Juan-Bautista Etienne (XXIX)

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Citación a Roma: «asechanza puesta por los autores de la intriga»

En la reunión del Consejo General, el 10 de enero de 1843, Poussou notificó a los Consejeros que había recibido una carta del internuncio. Esta carta anunciaba que el cardenal Ostini le había dado instrucciones para que invitase al Consejo General a enviar a Roma por lo menos dos vicencianos franceses. Apadrinados por el cardenal prefecto, debían reunirse representantes franceses e italianos, «para resolver las dificultades surgidas en lo que atañe a la organización interna de la Congregación». Esta acción tenía por meta «poner fin al actual estado de los asuntos de la Congregación». «Era fácil de ver en esta nueva propuesta —comentaba la Notice de Étienne— una trampa tendida por los autores de la intriga. Estaban persuadidos que estos dos diputados, una vez en presencia de la autoridad suprema, e intimados a responder a las manifestaciones de sus deseos, no opondrían ninguna resistencia».

En el Consejo General, el debate giró en torno al «peligro» de consentir «en la asistencia a una reunión que no estaba de ningún modo prevista por nuestras constituciones». Esta afirmación revela de nuevo las subyacentes sensibilidades galicanas de los franceses, impermeables al principio ultramontano de una intervención pontificia. Los franceses se retraían también de tomar parle en una reunión “cuyos componentes sujetos a nuestra autoridad no tienen derecho a pedirnos explicaciones. Los referidos sujetos han causado todas estas complicaciones movidos de su espíritu independiente, y nunca han hecho al Consejo General consulta alguna relativa a sus dificulta­des». «Por respeto hacia la Santa Sede», fue sentir del Consejo, que no deberían negarse a honrar la petición romana. Al mismo tiempo, sin embargo, sentían serios recelos en cuanto a cooperar. No pareció al Consejo que debía actuar en este estado de «indecisión». Optó por un aplazamiento, hasta que Poussou consultara al inter-nuncio.

Aquel mismo día, pero más tarde, Poussou manifestó al Consejo, que monseñor Galibaldi daba firme apoyo a la propuesta del cardenal Ostini, y le había dicho que Roma llevaría muy a mal una «negativa» francesa. El Consejo entonces, «ansioso de imitar la honda sumisión del propio san Vicente a la Santa Sede, accedió a la petición de Ostini». Fueron designados Juan-Bautista Étienne y Juan-María Aladel. De acuerdo con las Actas, tanto Aladel como Étienne, declinaron en un principio el cometido, pero lo asumirían después en espíritu de obediencia.

La Notice de Étienne daba otra versión de los hechos. Refería que Garibaldi «había insistido en que fuese yo uno de los dos delegados elegidos por el Consejo». Étienne respondió a Garibladi que, dados los sentimientos que Roma abrigaba hacia él, una representación por parte suya sería «imprudente». Étienne expresó su temor a que «los prejuicios existentes contra mí comprometiesen importantes intereses de la Congregación en esta materia». Dijo a Garibaldi que requeriría «una orden directa» el avenirse a ir. Garibaldi había replicado, según Etienne, que «él nos conocía muy bien a ambos, a Roma y a mí, y que llevaba algún tiempo al acecho de la oportunidad justa para que yo Fuese a Roma». Habiendo oído de Garibaldi ser este el momento apro­piado para hacer el viaje, Étienne manifestó que aceptaba la designa­ción. Semejantes detalles no son confirmados por la Actas del Conse­jo general».

El Consejo General se reunió de nuevo el 16 de enero. Los dele­gados recibieron de los Consejeros una doble serie de instrucciones, las públicas y las privadas. En las instrucciones públicas, el Consejo manifestaba no reconocer la existencia de problema alguno entre misioneros franceses e italianos. A juicio suyo, eran sólo «ciertos indi­viduos en Roma», y no las provincias italianas, los causantes de las «actuales complicaciones». Para no sentar «un peligroso precedente», los delegados franceses deberían decir que sólo asistían a la reunión romana para honrar la «orden» del cardenal Ostini. En los misioneros italianos implicados, el Consejo no admitía competencia para tratar «cuestiones constitucionales, o que atañen a la administración general de la Congregación». Los delegados franceses deberían sólo suministrar información, y esclarecer los hechos precisos. Étienne Aladel «carecían de autoridad para decidir cuestión alguna o hacer concesiones en materia de constituciones».

El Consejo en ningún caso se avendría —tal era su posición—, a cambio alguno constitucional, pues sólo la asamblea general tenía poder para hacer semejantes cambios. El Consejo advertía que todas las soluciones propuestas para resolver los problemas de la Congregación estaban fuera de lo previsto por las constituciones. El Consejo observaba que, ni antes ni durante aquellas controversias, había sido, consultado por la Santa Sede.

En cuanto a las instrucciones «secretas» del Consejo a los delega dos, de acuerdo con las Actas, éstas «atañían a las reglas de conduela y al modo como debían cumplir con su misión».

Poussou propuso además al Consejo, que diera instrucciones a los visitadores de Turín y de Nápoles, Marco-Antonio Durando y Pascual Fiorillo, para que acudieran a Roma. Debían «revelar a la Santa Sede el verdadero espíritu de sus provincias, y dar su asistencia a los delegados franceses en el pronto y feliz cumplimiento de su misión». El Consejo aceptó esta recomendación y ordenó a los referidos visitadores italianos que se reunieran en Roma con los delegados franceses el 5 de febrero. El Consejo había ya escrito a Timon preguntando si, según alegaba Roma, la provincia de Estados Unidos favorecía algún cambio en las constituciones de la Congregación. Según Étienne, Timon había respondido diciendo que tal no era el caso. «Que su Provincia no solamente no había expresado ningún deseo a este respecto, sino que al contrario deplorable el menor cambio de las constituciones y del orden existente desde hace dos siglos”.

El Ministro del Exterior —refería Étienne—, recibió notificación de todas estas decisiones. Guizot convenía en que los delegados rehusaran «considerar cambio alguno de las constituciones». Dijo también a Étienne que proseguiría la acción diplomática del gobier­no «en orden a conseguir una solución ventajosa». Guizot dio a los delegados una carta para Latour-Maubourg, embajador de Fran­cia en Roma: llevaba la fecha del 23 de enero de 1843. El Ministro del Exterior daba a Latour-Maubourg instrucciones, no sólo para recibir a los delegados franceses con «la atención que merecen», sino además «para que se les diera cuanta asistencia fuera posible”. Guizot continuaba: «Sois sabedor de la relación íntima que tiene con este Ministerio el procurador general [Étienne], y la esti­ma de que goza ante el gobierno del rey… En relación con el cum­plimiento de su misión, debéis apoyarles y sostenerles por todas las vías. Os reuniréis con ellos confidencialmente y les daréis total acceso a cuanto material poseáis en relación con esta materia. Podéis intervenir oficialmente, de conformidad con la política fija­da en esta materia por el gobierno del rey. Cooperaréis con su misión por todos los medios». Así pues, la posición que en Roma iban a representar Étienne y Aladel estaba respaldada por toda la fuerza del gobierno francés.

Los dos delegados franceses dejaban Marsella el 26 de enero rum­bo a Roma, adonde llegaban al cabo de dos días. Esquivando un encuentro con Miguel Cremisini y Vito Guarini en Monte Citorio, Eienne y Aladel escogieron Monte Cavallo, alojándose en la casa de San Silvestre. Tuvieron, a poco de haber llegado, una entrevista preliminar con el cardenal Lambruschini. Lambruschini reiteró en aquella reunión el conocido razonamiento que Roma aducía para intervenir en la elección de superior general. Expuso además «que el motivo de existir la supremacía del Santo Padre era poder ejercerla en casos como este, cuando las normas ordinarias que regulaban una situación no bastaban a resolver un conflicto peligroso». El cardenal criticó las constituciones, responsables de la dominación galicana en la Com­pañía. Repitió palabra por palabra el cargo central de los italianos: que «la mayoría francesa decidía en todas las cuestiones importantes, así la elección de superior general, y que las demás provincias sólo eran consultadas pro forma». Lambruschini reconocía la posición del gobierno francés, pero dijo que la Santa Sede entendía la situación de modo diferente, y creía ser preferible su solución, en el actual estado de las cosas».

Fue Aladel quien llevó la voz cantante, por parte francesa, en la primera entrevista con Lambruschini. La táctica era cuerda, pues se conocía la pobre estima de que gozaba Étienne ante el cardenal Secretario de Estado. Aladel repitió a Lambruschini la consabida posición francesa. El cardenal replicó que «él no estaba realmente atado a manera particular alguna de resolver la situación, siempre que los medios empleados obtuviesen el deseado fin». Pensaba el que la solución propuesta por los franceses «presentaba problemas mayores que la propuesta por la Santa Sede». Esta última decía ración era, por parte de Lambruschini, la primera indicación de que Roma podría considerar otros medios, para lograr el resultado que ansiaba.

El 8 de febrero informaba Raneyval a Guizot de la llegada de Étienne y Aladel, y de las primeras reuniones entre éstos y los cardenales Lambruschini y Ostini. Le informaba también de que se habla entrevistado con el cardenal Secretario de Estado y le había manifestado, cómo «repugnaba» al gobierno la celebración de la asamblea general en Roma. Raneyval aseguraba a Guizot, que esta declaración pareció tener el efecto deseado. El cardenal «no vaciló en darme a entender, que nada de eso le preocupada en realidad. Dijo no estar desposado con los medios antes propuestos». «Creo estar en lo seguro concluyendo, que ahora les será más fácil la tarea a los señores Aladel y Étienne».

El 14 de febrero Guizot escribía a Raneyval acogiendo con placer la repentina decisión romana de no nombrar superior general, como también la disposición a aceptar un candidato francés. Ahora bien, no abandonaba todavía la Santa Sede el plan de que la asamblea gene­ral se tuviese en Roma. El Ministro del Exterior reiteraba la oposición del gobierno a esta solución extra-constitucional. El argumento de que, teniendo lugar en Roma la asamblea, «se retendría a los disiden­tes, prestos a incubar y esparcir gérmenes de discordia», era refuta­do por Guizot. Éste señalaba cómo sabían todos, que los disidentes eran sólo dos o tres misioneros italianos. Las quejas de los referidos individuos podían ser tratadas con igual facilidad en una asamblea general tenida en París.

Con ironía comentaba Guizot cómo, en un principio, la Santa Sede había sostenido que no debía tenerse en París la asamblea gene­ral, porque la preponderancia del influjo francés ocasionaba una fal­ta de libertad electoral. Luego, sin embargo, con un giro inverso, que­ría ella ocasionar idéntica falta de libertad, garantizando la elección de un general francés, siempre que la asamblea general se tuviera en Roma. El Ministro del Exterior especulaba, si la Santa Sede avanza­se esta última propuesta, para conseguir que la asamblea reunida en Roma, modificaría las constituciones, y requeriría que residiese allí el procurador general. El gobierno había dicho ya, que no permitiría tal alteración. Guizot daba a continuación instrucciones explícitas a Raneyval:

Resumiendo, no consentiremos, ni siquiera por esta sola vez, en que se tenga en Roma la asamblea general que ha de elegir superior general. No admitimos que exista razón válida alguna para modificar las constitucio­nes, de manera que el superior y procurador generales deban residir en Roma. Nos oponemos formalmente a cualquier innovación de ese tipo. Tened a bien poner a la Santa Sede en conocimiento de nuestras bien sabidas intenciones sobre uno y otro punto. Debéis insistir de la manera más positiva y apremiante en el abandono, por parte de la Santa Sede, de todo plan contrario y perentorio, y que cese de poner obstáculos a la con­vocatoria de la Asamblea General. El vicario general debe seguir el pro­cedimiento hasta el final para superar las dificultades que han durado ‘micho tiempo. Que los vicencianos sigan adelante y hagan el bien al que han sido llamados».

E. UDOVIC

CEME

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