Juan-Bautista Etienne (XXIV)

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La dimisión de Juan-Bautista Nozo

«Aguardamos sin la menor inquietud los sucesos que la Providencia nos depare»

Las relaciones de Nozo con los miembros del Consejo General y con Étienne se habían ido haciendo cada vez más tensas. Estaban virtualmente rotas durante los meses que precedieron a la asamblea sexenal de julio. Desde la fecha en que se convocó, el 8 de marzo, hasta su celebración, no volvería a reunirse el Consejo. Nozo tampoco asistiría a más asambleas.

Uno y otros, el general y sus oponentes, prepararon las respectivas lácticas, con miras al inminente enfrentamiento. Nozo se dio cuenta «del peligro a que estaba expuesto». Advertía la gran probabilidad de que, sin una estrategia cuidadosamente elaborada de su parte, la asam­blea le despojaría de su autoridad y elegiría a un vicario general. Este paso prepararía su deposición por una asamblea general. Nunca antes se había acobardado Nozo ante enfrentamiento alguno. Secretamente escribió, según finalizaba marzo, a la Sagrada Congregación de Obis­pos y Regulares, pidiendo licencia para nombrar un vicario general. Sin mencionar la inminente asamblea, Nozo justificaba su petición alegando que, «como tiene la responsabilidad, no sólo del gobierno de la Congregación de la Misión, sino además del de la Compañía de las Hijas de la Caridad, a menudo corre el riesgo de sucumbir a la fatiga y a las preocupaciones anejas al mando. Por la misericordia de Dios, ambas compañías van en aumento y no cesan de extenderse fuera de Europa, hasta los confines del mundo. Son circunstancias, en las que su vacilante salud incrementa la dificultad de gobernar».

Nozo argüía que los asistentes generales le servían de poco, parte a causa de la edad, parte a causa de sus otras obligaciones. Privado como estaba de su ayuda, Nozo alegaba que no podía salir de París a despachar asuntos de la Compañía. Solicitaba de Gregorio XVI le otorgase facultad «limitada y revocable», para de delegar «en un vica­rio general» sus poderes, «caso de estar ausente o enfermo». El Papa accedió a esta petición en mayo.

En los meses que precedieron a la asamblea, sabedor de la cre­ciente animosidad que le rodeaba, Nozo intentó desactivar las acusa­ciones más dañinas de que era objeto. Supo que Dionisio Hennecart proyectaba publicar sus denuncias. Quería desesperadamente evitarlo. Nozo escribió a su abogado instruyéndole para que hiciese cuanto estaba en su mano con el fin de impedir la publicación, incluso com­prar el silencio de Hennecart. Acontecía ser el abogado de Nozo un hermano de Étienne, Luis, quien se sintió obligado en conciencia a violar el secreto confidencial de su cliente. Avisó a los asistentes de lo que Nozo proyectaba. El folleto de Hennecart apareció e hizo el daño que Nozo había temido.

Étienne y los asistentes sentían gran incomodidad en cuanto a todos los aspectos de la administración de Nozo como superior gene­ral. Creían que había violado el requisito constitucional de consultar al Consejo General «en las materias más importantes». En tales circunstancias, le era necesario el consentimiento de la mayoría de sus consultores. Étienne hacía el cargo de que «el señor Nozo claramente ha tratado materias graves, capaces de comprometer el honor y aun la subsistencia de la Congregación, sin pedir consejo a los asistentes»‘ Más tarde explicaría Étienne:

Pese a la honda tristeza, a despecho de nuestra viva preocupación por el porvenir de la Congregación… nos mantuvimos dentro de los límites que nos trazan las constituciones [en cuanto al respeto hacia la persona y la autoridad del superior general]. No podíamos dejar al señor Nozo mano libre en lo público. Fortalecidos en nuestra conciencia por las promesas de san Vicente, pusimos en manos de la Providencia toda nuestra confian­za en el porvenir de la Congregación… Guardamos total silencio sobre los actos del señor Nozo hasta la asamblea sexenal, que iba a reunirse para examinar el estado de la Congregación… Para esa ocasión teníamos el plan de cumplir con nuestra responsabilidad y hablar públicamente».

Rosset dice de Étienne en su biografía que «hasta la dimisión del señor Nozo guardó una actitud silenciosa y de plena reserva». Alega que «no hemos encontrado, en sus papeles, ninguna huella de su par­ticipación en los actos de la asamblea sexenal y en las turbulencias que le siguieron». Todo lo que Rosset admite es que «apenas si, en el curso de los años 1841 y 1842, su correspondencia contiene aquí y allí ligeras alusiones a los hechos aflictivos de los que fue testigo. Evita­ba cuidadosamente confiar a los hombres el secreto de su dolor… La oración y el trabajo eran su único refugio». Semejante alegato no resulta creíble, ante las pruebas irrefutables del protagonismo de Étienne en la lucha contra Nozo.

La posición de Étienne era, que «con la calamitosa administración de Nozo, y los escándalos públicos que había ocasionado, los asisten­tes generales estaban obligados por juramento a salvar a la Congregación de los peligros que acechaban a sus intereses, reputación, y aun subsistencia». En tales circunstancias, la «única medida» capaz de remediar la situación, era que la asamblea sexenal retirase a Nozo sus Moderes y se los diera a un vicario general»’. Incumbiría entonces al vicario general disponer la convocatoria de la asamblea general. La Asamblea «juzgaría la causa del señor Nozo, y le depondría, si creye­se que entraba en uno de los casos previstos en las Constituciones para la deposición de un Seuprior General».

La primera noticia que tuvieron, de los escándalos del general y de sus enredos judiciales, los delegados de Italia, fue cuando llega­ron a París. El asistente italiano, Fiorillo, les informó de las «mezquin­dades y disensiones que dividían al Consejo General». Los italianos supieron además que las cuatro provincias francesas habían recomen­dado que la asamblea sexenal convocase una asamblea general.

Las actas de la asamblea nada reflejan de la conmoción que reinó en la casa-madre del 27 al 31 de julio. Conforme a la versión de los sucesos que dio Guarini, los asambleístas se reunían dos veces al día: una, «legalmente», presididos por el general; la otra reunión es desig­nada «ilegal», y se tenía en la biblioteca doméstica, supuestamente sin conocimiento de Nozo. En estas sesiones no oficiales, Étienne y los asistentes expusieron a los delegados sus cargos contra el general. Según Guarini, no le fue ahorrada a Nozo la crítica, ni aun en cuanto al modo de vestir. Éste, nunca falto de caletre, sin duda aprovechó la ocasión para granjearse adeptos. Nozo refutó los cargos que se le hicieron, y contraatacó con cargos a los asistentes y a Étienne.

De acuerdo con la relación de Guarini, dos delegados franceses, Wargnier y Trouve, estaban indignados contra Étienne y los asisten­tes. Atribuían las posiciones de éstos a «intriga, revancha y ambición». Supuestamente, en la asamblea misma, los tres delegados de Italia «nada dijeron, ni dejaron traslucir emoción alguna», mientras presenciaban el espectáculo de la lucha intestina de los franceses. De hecho, sin embargo, los italianos dieron su voto a la causa de Nozo.

Guarini recordaba cómo había estado perplejo frente a los cargos dirigidos contra Nozo. Declara haber hablado en tono confidencial con el primer asistente, el anciano Le Go. Supuestamente Le Go le dijo que al general «se le estaba persiguiendo», y que «era un santo». Según Le Go, la oposición provenía de quienes combatían los esfuerzos de Nozo por restablecer la regularidad en la Compañía, cual existía entre los italianos. Asimismo supuestamente, Le Go recomendó a Guarini no preocuparse, pues él confiaba en que Nozo saldría victorioso.

La primera sesión comenzaba a las 5:00 pm el 27 de julio de 1841. Al abrir la asamblea, Nozo propuso como vicario general a Antonio Poussou29. La asamblea eligió secretario a Étienne30 al final de la sesión. Este paso sugería que la oposición a Nozo controlaba una mayoría en las votaciones. Según Poussou, los delegados se repartían entre dos facciones. Formaban la facción mayoritaria los cuatro asis­tentes, Étienne, y dos delegados franceses, Chossat y Martín. El par­ido «nozoísta» estaba integrado por los tres delegados de Italia, más dos franceses, Trouve y Wargnier. La mitad de los votos más uno, era lo requerido para que saliera elegido un vicario general. Los «antinozoistas» parecían contar con los votos necesarios.

Al día siguiente, Nozo nombraba oficialmente vicario general a Poussou. Como razones adujo «mi imposibilidad para sostener el peso del cargo, debido a mis frecuentes enfermedades». A continua­ción, Nozo renunció a la facultad que le había concedido la Santa Sede. Aceptaba el que la asamblea eligiese vicario general según lo disponían las constituciones. Por unanimidad, la asamblea aprobó entonces el nombramiento de Poussou.

En la III Sesión, habida el 29 de julio, Nozo comunicó a la asam­blea el texto del rescripto romano por el que se le aceptaba la renun­cia. Los delegados, «conmovidos por el ejemplo de la humildad del general… y ansiosos de expresar su gratitud por el generoso acto, pro­pusieron que le fuesen reservadas algunas facultades». Lo hacían «tanto para guardar el honor del generalato, como por el respeto debi­do a su persona».

La asamblea honró la petición de Nozo de que el vicario general no tomara posesión del cargo hasta el 1 de noviembre. Los delegados reservaron al general el derecho de nombrar visitadores previa presen­tación del vicario general; conceder dispensa de los votos; y convocar la asamblea general consultado su Consejo. Esta última concesión era la única esperanza de Nozo. En aquellas circunstancias, no parecía probable se aviniese a convocar pronto una asamblea general, cuyo cometido fuera juzgar si le destituiría o no36. El vicario general debía escribir a Nozo por lo menos cada trimestre, y pedir su consejo en cuanto a materias importantes’.

Según relación de Guarini, Nicola Legnito, el delegado napolitano, creía que la única autoridad ejercida por la asamblea sexenal se reducía a decidir, «si era necesaria una asamblea general». Afirmaba que toda otra acción por ella emprendida era «nula y sin valor»39. Ésta fue también la posición de Nozo después de la asamblea. Guarini creía haber sido éste el punto en que Nozo cometió un fatal error de juicio. Pensó que si el general hubiera usado de la facultad pontificia para nombrar vicario general, lo habría hecho enteramente bajo sus propias condiciones. De ese modo pudo haber «frustrado las intrigas de sus enemigos», sustrayéndose con ello a un «contra-golpe de estado».

Como era de esperar, la mítica relación abreviada que Étienne hace de la asamblea sexenal, tiene a menudo escaso parecido con el intrincado curso de los acontecimientos. Étienne alega haber sido esti­mación de la asamblea que el general, «al comprometer el honor, los intereses y aun la subsistencia misma de la Congregación», se demos­traba «inepto para gobernar». La asamblea, pues, había despojado a Nozo de su autoridad. Ahora bien, Étienne omite señalar que esa deci­sión se tomó por una mayoría de siete votos contra cinco, y que el paso de un voto a los nozoístas habría derrotado a los antinozoístas. Sobre esta base, el acuerdo de la asamblea en cuanto al nombramien­to de Poussou, no puede llamarse decisión «unánime» de despojar a Nozo de sus poderes y allanar el camino de su destitución como supe­rior general. Obviamente hubo en la asamblea delegados que, aunque dispuestos a sostener el nombramiento de un vicario general, todavía apoyaban a Nozo lo bastante como para acceder a condiciones que le favorecieran.

Según la relación de Étienne, Nozo «confesó de rodillas que su conducta le había hecho indigno de ocupar aquel puesto. Luego pidió perdón a la Compañía por los escándalos que le había ocasionado».

En otro lugar  añadió Étienne que Nozo lo había hecho «entre lágrimas»’. Afirmaba haber dicho Nozo a los delegados, «que desde hacía algunos días, se sentía impelido a abstenerse de celebrar misa. Creía no deber acercarse al altar hasta estar reconciliado con Dios por medio de un retiro, el que prometió asimismo hacer». Étienne refería que Nozo imploró especial consideración de la Asamblea, al objeto de impedir que sus adversarios judiciales emplearan su «humillación» para triunfar de él». Como parte de esta consideración especial, Nozo pidió que Pousson no asumiese su puesto hasta el uno de noviembre y que su mala salud fuese la razón pública aducida para el nombramiento de vicario general. Finalmente, deseaba anunciar él mismo este nombramiento. Étienne dice todavía: «Sabía también que, por miramiento a su difícil posición, la asamblea convendría en que las actas de la reu­nión no contuviesen palabra alguna que le dejase en mal lugar».

Étienne alegaba además, que en sus declaraciones públicas, «según toda la asamblea podría atestiguar», Nozo se había manifesta­do satisfecho con las medidas adoptadas a su respecto. Más aún, había dado su aprobación al modo en que «se halló feliz salida a la situación crítica en que la Congregación estaba». Poussou añade a todo ello este testimonio: «Firmó las actas [de la asamblea] libremente y de todo corazón. Clausurada la asamblea, todos en la casa-madre fueron testigos de su alegría, cuando abrazó a los asistentes. Dijo a éstos lo feliz que se sentía, por haberle liberado la asamblea de las grandes cargas que pesaban sobre él».

Si hay verdad en la mítica construcción de Étienne, Nozo articuló probablemente alguna manera de reclamo emocional y pública pro clama de compunción. El general reconoció más tarde que «mis peca­dos son una causa efectiva de los males que sufrimos». Este compor­tamiento emotivo habría estado en consonancia con lo que sabemos sobre la voluble personalidad de Nozo. Etienne hacía este comentario en la Notice: «La Asamblea, conmovida por los sentimientos de humildad que había expresado, y creyendo en la sinceridad de las (lis posiciones que manifestaba, pensó que la caridad le exigía el deber (le condescender a su deseo. Lo que aconteció después no tardó en pro bar que había engañado a la asamblea y que el peligro que ella había querido conjurar, se convertía en más temible que nunca».

En su no menos mítico relato, dice Guarini que, al final de la asamblea no sabía aún él a cuál de las dos reputaciones de Nozo atenerse: si a la de Le Go, para quien era un santo, o la de los oponentes, que le tenía por «demonio inepto, incapaz y disipado». Ahora bien, la lectura de la relación de Guarini transparenta su negativa opinión de Etienne. Co­rrectamente observaba Guarini que, después de la asamblea, ni los adictos a Nozo ni sus adversarios podían aceptar largo tiempo el status quo.

Llegado el momento de partir los delegados, Nozo les recordó que debían mantener secreto el nombramiento del vicario general. A sus visitadores debían comunicarles sólo las decisiones de la asamblea. Guarini refirió que, en el viaje de regreso, Legnito había hablado en público «de la ambición y las artimañas de los enemigos del señor Nozo». Así pues, la noticia de las «miserias parisinas» comenzó de inmediato a difundirse por Italia.

En París, mientras tanto, Nozo difería informar a Poussou de su designación hasta el 15 de octubre. Sólo el siguiente día 28 emitía por fin el general la circular que informaba a la Compañía sobre los resul­tados de la asamblea sexenal. Nozo explicaba que, debido al aumen­to de la doble familia y «a las demasiado frecuentes indisposiciones» por él mismo experimentadas, había solicitado del Papa facultad para nombrar un vicario general. Decía tener previsto que el vicario gene­ral «le sustituyese en caso de enfermedad o larga ausencia». Nozo explicaba cómo «había sentido necesidad urgente de reposo y tranqui­lidad en el momento de la asamblea». Esto le llevaba a concluir que «había llegado el momento de poner en práctica su plan». Nozo decía haber informado a la asamblea del permiso recibido y de la persona elegida para ocupar el puesto de vicario general. Según Nozo, la asamblea «aceptó mi propuesta y estuvo de acuerdo con mi elección» A este punto anunciaba el nombramiento de Poussou. Poussou ten­dría, según Nozo declaraba, «los mismos poderes que las constitucio­nes atribuyen a un Vicario General, cuando es nombrado en virtud de las mismas constituciones y en los casos previstos por ellas». Son perceptibles las diferencias entre las decisiones de la asamblea y la versión de ellas que da Nozo.

Nozo terminaba su circular diciendo,

Por ello a partir del 1 de noviembre os podréis dirigir al señor Poussou en todos los asuntos que son de competencia del Superior General y os exhorto a que todos les rindáis la misma obediencia. Las cosas permane­cerán en este estado hasta la Asamblea General que convocaré cuando lo juzgue oportuno delante del Señor. En este asunto pedir el parecer de mi consejo y tendré en cuenta el bien de la Congregación y los deseos de los misioneros; pues, puedo decir con sinceridad que la prosperidad de la Congregación y la felicidad de sus miembros han sido siempre el fin de mis débiles esfuerzos y será siempre el objeto de mis más ardientes deseos.

A finales de octubre, Poussou y Nozo se reunieron cuatro o cinco veces. Según Poussou, el superior general «habló con prolijidad sobre su imaginada persecución por parte de los asistentes, y sobre el golpe inferido a su honor personal. En las referidas reuniones, el señor Nozo no pronunció palabra alguna sobre los intereses de la Congregación. No me dio consejo alguno en cuanto al manejo de sus asuntos. Nada útil aprendí de él. Quedé hondamente defraudado, pues en aquellas reuniones, por nada más que por sí mismo parecía preocuparse. Resolví por ello no volver a hablarle de nada».

El 2 noviembre de 1841 presidía Poussou la primera reunión del Consejo General. Nozo dejó París y recaló en Cahors. Aquí residiría la mayor parte del año siguiente.

Ni siquiera con el acceso de Poussou y el alejamiento de Nozo «la crisis estaba muy lejos de llegar a su fin: se convirtió en más peligro­sa y más violenta». Según Étienne, Nozo «difundió por casas de Padres y Hermanas el infundio de que le perseguían los asistentes». Alegaba que la asamblea sexenal había sobrepasado sus poderes. Ante quien quisiera escucharle, Nozo aseguraba «que conservaba toda la autoridad del superior general, ejerciéndola todas las veces que se pre sentase la ocasión». Hablaba también de «el egoísmo, la celotipia, la ambición, las calumnias, y el espíritu independiente de… la facción rebelde». Movían a sus adeptos «sentimientos del todo contrarios a I espíritu de sumisión y respeto para con la autoridad». A comienzo, de enero, Poussou escribía que Nozo había repetido estas acusaciones «por dondequiera que andaba, aun cuando aseguraba mantenerse reservado». Poussou dijo haber recibido tal número de cartas con noticias de lo que Nozo andaba diciendo, que «se lo sabía ya de memoria”.

Pasada la asamblea, la primera colisión de Nozo con Poussou, Étienne y los asistentes tuvo lugar en noviembre. En una reunión extraordinaria habida el día 15, el Consejo trató la negativa de Nozo a firmar los libros de contabilidad de los años 1840 y 1841 hasta la fecha de su despedida. El Consejo declaró no haber tenido el general «razón legítima alguna» para negarse a firmar. Los consejeros dieron fe de la exactitud de las cuentas como las presentaba Étienne. En la reunión siguiente, el día 22, Poussou pidió una recomendación del Consejo en cuanto a cómo afrontar la confusión que había causado entre las Hijas de la Caridad una circular de Nozo el día 28 de octu-bre67. El vicario general dijo que las palabras de Nozo «están siendo mal interpretadas por unas, y que a muchas otras les falta certidumbre por lo que hace a la autoridad real del vicario general. Temo consi­guientemente que en las presentes circunstancias pueda manifestarse una división que tendría desdichadas consecuencias».

He aquí el texto de la carta de Nozo:

La razón que tengo para dirigirme a vosotras hoy es informaros de que, en vista de la gran necesidad que siento de reposo y tranquilidad, he ele­gido, para que me reemplace provisionalmente en el gobierno de la Con­gregación, a un misionero del cual sé que tiene todas las cualidades nece­sarias para esta posición. He dado todos mis poderes, con el título de vicario general de la Congregación, al señor Antonio Poussou… En ade­lante, por consiguiente, es a él a quien debéis confiar todas las materias que competen al superior general. Este estado de cosas continuará hasta que recibáis nuevas instrucciones al efecto. He instruido también a mi vicario general para que de tiempo en tiempo me dé cuenta del estado de vuestra Compañía… Os pido, mis muy amadas Hermanas, que no os preocupéis por esta medida. Nada en ella debe inquietaros, pues actué previa consulta con mi Consejo. No prestéis atención a personas que tal vez siembren la perturbación… La única fuente de verdad, para vosotras y para todos los miembros de la doble Familia de san Vicente, serán siempre las personas animadas de su espíritu, que por su posición en la Congregación tienen la responsabilidad de velar por todo.

El Consejo asesoró a Poussou ser “neceario y urgente” que escribiese una circular aclaratoria. El 24 de noviembre, Poussou dirigió a las Hijas de la Caridad una circular propia cuidado­samente redactada. Evitando «explicaciones superfluas» de la presen­te «situación crítica», Poussou urgía a las Hermanas a «desdeñar las perturbaciones causadas por personas malintencionadas que sólo intentan esparcir la confusión… Por medio de esta sabia reserva, apa­ciguaréis la alteración y el sufrimiento espiritual en que parecen haber caído algunas de vosotras». Cercioraba también a las Hermanas de su confianza en que «la difícil y crítica situación a que nos enfrenta­mos» no duraría mucho. Añadía una información omitida por Nozo: que aquel estado de cosas sólo se mantendría hasta la asamblea gene­ral. Como nota personal, Poussou comentaba: «Esperemos que llegue pronto la asamblea general, pues ansío el momento en que seré alivia­do de este peso. Entonces me sentiré libre».

En la reunión del Consejo del 6 de diciembre, Poussou pidió el juicio de los Asistentes sobre cómo tratar la demanda civil de Henne-cart contra Nozo y la Congregación. El ataque de Hennecart a Nozo había causado grave escándalo, y el pleito parecía distar aún de solu­ción. El arzobispo de París manifestó estar preocupado por la situa­ción’. «Pidió que la Congregación hiciera todo lo posible para dete­ner este infortunado proceso y la publicidad que ocasionaba. El Consejo observó: «Todo este desdichado asunto es atribuible a la per­sona del señor Nozo. Actuó por propia cuenta en este asunto. Nunca consultó a este Consejo en cuanto a los detalles de su implicación… ni sobre la procedencia del capital que invirtió en estas operaciones. Se daban cuenta aun así de que el pleito de Hennecart compro metía a la Congregación, pues Hennecart la demandaba lo mismo que al Superior General. Copado en una ardua posición, el Consejo decidió que Poussou escribiera a Nozo y le informara de las preocupaciones del arzobispo. Nombró asimismo una comisión jurídica que le indicase cómo desligar a la Congregación de las dificultades legales que estaba afrontando. Si Poussou había accedido a su puesto con sen­timientos neutrales hacia Nozo, ello había cambiado ahora.

E. UDOVIC

CEME

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