Juan-Bautista Etienne (XXIII)

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Nozo y las «más desastrosas medidas»

Según Étienne, no había aún ejercido Nozo un año el generalato cuando ya «los asistentes comprendieron que el camino que haba emprendido conduciría a la Congregación hacia una ruina segura». Entre los primeros objetivos de Nozo estaba su rival Bailly. He aquí cómo describe Étienne la actitud de Nozo para con Bailly: «El señor Nozo, persuadido de que (Bailly) se erigía como su competidor, con­cibió contra él una mal disimulada animosidad, que se traducía en hechos de una deplorable gravedad».

Tras un período de constante acoso, los ataques de Nozo a Bailly arreciaron, «habiendo expresado y difundido sospechas sobre su pro-bidad». Nozo acusó a Bailly de haber empleado fondos de la Con­gregación para enriquecer a su familia». Según Étienne, estas inculpaciones «exacerbaron más y más» la correspondencia entre lino y otro. Fue una fase que terminó con la orden de Nozo, para que fuese inspeccionada la gestión de Bailly en las casas donde había sido superior. Posteriormente, en medio de una «violenta disputa», Nozo dijo a Bailly «que no le consideraba miembro de la Congregación”. El general alegaba que Bailly «emitió los votos en una época en la que no existía ninguna autoridad legítima para permitirlos y recibirlos». Enojado, Bailly «exigió y obtuvo una declaración afir­mando que sus votos habían sido nulos y, en consecuencia, no había sido nunca miembro de la Congregación». Con este documento en mano «se sirvió de él, como de una arma arrojadiza, para atacar a Nozo y conjuntamente a la Congregación, al efecto de obtener una indemni­zación por todos los años que había empleado al servicio de la Compañía». Bailly interpuso demanda y provocó un escándalo para la Congregación y para Nozo. Según Étienne, este pleito fue objeto de amplia publicidad, no sólo en París, sino por toda FranciaI.

La defensa que hizo Bailly de su reputación y de la rectitud de sus demandas contra la Congregación fue no menos hábil que eficaz. El pleito tiznó la reputación de Nozo. Al final, habido arbitraje, el arreglo costó a la Congregación más de 100.000 francos. En la adjudi­cación, el árbitro hace referencia a Nozo:

Después de largo y concienzudo examen, estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones presentadas por el señor Bailly… Examinadas las pruebas, repito la sentencia dada en el juicio más grande, «No encuentro culpa en él»… Comprendo todo aquello por lo que ha pasado, y me conmueve… Después de elevado el señor Nozo, todos pudieron ver que su [de Bailly] posición se hacía delicada y peligrosa… Lo perdió todo, mas no podía perder su buen nombre… Que estas palabras sirvan de verdadero homenaje, y resarzan al señor Bailly de los males que sufrió… Sé que, durante largo tiempo, se ha considerado al señor Nozo, por su austeridad y virtud, como vicenciano modelo… Uno de sus amigos ha escrito: «Lo que Nozo ahora es, no lo era antes… ¿Le han cambiado el carácter los honores?»… El señor Nozo es la misma persona que antes fue, pero la inmensa responsabilidad que pesa sobre sus hombros le ha cambia­do. Desde el alto lugar que ahora ocupa, ya no es capaz de medir las dis­tancias con mirada firme y clara. Quiso restaurar y renovar la vida inicial y antigua severidad [de la Congregación]. Le irritaba la creencia de que hombres y cosas estorbaban su deseo. En su ansia de hacer el bien, terminó haciendo el mal, según prueba este triste caso. Hoy pueden sonar mis palabras duras y severas, pero pasado el tiempo y vuelto el reposo a su alma, una vez se calme la conmoción inseparable de un caso como el presente, mirará tal vez a este juicio como expiación solemne y pública de su injusticia, y se alegrará de lo que, en conciencia, he tenido que decir.

El juicio que Étienne emite sobre Bailly es tan áspero como el emitido sobre Nozo: «Explotó en su provecho los malos procedimientos e imprudencias del señor Nozo y buscó sacar partido, en su propio interés, del escándalo que los dos habían fomentado en la opinión pública. Los actos de Bailly «no tardaron en hacer descender sobre él la maldición del cielo». Con evidente satisfacción refería Étienne, que Bailly colocó la suma inmerecidamente adjudicada, en especulaciones financieras. Acabó perdiendo todo cuanto poseía. Así, «este hombre antiguo Vicario General, decano del Capítulo de la Catedral, pasó por la humillación de ver vendidos, en pública subasta, todos sus bienes. El señor Bailly terminó su vida en la humillación y en la miseria».

Desviado un instante por la diatriba contra Bailly, Étienne vuelve luego su atención a Nozo. Observaba: «El señor Nozo era muy inclinado también a los asuntos de dinero. No tardó en hacerse culpable de los mismos extravíos de los que había acusado al señor Bailly. «Étienne refería cómo se había involucrado Nozo en un complejo asunto financiero con un pariente lejano [Dionisio Hennecart], quien luego interpuso demanda contra él y contra la Congregación. Este proceso prolongó la desgraciada publicidad que el pleito de Bailly había iniciado.

Los ataques al carácter Nozo publicados por Hennecart fueron devastadores:

Otros pasaron por la experiencia de tratar con socios infieles, que trai­cionaron su confianza y causaron su ruina y la de su familia. Mas en aquellos casos raramente se advierte que el causante sea un pariente, un sacerdote, el jefe de una orden religiosa justamente estimada, y el suce­sor de san Vicente… No lo hubiera creído posible. Consideré al señor Nozo un verdadero amigo y bienhechor, venido providencialmente en mi ayuda, cuando las circunstancias me apuraban. Prometió ayudar a mi familia y ser el guía de mi hijo. Todas mis esperanzas se desplomaron al descubrir que era él el responsable de mi destrucción y el depredador de mis bienes… En demanda de justicia, dada la situación, me veo forzado a exponer al público los hechos, juntamente con los documentos que avalan mi posición. Yo no tengo la culpa. Puse todos los medios para evi­tar un escándalo público, y sugerí un arbitraje. Él me ha empujado a este pleito.

Hennecart declaró que Nozo se había descrito a sí mismo como «el Rothschild de las órdenes religiosas», diciendo que, «si perdía un millón de francos, era todavía rico». Alegó que Nozo había dicho también ser «más poderoso que el rey de Francia». En cuanto superior remera], «podía contar con la obediencia absoluta de la doble familia en todo el mundo». A diferencia del rey, «no tenía que atenerse a un presupuesto, o al voto de la Cámara de Diputados, en cuanto a la inversión de su capital». Hennecart alegó que «el señor Nozo tenía, en la Bolsa de París, reputación de hábil especulador, que invertía fuer­tes sumas, suyas o de la Congregación, en acciones y otras operacio­nes industriales”. Describió a Nozo como a alguien que había con­vertido la Congregación en un «agencia de comercio», prestando su nombre para avalar varias ofertas de valores públicos. Hennecart acusó además a Nozo de haber especulado con dinero que la Congre­gación recibía de la Sociedad para la Propagación de la Fe, cuya sede estaba en Lyon. Era éste dinero destinado al sostenimiento de las misiones extranjeras.

Hennecart concluía su alegato con esta observación: «Es imposi­ble que los miembros de la Congregación, cuyo superiorato ejerce el señor Nozo… no estén afligidos por su comportamiento en este asun­to. Suponemos que el sentido del honor y la honradez, no dejarán de darles motivo para impedir que vuelva a extraviarse». La solución del caso Hennecart no advino hasta después que Nozo se hubo quita­do de en medio. Por su parte, como dice Étienne, la Congregación logró, al cabo de algún tiempo, zafarse de más pleitos.

Tomando por base el modo de tratar Nozo los asuntos externos —comentaba Étienne—, cualquiera se habría formado una idea del esta­do de cosas en la administración interna. Según Étienne, los asisten­tes generales vieron muy pronto, que sólo la protección de la Provi­dencia divina podía librar a la Congregación de una «ruina segura» bajo el generalato de Nozo. Ahora bien, los asistentes optaron por arrostrar el riesgo y salvar el lapso de los años que faltaban hasta la asamblea sexenal, cuya convocación se había fijado para 1841.

Se les brindaba otra única opción, y era convocar una asamblea general, formular acusaciones oficiales contra Nozo, y procurar su deposición conforme a las constituciones. Fue un infortunio el que los asistentes se opusieran a esta opción: «Este último medio parcelo demasiado violento y capaz de agravar el mal, en lugar de remediarlo». Además en sentir suyo, semejante acto «daría pie a una división en el interior de la Compañía, provocando un escándalo extremoso que hubiese tenido una resonancia grande entre la gente». «Se resolvió pues refugiarse en la paciencia y en la oración y esperar que el Cielo pusiese fin a esta crisis lamentable».

Por el momento, los asistentes decidieron «guardar el mayor silencio posible en cuanto a esta penosa situación, y hacer cuanto pudieran por mantener la unión de los espíritus». En cualquier caso, «estallan en guardia contra toda violación de las constituciones». Según Etienne, «por efecto de esta sabia resolución, todas las dificultades y todos los sufrimientos de una situación tan dolorosa fueron concentrados en el pequeño círculo del Consejo de los Asistentes». Étienne alegó que las casas de la Congregación fuera de Francia permanecieron ignorantes de lo que estaba ocurriendo. Supuestamente, las casas de Francia sólo supieron lo que se hizo público por razón de los pleitos. Sin embargo, es escasamente concebible que la noticia de los conflic­tos de Nozo y de la Congregación se mantuviera del todo ignorada, no sólo por las provincias francesas, sino aun por las extranjeras.

El Consejo General, pues, esperaba «al momento en que los dipu­tados de las diversas provincias fueran llamados a juzgar el estado de la Congregación y a tomar las medidas apropiadas para salvarla del peligro que la amenazaba». En la reunión del Consejo General habida el 8 de marzo de 1841, «el superior general advirtió que habí­an pasado ya seis años desde la última asamblea general y, de acuer­do con las constituciones, era tiempo de fijar una fecha para la asam­blea sexenal». El Consejo convino en convocar la asamblea para finales de julio.

E. UDOVIC

CEME

 

 

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