Juan-Bautista Etienne (XXXVII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Étienne: «Me hallo enfrentado a la muerte»

Es revelador el testamento espiritual que escribió Étienne en su retiro anual de octubre, el año 1871. Comienza diciendo, «he llega­do al termino de mi retiro anual. Quizá sea el último de mi vida.

Enfrentado a la muerte, experimento la necesidad de escribir este adiós a los miembros de la pequeña Compañía de la Misión». Étienne imploraba de los miembros de la Congregación el perdón de sus muchas «iniquidades». Pedía indulgencia para «los malos ejemplos» que había dado y el dolor que hubiera podido causar. En fin, solicitaba clemencia por las pérdidas, «espirituales o temporales», que hubieran ocasionado a la Congregación sus errores en el ejercicio del cargol°3. Estos sentimientos delatan a un Étienne sabedor de que, en su vida y generalato, había existido un lado oscuro.

Étienne confesaba estar «confuso por el respeto, la confianza y el afecto» de que le habían rodeado los miembros de la Congregación. Aseguraba entender semejantes expresiones sólo en cuanto que repre­sentaban el «espíritu de fe» que la Congregación tenía en el cargo de superior general, más bien que en él personalmente. «Reconozco» —decía Étienne—, «y siempre reconocí, ser indigno de ocupar el pues­to de san Vicente». Tenía la sensación de que sus muchas faltas revelaban «lo poco lleno que estoy del espíritu de nuestro santo fundador». Etienne reconocía asimismo deficiencias atribuibles a «la medianía de mis talentos, la oscuridad de mi cuna, lo incompleto de mi formación, y la naturaleza débil e indecisa de mi carácter». Al paso de los años, más de un adversario de Étienne se abría hallado de acuerdo con no poco de lo ahí enumerado.

A la luz de sus múltiples defectos y faltas, Étienne confesaba de nuevo «en sinceridad de corazón, que me desconsolaría el que alguien atribuyera a mi persona la mínima parte» de los éxitos de la Congre­gación «durante mi generalato». Sus faltas le parecían «verdaderos obstáculos» a la ejecución de «los designios de la Providencia sobre los hijos de san Vicente». De ahí que hubiese dicho y repetido, ser «Dios solo» el responsable del gran incremento en las vocaciones y de «la multiplicidad y prosperidad» experimentada por las obras de la Congregación.

La única nota positiva reconocida por Étienne a su persona era «el ferviente amor de toda la vida hacia la Congregación», no menos que a los miembros de ésta. «Los éxitos de la Compañía» fueron el único «gozo verdadero» que sintió en la vida. Dos gran­des convicciones centrales de su vida, las creía él dones venidos de Dios. La primera convicción era, que Dios tenía reservado a la Compañía un gran destino en la Iglesia. Por creer en esto de todo corazón, decía haber hallado «tan satisfactorio» su trabajo como superior general. Era asimismo el motivo de que, como general, se sintiera «tan contento» de tantas «fatigas y cuidados» como envol­vían sus responsabilidades.

La segunda gracia que Étienne pensaba le había concedido Dios, era «la convicción de que la existencia y el futuro de la Compañía, así como la prosperidad de sus obras reposan sobre la fidelidad al espíri­tu, a las reglas y a las máximas de san Vicente»110. Insistía en que esta adhesión suya a la referida idea era tan fuerte, que siempre había pre­ferido ver la Congregación suprimida, a permitir un cambio aun míni­mo en las constituciones’ I. Se alegraba de que pudiera decir que, al cabo de 200 años, la obra de san Vicente «no había sufrido la menor alteración ni cambio alguno».

Las revoluciones y tumultos de su siglo nunca habían amedrenta­do a Étienne, sabiendo él que siempre fueron medios empleados por la Providencia, para ampliar la misión de la Compañía y brindar a ésta nuevos factores de prosperidad». No debiendo Étienne preocuparse de amenazas exteriores, creía «asegurada la futura existencia de la Congregación, si ésta observaba fielmente las reglas, las costumbres y las constituciones». Predecía que, si alguna vez incurría la Congregación en «decadencia», este triste final habría derivado del primer momento en que «alteró o descuidó» el espíritu primitivo. Dejaba a su sucesor como «precioso legado» estas dos convicciones. En fin, Étienne «encarecía» a los misioneros, que dieran su adhesión al nuevo supe­rior general, para que nunca sobreviniera a la Compañía ese terrible trance.

«Sus pensamientos no son los nuestros». Esta cita del profeta Isa­ías formaba el tema de la carta circular que escribía Étienne al comen­zar el año 1871. El general escribía desde Bruselas. Étienne había huido a Bélgica, ante la derrota de Francia, a las seis semanas de esta­llar la guerra franco-prusiana. Francia había declarado la guerra a Prusia el 15 de julio de 1870. Para finales de aquel mismo mes, los prusianos estaban muy adentrados en territorio francés. En París, mientras tanto, se celebraba, conforme al plan acordado, el 50° aniver­sario de Étienne. Fue el 4 de agosto. Al día siguiente, el ejército fran­cés era derrotado en Wissembourg por los prusianos. Agosto fue para los franceses un mes de «continuos desastres», que acabaron en la derrota de Sedan y la captura de Napoleón III, el día 2 de septiem­bre’. En París se proclamó la III República, y se constituyó un gobierno provisional de defensa nacional. Étienne abandonaba la capital el 5 de septiembre, al iniciar los prusianos la marcha sobre ella, que sufriría un asedio de cuatro meses. París se rindió el 28 de enero de 1871. El 10 de mayo firmaban los beligerantes en Frankfurt un tratado de paz. A finales de marzo estalló en París la sangrienta Comuna, que duró dos meses. Étienne volvía a París en julio de 1871, a tiempo para celebrar la festividad de san Vicente.

Declaraba Etienne que este re-encuentro de julio estuvo lleno de emoción. Señalaba con gratitud que una y otra casa-madre habían sali­do inmunes del asedio prusiano y de la Comuna. Nadie —padre, herma­no o hermana—, había perdido la vida, y «ni siquiera un cabello habían sufrido daño». Y lo que le parecía no menos admirable: en medio de tan honda conmoción y acontecimientos tan siniestros, nada detuvo el progreso de la Compañía ni interrumpió la afluencia de vocaciones». Aquel mismo año abría la Congregación dos casas más en Francia, y 24 misioneros salían rumbo a misiones extranjeras.

Étienne reiteraba ahora un alegato que se le había convertido en lema: este providencial amparo «no tenía precedente en la historia de la Compañía». Y concluía: «En tiempos que, humanamente hablan­do, aparecen tan malos y tormentosos, vemos a la Compañía en una posición tan consoladora, que hemos de repetir las palabras del profe­ta, digitus Dei hic [aquí está el dedo de Dios]«.

A comienzos de 1856 la salud de Étienne dio las primeras señales de flaqueza: cálculos en la vesícula biliar fueron tratados por una ciru­gía primitiva y dolorosa. Los trastornos y las operaciones menudearon en años subsiguientes. Ya avanzado el año 1873 se precipitaba el decaimiento físico de Étienne. Los primeros días de marzo de 1874, la comunidad abandonó toda esperanza de recuperación. El 7 de marzo, recibidos los sacramentos, Étienne dijo adiós a la comunidad:

Entiendo las emociones que ahora os embargan. A mí me sería difícil contener las mías, de no haberme preparado largo tiempo para esta dolorosa circunstancia y piadosa ceremonia. En la asamblea [sexenal] habida en julio pasado, dije a los misioneros que sentía acercarse mi fin. Mi edad y enfermedades eran señales, por las que el Señor me avisaba de que acababa mi misión… Dije entonces desear que mis últimas pala­bras fuesen las de san Vicente, «Voy para reunirme con la gran familia del cielo. Confío en la misericordia y bondad de Nuestro Señor». Tengan a bien no olvidarme en sus oraciones, señores y hermanos muy queridos, para que el Señor perdone mis pecados. Pido el perdón de aquellos entre ustedes a los que he causado pena. Nunca lo hice de propósito, pero lo lamento si lo hice. Rueguen al Señor que me reciba en el cielo con san Vicente. Para entrar en el cielo hay que ser puro. Sí, pidan al Señor que me haga objeto de su piedad y perdone mis pecados. Él confiera eficacia al sacramento que he recibido. Pueda yo oír, cuando me presente ante Su Divina Majestad, las palabras del evangelio, Bien hecho, siervo bueno y fiel, entra en el gozo que el Señor te preparaba desde toda la eternidad [cfr., Mt 25,21,34].

¡Oh, las gracias que doy a Nuestro Señor en estos momentos, por los favores concedidos a mí y a la doble familia de san Vicente! Ruego a ustedes se unan a mí para agradecérselo. Sí, la Congregación es hoy lo que fue en tiempos de san Vicente. La anima el espíritu primitivo. Todo lo ha hecho Nuestro Señor. ¡A Él solo gloria! Cuando yo no exista, les ruego, les suplico, no me atribuyan esto a mí. Dios solo, autor de todo bien, debe recibir esa gloria.

Aun así, hay algo a lo que me adhiero, algo que nadie puede cuestionar, ¡mi amor por la Congregación! Oh, sí, señores y muy queridos herma­nos, he amado a la doble familia de san Vicente por encima de toda otra cosa. A ella consagré mi vida entera, mis fuerzas y mis afectos. ¡La he amado más que a mi propia vida! Díganselo a los misioneros de todo el mundo: padres, estudiantes, novicios y hermanos; que si por la miseri­cordia inmensa de Dios, se me concede entrar en el ciclo, allá llevaré el amor que tengo a cada uno de ellos. Al dejar esta tierra, tengo la firme esperanza de poder amarles desde lo alto para siempre.

Juan-Bautista Etienne falleció a las 11 pm el 12 de marzo de 1874. Su cuerpo se exponía a la mañana siguiente en la capilla de la casa-madre. En la casa-madre se tuvieron las exequias el lunes 16 de marzo. Llenaba a rebosar la capilla una variedad de dignatarios eclesiásticos y civiles. Celebró la misa de requiem el vicario general, Luis Mellier. El cardenal José-Hipólito Guibert, arzobispo de París, impartió la absolución. Terminados los oficios, un largo cortejo fúnebre se dirigió al cementerio de Montparnasse. Aquí reposarían provisional mente los restos de Étienne.

A instancias de las Damas de la Caridad, el gobierno permitió que se re-inhumara a Étienne en la capilla de la casa-madre. El 11 de septiembre de 1874, Eugenio Boré, sucesor de Etienne como superior general, presidía el traslado a la nueva tumba, emplazada en medio de la nave central’. Una lápida de mármol sobre el último asilo de Étienne ostenta la siguiente inscripción:

JOHANNES BAPTISTA

ÉTIENNE
SUPERIOR GENERALIS

CONGREGATIONIS MISSIONIS

ET SOCIETATIS

PUELLARUM CHARITATIS

1801 — 1843 — 1874

REQUIESCAT IN PACE

Los periódicos principales de París registraron todos ellos el dece­so de Étienne. Es típica la nota necrológica que publicó L’Union el 18 de marzo:

Nunca está la prensa tan ocupada, que no pueda registrar la muerte de un hombre grande y bueno. Un hombre así fue el Muy Reverendo Étienne, superior general de los sacerdotes de la Misión y de las Hermanas de la Caridad. Presenciar las exequias celebradas ayer en la rue de Sévres, hubie­ra bastado a cualquiera para entender quién fue el hombre que dejó ahora la tierra. Estaba a la cabeza de los Lazaristas, que han llevado los benefi­cios del cristianismo y el nombre francés a lugares remotos. Era el jefe del angelical ejército de la Caridad, que combate el sufrimiento y se consagra al conmovedor apostolado de aliviar las miserias de la humanidad.

¡Qué tributo al Padre Étienne, el de las dos mil Hermanas de la Caridad y millares de niñas puestas bajo su cuidado, avanzando en respetuoso silencio al lado de sus restos, camino del lugar de su último reposo! ¡Qué respetuosa actitud, la de la muchedumbre de espectadores! Ellos saben quiénes son sus verdaderos amigos en este mundo. ¡Han experimentado la ternura maternal de la Iglesia, en los servicios de estos religiosos y santas mujeres!

Llenaría muchas páginas el recuento de las obras del Padre Étienne en el transcurso de su larga vida, sobre todo durante los últimos treinta años. Multiplicó por seis el número de establecimientos en su orden. Turquía, América, China y Japón saben ahora, que la casa en rue de Sévres es un centro de civilización cristiana, merced a la predicación, enseñanza y caridad que proceden de ella. Bajo el gobierno del Padre Étienne aumentó prodigiosamente el número de Hermanas de san Vicente de Paúl… ¡El nombre del Padre Étienne ha dado prestigio a su orden! ¡Fue él objeto de honda veneración y de amor religioso y filial! ¡Qué poder, y qué autoridad! La obra del Padre Étienne ha contribuido al sorprenden­te crecimiento de la Iglesia, cual lo hemos presenciado en la segunda mitad de este siglo. Deja un legado imperecedero, que es muy católico y muy francés.

E. UDOVIC

CEME

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