Julián Martínez de Alegría

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P. Julián Mnez. de Alegría

06-01-96

Pamplona

BPZ, Enero 1996

badajoz02Hace unos días tuve la ocasión de ver un vídeo que los feligreses del P. Julián Martínez de Alegría, de San Cristóbal de la Higuerita en la Laguna (Tenerife), le enviaron un poco antes de que él falleciera en Pamplona «al caer de la tarde», en el día de la Epifanía del Señor de 1996, rodeado del afecto de su comunidad  y en manos de sus hermanos y familia, en la serena paz de los que mueren en el Señor.

Eran la Pascua del Señor y el bautismo de dos niños, eje de aquellos fotogramas, la última presencia de Julián en medio de sus fieles, después de unas misiones que habían puesto en camino a la parroquia hacia la unidad y, sobre todo, hacia un compromiso mayor de presencia y de testimonio. Un trabajo, él me lo comentaba y también sus feligreses, fuerte, muy bien hecho y completado por todo el equipo misionero, y que él sospechaba fuese la causa de su cansancio y pérdida de fuerzas. El vídeo hoy es un testimonio de cómo el cáncer, el «caramarro» como él decía, lo había ya atenazado sin darse cuenta, y ¡cómo!…

Una semana larga de pruebas en el Hospital Universitario y todas las sospechas se van confirmando. Tuve la ocasión de pasar unos días a su lado y puedo testimoniar que, aún conociéndolo como hermano, sacerdote y religioso, cada vez que volvía a la residencia de La Laguna, en medio de la tristeza de la situación, me sentía reconfortado por su serenidad, disponibilidad y capacidad de acogida para todos cuantos -y fueron multitud- lo visitaban, así como de las Hermanas que trabajan en aquel hospital y que conocían su situación. Con el mar delante de sus ojos, estoy seguro de que ya, desde su interior, su vista iba vislumbrando otros horizontes, los del corazón de Dios hacia el que ir navegando, aunque sin prisas, pues casi hasta los últimos días siempre mantuvo la esperanza.

Su traslado a Pamplona fue un cheque en blanco en manos del Señor. Ya sabía que las cifras al portador no eran muchas, aunque conocía perfectamente cómo desde todas partes de España, y en modo particular desde Barakaldo, donde ejerció su ministerio como docente y párroco, desde Puerto Sagunto donde consiguió ir consolidando una verdadera comunidad y familia cristianas, para al final, después de siete años, tener que ceder el cayado a la diócesis, con el íntimo dolor de una crisis en ciernes, y desde la benjamina en su apostolado, San Cristóbal de la Higuerita, estaban rezando por él, junto con tantas Hermanas a las que siempre gustoso dirigía Ejercicios y retiros, y toda esa multitud de amigos y familiares que su agenda cargada de nombres, y que yo conservo, elocuentemente testimonia.

Mi hermano fue un hombre de fe, que yo he compartido desde que ambos éramos seminaristas, y en modo particular siendo religiosos y sacerdotes. Una fe sólida, y cultivada en la oración, la reflexión y el estudio personal. La formación permanente, especialmente en el campo pastoral y teológico, era algo que a mí siempre me sorprendió, y no sólo en sus primeros años en Marín, al lado del P. Angel Eguren, sino hasta el final del camino, como pude observar en la biblioteca, ya reducida, que se llevó consigo a Pamplona, concluidas las vacaciones, después de un viaje de despedida que hizo a La Laguna. Los libros, y no sólo de Teología sino también de Historia, Vicencianismo, Literatura, etc…, a la vez que animaban su despacho de enfermo, y entre los que como fieles compañeros se le veía feliz, fueron también testigos de su adiós allá, cuando a mediados de diciembre, al afectarle la parálisis a la columna vertebral tuvo que guardar cama definitivamente, aunque sin abandonar la lectura. Por cierto, entre los libros que tenía a su lado estaba el titulado «Apostar por la muerte – La propuesta cristiana, ¿ilusión o esperanza?», de Vittorio Messori,  con una estampa de San Vicente al final y el autógrafo en ella del P. Richard McCullen que dice: «Pido a Nuestro Señor que bendiga su persona y su trabajo cada vez más».

Tenía asumida su muerte y lo manifestaba privada y públicamente, como cuando en el mes de agosto participó en los funerales del hermano más pequeño, fallecido inesperadamente. Dijo entonces a los que allí nos encontrábamos: «como todos sabéis, en el puesto del féretro de mi hermano debería estar yo… y, como sabéis cómo me encuentro, pues rezad por mí, palabras dichas en el silencio roto por algunos sollozos. Y al caer de la  tarde del último domingo de agosto, sin saber de dónde sacó fuerzas, él que era un gran comunicador, mientras los grupos de familiares y amigos iban diciendo adiós, aún tenía humor para poner un poco de sal con sus conocidos chistes, para que la partida fuera para todos y para él menos dolorosa.

Desde su púlpito de Apellániz, en la Montaña Alavesa, no lejos de Murguía en donde iniciara sus pasos tras las huellas de San Vicente, su oratoria, que siempre fue sencilla; directa, comprometida siguió los derroteros de la cercanía, de la humilde verdad de su situación y de acercarse al corazón de vecinos y amigos, sabiendo agradecer la palabra y el gesto de unos y de otros. Un domingo, comentando el evangelio del Buen Samaritano, nos decís con «donaire», como diría la Madre Teresa: «Mirad, en mí tenéis la aplicación práctica. Yo soy el apaleado y desnudo, el pobre tirado ya a la orilla del camino. Y vosotros sois los buenos samaritanos, que nada más llegar yo al pueblo, os habéis deshecho en atenciones para conmigo: «¡Toma, Miren, unas lechugas, unas alubias verdes, unos huevos… ¡A ver si lo entonamos!».

Hombre recio y luchador, sabía disimular sus dolores y las consiguientes bajadas de moral hasta límites insospechados, a través de una callada retirada entre la lectura y el rezo del ~ rosario que hasta el último momento estuvo en su cabecera. Mientras estuvimos juntos en las últimas vacaciones, nuestra vida era casi monástica en la oración, silencio, lectura y, sobre todo, paseos por el monte, mañana y tarde, donde se le veía disfrutar de la belleza del paisaje y de las más sencillas cosas que ofrece la montaña alavesa: el riachuelo que  corre entre las rocas, la frondosidad de las hayas, la vegetación tupida entre los robles y el espectáculo gozoso de los castaños centenarios en flor, que tantas aventuras nuestras de  pequeños recuerdan. Al anochecer, junto con ocho o diez personas, la celebración de la Eucaristía, cerraba la jornada, como lo habíamos venido haciendo desde 1962, cuando se  ordenara de sacerdote en Salamanca, recordando en lo íntimo aquel: «Junto a ti, al caer de la tarde y cansados de nuestra labor, te ofrecemos con todos los hombres, el trabajo el descanso el amor».

Finalizado el verano y, ya de lleno en Pamplona, entra en su nuevo destino, que como él  decía ya es conocido: «Enfermería de Pamplona». Una nueva etapa, más conocida y vivida por sus hermanos de ambas comunidades, pero que, por los testimonios de unos y otros, estuvo marcada por una visión serena de la situación, de un estar constantemente animando y acompañando, apoyando a sus compañeros ancianos y enfermos, y en el  intento, hasta el final, de participar, aunque fuera concelebrando, en la Liturgia de la iglesia  de La Milagrosa.

Amigo de todos, durante estos meses no le faltaron visitas de familiares y conocidos, y el teléfono siempre lo encontraba dispuesto a interesarse, hasta el último día, de todo y de todos, a animar y llevar la paz a todos los rincones de la geografía española. Y cualquier  momento era bueno para salir con sus sobrinos a dar una vuelta por la geografía navarra.  Ojos y corazón abiertos hasta el final.

Unos días antes de Navidad, cuando ya se encontraba en cama paralizado, en la sonora soledad del tramo final perceptible, lo llamó la M. Abadesa de las Benedictinas de Alba -que  de vez en cuando le enviaba dulces y almendras- para preguntarle cómo iba a pasar la  Navidad. Su respuesta fue realmente a la medida del corazón, y revelación de su  personalidad, que sabía poner su pizca de sal a la vida: «Pues mire, Madre, aquí estoy como  el Niño Jesús en brazos de María. Me lo tienen que hacer todo como a El, hasta cambiarme los pañales. O si quiere, como Cristo en la cruz, sujeto y en manos del Padre».

El último día del año, rodeado de toda la familia, concelebramos la que iba a ser también su postrera Eucaristía, en la fiesta de la Sagrada Familia. Al preguntarle si deseaba decirnos algunas palabras, los ojos se le llenaron de lágrimas, como queriéndonos indicar que ya estaba todo dicho y que la oblación al Padre se estaba consumando, que la paz definitiva  iba ya sellando su corazón cansado.

En la soledad y el silencio de unas pocas horas de agonía, allá a las diez y cuarto de la noche, acompañado de sus hermanos y familia, entregó su vida al Señor, en la fiesta de su Epifanía, entrando así en la última y definitiva Pascua, él que durante cincuenta y nueve años, como Moisés y como Jesús, el Buen Pastor, había acompañado a tantos hermanos a entrar «en el gozo de su Señor», en la «Tierra Prometida».

P. Evaristo J. Mtz de Alegría, s.c.j.

DATOS BIOGRÁFICOS

Nace en el pequeño pueblo de Apellániz (Alava) el 8 de junio de 1936, en una familia numerosa: 6 varones y 4 mujeres. Sus   padres: Tirso y Nemesia. En 1948 ingresa en la Escuela Apostólica de Murguía.

El 26 de septiembre de 1953 es admitido en el Seminario Interno            de Limpias (Cantabria). En 1955 inicia los estudios de Filosofía en Hortaleza (Madrid), estudios que terminará en Cuenca, un año, 1957-1958. En Hortaleza, en 1955, hace los votos temporales. En 1958 emite los votos perpetuos en Salamanca, e inicia los estudios de Teología hasta 1962, Este año consigue la Licenciatura en Teología en la Universidad Pontificia. Ya sacerdote se especializará en catequética.

Ordenes sagradas:

– Tonsura y Ordenes Menores, en Salamanca, en 1960, de manos de Mons. Francisco Barbado Viejo.

– Subdiaconado, en Salamanca, en 1961, de manos de Mons. Francisco Barbado Viejo. – Diaconado, en Salamanca, en 1961, de manos de Mons. Francisco Barbado Viejo.

– Presbiterado, en Salamanca, en 1962, de manos de Mons. Florencio Sanz, C.M.

DESTINOS

1962-1963: Andujar, Escuela Apostólica, profesor.

1963-1967: Marín, Colegio de San Narciso, profesor.

1967-1968: Hortaleza, Filosofado, profesor y subdirector de los Estudiantes. 1968-1979: Barakaldo-Colegio, director espiritual, coordinador de catequética de EGB, responsable del equipo de pastoral.

1979-1985: Barakaldo-El Carmen, Superior y párroco.

1985-1992: Puerto de Sagunto, Superior y párroco del Carmen. 1992-1995: La Laguna, Superior y párroco de La Higuerita 1988-1992: Consejero Provincial.

1995-1996: Pamplona-Enfermería, donde muere el 6-1-96 a los 59 años de edad y 42 de vocación.

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