Era un hombre como un castillo: alto y fuerte. Mas su salud no era buena del todo: su estómago estaba trabajado por un mal ulceroso, que se agravó con el nervosismo natural en las horas graves de la revolución, y estuvo a punto de ponerle a dos dedos de la muerte. En los primeros días de agosto tuvo un ataque fortísimo, y echó una enormidad de sangre. No estaba aún repuesto el día 18, en que fue detenido, y por eso, en los sótanos del Palacio de Medinaceli semejaba un árbol gigantesco abatido.
Estampa de su dolor podía ser un dibujo que le representara sentado en, una silla y con los brazos cruzados apretándose la boca del estómago, su faz denotando enorme angustia, y sobre él la sombra de un miliciano descamisado, empuñando pistola; otros, en torno, armados de fusil, y enfrente, un «mandamás» atildado, con sonrisa de fauno, que le interroga.
Según un testigo de vista, parecía un verdadero «Eccehomo».
En contraste con su fragilidad de tronco carcomido, su entereza de carácter. En las mazmorras de la checa de Fomento, horas antes de ser sacrificado, declaró a un feliz superviviente que no le habían, podido arrancar el secreto de cuya revelación dependía la vida de un .querido compañero de Congregación y con cargo importante en la misma.
Tenía a la sazón el H. Juan Núñez cincuenta y cuatro años. Era hijo de Prudencio y Justa. Natural de Fontioso (Burgos), había nacido el 14 de septiembre de 1882.
Ingresó en la Congregación el 16 de mayo de 1901, y pronunció los santos votos el 27 de septiembre, aniversario de la gloriosa muerte de San Vicente, año 1903.
Ya a los nueve meses de novicio fue destinado a Hortaleza, donde estuvo hasta 1924, en que fue enviado a Cádiz, volviendo a Madrid el 1 de octubre de 1928.
En Hortaleza vivió dedicado al cuidado de la casa de labor. Pesaba su opinión en todo el pueblo, del cual y por lo mismo, durante algún tiempo, fue juez y concejal.
En Madrid, Casa Central, donde vivió los últimos años, obró en calidad de ayudante del Procurador Provincial.
Lo relativo a su martirio queda escrito al hablar del Padre Fernández y demás compañeros de martirio.
La nota judicial de su fallecimiento daba estas características: «Un hombre de unos cuarenta y cinco años, dos metros de estatura, fuerte, pelo negro, americana, chaleco y pantalón castaños, camisa blanca con pechera a rayas rosa, calzoncillo blanco y largo 10, camiseta caña con las iniciales F. Arnao, C. M., calcetines lana blancos y sombrero de fieltro castaño, estallido masa encefálica y fractura del cráneo. Llevaba un rosario y cordón con medalla religiosa.
Sus restos gloriosos se encontraron en regular estado de conservación, y, trasladados el día 12 de noviembre de 1941 del cementerio de Vallecas, descansan, Con los de sus compañeros Mártires, en la Sacramental de San Isidro de Madrid.







