Juan Aguirre

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Author: Calixto Osés, C.M. · Year of first publication: 1980.
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P. Juan Aguirre

28-03-80

Pamplona

El día 28 de marzo de 1980 fallecía en una clínica de Pamplona, después e penosa enfermedad, nuestro herma­no de comunidad Juan Esteban Agui­re Artieda, a los setenta y un años de edad y cincuenta y seis de su ingreso en la Congregación de la Misión.

ALGUNOS DATOS BIOGRAFICOS

Bien conocido era el P. Aguirre en toda la antigua provincia vicenciana de Madrid, en la que desempeñó por muchos años importantes cargos, ya en calidad de Superior, ya también co­mo profesor de nuestros jóvenes est­udiantes de teología.

Había nacido el 16 de mayo de 1909 en la importante villa navarra de Echarri Aranaz, situada en el hermoso valle de la Barranca, y no lejos de las estribaciones de la Sierra de Aralar, donde el arcángel San Miguel, patrón de la Euskalerría, tiene dedicado su célebre y antiquísimo santuario. Sintiendo en su interior el llamamiento divino hacia la Congregación de San Vicente, abandonó, cuando tod­avía era muy niño, todo lo que más podía halagarle en este mundo, a sab­er, sus padres, hermanos, familiares, comodidades y hasta su lengua nativa el vascuence, en la que se había educado e instruido en las verdades fundamentales de la fe.

RUMBO A TERUEL: LATÍN Y HUMANIDADES (1920-1924)

Cuando expuso a sus padres su plan y sus deseos, no vacilaron lo más mínimo en darle su consentimiento; antes al contrario, comenzaron pronto a hacer los preparativos necesarios para su ingreso y, una vez que estuvo todo dispuesto, ellos mismos acompañaron a su hijo en el largo viaje que terminaría felizmente en Teruel, en el antiguo convento de capuchinos donde los PP. Paúles tenían instalado su colegio apostólico, para la primera formación de los futuros misioneros.

Fácilmente podemos figurarnos la honda y no muy grata impresión que produjo en su ánimo tan radical cambio de vida. El mismo solía contarme, algunas veces las amarguras que sufrió en los primeros meses de su estancia en aquel vetusto edificio y la aflicción que sentía no sólo por verse de repente arrancado de su ambiente familiar, sino por no encontrar junto a sí más que otros muchachos que no le entendían cuando les hablaba ni estaba el tampoco capacitado para com­prender lo que ellos le decían, lo cual le costaría alguna broma menos respetuosa de parte de los compañeros irreflexivos, que nunca faltan.

Así se explica que cuando en estos últimos tiempos se trabaja con tanto interés por dar nueva vida y vigor al uso del vascuence (que se va retiran­do insensiblemente de zonas en que no hace muchos años se hablaba como lengua original), el P. Aguirre no tu­viera ninguna ilusión por favorecer este ­movimiento, recordando sin duda los sinsabores que produjo en él la falta de conocimiento del castellano en los primeros meses de su permanen­cia fuera de su región vascoparlante. No se desalentó por eso, sino que sacando fuerzas de sus mismas con­tradicciones, siguió adelante en sus propósitos hasta que, después de cua­tro años de constante trabajo en el estudio del latín y humanidades, pudo regresar contento y satisfecho a visi­tar de nuevo a sus padres y parientes en su pueblo natal, gozar de un bien merecido descanso y prepararse para un nuevo viaje que no tendría ya por meta el colegio de Teruel corno la vez anterior, sino la capital de España, con el designio de ingresar en el semina­rio interno o noviciado que los padres Paúles tenían en el próximo pueblo de Hortaleza. Sucedía esto en septiem­bre de 1924.

SEGUNDA ETAPA DE SU FORMACION VICENCIANA: NOVICIADO, FILOSOFIA, TEOLOGIA

Llegado a la casa central de los pa­dres Paúles de Madrid, y después de presentarse a saludar a los superiores, comenzó con todos los demás aspiran­tes que de las diversas escuelas apos­tólicas habían concurrido en la misma fecha los ejercicios espirituales como preparación previa para ser admitidos en la Congregación.

Al finalizar los santos ejercicios vistieron la sotana de misioneros, y una vez cumplidos todos los requisitos ne­cesarios, fueron admitidos en el número de los novicios, contándose aquella fecha como «el día de su vocación». Era el 18 de septiembre de 1924. He aquí los diversos pasos que dio., el P. Aguirre dentro de la segunda etapa de su formación vicenciana:

I. Noviciado:    En Hortaleza,  septiembre 1924 a septiembre 1926.

II. Filosofía: En Villafranca del Bierzo, 1926-1929.

III. Teología: En Cuenca (tres cursos), 1929-1932.

Presbiterado (18 septiembre 1932).

Después de terminar los tres primeros años de teología se preparó, juntamente con sus compañeros de curso, para recibir el sacerdocio, cuyo acontecimiento tuvo lugar el 18 de septiembre del mismo ario 1932.

Pocos días después de su sagrada Ordenación emprendieron todos juntos su viaje a Potters Bar (Inglaterra), a la casa de estudios que allí posee la Congregación desde 1922, con la doble finalidad de terminar el curso teológico e iniciarse, a la vez, en el conocimiento del inglés, tan necesario en aquellos tiempos para nuestros misioneros, que debían ejercer su ministerio en Filipinas, en la India, etc.

LAS DOS EXPRESIONES DEL ESPIRITU VICENCIANO

Observando la historia de la Congregación desde sus orígenes hasta nuestros días, las diversas funciones a las que se dedican sus miembros y el mo­do peculiar como las llevan a la prác­tica, vemos que existen dos tipos ps­icológicos, dos comportamientos de la gracia, que determinan los maneras de prolongar la obra de San Vicente  y de realizarla con fidelidad (véase Do­din, San Vicente de Paúl y la Caridad, pág. 89 y sigs.).

I. Tipo misionero

Comprende una serie de miembros de la Congregación dotados ordinariam­ente de un sólido temperamento, afabl­es, abiertos a los demás, optimistas, entusiastas, obreros incansables que no dudan en sacrificarse por el bien espiritual de los prójimos, siguiendo el lema de San Pablo: «De buena gana e gastaré y desgastaré por vuestras (almas» (II Con, XII, 15).

II. Tipo contemplativo

Siguiendo la expresión de San Vicente, que describía a los misioneros como apóstoles en la campaña y cartujos en casa, podemos distinguir otro grupo de operarios en la Congregación a quie­nes, en cierta manera, podríamos lla­mar «contemplativos», es decir, hom­bres que se asemejan a los cartujos, cuya vida silenciosa y retirada imitan: constantes en sus trabajos intelectua­les, metódicos, reflexivos y fieles cump­lidores de su deber callado y oscuro. Estos son los que ejercen sus minis­terios en los seminarios tanto mayores como menores, en colegios y universidades y en toda clase de centros educativos. A este segundo tipo o género pertenecía el P. Aguirre, y a este ministerio de la enseñanza dedicó ­parte de su vida en la Congregación.

SUS ESTUDIOS EN ROMA (1933-1935)

Por esa razón cuando terminó el curso teológico en Potters Bar los supriores, viendo sus aptitudes e inclinaciones, le enviaron a la Casa Internacional de Estudios que la Congregación posee de antiguo en Roma para aquellos alumnos que se disponían a adquirir grados académicos en alguna de las múltiples universidades romanas. Dos años permaneció allí el P. Aguirre, al cabo de los cuales recibió el título de licenciado en teología por la Universidad del Angélico, después de unos brillantes exámenes.

Pocos días después regresaba a Madrid para ponerse a disposición del P. Visitador y recibir de él su futuro destino.

PROFESOR DEL SEMINARIO DE PP. PAULES DE CUENCA

Después de algunos días fue destinado al seminario de San Pablo de Cuenca para formar parte del claustro de profesores de nuestros estudiantes de teología. El lugar le era muy familiar, puesto que, como queda dicho, allí había estudiado en fecha todavía reciente, por espacio de tres años. Las circunstancias en que comenzaba su misión docente no eran a la verdad halagüeñas: La tranquilidad que siempre había tenido en la pequeña ciudad de Cuenca había disminuido notablemente a raíz de la implantación de la segunda República; sin embargo, en San Pablo, situado fuera del recinto de la ciudad, entre riscos y precipi­cios, aún gozábamos de relativa quie­tud.

CURSO 1935-1936: SALIDA DE CUENCA

En este ambiente se abrió el curso l935-36, y así continuó por varios me­ses hasta que llegaron los aconteci­mientos de todos conocidos, que culmi­naron con el Movimiento Nacional del 18 de julio de 1936.

Fue una providencia especial de Dios que saliéramos de Cuenca casi en vís­peras de estallar el conflicto, puesto que si nos hubiera sorprendido allí fá­cilmente podemos suponer que nuestra suerte hubiera sido muy distinta, co­mo lo fue para el señor obispo de la diócesis y para otros muchos sacerdotes, religiosos y seglares, que pagaron con su vida su permanencia en la ciu­dad, sin que les fuera posible aban­donarla y pasarse a la zona nacional, que se hallaba a muchísimos kilóme­tros de distancia. Pero no hay para qué hablar de este luctuoso suceso.

Basta indicar que como primera me­dida todos los que constituíamos la comunidad nos trasladamos a nuestra casa central de Madrid sin que sufrié­ramos ningún percance. Pocos días después recibimos la orden de marchar e Pamplona mientras se preparaba la casa de Murguía para vivir con más tranquilidad y sosiego en aquel reco­leto valle de Zuya. Pero nuestros pla­nes no pudieron realizarse, ya que es­tando en Pamplona sobrevino la gue­rra, y no tuvimos más remedio que permanecer en ella más de un año has­ta que, tras la caída de Bilbao, pasó la comunidad a Murguía, donde per­maneció hasta el fin de la contienda, regresando por fin a Cuenca, de donde había salido tres años antes.

REGRESO A CUENCA (septiembre 1939)

Es obvio que durante la guerra el personal que constituía la comunidad, muy especialmente entre los estudiantes, se había renovado casi totalmente. iPor dos veces, o mejor dicho, en una sola ordenación que comprendía dos cursos, hubo una solemne y numerosísima ordenación sacerdotal administrada en la parroquia del pueblo de Murguía por un obispo dimisionario capuchino (Islas Carolinas). De entre los profesores volvía también nuestro P. Aguirre con ánimo esforzado no solo para continuar su profesorado, sino también para aplicarse con el mayor interés a reparar los grandes estragos que el seminario de San Pablo había sufrido en los años de nuestra ausencia.

SU DESTINO A SEVILLA

Dos años llevaba el P. Aguirre dedicado a esta doble tarea, cuando el P. Tobar, Visitador, le comunicó que el señor cardenal arzobispo de Sevilla, monseñor Segura, le rogaba insistentemente que le proporcionase temporalmente algún Padre profesor para ir en ayuda del seminario diocesano, que se encontraba muy necesitado de buenos profesores graduados. El P. Visitador, antes de dar una respuesta negativa al señor cardenal, preguntó al P. Aguirre si estaría él dispuesto a marchar a Sevilla para ponerse al servicio del señor arzobispo. El Padre, viendo la conveniencia de que la Congregación accediese a los deseos ex­presados por su eminencia, aceptó gustoso la invitación que le hacía el P. To­var de que fuera él mismo el encarga­ de desempeñar dicha función. Así que, dejando su cátedra del semina­rio de San Pablo de Cuenca, marchó aSevilla a ponerse a las órdenes del prelado, donde permaneció por varios años cumpliendo satisfactoriamente el oficio que se le había confiado.

SUPERIOR DE PAMPLONA

Cumplido su compromiso en Sevilla, fue nombrado Superior de la Escuela Apostólica de Pamplona, en sustitución del P. Elías Alduán, que a su vez fue destinado a Nueva York, a una de las casas que posee allí la Congregación. Durante seis años permaneció el Padre Aguirre al frente de la comunidad de Pamplona, desempeñando con celo y prudencia este importante cargo y poniendo especial interés en fomentar el culto de la Virgen Milagrosa en la herm­osa iglesia erigida en su honor el año 1930 con motivo del centenario de as apariciones a Santa Catalina La­bouré.

MARIN

Al finalizar los seis años de su permanencia en Pamplona, como queda dicho, el P. Visitador le confió otro cargo importante, cual fue el nombrar­le Superior del colegio de PP. Paúles de Marín (Pontevedra). Esta clase de docencia era para él nueva hasta entonces, pero con su espíritu de sumisión a la voluntad de los superiores su constancia, desempeñó cumplidamente su cometido tanto ante la comunidad como ante los alumnos.

EN BARACALDO Y LIMPIAS

Nuevo destino del mismo orden que el anterior, pero en circunstancias diversas. El antiguo colegio de Barakaldo resultaba ya pequeño y anticuado pero antes de cerrar definitivamente sus puertas, y mientras se construía el hermoso edificio actual, fue nombrado Superior el P. Aguirre. Misión suya era también atender a la marcha de la nueva construcción y con sus consejos y observaciones contribuir a que fuera lo más funcional posible según las normas actualmente vigentes en esta clase de edificios. Cuando la obra estuvo terminada (en un tiempo récord)  allí se trasladó la comunidad y el alumnado, y con esto comenzó la segunda etapa de la misión de los PP. Paúles en Baracaldo. Mientras tanto le llegó al P. Aguirre la hora del relevo y  fue destinado al Colegiode Limpias sin duda para descansar una temporada y tomar nuevas fuerzas para los futuros trabajos que la obediencia le pudiera confiar.

EN CADIZ

En efecto, otra vez le encontramos por tierras de Andalucía, mas ya no en Sevilla como anteriormente, sino en la residencia que los PP. Paúles poseían de  antiguo en la hermosa ciudad de Cádiz. Los ministerios a los que allí se dedicaban los Padres eran, especialmente, la de dirigir a las Hijas de la Caridad, tan numerosas en la capital y en la provincia, y visitarlas periódicamente en sus respectivas casas, prestándoles su ayuda espiritual. El P. Aguirre, además, del servicio común a todos los misioneros de la residencia, fue en­cargado también de ejercer el oficio de profesor de las alumnas de algunos colegios  regentados por las Hijas de la Caridad, cuyo aprecio y estima supo granjearse por la solicitud y esmero que ponía en el desempeño de su oficio y por los sólidos conocimientos que poseía en las materias de expli­cación a él confiadas.

SU ENFERMEDAD

Así iba transcurriendo el tiempo de­dicado a sus tareas diarias, que para él más que carga pesada y monótona constituían un suave y útil entreteni­miento. Mientras tanto, y sin que ape­nas se diese cuenta, un grave mal iba Invadiendo su cuerpo y deteriorando Mi organismo. Y cuando menos lo pen­saba sobrevino un fuerte ataque de diabetes que le puso en estado de coma por algunos días; mas gracias a su fuerte constitución y al cuidado inte­ligente del médico, pudo reaccionar y ahuyentar de sí el mortal peligro que se cernía sobre su vida. Se sometió p un riguroso régimen alimenticio y a las normas curativas propias del caso, pero tuvo que abandonar, con mucha pena, no sólo sus trabajos habituales, sino su destino en Cádiz, que tanto apreciaba, y se trasladó al norte de España, a Murguía de nuevo, donde todavía trabajó algún año dando clase a los acogidos del Seguro Obrero Fe­rroviario, concentrados en el colegio de los Padres.

SU DESTINO DEFINITIVO A PAMPLONA (1972)

En estas circunstancias, el P. Visi­tador, Jaime Corera, mirando por el bien del enfermo y sin que el paciente hiciese ninguna insinuación, juzgó, más conveniente que pasase a la comunidad de Pamplona, donde encontraría mayores facilidades para consultas médicas y remedios terapéuticos, abundantes para combatir el mal que le aquejaba.

Así lo hizo, y en octubre de 1972 llego a Pamplona para incorporarse a la comunidad que atiende al servicio de la iglesia. Sus ocupaciones habituales eran el estudio, al que siempre fue muy aficionado, y el ejercicio ministerial tanto en nuestra iglesia de la Milagrosa como en favor de las Hermanas, a las que atendía con retiros, confesiones, etc.

SU ÚLTIMA ENFERMEDAD

Durante los primeros años de su estancia entre nosotros, su salud parecía normal; seguía rigurosamente el régimen prescrito por los médicos en años anteriores, y tal como hablaba y he manifestaba exteriormente, parecía que consideraba como superada su antigua enfermedad, sin que pusiese ningún freno a su inveterado hábito del tabaco. Sin embargo la realidad era otra. Hacía ya bastante tiempo que padecía largos insomnios, y se veía obligado a veces a abandonar el lecho durante la noche y subir a la terraza para mejor descansar; sus catarros eran frecuentes y profundos y, lo que era peor, el sistema circulatorio se hallaba notablemente alterado, lo mismo que el aparato respiratorio y otras funciones orgánicas. Observando nosotros todo esto, le aconsejábamos que se sometiese a un chequeo a fondo. Le costaba decidirse, pero al fin no tuvo más remedio, si quería poner término a su precaria situación. Al finalizar el año 1979 su estado había empeorado; fue conducido a una clínica de la cual ya no regresaría en vida, no obstante el interés que ponían los médicos en obtener su curación. Pronto aparecieron síntomas de que su muerte estaba pró­xima.

SU MUERTE (28 marzo 1980)

Previamente había recibido todos los auxilios espirituales, y sus hermanos de comunidad le acompañaban constant­emente para prestarle su ayuda y cons­olarle en su aflicción. La última se­mana de marzo la pasó en un estado e inconsciencia parcial. Y llegó por in el día 28, en el que permaneció en una prolongada agonía, hasta entregar su alma al Señor a las once de la noche.

Coincidía este año dicha fecha con el viernes que precede al Domingo de Ramos, día en que la liturgia anterior celebraba la festividad de los Dolores de María Santísima. Esta coincidencia le recordaba los últimos versos de la secuencia «Stabat Mater», que tantos años repitió el P. Aguirre en el oficio de este día como previendo el momen­to de su muerte: «Cristo, cuando yo tenga que salir de este mundo concé­deme que, por intercesión de tu Ma­dre, pueda yo conseguir la palma de victoria».

Esperamos piadosamente que el Se­ñor oiría con benignidad la súplica de su siervo y que, al desprenderse de cuerpo mortal, daría a su alma Ia gloria del Paraíso, como tan repetidamente se lo había pedido: «Señor cuando muera mi cuerpo, haz que a mi alma se le conceda la gloria del Amén.»

Al día siguiente se celebró en nuestra iglesia el funeral por su alma  al que asistieron muchos Padres de las casas más próximas, presididos por el P. Visitador, y gran número de Hijas de la Caridad que habían recibido con frecuencia su ayuda espiritual, así como sus hermanos y familiares y un buen número de fieles asiduos asistentes a los actos litúrgicos en nuestra iglesia.

Este es, a grandes rasgos, el «curriculum vitae» de nuestro querido Juan Aguirre. Podemos confiar en la bondad y misericordia del Señor, que, habrá acogido en el cielo a su siervo bueno y fiel, que empleó su vida terrena en su servicio, que amó a la Congregación sinceramente, que en medio de las tribulaciones y dificultades de la vida caminó rectamente con la mirada puesta en cumplir las exigencias de su vocación misionera y sacerdotal

¡Descanse en paz nuestro buen compañero y cohermano!

Pamplona, 22 de abril de 1980.

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