Ven bendito de mi Padre; hereda el reino preparado para ti desde la creación del mundo.
Estas palabras son las que escuchó el P. Parente la pasada madrugada cuando pasó a ocupar su lugar en la Casa del Padre. El último, el definitivo. El P. Parente, como buen hijo de San Vicente, fue fiel, puntual, seguidor de los motivos que nos da Mateo para que Jesucristo nos pueda decir: ven bendito; porque siempre tuvo un trozo de pan para el necesitado; capacidad para ayudar a quien veía más débil que él. Siempre estuvo atento a crear la Comunidad Vicenciana que le permitía a él y a sus compañeros, a sus hermanos, a ser más dichosos. A vivir como decía San Vicente: a modo de amigos que se quieren bien.
No estamos tristes, Parente porque te hayas ido: estamos muy agradecidos a Dios y a ti, porque has sido un don para nosotros, para la Iglesia, para la Congregación y para los pobres. Tu manera de ser Paúl, invitaba al seguimiento de esta vocación capaz de llenar las expectativas más grandes y exigentes de cualquier ser humano.
Me han dicho algunas Hijas de la Caridad, Parente, que te diga: Gracias por lo mucho que las has valorado y servido. Procedes de un pueblo en el que el número de Hijas de la Caridad y de Paúles es numeroso. Ahora digo: Gracias Tioira, por haber aportado tantas Hijas de Caridad a la Compañía, y por los muchos Paúles que has dado a la Congregación.
Has peregrinado como buen Misionero por los lugares donde la Divina Providencia te iba señalando el camino. En 1949, empezaste tu andadura en las Rehoyas y terminaste tu peregrinar en esta Comunidad de Santa Marta de Tormes, en su enfermería. Tardajos, Los Milagros, Melilla, Orense, La Coruña, Salamanca-Curia, fueron donde viviste tu vocación misionera.
Llevabas peleando siete largos años con la enfermedad que te impedía seguir siendo un Misionero emprendedor, activo, a quien nada le daba miedo. Siete años en que estabas a merced de quienes te cuidaban. Incluso estabas desorientado: esas son las limitaciones de nuestro ser frágil. Sé que quienes te han servido en tu debilidad, percibían un signo de agradecimiento de tu parte y que manifestabas como podías en tu limitación.
Se nos ha ido a la Casa del Padre un buen hijo de San Vicente que vivió tendiendo su mano a quienes le necesitaban. Y murió como vivió convencido de que caminaba fiel al proyecto que Dios había hecho para él. P. Parente, dile al Padre, de quien ahora te encuentras más cerca, que los pobres necesitan misioneros que llenen su vida de esperanza. Que necesitamos a un nuevo Paúl que recoja el testigo que tú le entregas.
Como las dos lecturas que nos han proclamado, encierran profundas invitaciones, hagamos una lectura personal y reposada. ¿Para qué? Para que nuestra vida de creyentes, responda mejor a lo que Dios nos pide, y los pobres esperan de nosotros.
El mejor homenaje que le podemos rendir al P. Parente, es que hagamos, que nuestra vida, sea buena noticia para los demás, en especial, para los pobres. Que así sea. Que así lo intentemos.








