Juan-Bautista Etienne (XXVI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

La Santa Sede y la controversia en torno a Nozo

El 27 de noviembre de 1841, el embajador francés ante la Santa Sede, conde Latour-Maubourg, escribía al ministro de Asuntos Exte­riores, Francisco Guizot, con motivo de la oposición del gobierno al traslado del colegio jesuítico de Beirut a Aleppo. Latour-Maubourg comentaba que «todos aquí en el Vaticano, Propaganda, y entre los jesuitas, atribuyen esta política a los Lazaristas y a la influencia de que gozan ante el gobierno en París». El embajador informaba de cómo, en la última audiencia, «el Papa manifestó mal talante para con los Lazaristas, y el Padre Étienne de manera expresa. El Papa le acu­só de tener poco respeto de la Santa Sede. Le acusó además de haber distribuido arbitrariamente, y casi sólo entre las misiones francesas, Fondos recibidos de la Sociedad para la Propagación de la Fe, con sede en Lyon». En sentir del Embajador, puesto que le faltaba a él mismo una base para juzgar la verdad de los cargos papales, el gobier­no debía urgir a los Lazaristas y a Étienne, a que solucionaran direc­tamente con la Santa Sede esta cuestión.

Vita Guarini informó también de que, en una conversación con el pontificio Secretario de Estado, cardenal Lambruschini, tuvo que corregir el falso rumor de que Étienne se había negado a reconocer el rescripto papal de Nozo. Guarini dijo a Lambruschini que Nozo había hecho voluntariamente la renuncia objeto del rescripto. Por su parte, Lambruschini dijo a Guarini que, basado en sus contactos con Étienne siendo él nuncio en París, no tenía alta opinión de él. El cardenal comentó además que consideraba a Étienne como intrigante. No eran aquellos tiempos para estar los vicencianos franceses y Étienne a mal con Roma.

Cuando la circular escrita por Nozo en octubre llegó a Italia, Miguel-Antonio Cremisini, visitador de la provincia romana, optó por denunciar el estado de anomalia en la Congregación. A través de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, Cremisini escribió al Papa solicitando «una eficaz intervención con miras al bienestar de la Compañía». Cremisini dijo a la Santa Sede que la asamblea sexo nal, tenida el precedente mes de julio, había desembocado en «un gobierno provisional» para la Congregación». Alegó que esta situación era ahora fuente de «angustia», no sólo para la provincia romana, sino también para toda la Congregación y para las Hijas de la Caridad. La angustia provenía asimismo de que se continuaba dependiendo de los franceses, que dominaban la gobernación de la Compañía. Cremisini expresaba sus temores en cuanto a tener la asamblea general bajó estas condiciones caóticas.

El 11 de enero de 1842, el cardenal Nora Patrizi, pro-prefecto dc la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, pidió a Guarini que le presentase una relación de la asamblea sexenal. Guarini la presentaba once días después. En ella daba los datos de la convoca­ción por parte de Nozo, su conformidad con las constituciones y el fin para que se convocó (decidir si había motivo para convocar una asamblea general), y los delgados que la integraron. Señalaba tam­bién que, los delegados italianos, antes de llegar «habían estado totalmente a oscuras respecto a los acontecimientos dentro de la Congregación en Francia». Guarini informaba de cómo la asamblea provincial de la provincia romana había votado en contra de la con­vocación de una asamblea general. Decía aun así, que de haber sabi­do el «humillante» estado de la Congregación, la asamblea habría votado por el único «remedio» disponible, la convocatoria de una asamblea general.

Guarini esbozaba los escándalos suscitados por los problemas legales y financieros de Nozo. Repetía todo lo alegado por Étienne en cuanto a estar también implicado en especulaciones. Hacía también mención del enfrentamiento entre Nozo y su Consejo. Según Guarini, pese a ser necesaria una asamblea general, Nozo se oponía a ella, seguro como estaba de que llevaría a condenarle. Guarini ofrecía a la Santa Sede un resumen franco de la asamblea y de la elección de Poussou. Pero ello le brindaba ocasión de hacer algunas puntualizaciones sobre el futuro de la Compañía.

De acuerdo con Guarini, con el confuso estado de gobierno de la Congregación, se avecinaba una crisis insoluble. Por un lado estaba el problema de haber comprometido el superior general el honor de la Congregación; mas si por el otro, no eran verídicos los cargos que le hacia el Consejo, quedaban comprometidos los asistentes. Guarini citaba a Nozo, quien había dicho que «los asistentes estaban todos ellos necesitados de idéntico bautismo [destitución]». Citaba además la carta de uno entre los partidarios de Nozo en Francia, Bartolomé Trouve, con esta frase, «todos desean que cambie el Consejo» [los asistentes y el procurador].

No creía Guarini que la inmediata asamblea general pudiera hacer cosa alguna para resolver aquella «incurable» situación. Causante de los embrollos era, en opinión suya, la dominación francesa sobre la Congregación. En su sentir, no había más salida, que «la intervención eficaz de la autoridad pontificia». Meta de esa intervención sería, «de una vez por todas, establecer una proporción razonable de represen­tantes en la asamblea general. La medida aseguraría el que los resul­tados de las elecciones fueran lo más cercano a un acuerdo de toda la Congregación, y no sólo de los franceses».

Guarini pasaba a proponer, para los males de la Congregación, otra solución a largo plazo: trasladar a Roma la sede del general’. Según él, era ésta «una solución prevista por el mismo fundador». He aquí, luego, la pregunta retórica que Guarini articulaba: «¿Cuándo puede haber mejor momento que ahora, para establecer en Roma la sede del general, como lo previó san Vicente?»119. Y aducía varias otras razones para el referido traslado. Alegaba, por ejemplo, que los gobiernos de Lituania, Polonia y Brasil tenían prohibido a las respec­tivas provincias cartearse con sus superiores franceses. Decía que la provincia de los Estados Unidos prefería también tener en Roma un representante que velara por sus intereses. Guarini señalaba que Roma tenía un emplazamiento más céntrico que París, y brindaría mayor holgura en la convocación de la asamblea general. Se refería asimis mo al bajo número de establecimientos y misioneros franceses, en comparación con los de Italia. Tal vez fuese un argumento ultra montano, el más elocuente de los blandidos por Guarini: el traslado a Roma «haría a la cabeza de la Congregación depender inmediatamente de la cabeza de la Iglesia. Esto contrastaba con la dependencia del nacionalismo y las pretensiones de un gobierno secular por parte de la Congregación. Últimamente, semejante arreglo redundaría en beneficio de la Congregación y en la gloria de Dios». El visitador romano, Cremisini, y dos de sus Consejeros daban su adhesión al memorándum de Guarini.

Recibida la circular de Poussou a comienzos de 1841, Cremisisna escribió de nuevo a la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Declaraba que la inmediata asamblea «no representaría de verdad a toda la Congregación». Señalaba la «desproporción manifiesta entre franceses e italianos, para no mencionar otras nacionalidades». Una situación que no podía parar sino «en los lamentables resultados de la última asamblea general». En ella, argüía Cremisini, habían esta­do representadas cuatro provincias francesas, con un total de 70 Padres. Había sin embargo 250 Padres en Italia, a los que sólo representaban tres provincias. Los votos de los delegados, procurador y asistentes generales, todos franceses, ya aseguraban a éstos la mayoría. Cremisini observaba que «la preponderancia francesa no fue venta­josa para la Congregación en la asamblea general de 1835, y yo no espero que lo sea en la que se acerca».

Formulados sus argumentos, el visitador romano pedía a la Santa Sede que suspendiese la convocatoria de la asamblea, indujese al superior general a dimitir, nombrase por esta única vez nuevo supe­rior general, y exigiese a él y a sus asistentes residir en Roma. Pocas semanas después, el 8 de febrero de 1842, la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares requería de Guarini ulterior información. Esta Sagrada Congregación pedía, entre otras cosas, un ejemplar de las constituciones de la Compañía, más un informe sobre el carácter y pretensiones del señor Étienne».

Tras jugar el primer papel en la ofensiva contra Nozo, Étienne era ahora objeto de ataque por parte de los oficiales romanos. En febre­ro de 1842 el embajador francés ante la Santa Sede enviaba dos des­pachos al Ministro detallando las quejas de Propaganda Fide contra Etienne. Guizot transmitió al instante esta noticia a los vicencianos en París.

Etienne culpó de la intervención en los asuntos de la Congrega­ción a las «intrigas» romanas. Acusó también a aquellos misioneros de que «intentaban destruir mi reputación y excluirme del debate». Entendían, según Étienne, «que gracias a mi relación con el gobierno francés, iba a ser el único estorbo a sus planes». Los referidos misio­neros, pues, «hicieron partícipe de su plan al cardenal prefecto de Pro­paganda». Le persuadieron para que escribiese al Ministro del Exte­rior, enumerando «una serie de acusaciones contra mí y contra mi modo de dirigir las misiones extranjeras, como algo inaceptable para la Santa Sede».

El Consejo General se reunió el 21 de marzo para «considerar las quejas contra ciertos individuos de la Congregación, y muy en espe­cial contra el señor Étienne, procurador general». El Consejo había oído también el rumor de que Propaganda intentaba alentar cambios en la administración de la Congregación, en particular «requiriendo que residiese en Roma un representante del superior general». Étienne hizo relación de su consulta con el internuncio en París, Anto­nio Garibaldi, con miras a dar la mejor respuesta. Dijo que Garibaldi le había «urgido a aprovechar la ocasión e informar a Propaganda del verdadero estado de cosas. Creía que una sencilla exposición de los hechos bastaría a disipar las acusaciones romanas». En el curso de la reunión, Étienne presentó el memorándum que se proponía remitir al Ministro del Exterior. El Consejo «aprobó todos sus puntos y le auto rizó a enviarlo de inmediato al Ministro de Asuntos Experiores, para que lo emplee como bien le parezca».

Étienne escribía a Guizot,

Leídos estos dos despachos, fue su contenido causa de gran sorpresa pero también de consuelo para mi corazón. Da la clave de un enigma que antes no acertaba yo a descifrar. Hace ya varios años que me doy cuenta de que Propaganda tiene prejuicios contra mí, que graves acusaciones de todos lados se elevan contra mí en la Congregación. Cierto, ninguno de estos reproches se me ha hecho directamente, ni jamás nadie me pidió explicación alguna directa o indirecta. Sobre mí han seguido pesando las acusaciones. Veces hubo en que el dolor sentido me empujó hasta un punto en el cual casi pregunto por la naturaleza de tales inculpaciones. Deseaba poder disipar los prejuicios en torno a mí. Mas por otra parte, no podía creer que Propaganda me condenase sin darme la oportunidad de refutar tan graves e injustos cargos. Al final, me pareció el mejor proceder acomodarme a la enseñanza evangélica que predico, y al ejemplo de san Vicente de Paúl, y aceptar esta condena en silencio… Sin embargo, la Pro­videncia vino ahora en mi ayuda a través de Su Señoría, sin lo cual dudo que hubiera llegado a saber el verdadero origen de este misterio.

Étienne agradecía a Guizot el haber pedido de Propaganda una relación de las quejas expresadas contra él. Esto le daba ahora la opor­tunidad de defenderse. Le deparaba asimismo una ocasión «de ates­tiguar que nunca se le había ocurrido hacer cosa alguna exenta del respeto y sumisión que siempre he reconocido deber al Soberano Pontífice».

Étienne se proponía responder uno por uno a los cargos de Pro­paganda. Posteriormente, en la Notice, argüiría: «Me resultó fácil reducirlos todos a la nada». La primera acusación trataba de que, según informaciones de la prensa, había desempeñado un papel públi­co en la promoción de inversiones en un proyecto industrial’. Étienne contestaba que este tema había aparecido por primera vez en L’Univers el año 1838. Decía haber escrito entonces a los editores negando tener conexión alguna con la empresa. Pidió se publicara una retractación, cosa que el periódico hizo. Étienne negaba asimismo haber empleado 150.000 francos, de los fondos de la Compañía, en la compra de acciones. Era éste un cargo hecho por Nozo al procurador general y que Guarini citaba.

El segundo cargo que Propaganda hacía a Étienne atañía a la misión «secreta» que en 1841 asumió a favor del gobierno francés, sin licencia de la Santa Sede. Propaganda argüía que semejante misión violaba la neutralidad que Roma espera de los misioneros católicos en Oriente Próximo. Añadía que aquella misión había expuesto a los católicos de la región a un peligro mayor por parte de los gobernantes musulmanes. Étienne recordaba al Ministro del Exterior, que la misión por él asumida no fue de naturaleza «política». Recordó que Adolph Thiers, del Ministerio, le había asegurado que podía aceptar la misión sin temor al desagrado de la Santa Sede. Thiers había dicho asimismo que un despacho de Roma confirmaba que el viaje no se oponía a la política papal. Según esta puntualización, Étienne había preguntado al internuncio si el asumir la referida misión sería des­aprobada por Roma. Monseñor Garibaldi había respondido, «que aunque no tenía instrucciones oficiales de la corte de Roma, él no veía motivo para que la misión… no se realizase». Finalmente, Etienne alegaba que había emprendido la misión con el consentimiento del Consejo General.

El tercer cargo que se hacía a Étienne era el no atenerse a lo con­venido sobre la «fórmula distributiva» de los fondos que la Congre­gación recibía de la Sociedad Lionesa de la Propagación de la Fe. Etienne negaba la existencia de tal fórmula. Según sus cuentas, la Sociedad daba una suma anual para sostener todas las misiones extranjeras de la Congregación. Entonces el Consejo General decidía sobre el reparto de aquel fondo. El Consejo, sin embargo, repar­tía según la proporción recomendada por Étienne, una referencia que éste omite.

A continuación trataba Étienne los restantes cargos. Propaganda decía que el visitador de la provincia americana, John Timon, se había quejado a Roma de que la distribución de los fondos no era equitati­va para con la misión de Tejas. Étienne respondía no saber, en ver­dad, lo que Timon diría en Roma, pero sí que, durante la reciente visita de Timon en la casa-madre, él le había entregado todo el dinero destinado a Estados Unidos. Admitía el desencanto de Timon, porque el Consejo no asignaba más fondos a las misiones americanas. Pero argüía que Timon «ni una palabra me dijo que sugiriese que no creía recibir la cantidad plena asignada a las misiones referidas».

Etienne añadía otra observación: Timon había solicitado autoridad para distribuir los fondos según su buen juicio. El Consejo General rechazó la solicitud. En cambio decidió que el superior de cada misión enviase al visitador la contabilidad del año anterior y su solicitud dc renovada asistencia. Éstas serían remitidas por Timon a París, con todas las observaciones que deseara hacer. El Consejo General determinaría luego las cantidades que se destinarían a cada estación de misión americana. El Consejo autorizó a Timon, «para el caso de una necesidad imprevista» y con el consentimiento de su Consejo, el rea­juste de las cantidades asignadas por París. Pero entonces debía noti­ficar a París los cambios y la razón de los mismos. El Consejo reco­nocía a Timon el derecho de aplicar al sostenimiento de su oficio parte de los fondos destinados a la misión.

Étienne argüía que la Propagación de la Fe había reconocido ser la administración general de la Congregación quien mejor había esta­blecido la escala de las necesidades en las diversas misiones. A este punto, Étienne no puede resistir, y añade un comentario sobre Timon:

Fácilmente podría ampliar esta explicación aduciendo múltiples otros hechos que justifican mi conducta al respecto. Lo creo inútil. Su Señoría advertirá pronto que, si Propaganda opta por escuchar las quejas de un misionero, más bien que por confiar en la administración de la que aquél depende, ni tampoco en los legítimos métodos adoptados para el régi­men interno, no podrá haber gobernación eficaz. Pronto vería uno la absoluta destrucción del orden que reina en todas nuestras misiones. Propaganda se sorprendería, si yo presentase a su atención las quejas que he recibido contra la administración del señor Timon. Quejas que, por fundadas que sean, en nada menguan nuestra estima de este respetable y santo misionero. Sirven empero para enseñar, que ni aun varones respe­tables y santos están siempre libres de errores, descuidos y otras flaque­zas humanas. Esta es la noción que nos ha guiado, por lo que hace a la administración de nuestras misiones americanas.

Etienne proseguía, refiriéndose a Justino de Jacobis, vicenciano de Nápoles, al frente de la misión etiópica. Etienne señalaba que los fondos de esa misión eran regularmente repuestos por él en la procu­ra de Alejandría (Egipto). Declaraba no haber nunca recibido quejas, por parte de los misioneros en Etiopía, de que estuviesen faltos de fondos. Una diferencia en punto a financiación había surgido en 1841, con achaque de una peregrinación emprendida por De Jacobis con un grupo de etíopes. La suma a disposición de De Jacobis en Alejandría no bastaba para los gastos de la travesía. Según Étienne, De Jacobis había acometido el viaje sin informar a París y sin solicitar ulterior ayuda económica. Étienne argüía que cuando supo ser nece­sarios a De Jacobis fondos extraordinarios, había acudido a la Sociedad de Lyon. Averiguó entonces que el cardenal Santiago Fransoni, de Pro­paganda Fide, los había solicitado ya, y que habían sido concedidos por la Sociedad. Étienne culpaba a De Jacobis de la subsiguiente falta de fondos, pues había gastado todas las reservas —3.000 francos— deposita­das en Alejandría. Étienne alegaba además que no era equitativo esperar de la Congregación que destinara sus limitados fondos al pago de gastos extraordinarios por parte de De Jacobis.

Étienne decía a Guizot que no acertaba a entender por qué se le responsabilizaba de la separación de las provincias lituana y brasile­ña. Señalaba que la separación y destrucción de la provincia litua­na era resultado de la política anticatólica del imperio ruso. En cuanto a la provincia brasileña, Étienne alegaba haber sido mandato gubernamental su separación de la provincia portuguesa y de la Congregación.

El quinto cargo con el que se enfrentaba Étienne, era su parcialidad para con «las misiones francesas en detrimento de otras que sostenía la Congregación». Étienne señalaba que no era nueva la práctica de distinguir entre las diversas misiones según qué nacionalidad las sostenía, y que Propaganda misma las distinguía así. Ponía como ejemplo la presencia vicenciana en Peking donde, respectivamente, la misión francesa estaba servida por franceses, y la portuguesa por por­tugueses. Alegaba que esta práctica había sido iniciada por la Santa Sede, cuando ella y el gobierno francés convinieron en encomendar las misiones de Levante y de China, exclusivamente, a los vicencianos franceses. Asimismo habían decidido la Santa Sede y el gobierno portugués confiar otra misión china, en exclusiva, a los vicencianos de Portugal. Según Étienne, aun siendo «francesas» o «portuguesas», estas misiones «pertenecían a idéntica Congregación y dependían de idénticos administración y recursos».

El último cargo «grave» de Propaganda que Étienne rebatía, era «su pretensión de ejercer el oficio de procurador general, aunque ya había en Roma un procurador general que representaba a la Congre­gación de la Misión entera». Étienne escribía a Guizot: «Declaro a Su Excelencia que no sabía hasta este momento, que tuviésemos en Roma un procurador general para la Congregación entera de los Lazaristas». Y explicaba que, a lo largo de su historia, la Congregación había tenido un único procurador general. Este oficial operaba siem­pre bajo la autoridad del superior general. Étienne manifestaba extra­ñeza, al saber que la Santa Sede suponía procurador a Vito Guarini. Propaganda llegó incluso a decir que Guarini «había sido elegido por sus hermanos de Congregación para ese puesto». Sólo podía concluir aseguraba Étienne al Ministro del Exterior—, «que alguien ha dado a Propaganda información equívoca sobre este punto».

Étienne observaba que, de conformidad con las constituciones de la Congregación de la Misión, no se elige al procurador general, sino que lo nombra el superior general. Y glosaba: «Yo tengo este puesto desde julio de 1827. Sucesivos superiores generales me han confirma­do en el ejercicio de esta responsabilidad. Mi nombramiento para el desempeño de este oficio se anunció a toda la Congregación. Esto no se hizo en el caso del señor Guarini».

Etienne explicaba además que hasta 1792, era costumbre que el Superior general nombrase a un vicenciano francés para que sirviese en Roma. Este oficial      llevaba el título de «procurador francés». Era responsabilidad  suya gestionar los asuntos de la Congregación con la Santa Sede, bajo la dirección del superior general. Etienne advertía que, desde el restablecimiento de la unidad de régimen en 1827, el superior general había proveído a la ocupación de este puesto, «provi­sionalmente, por un Lazarista italiano, que a la sazón es el señor Guarini». Étienne confesaba, que «era incapaz de entender cómo podía concluir Propaganda que el señor Guarini fuese el procurador general de toda la Congregación».

En su Relación, Guarini daba una versión propia de este hecho. Argüía que en 1836, cuando Nozo le nombró, él había pedido aclara­ción de su posición y título. Según Guarini, Nozo respondió: «Usted es procurador general en Roma para gestionar con la Santa Sede lo que atañe a los asuntos de la Congregación. El señor Étienne es pro­curador general en París para tratar aquí con el gobierno». Poste­riormente, en agosto de 1841, Nozo escribió a Guarini otra carta determinando sus derechos y obligaciones, donde decía haber consul­tado al Consejo General sobre la materia. Guarini señalaba que, en su circular del 28 de octubre de 1841, Nozo no había hecho mención (ne verbum quidem, «ni una palabra siquiera») de su posición como procurador en Roma. Decía, sin embargo, haber recibido una carta de Nozo poco después, la cual decía: «Persevero en mi decisión en rela­ción con usted. Ahora bien, en las adversas circunstancias actuales, y con la actual disposición de los espíritus, si yo hiciera efectiva la refe­rida decisión, ello acarrearía graves problemas para mí y para la Con­gregación en Francia».

Étienne explicaba a Guizot que Propaganda estaba en la creencia de que la asamblea sexenal había dejado a la Congregación con dos cabezas, y que lo irregular de esta situación pedía la intervención romana. «Se entiende que tal estado de cosas causa trastorno a la mayoría de estos buenos Lazaristas franceses», había dicho la Sagrada Congregación. Propaganda atribuía los problemas a «la reprensible conducta de ciertos individuos». En sentir de Étienne, Roma andaba en busca de una oportunidad «para cambiar el estado y la existencia de nuestra Congregación».

Étienne decía estar presto a dimitir como procurador general, para permitir el nombramiento de otro «más digno de ocupar el puesto». Pero decía asimismo creer que no eran sus actos como procurador general, el origen de las diferencias con la Santa Sede. Propaganda meramente usaba de aquellos como excusa, para demostrar la necesi­dad de un procurador o superior general residente en Roma. No había ambigüedad en el análisis que Étienne hacía de la estrategia: «Ello ocasionaría un trastrueque del orden de cosas establecido por nuestras constituciones durante los últimos 200 años. Su propósito es reempla­zarlo por algo enteramente nuevo».

Étienne ofrecía a continuación una breve cronología de aquella crisis. En relación con la elección de Nozo en 1835, Étienne argüía que, «por entonces los miembros de la asamblea, en su mayoría, le [a Nozo] juzgaban en posesión de las cualidades personales precisas para ocupar tan eminente puesto. Ahora bien, sus [de Nozo] actos sub­siguientes causaron gran conmoción, tanto dentro como fuera de la Congregación. Esto demostró pronto haber sido incorrecto el juicio positivo sobre él emitido por quienes le votaron».

A continuación procedía Étienne a hacer a Nozo un cargo que en ningún otro sitio aparece. Atribuía a Nozo el conocimiento de que «había misioneros los cuales creían que su elección había sido inválida». Fue por consiguiente a Roma «para pedir al Soberano Pontífice que confirmase su elección». Étienne afirmaba que Nozo emprendió este viaje «sin informar al Consejo de su verdade­ro propósito»170. Algo de lo que Étienne no hace mención es, que el referido viaje, en verano de 1837, tenía por objeto la celebración del centésimo aniversario de la canonización de san Vicente.

Nozo sabía —asegura Etienne— no ser necesaria la apelación a Roma, pues las constituciones de la Congregación requerían una asamblea general para juzgar la cuestión de la irregularidad. Según Étienne, el motivo de Nozo para ir en busca de una subsanación pontificia era zafarse de la repercusión de sus actos en Francia, ade­más de cultivar el favor papal para el futuro. Falta en Étienne una relación de la respuesta dada por la Santa Sede a la presunta peti­ción de Nozo.

Étienne informaba al Ministro del Exterior sobre el fallido inten­to de Nozo, enderezado a desviar su condena por parte de la asamblea sexenal. Describía cómo obtuvo subrepticiamente licencia de la San­ta Sede para nombrar un vicario general. El Ministro del Exterior supo cómo la asamblea sexenal había decidido unánimemente despojar a Nozo de su autoridad para depositarla en un vicario general elegido por la propia asamblea. Étienne aseguraba a Guizot ser creencia del Consejo General, que Nozo estaba intentando convencer a la Santa Sede, para que invalidara la decisión de la asamblea. Alegaba asimis­mo que Guarini, como adepto de Nozo, estaba también trabajando para este fin.

Étienne cerraba su extenso memorándum diciendo:

A mi parecer, esta explicación de nuestra posición actual debiera arrojar una nítida luz sobre los alegatos contenidos en la comunicación de Propaganda. Debiera explicar también el prejuicio que contra mi persona alimenta, no menos que contra otros individuos de la Congregación. La explicación ha hecho necesario revelar el actual estado de la administración de nuestra Compañía. Su Excelencia puede compulsar esto… yo abrigo la confianza de que dará a su Embajador en Roma instrucciones para que ilustre a la Santa Sede y a Propaganda en cuanto al verdadero estado de cosas. Ello esclarecerá el origen de las oscuras insinuaciones adversas a ciertos miembros de nuestra Congregación.

Étienne dice que el Ministro del Exterior dirigió a Roma una respuesta, «tan honorable para mí como desagradable para Propaganda”. Dice que Guizot «reprochó amargamente a Propaganda desconocer los servicios que, desde hace más de veinte años, había prestado a la Iglesia, consagrándome a la restauración y desarrollo de nuestras misiones extranjeras.

En las notas a la Relación de Guarini señala Gabriel Perboyre que, por esta época, Nozo andaba visitando casas en las provincias france­sas. Hablaba sin rebozo contra los Asistentes y contra la administra­ción de París, en particular por la que atañía a Étienne. La causa de Nozo tenía algunos partidarios entre los vicencianos de Francia e Italia. A éstos les proponía Nozo la posibilidad de establecerse en Roma. Perboyre dijo haberle oído decir a Nozo con frecuencia, que «si los franceses ya no le querían, ciertamente le recibirían bien los italianos».

En la reunión del Consejo General, el 28 de marzo de 1842, Poussou preguntó, si debía dirigirse a Nozo una carta pidiéndole que «con­vocase la asamblea general lo antes posible, para poner fin al estado temporal de los asuntos, como lo estableció la asamblea sexenal». El Consejo convino en ello, y Poussou escribía a Nozo el día 29:

Habiéndose ejecutado las resoluciones adoptadas por la última asamblea sexenal, estamos ciertos de que convendrá usted con nosotros en que, el orden de cosas por ella establecido, necesariamente debía ser de natura­leza temporal. El bienestar general de ambas familias de san Vicente pide que esa situación no se prolongue demasiado. Tras haberlo conside­rado ante Dios en la oración, creemos urge que la asamblea general, úni­ca capaz de regularizar esta situación, tenga lugar este año. Creemos lo piden así las circunstancias en que se halla la Congregación. Es por ello crucial, que convoque usted cuanto antes la asamblea general. Le remi­timos a su circular del 28 de octubre del pasado año. Presumimos desea oír el sentir del Consejo en cuanto a esta importante medida. Estimamos responsabilidad nuestra aconsejarle, que convoque la referida asamblea en el plazo más breve posible. Unánimemente recomendamos que con­voque la asamblea, para que se reúna el próximo día 15 de agosto.

En la siguiente reunión del Consejo, el 5 de abril, Étienne anun­cio que «el señor Nozo está dispuesto a acceder a la petición de ustedes, y convocará la asamblea general para el 15 de agosto próximo”.

A poco de emitir la carta que convocaba la asamblea general, Nozo escribía a un corresponsal desconocido,

Para estas fechas habrá recibido un ejemplar de la carta por la que se convoca la asamblea general. Escribo ahora brevemente para pedir su consejo. Mas como no le consta lo bastante de la situación, creí necesario ponerle al tanto, en lo posible, de lo que ha acontecido.

Tras las calumnias que enemigos externos han propalado contra la Con­gregación y contra mi persona, y del modo como muchos de nuestros propios hermanos me han juzgado, estimo no poder presentar la dimi­sión sin gran deshonra. Deshonra que compartirá asimismo la Congrega­ción. Han insinuado esos mismos misioneros, que me es mejor dimitir, para que no tengan que revelar los graves cargos existentes contra mí. Pero si dimito, fácilmente se podría creer que fue por razón de los gra­ves cargos elevados contra mi reputación. Estos hermanos han pedido una asamblea general para este año. Mas ¿cuál será el resultado? ¿Espe­ran que presente la dimisión? Si no lo hago, ¿querrán destituirme? ¿Desean que me destituya la asamblea? ¿No sería este un gran escánda­lo? Por parte de las constituciones, nada hay que yo deba temer. Si la destitución no tiene lugar, tendrán que nombrar un vicario general. Aho­ra bien, ya tiene todos mis poderes un vicario general. No he interferido lo más mínimo en su administración. Pido sólo hacer sin ruido vida de comunidad, y que me dejen tranquilamente en mi cuarto.

Por todo resultado de una asamblea general temo escenas penosas y con secuencias desafortunadas. Le ruego me participe, conforme a su pm dente juicio, sus pensamientos así como los de sus Consejeros, u otro,, misioneros, y que tenga a bien darme su consejo.

Mientras acontecía todo esto, llegó a París el obispo de San Luis, José Rosati, C. M. Volvía de efectuar, de parte del Papa, una misión diplomática en Haití. Rosati se enteró así de primera mano de la crisis que dividía a la Congregación. De París fue a Roma. El 24 de abriI, Rosati y Guarini visitaron al cardenal Secretario de Estado y planearon sobre la situación en Francia. Guardini refirió que el cardenal Lambruschini había preguntado a Rosati qué opinaba: si la asamblea general se celebraba según lo proyectado, ¿elegiría a Étienne como superior general? De acuerdo con la relación de Guarini, respondió que el Asistente General italiano le había asegurado que no saldría elegido Étienne. Guarini dio su opinión, y dijo que, no pudiendo elegir la asamblea más que a un francés, él no estimaba válida la elección».

Cuando el visitador de Roma, Miguel Cremisini, recibió la carta que convocaba la asamblea general, informó de inmediato al cardenal Pedro Ostini, prefecto de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares. A su vez Ostini se reunía, a comienzos de mayo, con Cremisini, Guarini, José Bizzari —subsecretario de aquella Sagrada Con­gregación—, y Rosati. Ostini preguntó si la Santa Sede debía permitir que se reuniese la asamblea generan. La posición del cardenal pre­fecto era: dada la división en dos facciones, la favorable y la adversa a Nozo, una asamblea general presentaba grandes peligros. Lo sería en particular el peligro de escándalo. Ostini decidió que la Sagrada Congregación escribiría a Nozo ordenándole suspender la asamblea general y comparecer en Roma. Con la aprobación del Papa, Rosati debía escribir a los Asistentes comunicándoles la verdadera razón para la comparecencia de Nozo en Roma: inducirle a que «presentase espontáneamente la dimisión».

En París, mientras tanto, las relaciones entre Poussou, los Asisten­tes y Nozo se deterioraron todavía más. La fecha de la asamblea doméstica en la casa-madre estaba anunciada para el 18 de mayo. Nozo no dio buena acogida a este anuncio. Declaró «no desear que la asamblea doméstica se reuniese tan pronto. Acompañaba esta declara­ción con amenazas de acción legal, lo que revela su violenta irritación». Por amor a la paz y para evitar ulterior escándalo, el Conse­jo decidió posponer la asamblea doméstica hasta después de Pentecostés. Ordenó sin embargo poner en las actas una declaración de que lo hacían por vía de «concesión» y sin reconocer a Nozo dere­cho alguno a anular su primera decisión».

En la reunión del Consejo habida el 21 de mayo, Poussou comu­nicó la carta que había recibido de Rosati. Preguntó el juicio de los Consejeros. El Consejo respondió adoptando cuatro resoluciones:

  1. El Consejo se declara extrañado de que Roma optara por esta vía de acción sin previa consulta a la administración de la Congregación, la cínica en posesión de los documentos que iluminarían la situación.
  2. El Consejo tiene que culpar a los misioneros italianos, consultados por la Santa Sede, de tomar sobre sí tan grave responsabilidad sin consultar a sus superiores. Creemos habría sido mejor vía de acción dejarlo al juicio de la próxima asamblea general.
  3. El Consejo reprueba también la conducta del señor Guarini en esta circunstancia: 1. Informó a petición del cardenal prefecto, por deci­sión propia y sin consultar antes al Consejo General que él repre­senta en Roma. 2. Dijo que una asamblea general era incapaz de remediar los males que sufre la Congregación. Esto es contrario a las constituciones, las cuales dicen, que la asamblea general es el sólo medio dado a la Congregación en una situación grave como es la actual. El Consejo articula sus reservas en cuanto a la con­ducta del señor Guarini para que las considere la próxima asam­blea general.
  4. El Consejo resuelve, 1. Que como respuesta no hará cosa alguna que sugiera aprobación de aquellas medidas. Observará un compor­tamiento puramente pasivo. 2. Que toda la responsabilidad por lo que se siga recaerá enteramente sobre quienes crearon esta situa­ción. 3. Que por respeto a la Santa Sede, a la cual tan imprudente­mente se ha apelado, no haremos público este asunto… Guardare­mos silencio, sin renunciar, empero, a nuestro derecho de emplear cuantos medios legítimos permitan las circunstancias, y que puede se deban emplear para salvar a la Congregación de una ruina que ahora parece inevitable. 4. El Consejo adopta unánimemente los puntos de esta resolución, reservándose el futuro derecho de reexaminarla y revisarla, en cuanto que es necesario para el bien de la Congregación.

Rosati escribía el 16 de mayo al Asistente italiano, Pedro-Pablo Sturchi, dándole una idea de la carta que Poussou recibiría de él en breve,

Por lo demás, el cardenal Ostini me ha encargado de escribir al senor Poussou sobre estas decisiones, con el fin de que no os alarméis y creáis, que tienen por objeto mantener al señor Nozo en su puesto de superior general. El propósito es más bien obviar los inevitables enojos e infelices circunstancias que provocaría una asamblea general, convocada para solicitar su dimisión o decretar su destitución. Este es el mol de que Roma le ordene comparecer. No tenemos razón para dudar de ­que accederá al deseo del Santo Padre. El cardenal Ostini cree… necesaria esta medida para el bien y el honor de nuestra Congregación… Pienso que la Providencia brinda por su bien al señor Nozo esta ocasión de venir a Roma. Debiera dar la bienvenida a la oportunidad de dejar la pesada carga de sus responsabilidades.

De acuerdo con Rosati, dimitido Nozo, el vicario y Consejo gene­rales estarían ya en sus puestos para regir la Congregación. «Cuando todos los espíritus se calmen», Roma determinaría el momento «apro­piado» para que se reúna la asamblea general. Rosati esperaba que esa estrategia desactivaría las controversias y prevendría «juicios siniestros que arruinaran la reputación de la Compañía». La restau­ración de la paz, que Ostini y Rosati esperaban reportase la dimisión de Nozo, pasaba por alto un hecho: el de los antagonismos franco-italianos, a merced de los cuales estaba ya la sucesión de los acon­tecimientos.

Nozo emitía el 1 de junio una carta circular anunciando la suspen­sión de la asamblea general por decisión del Papa. Anunciaba además su propia convocación a Roma, para tener «consultas». La conclu­sión de la circular era del siguiente tenor:

Todo esto debiera ser para nosotros una gran fuente de consuelo y un poderoso motivo de gratitud, por haberse dignado el Vicario de Jesucris­to dedicarnos su atención y tendernos una mano segura y protectora, cuando nos hallamos en tan críticas circunstancias. Por lo que a mí hace, debo admitir que estuve gravemente turbado. Con las múltiples y serias preocupaciones que pesaban sobre mí. No encontré la tranquilidad que tanto necesito y deseo para asegurar la paz y la salud de mi alma. Los consejos contradictorios que he recibido aumentaron mi ansiedad y mis incertidumbres. Ahora, sin embargo, me encuentro liberado de toda inquietud. Lo dejo todo a la sabiduría de Su Santidad, y me honraré ateniéndome a todas sus órdenes, y aun a sus mínimos deseos.

E. UDOVIC

CEME

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *