Juan-Bautista Etienne (XXXVI)

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Étienne: «El tímido y oscuro sucesor de san Vicente»

Étienne se describe a sí mismo en cierto pasaje como «tímido y oscuro» sucesor de san Vicente. Más aptamente se designa en otro sitio como «depositario» del «patrimonio» del fundador. En su cali­dad de superior general, Étienne atendía sin cesar a su comprensión de las enseñanzas de san Vicente, a las raíces constitucionales, caris­máticas y galicanas, de la Compañía, y a sus «piadosas costumbres y tradiciones». En éstas y en los dogmas del catolicismo encontraba él su depósito de verdades eternas, inalteradas e inalterables.

Etienne volvía también la vista a las épocas pre-revolucionaria, revolucionaria, napoleónica y cismática de la Congregación. De ellas aprendió «lecciones» providenciales, cuales las enseñaba el haberse desviado de su «primitivo espíritu» la Compañía. Desde su mirador de 95 rue de Sévres, paseando la mirada por todo el mundo, veía el «torrente democrático», que en medio de tal dolor y caos estaba dando a luz «los tiempos modernos». «Tiempos modernos» precisos, para los cuales Étienne creaba y fundaba de nuevo la doble familia de san Vicente. Según creencia suya, por designio providencial, esperaba a la doble familia un destino terráqueo, en esta red: Iglesia / Estado / Impe­rio. Y si el cumplimiento de esta misión providencial requería de la Congregación ciertas maneras de comportamiento interno, precisaba no menos de distintos comportamientos externos. Étienne entendía los arduos retos afrontados por las misiones extranjeras en los ambientes hostiles de China, Levante, o Etiopía. Sabía las condiciones adversas creadas en Europa y Latino-América por las revoluciones nacionalis­tas y los movimientos de unificación, liberales y anticlericales. Comprendía y aceptaba el hecho de que el porvenir político del mundo esta­ba en la democracia. Y creía que la solución a las «ilusiones, fuente de los males del mundo», era desarrollar con éxito un modelo francés de conciliación conservadora entre el Estado democrático y la Iglesia.

Al final de su Discurs, año 1864, Étienne hablaba de la «aurora de un nuevo día en la religión y en la sociedad». Muy propio de él, ora­ba para que continuase la protección de san Vicente. Imploraba la ben­dición de Dios sobre «nuestro inmortal pontífice» y «nuestro magná­nimo emperador». Suplicaba, en fin: «Bendice a nuestra querida Francia, a la que siempre has amado, y cuya influencia política es tan formidable, porque posee un poder tan inmenso para el bien. Poder que emplea en agitar el mundo, bajo la protección de la Providencia, y forzarlo a ser mejor».

La restauración legal napoleónica de la doble familia en Francia se basaba sólo en la utilidad de sus funciones. Étienne se tomó el gran trabajo de aprovechar todas las oportunidades y demostrar a los sucesivos gobiernos franceses el desinterés, la utilidad y la lealtad de la doble familia. Fue una meta que consiguió alcanzar. Creía que el gobierno, merced a sus relaciones íntimas con los Lazaristas y las Hijas de la Caridad, llegaría, estaba llegando a entender la mutua y natural conexión de «la gloria de Francia y el triunfo de la religión». Étienne creía, que este logro francés podría luego reproducirse en todo el mundo. Ahora bien, el establecimiento de esta alianza exigía un código de comportamiento externo por parte de la Compañía. La asamblea general de 1849 dio un conjunto de normas detalladas para cada cargo». De este paso hacía relación Étienne en su circular anual:

Penetrada (la asamblea) de la importancia de conservar en la Compañía el carácter que la hace recomendable a los pueblos y la pone en el estado de hacer el bien, esto es, de ser ajena a toda forma y a toda cuestión política; este carácter que, conciliando la benevolencia de todos los partidos, por­que no se adhiere a ninguno, ha sido hasta el presente la salvaguarda en medio de todos los acontecimientos que han trastornado el mundo y des­truido tantas instituciones. Se persuadió fácilmente de que las condiciones de la existencia de la Compañía eran nuevas desde este punto de vista, y era necesario trazar una línea de conducta en la cual estuviese al abrigo de los peligros de una posición a la vez inevitable y grandemente peligrosa».

La asamblea mandaba a los vicencianos «no tomar parte en eleccio­nes políticas» ni dejarse elegir «para asamblea política» alguna. No podían pertenecer a partidos políticos, ni intervenir en mítines. Por el peligro de «abuso», la asamblea decretaba restricciones a la compra y lectura de periódicos y suscripción a revistas. Étienne encargaba a los superiores «usar de todos los medios a su alcance, para persuadir a todos los misioneros que están bajo su dirección, de emplear la máxima pru­dencia en las conversaciones con las personas de fuera, de mostrarse ante el las ajenos a toda opinión política, y, sobre todo, en las predicaciones al pueblo, evitando toda alusión y toda insinuación en esta materia».

En medio de todo ello, Etienne nunca perdía de vista la razón de existir en la Iglesia y en la sociedad de la doble familia: «La gloria de Dios y la salvación de las almas»67. Él laboraba para que esa doble familia «tendiera una red caritativa que abarcase al mundo entero, y que no quede sufrimiento sin aliviar ni indigencia sin remediar». «No nos basta» —decía también— «con entregarnos a la asistencia material de los pueblos. Consideremos además sus necesidades mora­les, rehabilitémosles, y hagámosles merecedores de su dignidad de pueblo y de cristianos… En una palabra, miremos porque la luz cris­tiana avance por doquier y penetre hasta en la choza más oscura». «La gran obra religiosa del siglo XIX» —asegura Adrien Dansette— «lo fue de reconstrucción». Étienne dice en una ocasión: «Un solo pen­samiento sostiene mi confianza, el que ha dado el ser a nuestra Con­gregación, el que la ha conducido al cumplimiento de su destino y que dispone los acontecimientos y circunstancias que deben procurar su completa realización».

Como superior general, Étienne tenía una idea paternalista del ejercicio de su cargo. Se veía como padre, en el sentido más veraz de la palabra, de la doble familia de san Vicente de Paúl y de cada uno de sus miembros». Para Louis De Bonald, quien por entonces exponía una noción tradicionalista de la función paterna en la fami­lia y en la sociedad, coincidían los conceptos de padre y de poder, «poder único, perpetuo, independiente y definitivo»74. En este sen­tido, describía el poder del padre como «aquella voluntad y aquellas acciones que producen, conservan y desarrollan la inteligencia del hijo. Es él quien enseña al hijo, en interés máximo de éste, todo cuanto necesita saber».

Con su visión paternalista de la autoridad, no sorprende que, según Étienne, en la «venenosa atmósfera» de su época, el mayor mal y fuente de todos los problemas, fuese el orgullo, y «un espíritu de independencia presto a la censura de toda autoridad». «¡Ay, reflexio­naba, qué raro es hoy encontrar misioneros que ven a Dios en los superiores, que su voluntad la reciban como venida del cielo, así como sus pareceres, sus observaciones y sus sabios y prudentes consejos; que en sus corazones aniden sentimientos de confianza filial, este espíritu de familia, que la virtud sabe muy bien inspirar; que, en una palabra, se pongan amorosamente en sus manos, como la lima en manos del artífice!».

Un espíritu de obediencia filial era «el principio vital de la vida comunitaria». Étienne interpelaba a los misioneros:

¡Les conmino, señores y muy queridos hermanos míos, por su amor para con la Compañía, que se esfuercen por hacer florecer en su seno el respe­to filial para con los superiores. Destierren de su conversación toda censu­ra de su conducta y de su administración; preserven incluso sus espíritus y sus corazones de todo pensamiento, juicio y reflexión que tenga por obje­to la crítica del ejercicio de la autoridad! Persuádanse, como les exhorta san Vicente, que Dios da a los superiores las gracias para juzgar y gobernar, y que no teniendo ustedes las mismas gracias, serían temerarios condenando lo que no pueden razonablemente apreciar. Les aseguro que reforzando los lazos de caridad fraternal, el yugo del Señor será dulce y suave».

Para con quienes aceptaban este modelo de autoridad» paterna­lista, Étienne tenía «ternura paternal». Pero consideraba a los que la resistían o se oponían a ella, como diciendo «no me someteré», semejantes a «hijos indignos, enemigos declarados de la obra» [de san Vicente]. Y les daba el consiguiente trato.

Étienne quedó reveladoramente retratado en las prolijas notas bio­gráficas de su sobrino, Augusto Devin, C. M. Allí se dice de él que «prestaba suma atención aun a detalles mínimos de la vida de comunidad». Cocina, sacristía, jardines de la casa-madre, su propia gestión en general: en nada de todo ello había detalle que escapara a su diaria y personal observación. No se acentuará demasiado la importancia atri­buida por Étienne al orden y a su integral conexión con la uniformidad y la «fecundidad». No contento con las normas previstas por las consti­tuciones, las Reglas Comunes, los decretos de las asambleas generales, y las ordenanzas de los superiores generales, Étienne proveyó a la emi­sión de numerosos y atosigantes «directorios» y «reglas de oficio».

Comenzando con la década de 1840, sucesivas asambleas gene­rales autorizaron directorios definitivos para todos los apostolados de la Congregación». Según Étienne, la uniformidad absoluta requerida por san Vicente, no era sólo cosa del «estilo de vida; lo es además de pensamiento, palabra y obra». Añadía que una comuni­dad, «en las que todas sus acciones y movimientos están dirigidos por la uniformidad, aparece ante el mundo como el ejército en orden de batalla que dice la Escritura». «La Congregación no será capaz de llevar a cabo la carrera abierta delante de ella, y de ocupar digna­mente el lugar que le ha asignado la Iglesia, si los miembros que la componen no están sometidos a una dirección uniforme en el ejerci­cio del ministerio que se les ha confiado, y de este modo habrá uni­dad tanto en su acción como en el espíritu que debe animarles”.

La asamblea general de 1849 aprobó el directorio para seminarios mayores, a cuya aplicación quedaba obligada la Congregación en el mundo entero. Como acompañamiento de los distintos directorios, la asamblea general de 1849 aprobó un conjunto de «Reglas para los diversos oficios y distintas funciones de nuestro Instituto». La asam­blea general de 1843 había encomendado a Étienne la tarea de revisar estas reglas. Debía él hacer «aquellas modificaciones que requieren los tiempos y las circunstancias cambiantes, así como las necesidades efectivas de la Congregación». Étienne explicó, que «estas diversas reglas tienen una gran importancia, para asegurar el buen orden en las casas, para procurar la observancia exacta de las reglas comunes, para establecer la uniformidad en el ejercicio de nuestras funciones, y para fijar, de una manera clara, las relaciones de los inferiores con aquellos que ocupan los diversos grados de la autoridad jerárquica, así como los deberes de unos para con los otros».

Aunque las Reglas Comunes y las constituciones —advertía Étien-ne— «son por su naturaleza misma inmutables… puede la autoridad competente adaptarlas», según las necesidades de cada función. En preparación para la asamblea de 1849, Étienne envió a cada casa una copia de los cambios propuestos en las reglas de los oficios. A la asamblea le fueron presentadas ambas cosas, la redacción de Étienne y las respuestas de las casas. Étienne señalaba:

La asamblea ha puesto toda su atención en el examen de este trabajo, toda la solicitud que reclamaba la gran importancia de estas reglas… Sabía cuán importante para el éxito de nuestras funciones que estas reglas sean uniformemente observadas en todas partes, y que en adelan­te cada misionero sepa de una manera clara y precisa cuáles son las obli­gaciones en conciencia, en los diversos empleos a los que es llamado a realizar… Fijando estas reglas de los oficios y de las funciones de la Compañía, la asamblea de 1849 ha puesto la última piedra del edificio de san Vicente.

Los tres volúmenes de reglas de los oficios aprobados por la asamblea general de 1849 contenían: las del visitador, ecónomo provincial, director del seminario interno, director de estudiantes, prefec­to de estudios, profesores, estudiantes, superiores locales, ecónomos locales, y una larga lista de otros oficios. Cada persona, cada cargo en la Congregación tenía un detallado conjunto de reglas que seguir. Un ecónomo provincial en China observaba las mismas reglas que otro ecónomo provincial en Méjico o Francia. La comunidad tenía reglas de oficio aun para los hermanos coadjutores que atendían al lavadero y a la basura. Todos ocupaban su puesto, sabían cuál era su lugar, estaban cada uno en su sitio. Para toda la Compañía está garan­tizado el reino del orden. Aconteció cierta vez decir Étienne al her­mano jardinero de la casa-madre: «Hágalo lo mejor que pueda, pero no se preocupe de que haya belleza en la disposición, basta con que haya orden»’.

Como lo evidencia el contenido de la Notice, Étienne empleó toda la duración de su mandato como superior general en establecer, den­tro de la doble familia, tina cultura y una eclesiología, de un ultramontanismo exhaustivamente conservador, autoritario, paternalista, y mítico. Ahora bien, en el centralismo vicenciano de Étienne, Francia, París, la casa-madre, el espíritu primitivo y la persona del superior general, en cuanto sucesor de san Vicente, eran los sustitutos de Italia, Roma, el Vaticano, el ultramontanismo, y la persona del Sobe­rano Pontífice, en cuanto sucesor de san Pedro. Y así como Pío IX quería, que todas las miradas y todos los corazones del mundo católi­co se fijaran ante todo en Roma, del mismo modo quería Étienne, que corazones y miradas de todo el mundo vicenciano se fijaran ante todo en París. La insistencia de Pío IX en la autoridad jerárquica, la obe­diencia, la unidad, la uniformidad, la claridad, el orden, tuvo su eco, replica, y aplicación interna en los esfuerzos de Étienne por devolver a la comunidad el espíritu primitivo.

En 1852, los combatidos obispos galicanos y los sulpicianos publicaron un detallado memorándum, donde «analizaban y defendí­an la doctrina galicana fundamental sobre los derechos de las iglesias nacionales». El memorándum llevaba por título, Sobre la situación presente de la Iglesia galicana con respecto al derecho consuetudina­rio: Memoria dirigida al Episcopado. Los autores reconocían al Papa una primacía de jurisdicción y la primacía de honor en la Iglesia. Ahora bien, con su respuesta a la pregunta, ¿Qué impide al Papa gobernar directamente las iglesias nacionales?  —así lo señala Austin Gough—, habíanse aproximado a cierta «descentralización». Su respuesta a aquella pregunta era,

[Se lo impide] la existencia de la ley consuetudinaria, consagrada por siglos de armoniosa y grata práctica, bajo la cual admitieron los obispos el derecho del Papa a actuar en materias de mucha importancia, y Roma convino en que el obispo local era el mejor juez en los asuntos ordina dos, y no ha de pasar por encima de él salvo en casos excepcionales. Este equilibrio era lo que hacía aceptable a la población local, en cualquier parte del mundo, una religión centralizada: la unidad en materias funda mentales debe ser lo bastante flexible, como para dar lugar a variantes consuetudinarias locales, así para las ceremonias y la administración, en particular los obispos franceses deben tener el derecho de no recibir disposiciones formuladas en Roma, tal vez enderezadas a resolver problemas de Italia, las cuales ocasionarían grave inconveniente, si se pusieran in vigor para Francia… Se aducían múltiples autoridades pala demostrar, que los usos locales tienen Fuerza de ley en la Iglesia, mientras no fueren manifiestamente inmorales, los practicase una mayoría entre los fieles, y ostentaran razonable antigüedad».

Étienne reconoció siempre la autoridad del Papa para «materias de importancia» general en la Iglesia. Como buen galicano, también creía que Roma debiera reconocer que, en cuanto superior general, a una con las asambleas generales de la Congregación, era el mejor juez en la ges­tión administrativa ordinaria de la Compañía y de sus misiones. En cali­dad de tal, no debía pasarse por encima de él, salvo en algún caso excepcional. La noción galicano-liberal, de que «la unidad en materias fundamentales debe ser lo bastante flexible, como para dar lugar a varian­tes consuetudinarias locales en las ceremonias y la administración», era anatema para Étienne. Él rechazaba, según ya vimos, la idea de que las provincias de la Congregación debieren o pudieran adaptar las costum­bres y tradiciones comunitarias a lo exigido por las condiciones locales.

Juan-Bautista Étienne fue para la doble familia de san Vicente lo que Pío IX fue para la iglesia universal. La comunidad creada por Étienne y las asambleas generales de aquella era, fue réplica de la Iglesia creada por Pío IX y el primer Concilio Vaticano. Hubo un tenue entendimiento entre las dos personalidades que allí se erguían. Pío IX entendió el galicanismo de Étienne, por más que lo menospre­ciase: en general, aceptó el estado fáctico especial de la Congrega­ción, y protegió la relación de ésta con el gobierno francés. Por parte suya, Étienne jamás entendió unas actitudes ultramontanas de aquella época, en lo cultural y lo devoto, que afectaban ser afines a cuanto fuese romano. Ahora bien, uno y otro emplearon idéntico lenguaje, siempre que estuvieron en juego la autoridad jerárquica, el paternalis­mo tradicionalista, una teología simplista, y una unidad conseguida por el orden y la absoluta uniformidad.

E. UDOVIC

CEME

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