialmente, de los del campo, con el fin de que el hermano Juan Parre continúe ayudándo­les según sus indicaciones.

París quiere conocer con precisión el número de pobres y sus necesidades para socorrerlos lo más pronto y lo más eficazmente posible». Para realizar esta encuesta, Vicente de Paúl elige al hermano Juan Parre. Hombre sencillo, metódico, tiene la gracia de verlo todo y a fondo. Vicente y las Damas de la Caridad pueden fiarse de las informaciones de este viajero incansable. «La caridad de Cristo le apremia» constantemente. Por esta razón el organizador de la caridad le escribe el 16 de noviembre de 1658: «Si usted puede dar poco a los pobres, por incapacidad, sin embargo les da mucho en Dios, ya que en realidad les da sus propias comodidades, sus grandes trabajos y su vida; y no solamente esto, usted querría que todos los hombres le hiciesen el sacrificio de sus bienes y de sus personas, de tal manera que todos los pobres que existen en la tierra fuesen aliviados y todas las almas salvadas por Jesucristo… ¿Qué más puede hacer, mi querido hermano?».

Juan Parre es un buen colaborador de Vicente de Paúl. Confía en que la ingeniosidad del buen hermano ejecutará sus órdenes precisas. Este llega incluso a fundar nuevas Cofradías de la cari­dad «para aligerar las cargas de la Caridad de París» y poder rea­lizar la fórmula de las relaciones cristianas dictadas por san Pe­dro: «El don que cada uno haya recibido, póngalo al servicio de los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios».

Este trabajo obtiene sus resultados: los habitantes de Champaña y Picardía son salvados del hambre y se les ayuda a encontrar el dinamismo de vivir. Las personas caritativas y las Damas de la Caridad reciben, a cambio, «la gracia de abrigar a nuestro Señor en sus pobres miembros». «La providencia, dice Vicente de Paúl, se ha dirigido a algunas señoras de París para asistir a estas dos provincias desoladas; ¿no les parece esto singular y nuevo?».

Vicente crea una atmósfera de solidaridad que envuelve a es­tos pobres en su existencia diaria. Los reintegra a la vida y, al mis­mo tiempo al trabajo. Esta nueva forma de concebir la ayuda a los demás revela el origen de una caridad lúcida e inventiva.

Los pobres de Picardía y de Champaña, que conservan una actitud de esperanza y aceptan confiar incesantemente en Dios, se dirigen a Vicente de Paúl «sin temor». Están seguros de ser aco­gidos «favorablemente» por este contra-maestre de la providencia. Saben que su «bondad natural» y el «celo de su piedad» le hacen sentirse siempre totalmente solidario con ellos. No desconocen que este buen sacerdote, influyente con «las más altas personali­dades» del reino es, ante todo, el hombre de la misericordia. Confían en él. Han comprobado que este arquitecto y sus empresarios comparten sus esperanzas, sus preocupaciones, su miseria. Para los pobres es el «perfecto imitador del Maestro y Salvador». Por todas estas razones acuden a él. Por su pobreza y en razón de su pobreza envían a Vicente de Paúl, a las Damas de la Caridad la única palabra que les es propia: «Gracias por ha­ber tenido compasión de nuestras miserias». Y a Vicente le dicen: “Usted es el padre de la patria», es decir, el padre de una cau­sa que interesa a todos los franceses.

 

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