Juan-Bautista Etienne (XXI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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La lección aprendida: «El espíritu de san Vicente se cernía sobre las aguas»

Étienne reflexionó sobre los sucesos de 1842-1843 para extraer lecciones específicas «en beneficio de las generaciones venideras.«. Primero, decía, la Compañía aprendió que la Providencia divina la había salvado, «volviendo en ventaja suya el ataque contra ella» Roma [y los autores de la apelación] habían presumido erróneamente, que el gobierno francés convendría con su propósito de nombrar un superior general extranjero. Esta suposición parecía estribar en que el Ministro del Exterior, Francisco Guizot, por su adhesión al protestantismo, «sería indiferente a una cuestión que atañía a una comunidad religiosa». De acuerdo con Étienne, revirtió en daño propio la estrategia de la Santa Sede, la cual había implicado al gobierno francés «en una materia que sólo debió tratarse entre ella y la Congregación». Ahora bien, el gobierno sostuvo la causa de los Lazaristas franceses, asegurando a éstos la victoria. Étienne compendia esta primera lección en una apropiada cita bíblica: «El lazo apresa a quienes gozan viendo caer».

Sin embargo, como queda señalado, esta interpretación de las suposiciones de Roma en lo concerniente a Guizot, resulta insosteni­ble. Insostenible es asimismo la tesis según la cual, esta crisis debió haberse tratado como materia que afectaba solamente a la Santa Sede y a la administración general de la Congregación. Étienne sabía que un conflicto semejante no podía menos de requerir la implicación del gobierno francés. Esta como otras veces, a la hora de pedir o aceptar aquella implicación, los vicencianos franceses no vacilaron.

De acuerdo con Étienne, era la segunda lección «el respeto debido a nuestras constituciones». Este respeto envolvía «la necesidad de nunca apartarse de ellas, por ninguna razón». A juicio de Étienne, falta­ba a los intrigantes italianos este respeto, así lo demostraba su requisito de que interviniera la Santa Sede. Aquellos agentes, sostenía Étienne, «no dudaron en pedir la mutilación de las constituciones dadas por san Vicente, y, en consecuencia, desnaturalizar la Congregación y compro­meter todo su futuro». Habían esperado que, consiguiendo un superior general no francés, estarían en posición de «alcanzar la meta: el trasla­do de su sede a Roma». Y Étienne recurría de nuevo a la Sagrada Escritura, para pronunciar su riguroso veredicto sobre aquellos hom­bres: «Hijos he criado y educado y ellos se han rebelado contra mí».

Étienne exponía cómo, mientras duró la crisis sucesoria, y en contraste con sus oponentes, «la administración de la Compañía estuvo inconmoviblemente asentada sobre la piedra que puso el fundador». Reiteraba la tesis de que los gestores de aquella administración gene­ral habrían elegido de grado la extinción de la Compañía, antes que avenirse a la menor desviación de las constituciones. Y, con una cita, traía a colación la Biblia, como refrendo de su actitud: «¡Muramos todos con la conciencia limpia!». Según Étienne, «san Vicente los ha contemplado desde lo alto del cielo con complacencia, y ha obte­nido que sus indignos hijos, que se habían declarado enemigos de su obra, fuesen humillados y confundidos».

Etienne invocaba a su primitivo postulado: que aquellos tiempos críticos sobrevinieron, cuando la asamblea general de 1835 se apartó de las constituciones, aceptando la renuncia de Domingo Salhorgne y eligiendo de modo irregular al desdichado Juan-Bautista Nozo. Y de nuevo aducía una cita bíblica para, con punta siempre aguzada, incul­car su idea: «Pues quien observa toda la ley, pero falta en un solo pre­cepto, se hace responsable todos».

La tercera lección de Étienne tenía por tema la enseñanza de san Vicente: «Nunca puede herir la calumnia a aquel contra quien se lanza». El santo había advertido que, «un ataque aceptado con sumisión y paciencia, revertirá en ventaja propia». A este efecto hacía memoria Étienne de la propia experiencia: «¡Qué tormenta de prevenciones y de calumnias cultivadas en los espíritus contra los misioneros franceses, y en particular contra mí, cuando llegamos a Roma!». Ante una situación semejante, él y Aladel se asieron a la enseñanza del santo, aun cuando todo parecía perdido. Tras el éxito de las negociaciones, decía Étienne ser su única conclusión, que Dios escuchó las oraciones elevadas por «todos los miembros de la doble familia». Como respuesta a ellas, «el Señor obró el milagro a favor de los hijos de san Vicente»’.

Según Étienne y su mito de creación, el espíritu de san Vicente «se cernía sobre las aguas de la tribulación que cubrían nuestra Compañía, preparando los elementos de su completa restauración… Ella debía, fuera ya del crisol de la prueba que había atravesado, reaparecer con todo su resplandor que había emitido en el mundo, al salir de las manos del fundador». Por intercesión del fundador «esta doble tempestad, levantada contra la barca de san Vicente, en Roma y en París, estaba apaciguada, y podía llegar felizmente a puerto, en donde le esperaban magníficos destinos». La Compañía esperaba ahora «el despliegue de sus magníficas empresas».

Los miembros de la Congregación vieron «la aurora de un hermoso día, que se elevaba sobre nosotros y nos hacía olvidar todos nuestros sufrimientos». Sabían que lo experimentado representaba una «nue­va creación… la segunda infancia de la Compañía. Su fe hizo que entendiesen cómo había permitido Dios a la Compañía «caer en el caos». Lo había hecho para liberarse de «todos los elementos hetero­géneos». Si estos «elementos» no se hubiesen eliminado, habrían sido obstáculo al restablecimiento del espíritu primitivo y pureza de la Compañía».

La lección aprendida: «El espíritu de san Vicente se cernía sobre las aguas»

Étienne reflexionó sobre los sucesos de 1842-1843 para extraer lecciones específicas «en beneficio de las generaciones venideras.«. Primero, decía, la Compañía aprendió que la Providencia divina la había salvado, «volviendo en ventaja suya el ataque contra ella» Roma [y los autores de la apelación] habían presumido erróneamente, que el gobierno francés convendría con su propósito de nombrar un superior general extranjero. Esta suposición parecía estribar en que el Ministro del Exterior, Francisco Guizot, por su adhesión al protestantismo, «sería indiferente a una cuestión que atañía a una comunidad religiosa». De acuerdo con Étienne, revirtió en daño propio la estrategia de la Santa Sede, la cual había implicado al gobierno francés «en una materia que sólo debió tratarse entre ella y la Congregación». Ahora bien, el gobierno sostuvo la causa de los Lazaristas franceses, asegurando a éstos la victoria. Étienne compendia esta primera lección en una apropiada cita bíblica: «El lazo apresa a quienes gozan viendo caer».

Sin embargo, como queda señalado, esta interpretación de las suposiciones de Roma en lo concerniente a Guizot, resulta insosteni­ble. Insostenible es asimismo la tesis según la cual, esta crisis debió haberse tratado como materia que afectaba solamente a la Santa Sede y a la administración general de la Congregación. Étienne sabía que un conflicto semejante no podía menos de requerir la implicación del gobierno francés. Esta como otras veces, a la hora de pedir o aceptar aquella implicación, los vicencianos franceses no vacilaron.

De acuerdo con Étienne, era la segunda lección «el respeto debido a nuestras constituciones». Este respeto envolvía «la necesidad de nunca apartarse de ellas, por ninguna razón». A juicio de Étienne, falta­ba a los intrigantes italianos este respeto, así lo demostraba su requisito de que interviniera la Santa Sede. Aquellos agentes, sostenía Étienne, «no dudaron en pedir la mutilación de las constituciones dadas por san Vicente, y, en consecuencia, desnaturalizar la Congregación y compro­meter todo su futuro». Habían esperado que, consiguiendo un superior general no francés, estarían en posición de «alcanzar la meta: el trasla­do de su sede a Roma». Y Étienne recurría de nuevo a la Sagrada Escritura, para pronunciar su riguroso veredicto sobre aquellos hom­bres: «Hijos he criado y educado y ellos se han rebelado contra mí».

Étienne exponía cómo, mientras duró la crisis sucesoria, y en contraste con sus oponentes, «la administración de la Compañía estuvo inconmoviblemente asentada sobre la piedra que puso el fundador». Reiteraba la tesis de que los gestores de aquella administración gene­ral habrían elegido de grado la extinción de la Compañía, antes que avenirse a la menor desviación de las constituciones. Y, con una cita, traía a colación la Biblia, como refrendo de su actitud: «¡Muramos todos con la conciencia limpia!». Según Étienne, «san Vicente los ha contemplado desde lo alto del cielo con complacencia, y ha obte­nido que sus indignos hijos, que se habían declarado enemigos de su obra, fuesen humillados y confundidos».

Etienne invocaba a su primitivo postulado: que aquellos tiempos críticos sobrevinieron, cuando la asamblea general de 1835 se apartó de las constituciones, aceptando la renuncia de Domingo Salhorgne y eligiendo de modo irregular al desdichado Juan-Bautista Nozo. Y de nuevo aducía una cita bíblica para, con punta siempre aguzada, incul­car su idea: «Pues quien observa toda la ley, pero falta en un solo pre­cepto, se hace responsable todos».

La tercera lección de Étienne tenía por tema la enseñanza de san Vicente: «Nunca puede herir la calumnia a aquel contra quien se lanza». El santo había advertido que, «un ataque aceptado con sumisión y paciencia, revertirá en ventaja propia». A este efecto hacía memoria Étienne de la propia experiencia: «¡Qué tormenta de prevenciones y de calumnias cultivadas en los espíritus contra los misioneros franceses, y en particular contra mí, cuando llegamos a Roma!». Ante una situación semejante, él y Aladel se asieron a la enseñanza del santo, aun cuando todo parecía perdido. Tras el éxito de las negociaciones, decía Étienne ser su única conclusión, que Dios escuchó las oraciones elevadas por «todos los miembros de la doble familia». Como respuesta a ellas, «el Señor obró el milagro a favor de los hijos de san Vicente»’.

Según Étienne y su mito de creación, el espíritu de san Vicente «se cernía sobre las aguas de la tribulación que cubrían nuestra Compañía, preparando los elementos de su completa restauración… Ella debía, fuera ya del crisol de la prueba que había atravesado, reaparecer con todo su resplandor que había emitido en el mundo, al salir de las manos del fundador». Por intercesión del fundador «esta doble tempestad, levantada contra la barca de san Vicente, en Roma y en París, estaba apaciguada, y podía llegar felizmente a puerto, en donde le esperaban magníficos destinos». La Compañía esperaba ahora «el despliegue de sus magníficas empresas».

Los miembros de la Congregación vieron «la aurora de un hermoso día, que se elevaba sobre nosotros y nos hacía olvidar todos nuestros sufrimientos». Sabían que lo experimentado representaba una «nue­va creación… la segunda infancia de la Compañía. Su fe hizo que entendiesen cómo había permitido Dios a la Compañía «caer en el caos». Lo había hecho para liberarse de «todos los elementos hetero­géneos». Si estos «elementos» no se hubiesen eliminado, habrían sido obstáculo al restablecimiento del espíritu primitivo y pureza de la Compañía».

E. UDOVIC

CEME

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