Julián Labiano

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Julián Labiano

30-05-00

Pamplona

BPZ, Junio, 2000

Bara(Subiza, 18 de Octubre de 1912 – Pamplona, 30 de Mayo de 2000)

Cuando acaba el mes de Mayo dedicado a María, y en el contexto de esta fiesta entrañable de la Visitación de la Virgen a su prima Isabel, celebramos este funeral por el eterno descanso del P. Julián Labiano Auza, que fallecía ayer aquí en Pamplona a los 87 años de edad. A pesar de su avanzada edad, nada nos había hecho prever este acontecimiento y por eso nos ha sorprendido su muerte. Descansa ahora en esta tierra que le vio nacer y contempla ya en el cielo al Dios en el que creyó y en el que esperó.

Había nacido el P. Labiano en la cercana localidad de Subiza, al pie de la Sierra del Perdón, el 18 de Octubre de 1912. Se llamaban sus padres Nicasio y Paula. Niño todavía, ingresó en la pequeña Apostólica que los misioneros tenían abierta desde 1922 en la plazuela de San José y vecina a la Catedral. Le tocó después trasladarse a esta casa, cuando se inauguró, y le gustaba contar cómo fue izada y anclada la imagen de la Virgen que preside el exterior de este edificio. El 17 de Septiembre de 1932 es recibido en el Noviciado de la Congregación de la Misión en Madrid. Prosigue después los Estudios de Filosofia y Teología, un tanto alterados por las circunstancias de la Guerra Civil, y es ordenado sacerdote aquí en Pamplona, en la Iglesia de los PP. Capuchinos extramuros, el 17 de Mayo de 1942.

A partir de esa fecha se suceden en la experiencia del P. Labiano los azares de la vida misionera. Entre 1945 y 1975 se da su vinculación con la que ahora es Provin­cia de Perú; residiendo primero en las casas de Sucre y La Paz en Bolivia, y pasando después por las de Miraflo­res, Tarma o Chiclayo en Perú. Ministerios como la ense­ñanza en el Seminario o en el Colegio y la dedicación a la pastoral parroquial determinan esta primera etapa de su vida. Se vincula en 1975 a esta Provincia canónica de Zaragoza, si bien en los diez años siguientes desempeña su ministerio sacerdotal en diversas parroquias de Puerto Rico. Ya en 1985 es destinado a la comunidad de Pamplo­na-Iglesia, poniéndose al servicio de este templo. Con la reestructuración de comunidades en 1991, queda adscrito a la de Pamplona-Residencia, donde ha permanecido hasta su fallecimiento.

En esta rápida semblanza de la vida del P. Labiano, hay una nota que destaca: la universalidad de la acción misionera. Su ministerio no queda circunscrito ni a un pueblo, ni a una región, ni a un país; ya que son varias las naciones que recorre y muy diversos los pueblos a los que sirve. A San Vicente le gustaba recordarnos a nosotros, los paúles, que «nuestra voca­ción consiste en ir no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra. ¿Y para qué? Para abrasar los corazones de todos los hombres, para hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor…» (XI, 553)

Ahí está descrita la esencia de nuestra vocación: vocación de apóstoles, testi­gos de un Cristo-evangelizador que redime a los pobres; vocación de misioneros, que no se fi­jan en un punto concreto del mundo, sino que quieren abarcar la tierra entera; vocación profundamente cristiana, que se arraiga en Cristo y vive de él; vocación espiritual, animada por el Espí­ritu de Dios y deseosa de inflamar a los hombres en su amor; vocación vital, que absorbe a toda la persona y le hace sentir, desear y amar la vida de Dios.

A la vista de esta vocación tan grande, habríamos de decir con San Vicente en aquella vehemente conferencia del 6 de Diciembre de 1658: ¡Qué felicidad y qué responsabilidad! Felicidad porque compartimos la vocación misma de Cristo: evangelizar a los pobres. Responsabi­lidad porque nos hemos de comprometer con una misión que nos pide todo.

Las lecturas que hemos escuchado fundamentan y orientan toda esta realidad. La Virgen María, en su Canto gozoso del Evangelio, resaltaba la imagen de un Dios vindicador de los pobres que sustenta nuestra misión Un Dios Salvador que se fija en el humilde; un Dios de per dón, cuya misericordia recorre las entrañas de la Historia; un Dios liberador que establece su jus­ticia entre los hombres; un Dios que cumple su promesa de libertad, de paz y de esperanza. A ese Dios de Jesucristo hemos de anunciar en nuestra misión y desde ese Dios de Jesucristo hemos de promover los misioneros un nuevo tipo de hombre sobre la Tierra.

Un nuevo tipo de hombre que venía determinado en la segunda lectura por la carta de San Pablo. Es la caridad, nos decía el apóstol, la que tiene que presidir todas nuestras relacio­nes. Es el bien lo que tenemos que buscar en todo momento. Es la estima mutua lo que ha de vivirse entre nosotros. Y desde esa caridad y esa estima, hemos de ser cuidadosos en cuanto hace­mos y fervientes en el espíritu. ¡Qué características tan positivas también las que señala San Pa­blo en el servicio! ¡Alegres en la esperanza, firmes en la dificultad y constantes en la oración! iY qué humanas las consecuencias! ¡Estar disponibles para los pobres, bendecir a quienes no nos quieren, compartir la suerte de los demás, ponernos al nivel de la gente humilde!… Cierto que todo esto suena hermoso a nuestros oídos pero es muy difícil de vivir. Pero cierto también que es posi­ble si se vive en Cristo, y no en nosotros, y si es su Evangelio, y no nuestra limitada pequeñez, el que nos tensiona.

Así lo podemos ver en María, cuya fiesta hoy en la circunstancia de su visitación estamos celebrando. Vivió a Cristo, en sintonía con el Padre y alentada por el Espíritu. Y vivió, por eso, en esperanza, alegre, servicial, humilde, amable, para los demás. Vivió con sentido misionero, haciendo a Cristo presente allí donde se encontraba. Lo decía muy bellamente el himno de Laudes que esta mañana recitábamos en la oración comunitaria:

Cuando el ángel se alejó, María salió al camino. Dios ya estaba entre los hombres. ¿Cómo tenerle escondido?

De eso se trata: de tener a Cristo en nosotros o de estar nosotros en él; de sentir­lo dentro o sentirnos suyos; de hacerlo nuestro o de hacernos de él… En cualquiera de los casos, ser suyos de tal manera que sea él nuestro vivir y en nosotros desborde todo su ser… «Si él está de­ntro de mí, ¿cómo tenerle escondido?»

¡Que la mirada hoy a María sostenga nuestra vocación misionera y aliente nuestro servicio al Evangelio! ¡Que de su mano haya llegado el P. Labiano al conocimiento pleno de Dios! ¡Y que bajo su amparo seamos capaces de proseguir alegres, esperanzados y amables la misión misma de Cristo-evangelizador de los pobres!

Santiago Azcárate

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