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P. Juan José Murillo |
14-11-00 |
Pamplona |
BPZ, Noviembre, 2000 |
Arizaleta, 8 de febrero de 1932 – Pamplona, 14 de noviembre de 2000
Sin habernos repuesto todavía de la impresión que a todos nos dejó la última muerte, nos ha sorprendido sobremanera el inesperado fallecimiento del P. Juan José Murillo. Desde el coro siguió el domingo el funeral del P. Generoso. Hablaba yo después con él y dejábamos las cosas planteadas para su asistencia médica en estos días. Cierto que su situación era muy seria y su enfermedad complicada, pero nada nos hacía prever un desenlace tan rápido. Desde una perspectiva de fe, hay que ver en todo esto la mano de la Providencia. Probablemente ha querido ahorrarle el Señor sufrimiento y dolor. Y con 68 años lo ha llamado a su lado. ¡Descanse en paz!
Había nacido el P. Murillo en la pequeña localidad de Arizaleta, en el navarro Valle de Yerri el 8 de Febrero de 1932. Fueron sus padres D. Timoteo y Dña Adelaida. En 1944 ingresó en esta casa de Pamplona para comenzar los estudios de Humanidades. En 1949 comienza el Noviciado que completaría entre las casas de Hortaleza y Limpias (Cantabria). Regresa en 1951 a Hortaleza, donde pronuncia los votos y estudia la Filosofíaa durante dos años. En 1953 se instala en Cuenca para cursar Teología, materia que completará con el año de Londres. Dentro de todo este periodo formativo, se suceden las ordenaciones en 1956: primero de diácono en Cuenca y después, el 9 de Septiembre, de presbítero en Madrid.
Ya sacerdote, comienza para el P. Murillo una serie larga de destinos. Entre 1957 y 1961 se dedica a la enseñanza en la Apostólica de Teruel. Pasa después dos años a la de Murguía (Álava), para empezar a continuación una etapa centrada más en la pastoral parroquial como coadjutor primero en Gijón y después en Huelva hasta 1970. Desde esta fecha, y hasta 1974, sirve sucesivamente en Barakaldo y en esta iglesia de Pamplona. Dos años dedicará después a los estudios en Roma y Madrid para reiniciarse otra vez en la Pastoral en esta zona de Navarra. En 1979 se traslada a América, sirviendo ministerialmente dos cursos en Santo Domingo y Puerto Rico. Ya de vuelta a los límites de esta Provincia Canónica de Zaragoza, conocerá desde 1981destino pastoral en Fuerteventura (Canarias) hasta 1984; en Zaragoza entre 1984 y 1989; en Astrabudúa (Vizcaya) hasta 1992; en Albacete hasta 1997; y desde ese año hasta el presente en San Sebastián. Varios han sido, además, los ministerios a los que se ha dedicado en esta última etapa: parroquias, capellanía en Residencias de la Tercera Edad y en la Cárcel, atención a las Hijas de la Caridad… Y preparando todavía distintos servicios a las Hermanas (retiro de Adviento y Triduo a la Milagrosa), le sorprendía ayer la muerte.
En el transcurso de esta apretada biografía, me ha tocado en los últimos años seguir de cerca la evolución del P. Murillo. Primero, por la convivencia con él y el trabajo conjunto en la Parroquia de San Lorenzo de Astrabudúa. Y después, por la constante comunicación con ocasión de su enfermedad. En este tiempo, tres cosas me han llamado la atención en positivo del P. Murillo: su afán de estar al día, el entusiasmo que ponía en lo que hacía y el anhelo pastoral en los ministerios que dominaba.
Gustaba el P. Murillo de estar al corriente de todas las novedades teológicas y sociales. Se preocupaba por el discurrir de los tiempos y por la respuesta que como Iglesia teníamos que dar. Hombre imaginativo, ponía creatividad y entusiasmo en todo lo que acometía, procurando contagiar en sus intervenciones un sentido ilusionado de la pastoral. Se ofrecía, por eso, para cantidad de servicios, siendo más dominante en este campo su personal deseo que la propia realidad, cada día más empeñada en mostrarle la limitación de sus posibilidades.
En este contexto de afán, de entusiasmo y de deseo resultan muy apropiados los textos de la Palabra de Dios que hemos escuchado. Son textos que suscitan esperanza, que alientan vida, que rezuman fe.
Daba san Pablo unos consejos de buen pastor a su discípulo Tito y pretendía de ese mo-
do ayudarle a dirigir la comunidad cristiana. Pero todo eso acababa desembocando en una confesión esperanzada y alegre del mismo apóstol: «También nosotros éramos esclavos, afirma consciente, pero cuándo apareció la bondad de Dios y su amor al hombre hemos sido salvados». Y un ambiente de confianza se respira a partir de aquí en las líneas que siguen: confianza por la bondad de Dios para con nosotros; confianza, por su gran misericordia, confianza porque hemos renacido en el Bautismo a una vida nueva, confianza porque el Espíritu de Dios se ha derramado abundantemente sobre nosotros… Y desde esa confianza, la esperanza: esperanza en la vida eterna que se nos da a todos como herencia.
El Evangelio era después un canto a la vida que Jesús propaga por todas partes. Él está como siempre de camino. También, como siempre, los enfermos salen a su encuentro: «Ten compasión de nosotros», le dicen. Y todos quedaron limpios. Uno tan sólo vuelve para darle gracias. Y en éste nos hemos de fijar (no merece la pena centrarse en los desagradecidos) El que regresa es extranjero y da gloria a Dios. Y Cristo lo levanta y lo anima: «Tu fe te ha salvado»… Otra vez, la fe: la virtud fundamental en el hombre, la actitud que nos lleva al reconocimiento de Dios, la fuerza que nos justifica por la gracia, la energía que nos hace hombres nuevos. Hombres nuevos con un horizonte en la vida, con una dirección para vivirla, con una ilusión para contagiar, con un amor que comunicar, con una esperanza que alentar, con un compromiso que asumir. El horizonte de Dios, la dirección de su Evangelio, la ilusión de su Hijo, el amor de su Espíritu, la esperanza de su Vida, el compromiso de su Reino. Por la fe en Cristo quedamos limpios, elevados sobre nuestro pecado y asociados a su misión y a su vida.
Desde esta fe que Jesús resalta y desde aquella esperanza que el apóstol suscitaba, podríamos hacer nuestras las cualidades que hace un momento reseñaba:
– hacer nuestro el afán de estar al día, no por el prurito de novedad o por la ansiedad de lo noticiable, sino por la necesidad de conocer nuestro mundo para poder así proponer adecuadamente el Evangelio. Estamos llamados a ser discípulos de Cristo y somos enviados a ser sus testigos en medio del mundo. Por eso es tan importante que tengamos los ojos abiertos, que conozcamos nuestra realidad, que advirtamos en ella la situación de los pobres y que la iluminemos después con la luz del Evangelio para transformarla y redimirla.
– poner entusiasmo en nuestro creer y en nuestro trabajar. ¡Estar convencidos de que no hay nada en la tierra superior al conocimiento de Cristo! Y desde esa convicción, vivir encendidamente la fe y poner pasión y gozo en el testimonio de Dios.
Con las limitaciones propias de su condición humana, eso es lo que pretendió siempre el P. Murillo. ¡Hagamos nuestras también esas actitudes! Me decía hace poco que iba a poner en este próximo Triduo de la Milagrosa toda su fuerza, pidiéndole a la Virgen que se le manifestara. Ya lo ha hecho María. Quizá no como él esperaba. Tampoco como podíamos pensar los demás. Pero, en todo caso, desbordando cualquier expectativa. Porque se le ha manifestado del todo: como la Madre buena que es, y llevándole hasta su Hijo, el fruto bendito de su vientre. ¡Que esa sea también un día su manifestación a nosotros y a todos los hombres!







