Nació en San Martín de Centellas, del obispado de Vich y provincia de Barcelona, el día 20 de julio de 1879.
Entró en la Congregación el día 18 de diciembre de 1899, o sea a los veinte años de edad.
Esto se dice en pocas palabras, pero supone muchas cosas, y no es la más pequeña el hacerse apto para los estudios eclesiásticos sin poseer apenas las primeras letras, lo que hizo el P. Puig con una firmeza y constancia ejemplares.
Puede decirse que la vida de nuestro buen hermano se deslizó entre la enseñanza y la predicación. Con respecto a la primera, la ejerció bastante tiempo y con mucha pericia en la Escuela Apostólica de Bellpuig. Con sus métodos personales lograba lo que tal vez otros no conseguirían con sistemas más modernos. Relativamente a la predicación, hay que decir que misionó en Mallorca y Cataluña, especialmente en el obispado de Seo de Urgel al ser destinado a la casa de Rialp, de la cual fue Superior. El distintivo de sus sermones era la sencillez apostólica y la unción sacerdotal. Sencillo en su trato, gustaba y prefería para sí la gente humilde y trabajadora.
Cuantos le conocieron recordarán su carácter alegre y optimista: de no haberlo sido tanto, posiblemente no hubiera caído en las garras de la fiera marxista, encontrándose destinado en la casa de Figueras.
Como no había hecho mal a nadie y sí mucho bien, confiaba que nada malo podía acontecerle. Sin embarga, se equivocó, pues el 5 de agosto de 1936, a las siete de la noche, fue preso y horas más tarde llevado al célebre castillo que domina la ciudad, donde permaneció hasta el día de su cruel martirio, sin exhalar una queja; al contrario: cuando alguien, en un momento de exaltación, dijo que si estuviera en su mano acabaría con sus perseguidores, él respondió: «No; eso nunca. Hay que perdonarles. Yo, por mi parte, los perdono.»
Los últimos días de su vida repetía frecuentemente a unas buenas personas que le visitaban y le traían de comer de parte de las Hermanas del Asilo de Ancianos, donde había estado acogido caritativamente: «Es preciso prepararnos para morir.»
El día 13 de octubre de 1936 caía víctima del odio comunista, por Dios y por España, el P. Juan Puig y Serra, en el castillo de Figueras. Su cadáver, sepultado primero en losa común, fue religiosamente depositado en la tumba de la Comunidad figuerense.
El P. Puig, como buen hijo de la Congregación, era muy devoto del Sagrado Corazón, de la Milagrosa y de San, Vicente. Sus obras lo manifiestan, pues hizo editar unas preciosas estampas y novenas de nuestra Madre del Cielo, y, finalmente, publicó una vida breve de Nuestro Santo Padre.
El que esto escribe conserva una de las muchas cartas que nuestro caro hermano escribió durante su prisión. Fuera de ser una apreciable reliquia, nada tiene de particular, si se quiere; pero toda ella respira la calma y serenidad del que está tranquilo de conciencia y sufre teniendo delante de sus ojos las palabras del Señor: «Beati eritis, cum maledixerint vobis, et persecuti vos fuerint; gaudete, et exultate, quoniam merces vestra copiosa es in coelis…». (San Malteo, 5, 11.)







