Juan-Bautista Etienne (XXX)

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Confrontación en Roma: «Nos atacaron con ferocidad los poderes infernales»

El primer careo entre vicencianos italianos y franceses tuvo lugar en una reunión del 12 de febrero que fue preparada por Ostini y presidida por José Rosati. Asistieron Étienne, Aladel, y los tres visitado­res italianos, Cremisini, Fiorillo, y Durando. Étienne fue el prime­ro en hablar. Dijo que, habiendo alegado los autores de la apelación, que «las tres provincias italianas y la provincia americana compartían el descontento y suscribían sus miras», lo primero en el orden del día era establecer si tal reclamación era verídica. Étienne y Aladel mos­traron a continuación una carta de Timon. El visitador americano decía que «ni él ni ninguno de sus súbditos apoyaban semejante ape­lación a la Santa Sede». Según las notas que de la reunión tomó Étienne, el obispo Rosati preguntó luego a Durando y a Fiorillo, «si en sus provincias alguien les había pedido que tomasen parte en el recurso a la Santa Sede». Respondieron que los autores de la apelación ni a ellos ni a las provincias habían consultado. Consecuencia de estas revelaciones fue «reconocer y admitir que el recurso representaba sólo las miras de unos pocos individuos».

Étienne consignó erróneamente en la Notice que, establecido el hecho de que el recurso a la Santa Sede representaba sólo las miras «de cuatro misioneros romanos», los delegados «nada mas tuvieron que tratar». Ahora bien, las notas que el propio Étienne tomó de la reunión manifiestan, que los delegados trataron prolijamente varias otras materias importantes. El error de Étienne es que falsea la realidad una vez más, tanto en la intención como en Id proporción.

La segunda cuestión que Etienne propuso a debate fue, «si la asamblea general tenía total libertad de sufragio en la elección de superior general». Étienne y Aladel esclarecieron la posición fran­cesa en esta cuestión:

  1. Los Lazaristas franceses mantienen el principio que enuncia la decla­ración inserta en las actas de la asamblea general de 1703, la cual dice que, según las constituciones, cualquier miembro de la Congregación, sin que obste su nacionalidad, puede ser elegido como superior gene­ral, si ostenta las cualidades constitucionales.
  2. Los Lazaristas franceses declaran no haber tenido parte en la oposi­ción que el gobierno francés profesa en cuanto a no ser francés el superior general. Creen además que, de ser elegido como general un no francés, puede esperarse la supresión de la Congregación en Fran­cia. Sin embargo, antes que a la propia existencia, se adhieren a las constituciones. Creen poder esperar las bendiciones del cielo obser­vando las constituciones en su integridad. Dejan así a la Providencia y a la consideración de la asamblea general las consecuencias de esa posibilidad.
  3. Si la asamblea elige a un no francés como superior general, y a causa de esa elección el gobierno suprime la Congregación en Francia, no dudarían en reconocer al referido general, autoridad para fijar su resi­dencia dondequiera lo juzgare apropiado.
  4. Por fin, reconocerían como verdadero y legítimo superior general a cualquiera, siempre que la elección fuere regular y conforme a las prescripciones constitucionales que hacen al caso.

Rosati preguntó luego a los visitadores italianos, «si esto les satisfacía y si estimaban» que aquellas explicaciones garantizaban el que «la libertad de sufragio sea total y es la requerida por las constituciones». Su respuesta fue «unánime y positiva», rezan notas de Etienne.

Los delegados debatieron una tercera cuestión. Atañía «al alegato le haber desproporción entre las representaciones de las distintas pro­vincias en la asamblea general». «Tratado el tema» —dicen las Actas­ los delegados «afirmaron por unanimidad» los puntos siguientes:

  1. Que es imposible, y nunca se ha dado en la historia de la Congregación, una proporcionalidad numérica y matemática entre las provincias.
  2. Que nada en las constituciones permite inferir ni apoyar esa presunta proporcionalidad.
  3. Que las provincias francesas tienen suficiente número de casas y de misioneros, y que ningún motivo justificaría su reducción.
  4. Que si hasta el presente, las provincias extranjeras no han participado en la asamblea general, su exclusión ha sido legítima. Las constituciones actuales no permiten participar en la asamblea general a provincias que estén fuera de Europa. Sin embargo, convenimos en proponer a la próxima asamblea general, que examine este artículo, y vea, las circunstancias actuales son justificación suficiente, para permitir que, en la asistencia a las asambleas generales, las provincias fuera de Europa tengan los mismos derechos que las provincias europeas.

El cuarto tema debatido en la reunión concernía a una cuestión que Cremisini había sido el primero en proponer, con fuerte apoyo de ­la Santa Sede. Era «la posibilidad de estar cada nacionalidad de la Congregación representada en el Consejo del superior general, lo cual aumentaría el número de asistentes». Los franceses se atenían al hecho constitucional que limitaba los asistentes a tres o a cuatro. Ni favorecían el aumento de asistentes. A su vez, especificar la nacionalidad de los asistentes privaría a la asamblea de su libertad. Los delegados franceses recordaron también a los demás, que sus instrucciones les prohibían expresamente apoyar, y aun siquiera debatir resolución alguna positiva que implicase cambios.

El punto final se enderezaba al logro de un acuerdo sobre «los medios más aptos para responder al deseo del Soberano Pontífice, de que el superior general tenga en Roma un representante». De nuevo los delegados fueron «unánimes», esto es, en cuanto al modo de tratar el tema:

  1. El establecimiento en Roma de un representante del superior general es una medida, no sólo útil, sino indispensable para la eficaz administración de la Congregación.
  2. En cuanto a decidir el título y poderes de este representante, tiene importancia la opinión de los visitadores de Italia. De ahí que esta cuestión deba examinarse con cuidado. Las asambleas provinciales italianas deben examinar esta propuesta y presentar sus recomendaciones a la asamblea general.

Las Actas de Etienne registran esta declaración final: «Convenimos por unanimidad en estas resoluciones, y los abajo firmantes hemos pedido a monseñor Rosati, que informe a Su Eminencia el cardenal Ostini, de que ya no existe dificultad alguna entre los Lazaristas france­ses y los misioneros italianos. Le rogamos obtenga inmediata audiencia del cardenal, para que pueda oírnos garantizar, que estamos del todo concordes en cuanto a las resoluciones ahí presentadas». La «unanimidad» que Étienne tanto proclama no existía, pues a diferencia de los demás, el visitador romano rehusó firmar el acuerdo.

Los argumentos franceses no habían convencido a Cremisini. Tam­poco le amedrentaba la falta de apoyo por parte de Durando y Fiorillo. Dirigió a Ostini una carta de protesta. Decía existir falta de libertad en la asamblea general, y desproporción en la asistencia de las provincias, a despecho de lo expuesto por los franceses y del acuerdo expresado por los demás. El visitador romano declaraba, que los argumentos franceses eran «ilusiones no verificadas en los hechos, y contrarias al espíritu de las constituciones». Cremisini manifestó a Ostini: «En conciencia, yo no puedo suscribir las engañosas modificaciones propuestas, e insisto en implorar del tribunal supremo una verdadera y eficaz solución».

Esa solución era precisamente la expuesta a Ostini por Cremisini: «La Santa Sede debe poner fin al abuso de autoridad, legislando que ludas las provincias de la Congregación, aun las que caen fuera de Euiropa, —salvo que cuenten menos de 40 Padres—, tengan el derecho de enviar tres delegados a la asamblea general». Asimismo proponía se dispusiera, por parte de la Santa Sede, un reparto de la representa­ción de las distintas nacionalidades entre los Asistentes Generales. Si los franceses negaban su acuerdo a estas «modificaciones indispensa­bles», la Santa Sede debería dividir la Congregación. Que los france­ses siguieran entonces una ruta propia. El resto de la Congregación quedaría sometido a «una cabeza establecida en Roma.

El 16 de febrero los delegados se reunían con Ostini para hacer relación de los resultados de las negociaciones. El cardenal prefecto intentó una última vez evitar la total derrota de la Santa Sede. Recogió, pues, la reserva de Fiorillo, esto es, pedir los delegados al Papa que autorizase la representación de la provincia americana en la próxima asamblea general. Era también sentir de Ostini, que las medidas propuestas por los delegados no daban cuenta suficiente del tema del equilibrio den­tro de la Congregación. Sobre esta base, el cardenal proponía que el Consejo General tuviera cinco Asistentes Generales, correspondientes a Francia, España, Italia, Polonia, y Estados Unidos. Favorecían esta idea los tres visitadores italianos. Uno llegó a sugerir que la Santa Sede nombrase Asistentes antes de la asamblea general, para que sus votos contribuyeran al equilibrio en la elección de superior general.

En la Notice decía Étienne que en esta reunión con Ostini, entró en el «debate» la propuesta de Asistentes por naciones. No era más, según Étienne, que otro subterfugio, y los decorados para que un día se trasladase a Roma el general. «Una vez que la mayoría de los Asis­tentes estuviese compuesta por extranjeros, sería fácil, con la ayuda de una presión cualquiera, hacer aprobar por el Consejo la idea de transferir la sede del superior general a Roma. De este modo, con el tiempo, por un medio ordinario, se llegaría a este fin».

En el que Étienne describió como «tormentoso» enfrentamiento, Ostini señaló que la práctica de tener Asistentes Generales por nacio­nes había dado buenos resultados a los jesuitas. Irritado, repuso Étienne: «Ni somos ni queremos ser jesuitas; queremos ser aquello para lo que san Vicente nos formó en unas constituciones aprobadas por bula de Clemente X». Ostini replicó no menos irritado: «Un Papa confirmó vuestras constituciones, pero otro las puede cambiar». «Nos guardamos muy bien —tal el comentario de Étienne— de admitir esta propuesta, declarando con toda nitidez, que no consentiríamos nunca en la menor modificación de nuestras constituciones». «Nos asimos, al principio» —decía— «de que debía seguir intacta la obra de san Vicente, con su historial de 200 años». «Un Papa podría actuar así —volvió a responder Étienne—, «y aun podría suprimir la Congregación. Yo quisiera ver la Congregación suprimida, antes que la obra dc san Vicente deformada de ese modo».

El comentario de la Notice es de un tenor semejante:

Se nos hizo observar que el Soberano Pontífice podía muy bien efectuar esos cambios. Le respondimos que podría hacer más todavía, suprimir la Congregación: si se quiere cambiar la obra de san Vicente, nos hacemos los intérpretes de nuestros hermanos, pidiendo la supresión de la Pequeña Compañía; de este modo pereceríamos gloriosamente defendiendo el depó­sito que se nos ha confiado; por el contrario, si consentimos en lo que le perjudica, estamos convencidos de que más pronto o más tarde perecere­mos miserablemente, porque habremos dejado introducir en su seno un principio de destrucción y de muerte.

Aun así, Étienne y Aladel se avinieron a que, en teoría, la próxi­ma asamblea general, si así lo disponía, tratase la cuestión designar Asistentes según las naciones. Resulta extraña la idea de los delega­dos franceses, según la cual, un cambio semejante efectuado por orden del Papa, llevaba sólo a la destrucción de la Compañía.

Étienne glosaba sin cesar la importancia de nunca hacer un cam­bio aun mínimo en las constituciones. Reconocía a la asamblea general el derecho a hacer tales cambios, pero no a la Santa Sede. Ahí resplan­dece y brilla el galicanismo de Étienne. Ante ese estado de cosas, pare­ce como si los delegados franceses hubiesen convenido en que, teórica­mente, se podría discutir tal cambio en la próxima asamblea general, mas sólo porque confiaban en que la asamblea no lo consentiría.

Como Étienne y Aladel negaban su adhesión a aquellas dos pro­puestas, Ostini declaró que, con miras a una decisión, sometería las cuestiones a una congregación especial de cardenales, con lo cual clausuró la reunión»’. Étienne hizo relación inmediata de ella a Raneyval, quien a su vez la hizo a Guizot. En lo de la propuesta vaticana sobre Asistentes por naciones, Raneyval comentó: «Este plan, que requiere se elijan Asistentes según las nacionalidades, es del todo contrario a la libertad del sufragio garantizada por las constituciones. Bajo este sistema los Asistentes se escogen de entre todos los miembros de la Congregación. En determinadas circunstancias, hasta podría impedir las relaciones del gobierno con la administración de la Congregación, introduciendo elementos heterogéneos, que fácilmente podían hacerse difíciles y aun hostiles”.

El encargado de negocios comunicaba al Ministro del Exterior, que si los franceses no aceptaban uno u otro de los puntos menciona­dos, «era intención del Papa, dividir la Congregación de San Lázaro en dos sectores, uno con la sede en París, que atendiese a las misio­nes, y otro con sede en Roma, cuya jurisdicción recubriese las demás áreas». Rayneval observaba que la perspectiva de semejante sepa­ración «no parecía turbar a los Lazaristas franceses [Étienne y Aladel], presentes en Roma. Por el contrario, éstos se mostraban dispuestos a acoger bien el referido paso». Rayneval hacía saber luego a Guizot la propuesta de permitir la participación de la provincia americana en la inminente asamblea general. Advertía que los representantes france­ses «no demostraban gran preocupación» por el tema. Esperaban que Roma formularía el acta papal, de manera que ésta «autorizase», no «prescribiese» el cambio en las constituciones. En cualquier caso, Rayneval decía a Guizot que «él no permanecería como espectador pasivo en el nuevo sesgo que tomaba la crisis».

Rayneval hacía saber cómo había dirigido a Ostini un memorán­dum, y que había entrevistado a Lambruschini en relación con aque­llos temas. Decía que Lambruschini, «como de costumbre, se inclina­ba a convenir del todo con mis ideas». El encargado de negocios expresaba también la creencia de que, si se hubiese dejado actuar al cardenal, «tiempo haría que hubiera concluido este asunto a satisfac ción nuestra»165. Rayneval creía ser el «apasionado» desafecto del Papa hacia los Lazaristas franceses, lo que le había inducido «a dar a los disidentes una autoridad y una fuerza, que de otro modo no habrían poseído». Rayneval concluía diciendo algo a él confiado por Lambruschini: ser «probable de que pongan fin a estos debates los resulta dos de las deliberaciones de la congregación cardenalicia».

El memorándum dirigido por Rayneval a Ostini el 21 de febrero de 1843 había acabado con la posibilidad de una intervención romana exitosa en los asuntos internos de los Lazaristas. Las Letras Patentes de Luis XIV que autorizaban el establecimiento de la Congregación en Francia —recordó Rayneval a la Santa Sede, contenían palabra por palabra el texto de las constituciones de la Compañía, cuyo estado legal se vinculaba desde entonces indisolublemente a ese documento. Según el encargado de negocios, la restauración de los Lazaristas en 1804 demostraba no haber perdido su vigor el decreto de Luis XIV. Concluía por ello que las «constituciones, tal cual las había dado san Vicente», son «la condición para que la Congregación exista».

Rayneval explicaba que el cambio en un punto de las constitu­ciones tan esencial, cual era el de la composición del Consejo Gene­ral, obligaría al Consejo de Estado a reexaminar el estado legal de los Lazaristas. En tales circunstancias, podría incluso hacerse nece­sario el someter una propuesta a la Cámara de Diputados, al objeto de que autorizase «tan importante alteración en las futuras relaciones del gobierno con la administración de los Lazaristas». Rayneval decía a Ostini que, en cuanto a él, «imaginaba bien todos los proble­mas que fluirían de este curso de acción». Su tesis era, que el cam­bio propuesto para el modo de escoger Asistentes, resultaba inacep­table al gobierno del rey. «Espero que desistáis de ese proyecto que, aparte de desagradar al gobierno, si se pone en ejecución, compro­metería a la Congregación de San Lázaro. La posición del gobierno es, que no debe haber cambios en las constituciones. En su nombre, pues, no vacilo en afirmar, que toda modificación de estas reglas es inaceptable».

En lo de asistir los americanos a la asamblea general, Rayneval decía que, «era contrario a la letra de las constituciones, pero confor­me a su espíritu». El encargado de negocios aseguraba a Ostini que, «si tal es el deseo del Papa», París no tendría objeciones por lo que hacía a ese punto. Rayneval advertía que Roma evitaría todo posible problema si, en los términos del breve pontificio, se «autorizaba» a la Congregación para dar ese paso, y el fraseo no tenía la apariencia de una orden papal”.

Vito Guarini aseguraba haberle dicho el cardenal Fransoni, que la controversia Lazarista era de carácter político, y que sobre tal base debería Roma componerla. Guarini citaba también a Lambruschini, quien le habría dicho: «Estamos derrotados». Ahora bien, Cremisini estaba resuelto a seguir luchando. El 25 de febrero escribía de nue­vo a ambos, Lambruschini y Ostini. En esta carta negaba Cremisini que hubiera presumido jamás hablar por provincia otra alguna: siem­pre lo habría hecho en su propio nombre. Calificaba la posición de los «dos comisarios franceses», no sólo de «ilusoria», sino de «tácitamen­te injuriosa para con la Santa Sede». El visitador romano negaba que hubiese razón constitucional alguna para no residir en Roma el procu­rador general. Y procedía a predecir terribles resultados, si no intervenía en la próxima asamblea general la «autoridad suprema». Cremisini citaba a Rosati, quien habría dicho, según él, «no saber de misionero francés alguno capaz de ejercer el superiorato general». Reiteraba lue­go su anterior propuesta de dividir la Congregación, a menos que se atendiesen las condiciones por él sugeridas. A sus anteriores pro­puestas, Cremisini había añadido aún otra: que el procurador general, cualquiera fuere su nacionalidad, resida en Roma y tenga voto en la elección de superior general.

«Estamos derrotados»: esta frase de Lambruschini habría sido veraz, aun cuando la Santa Sede hubiese apoyado cualquiera de entre las propuestas de Cremisini. Por lo que atañía a la intervención de la embajada francesa en tan crítica coyuntura, dijo Etienne: «La intervención del embajador francés produjo el efecto deseado. La congregación cardenalicia decidió abandonar las últimas propuestas y no alterar nuestras constituciones». En la Notice Étienne se manifestó orgulloso de que los franceses hubieran salido de las negociaciones romanas «sin ceder en punto alguno». Según él, amenazaba a la total victoria francesa una última propuesta romana: el establecimiento de un procurador general adicional en Roma. Tal como Etienne lo veía, los franceses nada tenían que objetar a la creación de semejante puesto, «pues sólo podía considerarse un honor tener a la Congregación representada en Roma, como lo estaban otras corporaciones religiosas». La objeción de los franceses —argüía Etienne— concernía al plan de que «este oficial no pudiera ser francés». Decía que si la Compañía aceptaba esa estipulación, «entonces nuestro procurador general no podría ser verdadero representante del superior general. Si el general no tiene la libertad de nombrar para este puesto al hombre de su elección, no podrá estar seguro de que el procurador actuará sólo en su nombre y de acuerdo con sus instrucciones». Los franceses temían que alguien como Vito Guarini pudiera algún día ocupar el puesto, y que tal persona «se hiciera instrumento de una nueva intri­ga, llegara a valerse de su posición oficial, e intentara hablar en nom­bre de la Congregación».

Ahora bien, contrariamente a la denuncia de Étienne, no estaba en el ánimo de la Santa Sede prohibir al superior general el nombramien­to de un francés para el referido puesto. La Consultazione» prepara­da para la congregación especial de cardenales sugiere simplemente, que «se reinstale en Roma a un procurador general, o comisario gene­ral, con los poderes apropiados, según lo decida la asamblea general». En la correspondencia diplomática de este período no se alude a la restricción indicada. Dada la sensibilidad nacionalista del gobierno francés en estas cuestiones, si aquella restricción hubiese aparecido como seriamente posible, es improbable que omitieran su mención los detallados informes de Rayneval a Guizot.

Étienne reivindicó: «Dios se encargó de resolver esta última difi­cultad y de poner fin a nuestra Misión, por una manifestación que llegó a ser para nosotros la prueba, que nos había eficazmente asistido y sostenido en el proceso de este asunto en el cual estaba en juego la sal­vación de la Compañía». «Cuando el decreto conteniendo esta pro­puesta fue presentado a la firma del Soberano Pontífice, prosigue Etienne, por sí mismo y sin hacer observación alguna, tomó la pluma, y tachó con su propia mano la condición que habíamos combatido». No existe confirmación independiente para los detalles que Etienne El cardenal Lambruschini dijo, que muy a duras penas obtuvo del pontífice, que consintiera en entrevistar a Étienne y Aladel antes de despedirse estos, a tal punto le había disgustado su victoria.

El 2  de marzo de 1843, la congregación cardenalicia especial se reunió y emitió sus recomendaciones. El cardenal Ostini escribía el 5 de marzo a Poussou, comunicando las decisiones de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Los franceses se alzaron con la victoria en todos los frentes. Étienne comentaba: «Así salió la Compañía de esta terrible lucha, no sólo victoriosa, más aún, sin recibir la herida más leve». Étienne recordaba cómo había hablado Ostini a los delegados franceses, declarándose «edificado por nuestro celo en la defensa de la obra de san Vicente. Elogió también la profunda sabi­duría que había dictado las constituciones que nos había dado; y nos exhortó a conservar siempre el afecto que habíamos demostrado hacia ellas». A la reunión con Ostini siguió la audiencia de Gregorio XVI. Según Étienne, el Papa «nos acogió gratamente y nos habló con familiaridad durante media hora, permitió que le besáramos el pie y nos dio su bendición».

E. UDOVIC

CEME

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